El timbre sonó por segunda vez. Lo hizo con una insistencia que le resultó reconocible. Dejó la comodidad de su sofá para levantarse gruñendo por lo bajo. No esperaba que su hermana no le hubiera hecho caso y se sintió más molesto por su falta de confianza que agradecido por su preocupación hacia él.
Escuchó unos nudillos tocar la puerta. No contenta con acribillar sus oídos a timbrazos, ahora aporreaba la entrada sin piedad.
—Ya voy. Y te he dicho un millón de veces que estoy bien, ¿por qué no te vas de una vez a tu viaje y me…? —Se atragantó con sus propias palabras al abrir la puerta y encontrarse con un rostro distinto al que esperaba.
—Hola —saludó la muchacha.
—¡Kira! ¿Qué haces aquí? —preguntó, anonadado. Ya no esperaba volver a verla, así que encontrársela en el rellano de su casa fue toda una sorpresa.
—¿Eres siempre tan amable con tus visitas?
—Creí que eras Candela —se excusó Rubén.
—Está camino de una playa de ensueño.
—¿Y te ha enviado para vigilarme? Gracias, no necesito una niñera.
—Ni yo tengo interés en ser la tuya —replicó Kira con cara de pocos amigos—. Vengo por otro asunto. Tu hermana me dijo dónde vivías, ¿puedo pasar?
Rubén dudó un instante, a pesar de que por su cabeza había pasado el deseo de tener la oportunidad de encontrarse de nuevo, se dejó llevar por el desconcierto.
—Adelante —dijo al fin, y se apartó para dejarla entrar.
Kira se adentró en su apartamento con seguridad y tranquilidad, como si llevase haciéndolo años, y Rubén recordó los momentos de su relación cuando sus padres la invitaban a casa y la trataban como una más de la familia, cosa que él hubiera deseado que hubiera continuado. Claro que eso fue antes de que no pudiera controlar lo que sucedió después.
—¿Te apetece tomar algo?
—No, gracias.
—Siéntate, si quieres —invitó.
Kira asintió e hizo lo que Rubén le sugería. Apoyó los brazos sobre las piernas y lo miró. Luego sonrió de forma leve. Le pareció que estaba aún más guapa que cuando la había visto dos días antes, a pesar de las ojeras.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien. Gracias por preguntar, pero no creo que hayas venido hasta aquí solo por eso.
—Intentaba ser educada.
—Lo sé, aunque conmigo no necesitas formalismos, Kira. Nos conocemos demasiado.
—Entonces eso me da carta blanca para decirte que eres un grosero —atacó—. El tiempo te ha tratado mal en ese aspecto. Hace años eras mucho más simpático.
Rubén se sintió de pronto estúpido y ni siquiera era capaz de entender por qué se comportaba así con ella. Se ponía a la defensiva solo con verla, cuando lo que debía hacer era suplicarle que lo perdonase, que no lo odiara, que volviera a entrar en su vida. Sin embargo, otra parte de él deseaba que se alejara. No quería pensar que pudiera volver a sufrir algún tipo de daño por su culpa; igual que esa vez en la que estuvieron a punto de matarla.
No quiso rememorar ese episodio y se limitó a mirarla fijamente, tanto que vio como ella bajaba la vista, algo ruborizada.
—El otro día me dejé la mochila en tu coche —se decidió a hablar, Kira—. Llevaba material de trabajo y necesito recuperarlo.
—Hablas de la bolsa que metiste en el maletero, ¿no?
—Así es.
—Debe seguir ahí. Nadie sacó nada.
—¿Podrías bajar a por ello y dármelo? —pidió la muchacha.
—Lo siento. El coche está en el taller. No me lo devuelven hasta mañana.
—Mierda.
—Si es muy urgente, tal vez podamos acercarnos e intentar que nos lo den.
—Bueno, supongo que podré esperar hasta mañana —dijo Kira, justo después.
—Puedo avisarte cuando lo tenga —sugirió Rubén.
—Te lo agradecería.
—Bien. ¿Qué tal si me das tu número de teléfono y te llamo cuando recoja el coche?
—Ah, sí, claro.
Kira sacó su móvil del bolso y se lo tendió.
—Apunta el tuyo y te haré una llamada perdida.
Rubén hizo lo que le pedía y al devolvérselo sus dedos rozaron los de ella. Le pareció que la joven apartaba la vista, igual que lo había hecho antes. Trató de discernir si lo que Kira sentía era vergüenza o incomodidad ante su presencia.
—Bueno, debería irme o llegaré tarde —señaló ella mirando la hora en el móvil antes de guardarlo.
—¿Tienes un compromiso?
—Algo así. Quiero ir a visitar al niño.
—¿Qué niño? ¿El de la carretera?
—Exacto.
—¿Sigue en el hospital? ¿Estaba herido? —preguntó Rubén, con preocupación. No pudo evitarlo, pues cuando había mirado a ese pequeño, se había visto reflejado en él.
—No. Es algo un poco más complicado.
—¿Cómo de complicado?
—Como para que tarde un poco en contártelo. ¿Por qué no vienes conmigo, vemos al niño y te pongo al día? —ofreció Kira.
Su proposición no le dejó indiferente. Lo cierto era que había pensado bastantes veces, durante las horas que llevaba despierto, en aquel pequeño. Se había cuestionado qué le habría sucedido a su familia como para que hubiera terminado muerto de miedo en una carretera antigua, pero sobre todo le intrigaba qué se traía Kira entre manos. Nunca había podido evitar dejarse llevar por sus locuras y sus ideas y aquella vez no iba a ser menos.
—Dame un minuto para vestirme —dijo, a modo de respuesta.
Se marchó hacia el dormitorio y eligió lo primero que encontró en el armario. Se quitó la camiseta que llevaba puesta, pero antes de que pudiera ponerse la nueva, escuchó una voz a su espalda.
—Hola, bombón.
Se giró para ver dónde se encontraba, aunque no le hiciera falta hacerlo. Estaba tumbada de lado sobre la cama y lo miraba mientras jugueteaba con uno de sus dorados bucles.
—No es el momento, Ana —susurró Rubén.
—¡Qué callado te lo tenías! Mira que no contármelo, eres un sieso.
—Ana, no digas nada, por favor —musitó.
—Oh, venga ya. ¿No irás a estropearme lo más interesante que ha pasado en esta casa desde hace décadas?
—Ana… —protestó entre dientes.
—¿Es la chica?
—Cállate.
—¡Es ella! Pues he de reconocer que es más guapa en persona que en la foto que escondes.
Rubén movió las manos en un gesto que la instaba a bajar el tono de voz, pero ella parecía dispuesta a no rendirse.
—Para una vez que traes una chica a casa… Quiero verla de cerca otra vez —insistió Ana.
—Por favor, estate quietecita.
—¿Por qué?
La mujer entonó la protesta acompañada de un mohín mientras se ponía en pie.
—Quiero que la dejes en paz y que hables más bajo —ordenó Rubén subiendo la voz más de lo debido.
—¿Acaso puede oírme?
—Rubén, ¿has dicho algo? —preguntó de pronto Kira desde el salón, al parecer le había llegado el eco de sus palabras.
—No. Solo murmuraba —respondió él y al instante se volvió de nuevo hacia Ana.
En el rostro de la mujer se dibujó una sonrisa que a Rubén le pareció de lo más perversa. Entonces vio cómo su pecho subía y dejaba escapar un agudo grito que estuvo a punto de reventarle los tímpanos.
Rubén se echó las manos a la cabeza, sin embargo, no hubo ningún ruido de respuesta al chillido de la mujer.
—No me oye, ya decía yo. ¡Lástima! —añadió Ana y emitió un quejido teatral.
Rubén apretó los puños con rabia. En cuanto la vio aparecer ante él, imaginó que se comportaría tal y como lo había hecho. Ya intentó una vez boicotear a la anciana que vivía en el piso de al lado, cuando entró un día a pedirle ayuda para cambiar una bombilla y Ana le quitó con disimulo un bigudí del pelo. Por fortuna para él, la mujer no lo notó y debió pensar que lo había perdido. Ese día no estaba dispuesto a que Ana repitiera la operación con Kira.
—Pues claro que no te oye —espetó—, pero no quiero que le hagas ninguna jugarreta.
—No sé por qué te pones así. Nunca traes chicas a casa, porque tu hermana y la vieja de al lado y su gata no cuentan. Para un día que puedo divertirme a tu costa.
—Anita… —advirtió Rubén, pues ya estaba empezando a perder la paciencia.
—¿Qué? ¿Tienes miedo de que le tire algo encima o mueva muebles y se largue aterrada?
—Créeme, no se asustaría —siseó.
—¡Vaya! Eso es todavía más interesante. ¿Sabe lo tuyo?
Vio cómo los ojos de Ana se abrían con una nota de interés que rozaba lo peligroso. Cuando llevaba apenas unos días viviendo allí, el espíritu había intentado establecer contacto con él. Un leve roce de Ana sobre su piel y el pánico se había apoderado de él. Sabía cuáles eran las consecuencias y no pensaba permitir que pudiera ocurrirle a Kira.
—Ni lo intentes —amenazó, apretando los dientes—, o me largo de aquí y no tendrás nadie más con quien hablar el resto de tu eternidad.
Ana suspiró con pesadez, Rubén imaginó que estaba sopesando si merecía la pena perder el único contacto que había tenido en muchos años y en su rostro vio dibujada la sombra de la decepción.
—Vale. Tú ganas, cielito —dijo al fin—. Eres un aburrido, pero aun así me entretengo contigo.
—Bien. Estamos de acuerdo, entonces.
No añadió más por temor a que Kira lo oyera hablar de nuevo y se diera cuenta de lo que estaba pasando. Ya era bastante incómodo para él como para inmiscuirla de nuevo en el problema que le había tocado vivir.
Salió del cuarto y se presentó frente a ella. Kira apoyó las manos en las caderas, tenía el ceño fruncido y su mirada inquisitiva solo podía significar una cosa.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Rubén, a pesar de que conocía la respuesta.
—Me preguntaba qué significaban tus cuchicheos.
—Nada.
—Mi experiencia me dice que cada vez que cuchicheas, eso quiere decir que hay problemas.
—No soy yo quien siempre atraigo problemas —refutó torciendo el gesto.
—¡Ya! —espetó Kira. Era obvio que intuía por qué había desviado el tema, sin embargo, pareció relajar los músculos y no insistió más—. ¿Listo? —Se limitó a preguntarle.
—Sí.
—Estupendo, vamos, son muy estrictos con las horas de visita y esto es un favor personal, así que no podemos desaprovecharlo.
Rubén no quiso añadir más, agradeció que Kira no hubiera insistido, solo quería que se marcharan lo más pronto posible de allí. Ya tendría tiempo durante el trayecto de preguntar por el lugar al que se dirigían. En ese momento solo le preocupaba que Ana no montase un número, a pesar de que parecía haber entrado en razón.
Lo último que necesitaba era recordar a Kira lo compleja que era su vida y lo mucho que su maldición podía afectar a cuantos lo rodeaban.