Cuando despertó, lo hizo sobresaltado.
No había tenido una pesadilla, de eso estaba seguro. Había sido muy real. El accidente, la mujer, el niño y Kira.
Miró a su alrededor y se cercioró de que se encontraba en un hospital. Era de día. Esperaba que solo hubieran transcurrido unas horas y no más tiempo, como la última vez que le había sucedido algo parecido.
Se incorporó; trataba de levantarse cuando vio aparecer a una de las enfermeras.
—Ya estás despierto, fantástico, ¿cómo te encuentras? ¿Tienes dolores?
—No. Oiga, había una chica conmigo, ¿ella está bien?
—Imagino que te referirás a la que vino contigo en la ambulancia, la que iba vestida de boda.
—Sí, esa —confirmó Rubén.
—Estuvo mucho rato esperando, pero ya se fue. No pongas esa cara, muchacho —añadió la sanitaria—, tu familia está fuera.
—Gracias.
Perdió el interés por la conversación con la enfermera y pensó en Kira. Se había marchado y no le extrañaba en absoluto. Se preguntó qué habría pensado sobre él y su propia respuesta lo sumió en un estado de apatía.
Había sido un iluso al creer que en algún momento podría lograr un acercamiento a ella, no obstante, debía asumir que el hecho de que hubieran pasado un rato juntos no había significado nada, al menos para ella, y que no tenía intención de volverlo a ver. Se convenció a sí mismo de que para Kira resultaba una liberación no tener que pasar más tiempo a su lado. Estaba seguro de que la muchacha había pasado página hacía mucho tiempo y en su memoria él solo era un exnovio más al que había tenido que aguantar durante unas horas en la boda de su mejor amiga.
La enfermera había avisado a Candela, quien no tardó en aparecer y abrazarlo, lo que hizo que Rubén dejara volar sus nefastos pensamientos.
—¿Te encuentras bien? —se apresuró a preguntar su hermana.
—Sí, pero ¿qué haces aquí?
—Kira me llamó.
—No debió hacerlo.
—Por supuesto que sí —discutió Candela—. ¿Qué clase de hermana crees que soy?
—No hacía falta que vinieras, de verdad, no ha pasado nada —insistió él.
—Yo no estoy de acuerdo. ¿Qué sucedió, Rubén?
—Imagino que ya te lo habrá contado Kira.
Candela se cruzó de brazos. Rubén la conocía lo suficiente como para saber que estaba empezando a enojarse con él. Era su hermana pequeña, pero siempre había actuado como si fuera mayor. Siempre había intentado protegerlo de los demás y había dado la cara por él en numerosas ocasiones, sobre todo después de lo que les sucedió en aquella casa, pues eso los había unido incluso más que el hecho de haber crecido juntos.
—Claro que sí —respondió Candela—. Ella me contó su versión, pero me interesa más la tuya.
—Es la misma, hermanita.
—Lo dudo. Kira no tiene ni idea de lo de París y yo necesito saber si te ocurrió lo mismo. ¿Fue como ese día?
Rubén echó la vista a un lado. No soportaba mirar a su hermana cuando pensaba en esos momentos. Habían sido los peores de su vida, con diferencia, y volvían a él con asiduidad en forma de terribles remordimientos y alguna que otra pesadilla. No quería volver a hablar de ello, pero estaba seguro de que Candela no se rendiría hasta que le sonsacara algo.
—No, simplemente me desmayé.
—Y yo no me lo trago, Rubén. No es la primera vez que te desvaneces sin motivo aparente. ¿O tengo que recordarte otra vez aquel día en que perdiste el conocimiento y te despertaste desvariando?
—No, no quiero acordarme, Candela —protestó Rubén.
—Tu vida se fue al traste desde entonces y…
—Gracias por resaltar que mi vida es una mierda, hermanita. —Cortó.
—No lo decía por eso y lo sabes. Solo tengo miedo de que vuelva a ocurrirte algo parecido.
—Ya te lo he dicho, de verdad, créeme. Me desmayé. Fueron los nervios. No todos los días se ve un accidente de tráfico —alegó Rubén, una vez más.
Era una pequeña mentira, pero tenía que servirle.
Antes de perder el conocimiento, un sentimiento extraño se había apoderado de él. Le pareció que dejaba de ser él mismo para convertirse en alguien diferente. Era como si hubiera abandonado su propio cuerpo y lo contemplara igual que si fuera el espectador de una película. Se hallaba solo, perdido y asustado; de la misma manera que aquel pequeño y tenía la certeza de que una sombra lo perseguía de forma insistente y pronto le daría caza.
Y luego una imagen borrosa, que no supo identificar, pero que lo había atemorizado hasta el punto de bloquear sus sentidos hasta que ya no pudo recordar más.
—¿Estás seguro? —insistió Candela.
—Sí. Te agradezco que estés aquí, de verdad, pero no deberías preocuparte más. Puedo cuidarme solo.
—¡Ya! No intentes hacerte el duro, hermanito, a mí no tienes que impresionarme. Sé que estás asustado.
Candela había dado en el clavo, podría decirse que estaba aterrado, porque todo lo que había temido que pudiera volver a sucederle se estaba tornando en una posibilidad, o puede que estuviera volviéndose definitivamente loco, como se habían empeñado en señalar varios médicos que lo habían examinado cuando no era más que un crío. Pero no podía decírselo, a ella no. No es que desconfiara de su hermana, ni mucho menos, Candela y Kira eran las dos únicas personas que conocían toda la verdad sobre él, su secreto más ignominioso y la fuente de todas sus desdichas. Por eso, y por todos los disgustos que le había dado, tenía que mantenerla al margen, hacerle ver que esa situación era agua pasada, que jamás volvería para interponerse en su vida. Él sabía que no era un pensamiento que se ajustase a la realidad, sin embargo, quería que Candela lo pensase, que fuera ignorante acerca de sus miedos y pudiera vivir una existencia tranquila y despreocupada.
—De verdad que estoy bien —reiteró—. Ve con tu marido y disfruta de tu matrimonio.
—Está bien, no tengo más remedio que creerte, pero no me iré hasta que te hayan dado el alta y asegurado de que estás en tu casa.
—Vale —concedió Rubén haciendo una mueca. Sabía que era lo máximo que podría conseguir, si intentaba negociar con ella saldría perdiendo, le obligaría a pasar varios días con ellos y terminaría por posponer su viaje.
Pronto podría estar de nuevo en su apartamento, a solas con sus pensamientos, únicamente acompañado por la presencia intermitente de Ana, que no cejaría en su empeño de no dejarlo descansar. Podría entonces lamentarse de su mala suerte o regocijarse en su miseria, o podría, sencillamente, buscar una excusa que fuera lo bastante creíble como para ponerse de nuevo en contacto con Kira, verla una vez más y procurar no sentirse estúpido.