12
Kira

 

 

 

 

 

Lo había vuelto a hacer. Había conseguido cabrearla con una sola frase. A veces le parecía que era su único objetivo.

En cuanto Eloy había aparecido, Rubén había cambiado su actitud. Se había mostrado frío ante el saludo del policía y ella había percibido que se sentía de algún modo amenazado, puede que incluso manifestase celos hacia Eloy y no sabía si eso provocaba que se cabreara aún más con Rubén o que se indignase. Habían cortado por su culpa, así que sería tan incongruente como estúpido que envidiase a Eloy porque creía que se acostaba con ella.

Lo pensó un rato más y, cuando su enfado remitió de manera considerable, decidió que, si realmente Rubén tenía celos de Eloy, dejaría que los siguiera teniendo y no le sacaría de su error. Pensó que tal vez se lo mereciera. No le vendría mal probar un poco de su propia medicina, aunque fuera con nueve años de retraso.

Después, dejó de dar vueltas al asunto y se sentó en el ordenador. Abrió un nuevo documento y comenzó a anotar todo lo que recordaba referente al caso de Aarón. Desde el accidente a la entrevista en el centro de acogida. Escribió lo que Rubén le había contado e investigó con el Google Maps los alrededores del lugar del accidente y apuntó cualquier sitio del que hubiera podido salir el niño. Cuando hubo redactado varias hojas con recopilación de datos, lo repasó todo.

Vio el nombre que Rubén había puesto al pequeño, lo leyó y releyó hasta que cayó en la cuenta. Era la A, la letra que aparecía en las cartas que Jorge le había echado. Le dijo que el día de la boda de su amiga se cruzaría con un hombre cuyo nombre empezaba por A y que eso tendría consecuencias positivas para su corazón y su negocio. Lo del negocio estaba por ver, pero en lo del corazón estaba segura de que había dado en el blanco, ya que el pequeño se había hecho rápidamente un hueco en él. Y, pasase lo que pasase, ya nunca podría olvidar a ese niño.

Su secretario se llevaría una alegría inmensa al saber que había vuelto a acertar con ella, igual que cuando le dijo que un miembro de su familia se despediría pronto, claro, que esa vez no había tenido tiempo ni para pararse a pensar quién sería cuando recibió la llamada de su madre anunciando que su padre había fallecido de forma repentina. No había dudado de las dotes de su ayudante, pero, desde ese día, se juró que le pediría con más asiduidad que le leyera el futuro.

 

* * *

 

A la mañana siguiente acudió a la oficina con energías renovadas. Había llegado antes que su secretario y esperaba con ansia las noticias de Eloy sobre el caso. Le había dicho a primera hora, pero cuando Jorge se presentó, lo hizo solo.

—¿Y Eloy? —preguntó a su ayudante.

—Me ha dicho que te dijera que va a retrasarse un poco. Parece que tiene una nueva línea de investigación.

—¿En serio? ¿Te ha contado algo más?

—No —suspiró el secretario—. Cuando comparte caso contigo no suele contarme mucho mientras desayunamos. Dice que yo lo casco todo antes de tiempo y me regaña porque él no te acaba dando la exclusiva.

—Con razón —respondió Kira, conteniendo la risa—, eres un pelín bocazas.

—¡Y bien que te aprovechas de ello, jefa! —protestó el muchacho.

—Oye, no me eches la culpa. Cantas como un canario recién levantado.

Y gasto el mismo pelo divino, ¿lo ves? —dijo y se atusó su rubia cabellera.

—No seas tan presumido —se burló ella.

—Venga, adelántame tú en qué estáis trabajando —pidió Jorge—. ¿Tiene que ver con el casi accidente que tuviste?

Algo así.

—Vamos, cuéntame algo o moriré de aburrimiento.

—Vale —concedió Kira—. Voy a darte una alegría. Sí que conocí el sábado a A, pero no me había dado cuenta.

—¡Oh! ¿En serio? ¿Cuál era el nombre misterioso? Y ¿cómo es? Seguro que guapísimo. No espero menos de ti, jefa.

Jorge juntó las manos y preguntó con tal emoción que Kira no pudo evitar la tentación de vacilarle un poco.

Pues tiene el pelo negro, los ojos marrones verdoso y mide más o menos un metro diez.

La sonrisa soñadora de Jorge se borró de su rostro de sopetón.

—¿Es un enano? —preguntó, extrañado.

Kira soltó una carcajada.

—Es un niño, bobo.

—Eso no es posible —respondió al instante Jorge, torciendo el gesto.

—Pues sí. Es el pequeño que casi atropellamos. Se llama Aarón.

—Pero no puede ser el que yo vi en mis cartas —insistió el secretario.

—¿Por qué no? Dijiste que su nombre empieza por A y que me robaría el corazón y ese niño lo ha hecho.

De una manera romántica, jefa. Mis cartas me dijeron que A es el amor de tu vida y que te chocarías con él en la boda de tu amiga; no puede ser un crío.

—Entonces, me temo que tus predicciones han fallado.

Jorge suspiró, apesadumbrado.

—En fin, tendré que practicar más. Está claro que no termino de interpretar bien lo que veo.

—Vamos, no te desanimes —animó la joven—. Has acertado mucho más de lo que Eloy jamás imaginaría.

—Eloy no cree en mis cartas y mira que le dije que este año le ascenderían, pero sigue sin tener en cuenta mis palabras.

—Ah, sí, el caso del león —recordó Kira.

—Bueno, algo así. Vi un león en las cartas. Gracias a eso conseguirá su ascenso. Cuando se lo dije se burló de mí. Me contestó que él no llevaba casos de crímenes en el zoológico. ¿Puedes creerlo?

—No le hagas caso. Ya sabes cómo se las gasta.

El secretario asintió y suspiró una vez más antes de sentarse frente al ordenador para comenzar su trabajo. Kira le dejó hacer y se encerró en su despacho.

Cuando hubo transcurrido poco más de una hora, escuchó a Jorge hablar con Eloy y dejó lo que estaba haciendo para centrarse en lo que su amigo tuviera para ella.

Se puso en pie cuando él entró y le recibió con su mejor sonrisa.

Buenos días, guapo.

—Detecto peloteo.

—¡Para nada! Solo constato un hecho; eres la envidia de media comisaría y de unos cuantos modelos también. ¿Todo lo que traes bajo el brazo es para mí? —interrogó señalando las carpetas que llevaba.

—Sí. Incluidas las palmeritas de chocolate —respondió levantando una bolsa que llevaba en la mano.

—Te quiero, lo sabes, ¿verdad?

Eloy sonrió. A Kira le encantaba ver una nota de felicidad en su rostro, cosa que siempre hacía cuando ella le mostraba su cariño, pues el policía acostumbraba a dejar a un lado su faceta más seria y responsable y siempre la correspondía con su mejor cara alegre.

—En realidad las he traído para Jorge —admitió dándole la bolsa—. Esta mañana le he gruñido más de lo debido y quería compensárselo, pero te ha cedido dos.

—¡Qué encanto! Tienes suerte —añadió a la vez que se metía media palmerita en la boca.

—Lo sé.

Eloy volvió a ofrecerle una nueva sonrisa y Kira se sintió dichosa por tenerlo en su vida y satisfecha de haberlo ayudado a encontrar al amor de su vida.

Cuando se conocieron, Eloy aún no se había recuperado de la pérdida de su hermana por culpa de un cáncer de hígado. La tragedia lo había dejado tan devastado que no tardó en volcar todos los sentimientos filiales que aún guardaba sobre ella. Había sido su mentor y, habitualmente, más que como su amigo, se comportaba como un hermano. Y cuando Kira conoció a Jorge, vio en él al compañero perfecto para su amigo, por lo que no dudó en presentarlos y en hacer todo lo posible para que surgiera la chispa entre ellos.

—Venga, enséñame lo que tienes para mí —habló Kira mientras engullía el dulce.

—Te haré un resumen. Como sospechábamos, no hay coincidencias con las huellas del niño.

—¿Y las denuncias por desaparición de menores?

Están en ello, pero de momento nada.

—¿Y qué hay del lugar del accidente? —insistió Kira—. ¿Algo en claro?

—Los compañeros están peinando la zona. Han encontrado una granja a pocos kilómetros del lugar. Viven varias mujeres juntas. No son familia, así que más bien parece que conviven en una especie de comuna hippie. Van a interrogarlas, pero, por el momento, no hay pruebas de que el niño haya estado allí.

—¿Qué hay de la fallecida? —continuó preguntando Kira.

Eloy abrió una de las dos carpetas que traía y le pasó un expediente.

—Graciela Márquez. Cuarenta años. Se fugó de un orfanato en Segovia hace veinticinco. Vino a Madrid y la contrataron como camarera de hotel durante un mes. La despidieron y acabó trabajando en un motel, adivina en qué carretera.

—La misma del accidente.

—¡Bingo!

—Estoy empieza a pintar muy bien, Eloy.

—No cantes victoria tan pronto, Kira. El motel lleva veinte años cerrado. El dueño murió y su hijo no sabe nada sobre Graciela, ni siquiera conserva los datos de los empleados de su padre. Tras marcharse de ese motel no hay más pistas de ella. Canceló su cuenta bancaria y en la seguridad social no consta ningún alta más en ningún trabajo, tampoco hay facturas a su nombre, ni ningún tipo de propiedad, ni coche; ni siquiera un alquiler. Es como si hubiera sido un fantasma estos años.

—Así que no tenemos nada —resumió Kira.

—No.

—Has estado a punto de darme una alegría y luego lo has fastidiado.

—Este trabajo es así —decretó Eloy.

—¿La autopsia revela algo? —persistió la detective, al momento.

—Falta el informe oficial, aunque he podido averiguar que murió a consecuencia del impacto de un coche, pero ya presentaba diferentes contusiones por el cuerpo.

—¿Malos tratos?

—Es bastante probable —confirmó el policía.

—¿Crees que puede tratarse de un secuestro?

—Todo apunta a eso, aunque que sacara todo el dinero del banco y cancelara la cuenta es bastante raro.

—Puede que estuviera pensando en abandonar el país —imaginó Kira.

—Pero no lo hizo. Ni siquiera tiene pasaporte. Si hizo cualquier movimiento, por pequeño que fuera, fue con otra identidad.

—Entonces, ¿qué relación crees que puede tener con el niño?

—Ya te he dicho que falta el informe oficial, Kira, pero ha dado a luz, así que es viable que sea la madre del niño. Cuando estén los resultados de la prueba de ADN sabremos algo más.

—¿Puedo quedarme los informes?

—Sabes que no.

—¿Fotocopia? —preguntó Kira con una sonrisa.

—Sí —admitió Eloy, a regañadientes.

—¿Y esa otra carpeta?

—¿Esto? —preguntó el policía levantándola.

Ajá.

—Es el premio gordo.

—¿En serio? ¿Qué es? —preguntó la muchacha, visiblemente emocionada.

—El expediente de tu amiguito.

—¿Qué amigo?

—El falso psicólogo infantil.

Kira se quedó aturdida durante un segundo, hasta que comprendió que Eloy hablaba de la mentira que se había inventado sobre Rubén para que pudiera acompañarla a visitar a Aarón. Puso los ojos en blanco. Debió imaginar que Eloy metería sus narices en el asunto en cuanto lo conociera.

—¿Has investigado a Rubén?

—Por supuesto. No pensaba hacerlo, pero no me gustó cómo me miró.

Así que has hurgado en su pasado por despecho —resopló Kira.

—Totalmente, y no me arrepiento. Es una joyita.

—No puede ser para tanto —dijo, convencida de que Eloy solo habría encontrado en su expediente el episodio del secuestro que habían sufrido, pero por el rostro de su amigo y el grosor de la carpeta, debía haber más cosas.

La curiosidad le pudo y se preguntó qué podría encontrar sobre Rubén que no supiera. Tal vez algo sobre su pasado que podría explicar su presente.

—¿Eso crees? —increpó Eloy—. ¿De dónde has sacado a ese tío, Kira?

—Es el hermano de Candela.

—Pues, para empezar, te ha mentido. No es psicólogo.

—Ya lo sé. Eso me lo inventé yo para que pudiera venir conmigo.

—¿Por qué hiciste eso? —soltó Eloy, fuera de sí.

—Porque íbamos juntos cuando encontramos al niño. Él también quería verlo…

—Pues no te fíes de él.

Hace mucho que lo conozco, Eloy.

—¿Lo conoces o crees conocerlo? Abre el expediente, por favor.

—Está bien.

Kira obedeció y empezó a pasar páginas con varias fotos de Rubén más joven y en un estado bastante lamentable, mientras Eloy iba relatando su currículum.

—Detenido en varias ocasiones por conducir ebrio. Resistencia a la autoridad; incluso cuenta con una denuncia por agresión a otro tío en un bar.

Kira contemplaba los informes con estupor. Le parecía mentira que estuvieran hablando de la misma persona. Aquel no parecía el hombre del que había estado enamorada años atrás.

—Ahora viene mi parte favorita —continuó Eloy, a la vez que señalaba una serie de informes médicos—. Ha estado dos veces ingresado en un centro psiquiátrico. La primera a los ocho años y la segunda a los veinte.

Kira levantó la vista como si hubiera sido sacudida por un rayo. Conocía su primer ingreso, pero no el último. Cotejó las fechas. Se remitían a octubre de 2010; había ingresado cuando aún eran novios, poco después del último fin de semana que habían pasado juntos en París y lo había abandonado unos días antes de que Candela le contase lo que precipitó su ruptura. Se mordió el labio sin dejar de preguntarse por qué tanto él como Candela se lo habían ocultado.

La voz de Eloy volvió a ella y logró escuchar lo que continuaba diciendo.

—Tiene diagnosticada esquizofrenia.

—No, eso no es verdad, Eloy —rebatió Kira.

Eso era lo único que tenía claro de lo mucho que estaba leyendo sobre Rubén.

—Diagnosticada por cuatro psiquiatras distintos. ¡Cuatro! —insistió el policía con vehemencia.

—Me da igual lo que digan, Rubén no está loco.

Sabía que los especialistas lo habían catalogado así cuando, a los ocho años, Rubén había dicho que había mantenido un diálogo con una persona muerta cuando sus compañeros de clase lo habían encerrado en una casa abandonada. Ella tenía la certeza de que Rubén no mentía, porque había visto con sus propios ojos cómo un espíritu lo poseía en aquella casa infernal en la que estuvo retenida junto a Candela.

—No está loco —repitió.

—¡Claro que sí! —insistió Eloy—. Es un chiflado, inestable y probablemente peligroso. Y aún no he terminado con él; solo he rascado la superficie. Pronto descubriré más cosas y te convenceré de que es mejor no tenerlo cerca.

Kira miró a su amigo con serenidad. Sabía que lo prudente en los momentos en los que él se obcecaba con algo era no llevarle la contraria.

Eloy no creía en nada que no pudiera ver. Las únicas pruebas que consideraba válidas eran las tangibles, por lo que siempre le había resultado complicado explicarle que ella había tenido contacto con sucesos paranormales. Lo había intentado una vez, pero Eloy desechó la charla y pensó que estaba gastándole una broma.

Tendría de nuevo esa conversación con él, pero la dejaría para más tarde, cuando estuviera en posesión de una prueba y Eloy no tuviera más remedio que admitir que le había dicho la verdad.

—Está bien. Hasta entonces, déjame sacar mis propias conclusiones.

—De acuerdo. Fotocopia los informes para que pueda llevármelos de vuelta.

Kira obedeció y mientras hacía el trabajo de reprografía pensaba de nuevo en Rubén. Aún seguía molesta con él, sin embargo, la información a la que había tenido acceso hizo que quisiera volver a verlo, porque no se podía quitar de la cabeza qué le había ocurrido ese mes de octubre y si eso tendría algo que ver con ella y su ruptura.