Esperó mientras Kira apuntaba todo lo que le había prometido a la asistente social. Durante ese tiempo trató de asimilar lo que había sucedido en aquel despacho. Había mirado al pequeño a los ojos y le pareció que estaba viendo su propio reflejo en el espejo. Tuvo la sensación de que era una historia ya vivida que se repetía y se preguntó si estaba perdiendo la cabeza. Durante la mayor parte de su vida pensó que estaba en sus cabales. Solo cuando estuvo esas semanas ingresado en aquel centro, se planteó si, en realidad, no era un demente y se inventaba cosas. Recordaba muy poco de esos días, únicamente retazos de horribles pesadillas que lo asfixiaban y de las que no podía escapar. Entonces se sintió perdido, tal y como se sentía en ese momento en que se estaba comparando con ese desdichado pequeño que había sufrido uno, o tal vez muchos, episodios horribles.
Cuando Kira terminó le hizo un gesto y abandonó el centro tras ella. Se montaron en el coche sin mediar palabra, pero antes de arrancar, Kira se giró hacia él.
—Rubén, me gustaría que habláramos sobre lo que ha pasado ahí dentro.
—Si pudiera entenderlo… —Dejó caer.
—Te invito a un café y cruzamos impresiones, ¿qué dices?
—Mejor una cerveza —bromeó, aunque lo cierto era que tenía unas ganas endiabladas de dar un trago.
—Ni en sueños —le regañó Kira, y él se limitó a asentir. Si le quedaba alguna duda de que ella había reparado en que tenía problemas con la bebida, esta se había disipado por completo.
—Un café estará bien —admitió.
Kira pareció satisfecha con su respuesta y arrancó el coche. Rubén pensó que estaría en silencio durante todo el trayecto, pero ella lo rompió tan de súbito como siempre había acostumbrado a hacer desde que la conocía.
—Por cierto, es que no puedo aguantar la curiosidad. ¿Aarón? ¿En serio? Tú y tus cosas; se te podía haber ocurrido un nombre más común.
Rubén se encogió de hombros, lo cierto era que no tenía una respuesta demasiado coherente, se había dejado llevar por un impulso.
—Supongo, pero, no sé, cuando vi sus ojos me vino a la cabeza. Ni siquiera pensé, Kira, fue como si me atravesara un rayo y me metiera el nombre dentro. No tiene sentido, lo sé.
—Bueno, tal vez sí tenga algún sentido, solo hay que encontrarlo. Ya sabes que no creo en las casualidades.
Bien lo sabía. Kira era de las que relacionaban todo y siempre ataba cabos. Tenía la convicción de que todo sucedía por un motivo, desde una gran alegría, a la mayor tragedia, y Rubén reconocía que solía estar de acuerdo con ella en ese aspecto, solo que a veces temía pensar de esa manera, pues no quería imaginar que los errores que había cometido a lo largo de su vida fueran por algún motivo concreto, como, por ejemplo, haberla dejado escapar.
—Ya hemos llegado —anunció Kira a la vez que pulsaba un pequeño mando a distancia y abría la puerta de un garaje.
—Pensé que me invitarías al Ritz por lo menos, doña detective importante.
—Tendrás que conformarte con una cafetera tradicional y leche de soja.
—Puaj, ¿cómo puedes beberte eso? Está asqueroso.
Kira se limitó a sonreír en respuesta a su protesta y lo guio en silencio hasta su piso. Una vez allí, fue directa a la cocina a preparar el café y él se quedó solo en el salón de su casa observando cada detalle que encontraba.
Reparó en una foto que despertó recuerdos que habían permanecido en estado de letargo en su interior. En ella estaban Kira y Candela abrazadas, apoyadas sobre la balaustrada de un paseo marítimo. Se acordaba a la perfección de ese día, pues la foto la había hecho él. Fue durante el verano en que Kira pasó las vacaciones con su familia. Las más felices que nunca había tenido, porque ella aún lo quería y todavía confiaba en él.
—Vaya —no pudo dejar de exclamar—. No me acordaba de esa foto.
—Lo imaginaba —habló Kira a su espalda—. Nunca se la envié a Candela, así que no habías vuelto a verla desde que la hiciste.
A medida que respondía iba avanzando hacia él y, cuando estuvo a su lado, le tendió una taza.
—¿Sigue gustándote sin azúcar?
—Sí, gracias.
Rubén dio un breve trago al café. Estaba muy cargado, como habituaba a tomarlo. La miró y se cuestionó si también recordaba ese detalle.
—¿Qué opinas sobre el niño? —preguntó sin tapujos. Resultaba más fácil para él ir al meollo de la cuestión, tratar cualquier tema que no tuviera que ver con ellos, pues no sería buena idea continuar hablando sobre la fotografía o acerca de las pequeñas cosas de las que aún se acordaban el uno del otro.
—Tengo varias opciones en mente.
—Yo solo dos: secuestro o maltrato —resumió Rubén.
—Esas suelen ir de la mano —apuntó Kira dando un sorbo al café.
—Ya…
—Cada vez tengo más claro que él y la mujer huían de algún lugar no muy lejos de donde lo encontramos. No creo que un niño tan pequeño pudiera recorrer una distancia demasiado extensa —inició la muchacha.
—¿Cuánto calculas?
—Un máximo de cinco kilómetros.
—No sabemos por cuál de los dos lados de la carretera aparecieron, así que eso nos da un radio de diez kilómetros —barajó Rubén—. Es bastante.
—No para la policía. Encontrarán algo pronto —alegó Kira y Rubén vio que apartaba la mirada y se mordía el labio una vez más. Lo había hecho antes de tocar el tema del pequeño y volvía a hacerlo. Algo le preocupaba. Tenía la sensación de que estaba continuamente conteniendo alguna pregunta que quería hacerle.
—Rubén, ¿qué ocurrió antes de que te desmayaras? —Logró articular, al fin.
Tuvo la tentación de mentir, como había hecho con Candela, pero sabía que ella desconfiaría todavía más que su hermana y no le apetecía discutir para terminar dando su brazo a torcer. Así pues, decidió que lo mejor sería sincerarse con ella desde el principio.
—No sé si podré explicarlo bien.
—Inténtalo, por favor.
Rubén tomó aire mientras analizaba en silencio cómo se había sentido.
—Cuando vi a Aarón en la carretera tuve una sensación muy extraña, como si saliera de mi propio cuerpo y fuera otra persona.
—Hablas de una sensación, pero ¿viste o sentiste alguna cosa?
Rubén asintió.
—Duró apenas un segundo, pero me vi en un lugar pequeño, con poca luz. Estaba abrazado a una mujer que olía a jabón, con las mejillas calientes y las manos frías.
—Puede ser un recuerdo —musitó la joven, alargó la mano y le rozó el brazo con las yemas de los dedos.
El contacto de Kira provocó que se estremeciera, tanto que estuvo a punto de olvidar la conversación y deseó abrazarla, aferrarse a ella y sentir que no caía al vacío.
—No, no lo creo —siseó con la voz apagada.
—¿Qué ocurrió después? —instó Kira.
—Te vi, tenías al chico en brazos y me hablabas, pero no podía escucharte. No recuerdo más. Me desperté en el hospital.
—¿Crees que…?
La pregunta de Kira quedó interrumpida por el estridente sonido del timbre.
—¿Esperas a alguien?
—No. Voy a ver.
Le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta. Desde el salón, Rubén veía el pequeño pasillo que conducía a la entrada de la casa. Kira abrió la puerta tras echar un vistazo por la mirilla.
—Pensé que estarías trabajando —dijo a modo de saludo, y se hizo a un lado para que el hombre que estaba frente a ella entrase en la casa.
Cerró la puerta tras de sí y la abrazó de forma que a Rubén le resultó posesiva.
—No has podido esperar, ¿eh? —dijo el recién llegado, nada más deshacer el abrazo.
—No sé de qué hablas.
—Me acaba de llamar una asistente social. Me ha contado que te has presentado ahí con no sé qué psicólogo. ¿A quién más has enredado en este asunto?
Kira hizo un gesto y se dirigió hacia el salón en donde Rubén aguardaba. El hombre la siguió hasta que ella se detuvo entre ambos y se giró.
—Eloy, este es Rubén —dijo señalando hacia él—. Rubén, él es Eloy, mi contacto en la policía.
El hombre no pareció inmutarse por su presencia, no obstante, le tendió la mano y Rubén la estrechó.
Se quedó mirando al amigo de Kira y sintió aversión hacia él al instante. Era el prototipo de hombre del que todas las mujeres se quedaban prendadas. Tenía el pelo oscuro y los ojos claros; era media cabeza más alto que él, musculoso y demasiado guapo. Poseía esa clase de atractivo que resultaba arrogante.
Era el tipo de persona que se había burlado de él en el colegio y atormentado durante su época en el instituto. Nunca se había librado de esa clase de gente, que siempre lo miraban por encima del hombro; algunos con condescendencia, otros directamente con asco. Solo veían en él un ser asocial que no se ajustaba a lo que ellos consideraban la normalidad y no eran capaces de darse cuenta de que él solo quería vivir tranquilo. Lo único que ansiaba la mayoría de las veces era mirar a la gente sin encontrarse con alguien que perteneciera a la otra esfera, porque tenía miedo de confundirlo con un vivo y que lo vieran hablar a la nada, como le había sucedido varias veces y por ello había perdido relaciones sociales, incluso un par de trabajos.
Eloy se limitó a mirarlo de arriba abajo, igual que si fuera un soldado recién reclutado y tuviera que pasarle revista. Luego se volvió de nuevo hacia Kira.
—Te dije que te quedaras quietecita.
—No ha pasado nada y quería ver al pequeño.
—Esa mujer podría haberte denunciado y habrías perdido tu licencia —regañó a la joven una vez más.
—Pero no ha ocurrido, ni va a ocurrir, ¿verdad? —Sonrió Kira.
Eloy profirió algo parecido a un gruñido y Rubén intuyó que el policía no podía resistirse a los labios de Kira curvándose de aquella manera, igual que le sucedía a él.
—Tienes que andarte con más cuidado —advirtió el agente.
Kira asintió, diligente, pero al instante desvió el tema y entonó otra pregunta:
—¿Has averiguado algo más?
El policía echó una mirada no demasiado discreta hacia Rubén antes de responder a Kira.
—Mañana. Iré a tu oficina y te contaré lo que sé.
Kira pareció dudar, Rubén supuso que estaría barajando la posibilidad de que su amigo le diese información delante de él, pero imaginó que un policía, si era bueno en su trabajo, no se fiaría de alguien a quien acababa de conocer y no tenía ni idea de dónde había salido. De estar en su lugar, él tampoco daría datos a la ligera.
—Vale. Te esperaré a primera hora.
—Bien. Me marcho, te veo mañana —añadió Eloy y besó a Kira en la mejilla—. Adiós.
La despedida la dirigió hacia él, quien contestó de idéntica manera. Kira lo acompañó hasta la puerta y Rubén vio como él murmuraba algo en su oído y la chica se limitaba a sonreír.
No pudo evitar una punzada de celos. Resultaba absurdo e infantil. Kira tenía todo el derecho de estar con quien quisiera. Después de nueve años, él ni siquiera tenía la opción de plantearse intentar ganarse de nuevo su corazón, y mucho menos después de haber visto a aquel policía, con el que no podía competir, de ninguna manera.
Ser consciente del fracaso de sus exiguas expectativas lo hizo enfurecerse momentáneamente, sobre todo porque se había percatado de un detalle sobre ese tío que no le había pasado desapercibido y que lo hacía imperfecto para Kira.
—Sales con un tío casado —espetó en cuanto Eloy hubo abandonado la casa.
—¿Cómo dices? —preguntó Kira mientras volvía hacia donde él se encontraba.
—Pues eso, que te estás viendo con un tipo que está casado. Lleva anillo y ni ha intentado ocultarlo.
—¿Cómo te atreves? —le increpó—. No tienes derecho a decirme algo así, ninguno, ¿te enteras?
—Kira, lo digo…
—Ni se te ocurra juzgarme —cortó Kira, ofendida—, y tú menos que nadie.
—No te estaba juzgando, lo decía porque… —Rubén se atragantó con sus propias palabras. Iba a confesar que había dicho aquello llevado por un infantil ataque de celos e inmediatamente se dio cuenta de que Kira tenía razón y no debió abrir la boca.
—No quiero que te metas en mi vida. Fuera de mi casa.
—Te mereces alguien mejor.
—Ahórrate la frasecita, ¿quieres? —atacó Kira—. Ya me la dijiste una vez. Entonces tenías razón, esta vez no. Ahora, vete de mi casa, por favor.
No había pretendido ofenderla, pero lo había conseguido. Como tantas otras veces. Desde que se habían reencontrado, ostentaba el récord de meteduras de pata con ella. Había perdido todas las oportunidades de conseguir que permaneciera en su vida, aunque solo fuera como su vieja amiga. Ahora ya sabía que no podía aspirar a más.
—Lo siento —dijo a modo de despedida antes de abandonar el lugar sin echar un último vistazo atrás y ver cómo ella, con toda probabilidad, le dirigía una mirada llena de desprecio.
Deseó poder dar marcha atrás, pero no solo con los últimos minutos pasados, sino con toda su relación con ella. Se había arrepentido en infinidad de ocasiones de cómo había obrado, pero entonces le pareció la única manera de afrontar lo que le había sucedido. Ahora, lo veía desde otra perspectiva, desde la del hombre que había perdido a la única mujer que lo había hecho feliz por miedo.
Un miedo que era lógico y real, pero que lo había paralizado durante demasiado tiempo.