Kira bostezó de manera ruidosa.
Era lunes y apenas había pegado ojo durante el fin de semana. El viernes, con los nervios de la boda, casi no había descansado, y el sábado ni siquiera había podido meterse en la cama. Eso, sumado a lo mucho que le había costado conciliar el sueño el domingo debido a la preocupación por el destino del pequeño que habían encontrado en la carretera, más la incógnita acerca de Rubén, hicieron que ese día se encontrase agotada.
Eloy había ido a buscarla al hospital y la había llevado a casa con el tiempo justo para ducharse y cambiarse de ropa. Luego había seguido a su objetivo. Tuvo suerte de no haberse retrasado, de lo contrario no podría haberlo fotografiado con su amante y hubiera tardado otra semana en tener las pruebas para presentárselas a la mujer engañada, su cliente.
El resultado era que el inicio de la semana prometía ser muy duro. Llegó a la oficina un poco más tarde de lo habitual y se encontró con la sonrisa siempre amigable de Jorge, su secretario.
—Hola, jefa, ¿cómo estás? —preguntó el muchacho.
—Muerta de sueño.
—Eso ya lo veo. Menudo susto, ¿eh? ¿De verdad te encuentras bien? —La examinó mientras se levantaba de la silla y se acercaba para darle un abrazo.
Kira agradeció el gesto. Apenas era un par de años mayor que él, pero actuaba como si fuera su experta hermana mayor desde que lo había contratado. Habían congeniado desde el primer día y pronto se hicieron amigos.
—Sí, gracias, Jorge.
—Sé que tienes muchas cosas que contarme y trabajo pendiente, pero, por favor, empieza por la parte buena. Dime, ¿conociste a “A”?
—Lo siento, no.
La frente de Jorge se arrugó y a Kira le pareció que estaba a punto de hacer un mohín. Era aficionado a las cartas del tarot y se las había echado a Kira la semana anterior. Le había augurado que se encontraría con un hombre cuyo nombre empezaba por a y que eso le traería consecuencias positivas para su negocio y su corazón.
—Oh, vaya. ¿Estás segura? Las cartas lo decían muy claro, tal vez bailaste con él y no te acuerdas —sugirió.
—Lo dudo.
—¿No bailaste con ningún chico? Las bodas están llenas de solteros y no te amarraste a ninguno, ¡increíble, jefa!
—Sí que bailé, pero siento defraudarte, con ninguno que empiece por a.
—Tal vez lo interpreté al revés y el nombre terminaba por a.
Kira hizo un repaso mental de los amigos del novio con los que había interactuado y ni siquiera recordaba cómo se llamaban, pero no quería decírselo a Jorge, estaba demasiado ilusionado y la regañaría por ello.
—Ninguno.
—Al menos serían guapos, ¿no? —insistió el joven, deseoso de obtener información que le alegrase el día.
—Sé que suena triste, pero el tío más interesante con el que bailé el sábado fue mi exnovio.
—Oh, eso más bien suena peligroso —exclamó entre risas—. ¿Te liaste con él?
—¡No! —respondió Kira casi como si la hubiera abofeteado en vez de preguntarle.
—Te has puesto roja —dijo Jorge, y la señaló como si no fuera más que un niño travieso.
—Mentira.
—¡Como un tomate!
—Bueno, dejemos el tema ya —zanjó Kira. Sabía que, si no lo hacía, Jorge continuaría hurgando en la herida y al final tendría que contárselo todo.
—Tengo el material para la señora Méndez —continuó, y su secretario pareció aceptar la orden de su jefa sin rechistar.
—¿Vas a llevárselo hoy?
—En cuanto descargue las fotos de la cámara, así que llámala, cítala antes de comer y prepárale la cuenta.
—Ahora mismo me pongo con ello.
—¿Ha llamado Eloy? —preguntó Kira al recordar que esperaba su llamada.
—No.
—Estaré en el despacho, pásame el teléfono solo si es él.
—De acuerdo, jefa.
Kira entró en su habitáculo, el pequeño lugar donde se refugiaba en el trabajo y que siempre le daba tranquilidad. Una vez allí pudo centrarse en su profesión y olvidar lo que había ocurrido durante los dos días anteriores. Esperaba poder aprovechar el tiempo hasta que su amigo llamase para darle las noticias que ansiaba conocer.
Conectó la cámara al ordenador y al hacerlo se dio cuenta de que apenas le quedaba batería. Maldijo cuando recordó que la otra que tenía, las dos baterías de repuesto y los cargadores, se los había llevado a la boda de Candela y olvidado en el coche de Rubén. No había sacado la bolsa con sus pertenencias, por lo que debían seguir allí.
Tuvo la tentación de llamar a Candela para que intercediera, pero supuso que estaría camino del aeropuerto para su viaje de luna de miel. Ya que los médicos habían dado el alta a Rubén la tarde anterior, no había nada por lo que hubiese tenido que posponer el viaje. Así que no tendría más remedio que contactar con el propio Rubén. Tal vez podría aprovechar la oportunidad para tratar de averiguar qué era exactamente lo que le había sucedido tras el accidente y quizás arrojar un poco de luz sobre el enigma que suponía que un pequeño hubiese aparecido exactamente en el mismo lugar que lo había hecho él veinticinco años atrás.
Podría tratarse de una casualidad, pero Kira no creía en las casualidades. Tenía el convencimiento de que todo sucedía por algún motivo y algo le decía que ese accidente iba a resultar determinante para su futuro, o tal vez incluso para su pasado.