13
Rubén

 

 

 

 

 

Apenas había pegado ojo la noche anterior y le costó mucho concentrarse durante las horas que estuvo trabajando. Cuando le avisaron del taller, ya ni se acordaba de que habían quedado en hacerlo cuando tuvieran listo su coche.

Fue a recogerlo y se dio cuenta de que tenía la excusa perfecta para volver a ver a Kira. Pensó en llamarla, pero tal vez ella declinase quedar con él y mandase a alguien a recoger su bolsa, por lo que pensó llevársela directamente a su casa, ahora que sabía dónde vivía. Se arriesgaba a que lo recibiera de malas maneras, pero no tendría más oportunidad de pedirle disculpas por el desafortunado comentario y, de paso, trataría de que le contase qué había averiguado sobre Aarón.

Lo poco que había dormido esa noche, había soñado con el niño. Lo buscaba por un húmedo y angosto pasadizo. La luz era tan escasa como el oxígeno y le parecía que recorría pasillos interminables mientras gritaba:

—Aarón, hijo mío, ¿dónde estás?

De alguna manera, el pequeño se le había metido en la cabeza tanto como Kira. Solo lo había visto dos veces y el niño le había dedicado una única mirada, pero se había sentido más cercano a él que a la mayoría de gente que había conocido a lo largo de su vida. Puede que fuera un estúpido, o simplemente era que a veces olvidaba que deseaba llevar una vida normal y tener una familia más allá de sus padres y Candela, y en ese anhelo los veía reflejados, tanto a ella como al chiquillo.

 

* * *

 

Era casi media tarde cuando llamó al timbre de su puerta. Tardó tanto rato en abrir que llegó a pensar que lo había visto y no quería recibirlo, pero al final Kira apareció tras la puerta.

—Hola, he traído tu bolsa —dijo mientras le tendía el bulto. Esperaba que lo aceptase sin cerrar después de manera brusca.

—Gracias —contestó Kira, y lo cogió con cuidado.

—Pensé en llamarte, pero imaginaba que no querrías verme.

—Por eso lo mejor es presentarte en mi casa, ¿verdad? Eso no es de ser acosador ni nada por el estilo.

—Soy un profesional en eso. Tengo un título y tengo dos más de experto en meter la pata contigo. Siento el comentario de ayer. Fui un imbécil y te pido perdón. No volveré a entrometerme en tu vida privada. Lo prometo.

Algo parecido a una sonrisa de diversión apareció en el rostro de Kira.

—Está bien. Sigo cabreada —admitió—, pero acepto tus disculpas. Hoy el café está recién hecho. Pasa.

Aliviado, Rubén se dispuso a entrar, anduvo por el pasillo y se dirigió al salón, dispuesto a acomodarse en el sofá, cuando vio que había alguien más allí.

Se quedó petrificado al darse cuenta de quién era, pues no lo esperaba. De hecho, no había reparado en que podía volver a encontrarse con él. Era la segunda vez que lo veía en pocos días. La primera había sido en la boda de Candela, cuando se había aproximado a Kira para hablar con ella, y vio que estaba tras la muchacha. Sus miradas se cruzaron, él le saludó con la mano y cuando Kira se giró y volvió a mirar hacia Rubén extrañada, se dio cuenta de que estaba viendo un fantasma; el espíritu del padre de Kira. Por eso no pudo evitar darle el pésame cuando estaban bailando, porque Candela no le había dicho que había fallecido, se había enterado de esa manera tan abrupta y le había afectado.

Le ocurría muchas veces; se presentaban ante él igual que el día en que habían muerto y cuando no se trataba de un fallecimiento violento, Rubén era incapaz de distinguir si se trataba de alguien vivo o no. No avisaban, casi nunca sentía nada diferente, simplemente los veía, igual que cualquier persona normal vería a otra ante él. Por eso, muchas veces Rubén se abstenía de salir demasiado a la calle; así evitaba encontrarse con “ellos”.

Ahora, el espíritu del padre de Kira estaba allí de nuevo, frente a él, en el salón de la casa de su hija, probablemente porque tenía un asunto pendiente con ella.

Por fortuna, Kira no pareció percatarse de lo que le sucedía y casi era mejor para ella no saber que el fantasma de su padre la rondaba. Se acercó a Rubén, dispuesta iniciar una conversación con él cuando la interrumpió el sonido del teléfono.

—Perdona, es mi madre —se disculpó—. Ha quedado en llamarme y si no contestó, seguirá insistiendo. Ya sabes lo persistente que es.

—Claro, ve. Sin prisa —añadió Rubén, y vio como Kira desaparecía para meterse en el dormitorio con el teléfono en la mano.

Cuando la oyó hablar, detuvo la vista en el espíritu y esperó hasta que él se decidió a abrir la boca.

—Hola, chaval, ¡cuánto tiempo! —exclamó el fantasma.

—Sí, mucho.

—Me alegro de verte de nuevo, aunque sea en estas circunstancias.

—Yo también.

—No sabía que eras así —prosiguió el padre, sin dejar de observar a Rubén—. Siempre le dije a Kira que eras un hombre distinto a los demás, como pocos podía encontrar, pero no me imaginaba que hasta este extremo.

—Es algo de lo que no me gusta presumir, créame.

—No debe ser fácil —admitió el espíritu.

—No, no lo es.

De pronto se sintió analizado por aquel hombre que ya pertenecía al otro plano, aunque no había dejado de ser el padre de Kira. Le pareció que lo estaba examinando como nunca había hecho.

—Sé que no es de mi incumbencia —comenzó el fantasma—. Kira nunca me contó por qué rompisteis y no voy a preguntártelo, pero fui testigo de lo mucho que sufrió. Me caes bien, muchacho, y siempre te consideré digno de mi hija. Nunca pensé que te diría esto, pero ahora que has vuelto a su vida después de tantos años, solo te haré una advertencia: si vuelves a hacer daño a mi pequeña, te atormentaré durante el resto de tu vida.

Rubén reprimió una carcajada. Aquel espíritu tenía razón, era lógico que actuara así y, de haber estado en su misma situación, él hubiera proferido idéntica amenaza. Sin embargo, se sintió desolado por las palabras del hombre, pues ese nunca fue su objetivo. Se arrepentía de cómo había actuado en el pasado. No había un solo día en que no pensara que había obrado mal y quisiera dar marcha atrás, pero hace muchos años que pasó el tiempo de poder hacerlo.

—Puede que no me crea, pero nunca quise hacer sufrir a Kira —confesó con sinceridad, y hubiera confesado todo lo demás si se lo hubiera preguntado.

El espíritu asintió de forma leve y a Rubén le pareció que se le humedecían los ojos. Supo entonces que le había creído, aunque no se atrevió a decirlo.

—Obviamente no es por mi culpa por lo que sigue anclado en este mundo —dijo Rubén justo después de que un incómodo silencio se hiciera entre ellos—. Dígame por qué no ha cruzado el umbral.

—No era mi intención quedarme así, te lo aseguro —respondió, y señaló su propio cuerpo o, más bien, su esencia—, pero no me fui de este mundo en paz. Había discutido con Kira unos días antes de morir. Ahora me doy cuenta de que fue una estupidez, pero no tuve tiempo de decírselo, ella quiso hablar conmigo, pero me negué. Y ahora mi hija cree que no la quería como merecía. Me gustaría decírselo.

—Puedo hacerlo por usted. Le daré el mensaje que quiera de su parte —se ofreció Rubén, aliviado. Si era lo único que precisaba, sería muy fácil ayudarlo.

—Y quisiera abrazarla por última vez —añadió el padre de Kira.

Rubén tembló al escucharlo. Los recuerdos volvieron a él como un latigazo. El dolor insoportable, el miedo, la imposibilidad de moverse, la pérdida de sus propios pensamientos.

Era un ruego imposible.

—No sabe lo que me está pidiendo —masculló—. La última vez que tuve contacto físico con un espíritu permanecí varios días en coma.

El rostro del hombre se contrajo. Era obvio que no sabía lo peligroso que podía ser. Se había dejado llevar por la creencia de que poseer a un vivo era tan fácil como en las películas, pero la realidad no era esa. Cuando establecían contacto, las vivencias y los sentimientos de ambos se fusionaban y él era capaz de percibir todo el dolor, la alegría y el sufrimiento que el fallecido había padecido a lo largo de su vida. El impacto en su cuerpo y en su mente era brutal y a medida que iba pasando el tiempo en que estaba poseído por el difunto, la temperatura de su cuerpo descendía de manera vertiginosa, tanto que podía provocarle una parada cardiaca.

Era mucho pedir. Era demasiado.

Iba a darle más excusas cuando Kira apareció de nuevo en el salón. El espíritu de su padre no desapareció, sino que permaneció allí, parado, como si estuviera dando vueltas a lo que Rubén acababa de contarle.

Esperó a ver la reacción de la joven, pero Kira continuó sin abrir la boca.

—¿Va todo bien?

—Mamá. Se ha puesto a llorar otra vez.

—Es lógico —se limitó a decir Rubén.

—Lo sé, pero me cuesta un poco…, bueno, en realidad mucho. No soy capaz de aceptarlo.

Rubén no supo qué responder. Su primer impulso fue ir hasta ella y abrazarla. Darle el consuelo que precisaba, decirle que podía ayudarla a llevarlo mejor, pero lo desechó. Tenía miedo de hacerlo. No podía ocultar el temor que sentía, así que esperó a que el mal momento pasase.

Kira pareció recomponerse antes de lo que había previsto y le ofreció una sonrisa cargada de tristeza.

—Supongo que mamá necesita más tiempo y yo también. Todos lo necesitamos. El duelo es así —zanjó con desánimo.

—Sí —aseveró Rubén, casi en un susurro. Le dolía verla al borde del llanto. Era difícil para él contemplarla en un momento de debilidad como aquel y no tener la fortaleza suficiente como para ayudarla.

Kira se encogió de hombros, como si de aquella manera pudiera deshacerse del peso que había caído sobre ella como una losa y se sintiera algo más liviana al haberlo hecho.

—¿Quieres saber cuál es la buena noticia del día?

Dejó la pregunta en el aire hasta que él fue capaz de reaccionar a sus palabras.

—Sorpréndeme, por favor —respondió Rubén con alivio. Prefería enfrentarse a la faceta habitual de Kira: dicharachera y entrometida, o incluso la prefería enfadada; cualquier cosa menos ver su aspecto más frágil, aquellos momentos que hacían que el corazón se le rompiera en mil pedazos.

—He hablado hace un rato con la asistente social. Va a permitirnos ver de nuevo a Aarón.

—¿En serio? ¡Eso es fantástico!

—Sí. Creo que les convenció que el niño hablara con nosotros. No me lo ha dicho directamente, pero he intuido que no han logrado sonsacarle mucho más.

—Supongo que eso también quiere decir que la policía aún no ha averiguado nada importante sobre él —apuntó Rubén.

—Están a la espera de verificar si la fallecida es su madre.

—No lo creo —respondió él, muy convencido, pues había meditado largo y tendido sobre la noche del accidente y había logrado recordar algo.

—¿Por qué opinas eso ahora? El otro día pensabas lo contrario. ¿Acaso viste algo cuando murió?

—No y eso es lo raro.

Volvió a especular sobre lo que había sucedido esa noche e hizo memoria de la escena que había presenciado antes de desmayarse.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kira.

—Supongamos que estuvieran huyendo de algún lugar o buscando ayuda por cualquier motivo —comenzó Rubén.

—Esa es nuestra teoría, sí.

—Bien, si esa mujer fuera la madre de Aarón, al morir, lo habría hecho con un asunto pendiente, pues habría dejado a su hijo desprotegido, así que su espíritu hubiera quedado atado al niño, al menos hasta saber que estaba a salvo.

—Y no hay ningún fantasma ligado a Aarón —añadió Kira.

—Exacto —confirmó Rubén.

—Entonces, ¿qué hacía allí con él?

Rubén también había dado vueltas a esa cuestión y solo se le ocurría un resultado satisfactorio.

—¿Y si era quien lo perseguía? Tal vez Aarón huía de ella. ¿Qué opinas?

Vio cómo el rostro de Kira cambiaba. Su boca se abría ligeramente y sus ojos comenzaron a brillar. La emoción de un nuevo descubrimiento hizo que pareciera aún más hermosa de lo que ya era.

—Que eso le da un giro muy interesante a la investigación, Rubén. Tenemos que hablar con él.

—¿Cuándo podremos ir?

—He quedado el jueves a las cinco. Espero que te vaya bien, porque Rocío no me ha dado más opciones.

—No tengo nada mejor que hacer —se limitó a decir, y no mentía.

Esa pequeña investigación en la que se había visto inmiscuido le había devuelto las ganas de salir de casa. Durante los últimos días había olvidado lo mucho que a veces temía mezclarse con la gente. Estar cerca de Kira le daba seguridad y le insuflaba vida. Además, no podía olvidar que no había dejado de pensar en el niño.

De alguna manera, intuía que su destino y el del pequeño habían quedado irremediablemente unidos cuando había estado a punto de atropellarlo.