El poco rato que había transcurrido en casa de Rubén había resultado bastante desconcertante. Su comportamiento le recordaba a cuando se habían conocido y averiguó de casualidad la rara habilidad que poseía y que ocultaba por miedo a lo que la gente pudiera pensar.
No le extrañaba lo más mínimo, ella misma había estado varios días sin dirigirle la palabra cuando lo descubrió. Necesitó tiempo para digerir que Rubén era capaz de comunicarse con la gente que había muerto, y cuando lo asumió empezó a ser consciente de por qué era esquivo con las multitudes, pues a veces le era complicado discernir si estaba hablando con alguien que perteneciera a este mundo o al otro.
Y cuando había estado en su casa, había tenido la sensación de que había cruzado unas palabras con alguien, o tal vez su instinto le estaba jugando una mala pasada.
Al poco de emprender el camino en su coche hacia el destino señalado, Rubén comenzó a preguntar.
—¿Vas a contarme adónde vamos, o esperarás para darme una sorpresa?
—No tenía intención de tenerte en vilo. Vamos a un centro de acogida de menores.
—Así que ahí está el niño que encontramos.
—Sí.
—Entiendo entonces que la mujer que murió era su madre —continuó Rubén.
—¿Por qué lo presupones?
—No sé; me pareció lógico.
—Pues aún no se sabe —resolvió la chica—. La policía está tratando de identificar a ambos.
A la cabeza de Kira vino la imagen de esa pobre mujer que había muerto atropellada al instante por uno de los coches que pasó justo después que ellos. No dejaba de ser raro. El niño había aparecido primero, ellos se habían salido de la carretera, y en ese intervalo, la mujer también había surgido aparentemente de la nada y un vehículo la había arrollado.
El pequeño había tenido suerte de que Rubén condujera como una abuelita y que, del susto al ver el coche, hubiera reaccionado apartándose y encogiéndose en el arcén.
Lo cierto era que la suposición de Rubén también había sido la suya. Lo normal era que esas dos personas estuvieran relacionadas y procedieran del mismo lugar.
—Vale, ahora es cuando me dices cómo sabes eso de que no los han identificado todavía, ¿qué eres, poli?
—No exactamente.
—¡Venga, ya! ¿En serio? —exclamó Rubén de una manera que se le antojó demasiado sorprendida y se ofendió un poco, ya que imaginó que él pensaría que nunca sería capaz de hacer algo parecido.
—En serio —contestó Kira con un ligero tono de altivez que pronto suavizó—. Estuve a punto de serlo, pero fallé en la última prueba.
—¿Qué prueba era?
—Eso no relevante ahora mismo.
Kira había cortado la conversación con respecto a su acceso a policía nacional, ya que aún sentía vergüenza y frustración por no haber podido ser capaz de superar el examen.
—Vale, ¿qué es lo relevante, entonces? —indagó Rubén.
—Pues que una mujer y un niño aparecen en una carretera apenas transitada en mitad de la noche, con poca ropa y las huellas dactilares del pequeño no están en ninguna base de datos.
—¿Estás segura de eso? —preguntó él, tras dejar unos segundos de silencio en los que, con toda probabilidad, estaría procesando la información que acababa de darle.
—Bastante. Tengo un contacto en la policía.
—Últimamente eres una caja de sorpresas, Kira.
—Siempre lo he sido, solo que lo habías olvidado.
—Créeme, no he olvidado nada de ti.
Fue apenas un susurro, pero la manera en que lo dijo le resultó un tanto explícita, como si quisiera dejar patente que aún seguía pensando en su relación. Kira se concentró en seguir el navegador para no perderse a la vez que trataba de olvidar lo que le había dicho.
—Estamos a punto de llegar —habló, con la intención de retomar el tema que los había llevado hasta el lugar.
No dijeron más que unas pocas palabras aisladas mientras Kira aparcaba el coche. Una vez que estuvieron a punto de atravesar la puerta de entrada al centro, Rubén le preguntó:
—¿Estás segura de que nos van a dejar verlo?
—Eso espero.
—¿Cómo qué esperas? —Más que una pregunta, fue una escandalosa exclamación que dejó escapar alzando demasiado la voz—. No me digas que vas a…
—No te pongas histérico —cortó la muchacha—. Estate calladito y déjame hablar.
Rubén entonó una protesta que murió en cuanto ella se acercó a la recepcionista.
—Buenos días —saludó—. Venimos a ver al niño que trajeron aquí ayer.
—¿Qué niño? —inquirió la mujer, con cara de pocos amigos.
Fulminó a Kira con la mirada, era como si pensase que era tonta al referirse al niño, como si solo tuvieran uno.
—El que llegó ayer sin identificar —aclaró.
—¿Es usted asistente social?
—No. Trabajo para la policía. Me envía el inspector Cruz.
Al escuchar eso, el rostro de la recepcionista se relajó y a Kira le pareció que, incluso, estaba al borde de la sonrisa. Eloy solía producir esa reacción en las mujeres; para las pocas a las que no resultaba atractivo, lo encontraban encantador. El caso era que caía bien a todo el género femenino, lo cual muchas veces ayudaba a Kira, otras no tanto, porque la consideraban una rival a batir y no le ponían las cosas fáciles. Por fortuna, el de ese día era el caso en el que la simpatía de Eloy la ayudaba en sus propósitos.
—Ah, bien. Déjeme su identificación, por favor. ¿Él viene con usted? —quiso saber la mujer señalando a Rubén mientras esperaba a que ella sacase su documentación.
—Sí. Es psicólogo —se apresuró a responder, y dio un codazo a Rubén para que entregase su DNI a la mujer.
La recepcionista cogió ambos carnés y mientras tecleaba los datos con soltura Kira sintió los ojos de Rubén clavados en ella. Imaginaba exactamente la cara que tendría, no necesitaba ver su rostro para saber que estaba molesto por la situación. Siempre había puesto pegas cuando ella había mentido u ocultado algo para llevar a cabo sus propósitos, aunque también sabía que el enojo de Rubén sería momentáneo. Nunca había sido capaz de estar enfadado con ella más de dos minutos, y eso la hizo contener una sonrisa de satisfacción. Sabía que ese día ocurriría lo mismo.
—Ya está —dijo la recepcionista a la vez que les devolvía la documentación—. Esperen aquí un momento, enseguida saldrán a atenderlos. Pueden sentarse.
—Muchas gracias —respondió Kira, y ambos se aproximaron al lugar que les había indicado y tomaron asiento.
—¿Psicólogo? —murmuró Rubén—. Se te podía haber ocurrido algo mejor.
—¿Cómo qué? Es un centro de menores, un informático no pinta nada aquí y tus habilidades con la gente que ha pasado a mejor vida tampoco sirven de mucho, que digamos.
—Ya, pero no tengo ni idea de psicología, como alguien me pregunte, me echan de una patada.
—Vamos, no seas cagueta. Has hablado muchas veces con psicólogos, sabes cómo se las gastan. Así que, disimula.
—Como si fuera tan fácil —protestó Rubén.
—Deja de gruñir ya. ¿No me digas que no tienes curiosidad?
—Claro que sí, pero no quiero meterme en líos.
—No vas a meterte en ningún lío —aseguró Kira—. No estás infringiendo ninguna ley.
—Solo mintiendo —refunfuñó Rubén.
—No es lo mismo, así que no exageres y no seas tan negativo.
Le pareció que Rubén iba a replicar cuando llegó una mujer poco mayor que ellos y se les acercó. Se levantaron de inmediato para recibirla.
—Hola, ¿son ustedes los que vienen de la policía?
—Sí, yo soy Kira Castillo y él es Rubén Díez —contestó a la vez que tendió la mano a la mujer. Esta la estrechó a ambos.
—Encantada —dijo—. Yo soy Rocío, la asistente social que ejerce la tutela del pequeño hasta que encontremos a su familia o hasta nueva orden. Imagino que ya saben cómo son estas cosas.
—Lamentablemente, sí —aseveró Kira.
—Acompáñenme, por favor. —Les indicó mientras echaba a andar—. Así que ustedes llevan el caso.
—Nosotros no somos policías, colaboramos con ellos.
—¿Qué tipo de colaboración? —inquirió Rocío, recelosa—. ¿No serán periodistas?
—Nada más lejos de la realidad. Yo soy detective privado y llevo varios años ayudando al inspector Cruz en muchas de sus investigaciones y él es psicólogo infantil. Hemos venido a hacer una valoración de la situación del pequeño para incluirla en un informe.
—Ah —articuló la asistente con más tranquilidad—. Bueno, he de advertirles que el pequeño no ha hablado desde que está aquí.
—Tal vez tengamos suerte y nos diga algo —resolvió Kira.
—Ojalá. Espero que pronto podamos averiguar algo más de él. Entren, por favor —dijo Rocío abriendo la puerta de un despacho—, y esperen. Vendré enseguida con él.
—Gracias —respondieron al unísono.
Cuando Rocío cerró la puerta y los dejó a solas, Rubén se volvió hacia ella.
—Eso de que eres detective privado, ¿es una trola?
Kira negó con la cabeza a la vez que sonreía.
—La única mentira que he dicho ha sido la referente a tu profesión.
—Así que es cierto que colaboras con la poli, ¿no? Ya entiendo que supieras lo de las huellas.
Rubén no añadió más y ella tampoco tenía nada que decir al respecto. Había visto que él la había mirado con cierto asombro. Sabía que le había sorprendido y podría aprovecharse de ello para lanzarle alguna pulla, pero prefirió no hacerlo y guardarla para algún momento en que quisiera fastidiarle.
La asistente social no tardó en regresar con el niño de la mano. Entraron y la mujer cerró la puerta tras de sí. Colocó al pequeño delante de ella y Kira pudo contemplarlo a la luz del día.
Parecía aún más asustado que esa noche. Estaba pálido y su rostro dejaba entrever el temor acuciante que lo atenazaba en ese instante, igual que esa fatídica noche.
—Hola, ¿te acuerdas de mí? —preguntó sin darse cuenta de que se estaba delatando, pero comprobar que parecía igual de perdido y desvalido que en aquella carretera, la había trastornado.
La respuesta del pequeño fue correr hasta ella y echarse en sus brazos. Kira lo estrechó con ternura, igual que si hubiese sido su sobrino o su hermano pequeño.
Rocío se quedó boquiabierta y reaccionó al instante, fue hacia el escritorio y cogió el teléfono.
—¿Qué está pasando aquí? Explíquense ahora mismo o llamo a seguridad —amenazó agarrando con fuerza el auricular descolgado.
—No hemos mentido —se apresuró a decir Kira, pero Rubén la cortó.
—Estuvimos presentes la noche del accidente.
Sus palabras parecieron aplacarla un tanto. Colgó el auricular, pero no lo soltó, aún esperaba una explicación más extensa.
—Nosotros lo encontramos en la carretera —continuó Rubén.
—Así que eso de la policía era una patraña para verlo, ¿saben que inventarse ese tipo de cosas para acercarse a un menor es delito?
—No es mentira —intervino Kira—. Se lo juro, puede comprobarlo. Le daré el teléfono del inspector Cruz y su número de placa, también los datos de mi licencia de detective privado, si quiere. Se lo apuntaré y usted podrá cotejar los datos. La policía confirmará lo que le estoy diciendo. No pretendemos nada, solo queremos hablar un momento con niño, usted está presente. No ocurrirá nada que usted no vea ni oiga.
La asistente miró a los tres. A Kira le pareció que era una mujer desconfiada, pero algo hubo, quizá en sus palabras o tal vez en la reacción del pequeño, que le incitó a pensar que eran sinceros. Asintió de forma leve y Kira respiró aliviada al ver que iba a darles una oportunidad.
—Está bien. Tienen cinco minutos. Luego quiero esos datos y si han mentido lo más mínimo, los denunciaré.
—Gracias —murmuró Rubén y Kira fue consciente de que solo tenía una oportunidad para tratar de resolver la situación de manera satisfactoria, así que se volvió hacia el niño y le preguntó:
—¿Estás bien?
El pequeño asintió.
—¿Cómo te llamas?
El niño no contestó, se limitó a apretarse más contra ella y Kira le acarició el cabello.
—¿Qué te pasa? ¿No quieres decirlo?
—No me acuerdo —susurró de pronto el pequeño, lo que provocó una sonrisa de alivio en Rocío.
—Bueno, no te preocupes, ya te acordarás, si quieres podemos ponerte un nombre hasta que recuerdes el tuyo, ¿te parece bien?
—Sí.
—A ver cuál se me ocurre, te llamaremos…
—Aarón —cortó Rubén.
Kira se giró para mirarlo. Había hablado de súbito, como si expulsase el nombre de su interior con vehemencia, lo que provocó que la trabajadora social lo observara con extrañeza. Era normal que la mujer se sorprendiera, pero para ella era el comportamiento habitual en Rubén. Podía haber cambiado algo físicamente, sus modales podían haberse resentido, pero era indudable para ella que, en el fondo, seguía siendo el chico raro que había conseguido que su corazón latiera desbocado cada vez que la miraba. Apartó los pensamientos de Rubén y los fijó en el pequeño. Se volvió hacia el infante y le hizo una caricia en la mejilla.
—¿Qué dices? ¿Te gusta el nombre?
El pequeño asintió una vez más.
—Bien, Aarón, yo me llamo Kira y él es Rubén —continuó la muchacha, y fue entonces cuando el niño dejó de fijarse en ella para dedicar una mirada a Rubén.
—¿Te acuerdas de él? —preguntó.
Aarón negó con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué me miras así? —Fue Rubén quien habló, al darse cuenta de la manera en que el niño lo observaba—. ¿Te recuerdo a alguien?
—Sí.
—¿A quién me parezco? ¿A tu padre? ¿O a tu hermano?
—No sé, es alguien a quien veo alguna vez.
—¿Dónde has visto a esa persona a la que se parece mi amigo? —intervino Kira.
—En el sótano.
Kira contuvo el aliento y se fijó en que los demás también lo hacían. Rocío apuntaba con rapidez lo que estaba sucediendo y los datos que daba el pequeño, mientras que Kira dirigía la vista hacia Rubén y ambos cruzaban una mirada de preocupación.
—¿Qué sótano? ¿El de tu casa? —intercedió la asistente social.
—No lo sé.
—Aarón, ¿estabas siempre en el sótano? ¿Estabas solo? —investigó Kira, y al instante notó cómo el pequeño comenzaba a temblar entre sus brazos y no respondía a su pregunta.
—¿Había más niños o adultos contigo? —insistió Kira. Había evitado preguntarle por sus padres, pues si la mujer fallecida era su madre, posiblemente el chico entraría de nuevo en shock.
El pequeño continuó sin contestar a las preguntas de Kira. Ella esperó, paciente, no obstante, Rocío decidió dar por terminada la charla.
—Creo que es suficiente por hoy —ordenó.
Guardó los papeles que había escrito en el cajón, se dirigió hacia el niño y lo separó de los brazos de Kira.
Se sintió frustrada al no haber podido ayudar en algo al pequeño, aunque no le había pasado desapercibida la coletilla de la asistente social al mencionar “hoy”. Eso quería decir que tenía una posibilidad de volver a visitar al pequeño.
—¿Cree que podremos venir otro día? —preguntó, con la esperanza de no haberse equivocado.
Roció suspiró. Kira sabía que el haber conseguido que Aarón hablase había sido más de lo que los trabajadores del centro habían conseguido en algo más de un día, por lo tanto, era un motivo de peso como para permitirles una nueva entrevista. A pesar de ello, no las tenía todas consigo. Había cometido un error imperdonable al dejarse llevar por los sentimientos de lástima y protección que profesaba hacia el pequeño y podía salirle caro.
—Cuando compruebe que la información que me da es correcta, hablaré con la directora sobre lo que ha pasado esta tarde aquí. Así que deje los datos que me ha prometido a mi compañera en la recepción y también su número de teléfono. Si pueden volver, la llamaré.
Kira y Rubén asintieron y se despidieron de ambos, sobre todo Kira, del pequeño Aarón, a quien dijo adiós con la mano mientras lanzaba una mirada enternecida. Y cuando lo hizo, dos preguntas acudieron a su mente. Se cuestionó si volvería a verlo, pero sobre todo, qué le había sucedido y qué tenía que ver todo eso con Rubén.