La semana estaba transcurriendo veloz como un rayo. Ya estaban a jueves y había seguido trazando posibles líneas de investigación en el caso de Aarón. Se le había mezclado con otro que tenía a medias, pero lo había dejado aparcado porque las indagaciones se habían estancado cuando perdió la pista a su objetivo en el momento en que salió del país.
Así que tenía libertad para dedicar los siguientes días al pequeño.
Unió los datos que Eloy le trajo a los que ya tenía y le sumó la percepción que Rubén le había dado sobre la posibilidad de que Graciela fuera la mala de esta historia y no la víctima.
No había compartido esa idea con Eloy, se la había guardado para ella hasta que su amigo no le diera los resultados de la autopsia. Si Rubén estaba en lo cierto, tal vez podría utilizarlo para convencer a Eloy de que Rubén podría ser de ayuda en la investigación.
Cuando pensó en esa posibilidad se dio cuenta de que no dejaba de incluirlo en todo lo que tenía que ver con el caso. Analizó sus propios sentimientos y comprendió que se estaba precipitando. Desde el accidente habían pasado varias horas juntos, repartidas en dos días, pero ella tenía la impresión de que habían sido meses. A veces se descubría pensando en Rubén y se asombraba de que le resultase tan natural confiar de nuevo en él como lo era respirar.
A pesar de lo que había sucedido entre ellos, no podía negar que siempre se habían comprendido a la perfección, aunque discutir siempre había sido la sal de su relación, incluso mucho antes de que se convirtieran en pareja.
Había estado a punto de hacerlo, pero al final decidió no contarle que sabía lo de sus detenciones ni lo de su ingreso en el psiquiátrico.
Después de hablar con su madre se sintió con las fuerzas tan mermadas que no fue capaz de enfrentarse a su pasado con Rubén. Cualquier cosa que él hubiese respondido, la hubiera hecho llorar, estaba segura, y no quería mostrase tan débil ante él. Bastante afectada la había visto ya como para seguir echando más leña al fuego, por eso había optado por hablar con él sobre Aarón y el caso. Más que despejar incógnitas, las abría, pero era su terreno, se sentía cómoda en él y sabía que llevaba las riendas.
El resultado de todas sus cavilaciones no era otro que el deseo de que llegase la tarde para ir al centro de menores por varios motivos, pero el principal era volver a tener cerca tanto a Aarón como a Rubén. El primero porque había llegado a su vida para alborotarla más aún de lo que ya estaba. Y el segundo había regresado a ella con más fuerza de la que había esperado. Si alguien le hubiese dicho un mes antes que volvería a verse casi a diario con Rubén, lo hubiera enviado al infierno con un comentario.
Consultó su reloj. Tenía el tiempo justo para ir a recoger a Rubén a su casa y después ir a ver a Aarón. Cogió su mochila y una copia de los adelantos sobre el caso para poder consultarlos más tarde y añadir cualquier cosa que el pequeño les dijera.
—Jefa, ¿vas a salir? —preguntó Jorge al verla con todos sus bártulos, como solía llamar al bolso de trabajo de Kira, que no era otro que una pequeña mochila rosa en la que metía todo lo que consideraba necesario por si tenía que hacer un seguimiento.
—Sí, ya no vuelvo hasta mañana.
—Bien. Entonces te pongo al día.
—¿Hay algo urgente para hoy o mañana? —preguntó extrañada.
—No, pero te he concertado una cita el lunes que viene a las doce con un posible cliente.
—Estupendo. ¿Algo más?
—Ha vuelto a llamar Eloy.
—¿Por qué no me lo has pasado? —inquirió Kira, con el ceño fruncido.
—Dijo que tenía prisa, no tenía más que un minuto para hacer la llamada.
—Pues para eso podría haberme llamado al móvil, o enviado un WhatsApp.
—Ya sabes que Eloy es de la vieja escuela. Odia las costumbres que llama de los millennials —añadió Jorge riendo—. Así que he apuntado el recado. Te leo: “Graciela no es la madre del niño, pero el resultado de la prueba de ADN confirma que son familia.”
—¿En serio?
Esa información no era la que esperaba, ni siquiera se les había pasado por la cabeza ni a ella ni a Rubén ni al propio Eloy. Habían dado por sentado que, si no era la madre de Aarón, sería la persona que lo tenía retenido y lo había perseguido hasta la carretera. Claro que el ser de la misma familia no descartaba de forma automática esa segunda hipótesis.
—Sabes que siempre anoto todo palabra por palabra —se defendió el ayudante ante la cara de asombro de Kira—. Es lo que me ha dicho. Con exactitud. Interesante, ¿verdad?
—No lo sabes bien, Jorge.
Miró de nuevo la hora en el teléfono y emitió un pequeño grito que sobresaltó al secretario.
—Chillas como si llegaras tarde a una cita.
—Y así es. Tengo prisa. Te veo mañana. No te quedes más tiempo del necesario y si hay novedades, ya sabes, WhatsApp, mi pequeño millennial —añadió imitando a Eloy cuando se ponía serio.
Se marchó con premura dejando atrás la brillante y escandalosa risa de Jorge retumbando por toda la oficina.
* * *
Se había dado tanta prisa que al final llegó antes de la hora. Logró aparcar a la primera, por lo que pensó que lo mejor sería ir a casa de Rubén y esperar allí, si él aún no estaba listo, que hacerlo en el coche. Había hecho más de una vigilancia en el vehículo y le resultaba aburrido pasar más tiempo allí del necesario si no era por trabajo o no estaba acompañada.
Decidió pues subir y descubrió con desagrado que la puerta del portal estaba otra vez abierta, igual que el día en que fue a pedirle las pertenecías que se había dejado en su coche. Le pareció que su finca no era nada segura, pues carecía de vigilancia y los vecinos eran tan descuidados como para dejar la puerta de par en par y que cualquier pudiera entrar. Apartó las ideas de detective que acudían a su mente y se limitó a llamar al timbre en cuanto estuvo frente al apartamento de Rubén.
Se sobresaltó cuando apareció ante ella. No lo hubiera hecho si él no hubiese abierto la puerta con la camisa a medio abrochar y el pelo aún húmedo y revuelto. Al verlo así recordó las veces que habían compartido la ducha o cuando habían dormido juntos y lo había visto vestirse. Aquellos pensamientos hicieron que el rubor tiñera sus mejillas.
—¡Qué puntual! —exclamó Rubén al verla—. Estoy listo en un momento.
Dejó espacio para que pasara y se marchó hacia el cuarto de baño. Kira dio media vuelta y cerró. Resopló y dio gracias porque Rubén pareció no haberse percatado de su sonrojo. De lo contrario no hubiera dudado en burlarse de ella o la hubiese mirado de aquella manera en que ya antes la había mirado varias veces y que era aún peor, pues su corazón daba un vuelco de advertencia cada vez que lo hacía.
—Pareces boba —se dijo en voz tan baja que apenas ella misma se escuchó.
Se había alborotado tanto que intentó concentrarse en cualquier cosa que desviara su atención de Rubén.
Pasaba revista al lugar en que se encontraba cuando, de soslayo, vio algo moverse. Se giró, en guardia. Era posible que fuera su imaginación, pero estaba convencida de que había alguien más con ella en ese salón. Puso a funcionar todos sus sentidos, hasta que la cortina de la ventana se movió una vez más y vio una silueta tricolor aparecer tras ella.
—Oh —exclamó enternecida, pues se trataba de un gato no demasiado grande.
Le resultó extraño que Rubén tuviera una mascota y ella no se hubiera percatado cuando estuvo allí la vez anterior. Tal vez era porque el felino era propiedad de la novia de Rubén. Quizás estaba con una chica y Candela no lo había mencionado porque pensaba que no le interesaría saberlo.
Su propio pensamiento la hizo enfurecer y lo desechó de inmediato. El animal no tenía la culpa de quién era su dueña y a ella le encantaban los gatos casi tanto como los perros. Cuando vivía con sus padres siempre habían tenido mascota, pues su hermana era una férrea defensora de los derechos de los animales y la familia entera era dada a adoptar cualquier cosa peluda que apareciese en sus vidas. Si ahora ella no tenía una mascota era debido a que pasaba más tiempo en la oficina que en su piso y sería pésima para cuidar de una.
Se agachó y llamó al minino con un siseo. El felino se acercó a ella. Kira estiró su mano y el animal la olisqueó y, acto seguido, se frotó contra su palma arqueando la espalda. Kira sonrió y le rascó el lomo.
—Sí, eres muy guapo —dijo dirigiéndose al gato, el cual maulló tras sus palabras—. Tú también me gustas —continuó Kira.
Estuvo a punto de cogerlo en brazos cuando se percató de que el animal fijaba sus ojos en un punto tras ella y sus pupilas se dilataban al máximo.
Kira volvió la cabeza. Tras ella no había nada ni nadie, solo estaban ella y el gato, pero el minino parecía haberse asustado de algo. Kira alargó de nuevo la mano hacia el felino, pero este se apartó. Su pelaje se abultó de súbito, volvió a arquear el lomo y soltó un bufido.
—¿Qué te pasa, pequeño? ¿Por qué te has asustado?
El gato pareció entrar en pánico y soltó un maullido histérico justo antes de salir corriendo hacia el dormitorio de Rubén.
—Maldita sea —susurró Kira—. ¿Qué mosca le habrá picado?
En ese momento apareció Rubén y la miró expectante.
—¿Va todo bien, Kira? ¿Qué era ese alboroto?
—Tu gato.
—Yo no tengo gato —respondió con convicción.
—Pues entonces yo veo visiones, porque hay un gato tricolor en tu dormitorio.
—Ah, debe ser Escarlata.
—¿Cómo dices? —Se asombró Kira.
—La gata. Se llama Escarlata.
—¿Estás de coña? ¿Has llamado a tu gata Escarlata?
Kira se sorprendió del tono de su propia pregunta. Quizá fue porque sabía que Rubén nunca pondría ese nombre a su mascota. Solo una mujer lo haría y ya no parecía albergar dudas de que esa mujer era su novia.
—No es mía, es de Amelia, mi vecina —aclaró Rubén.
Así que además de su novia, era también su vecina.
—¿Y por qué está aquí? —No pudo evitar que la pregunta escapase de sus labios a la vez que los apretaba.
—Suele colarse cuando dejo la ventana abierta.
Si no salía con la dueña de la gata, entonces pretendía hacerlo. Apostó consigo misma que Rubén la dejaba abierta a propósito para tener una excusa y llamar a su puerta.
Intentó no enfurecerse con su propio pensamiento. No tenía sentido que lo hiciera, al fin y al cabo, ella le había hecho creer que Eloy era su novio, sería una estúpida consumada si sintiera celos de que Rubén quisiera estar con otra chica. No podía reprochárselo, sin embargo, su orgullo se había sentido herido.
Rubén no había añadido más y había ido a buscar al animal. Volvió a los pocos segundos con la gata en brazos. Esta se apoyaba sobre su pecho como si buscase refugio en él y ya parecía menos sobresaltada. Cuando Kira se aproximó a ellos, Escarlata ronroneaba bajo las manos de Rubén y Kira pensó que no le extrañaba lo más mínimo que la gata se sintiera tan a gusto con él.
—Te llevaré con tu dueña —musitó Rubén, sin dejar de acariciarla—. Kira, ¿te importa coger las llaves y cerrar?
Kira lo miró con una nota de extrañeza. Le pareció que sugería que fuera con él.
—¿No prefieres que te espere aquí?
—¿Por qué? ¿Te da miedo mi vecina?
Entonó la pregunta de forma que pretendía incordiarla y pronto se dio cuenta de que se estaba comportando como una boba.
—Por supuesto que no —contestó con aire ofendido, y vio cómo Rubén reprimía una sonrisa.
Entonces él hizo un gesto para que lo siguiera y ella optó por cumplir su petición. Cerró la puerta y echó la llave mientras Rubén tocaba el timbre de la puerta contigua. Kira se mantuvo en un lateral. A pesar de que había accedido a seguir a su amigo, no le apetecía lo más mínimo ver la cara de aquella mujer a quien se imaginaba con aspecto elegante y arrebatador. Pero cuando a sus oídos llegó el sonido de una voz avejentada, se inclinó para mirar.
Mientras la mujer saludaba a Rubén, Kira descubrió con asombro que la vecina que se había imaginado como una modelo de revista no era más que una anciana con aspecto adorable.
—¡Cuánto lo siento, hijo! —se disculpaba la mujer mientras cogía a su mascota—. Esta desvergonzada no hace más que importunarte.
—No es molestia.
—Es que le encanta tu casa. Gata mala —refunfuñó antes de dar un sonoro beso entre las orejas al felino—. No volveré a dejarla salir al balcón, te lo prometo.
—No me importa, ya lo sabe.
Kira estaba segura de que la vecina estaba a punto de decir algo más a Rubén cuando reparó en su presencia. La vio de reojo y luego se cercioró de que estaba apostada junto a él y no era una desconocida que pasaba por allí.
—Oh —exclamó, como si se asombrara de ello—. No sabía que tenías visita.
—Es mi amiga Kira —señaló Rubén—. Kira, ella es Amelia.
—Mucho gusto —dijo tendiendo la mano, y la anciana no tardó en estrechársela.
—Encantada, cielo, pero estoy un poco sorda, ¿cómo has dicho que te llamas?
—Kira.
—No lo había oído nunca, ¿eres extranjera? —indagó la mujer, sin atisbo de vergüenza.
—No, es que a mi madre le encanta leer y lo sacó de una novela antigua —explicó la muchacha.
Durante su adolescencia se había encontrado con mucha gente que le había hecho esa misma pregunta. Entonces le molestaba, pero ahora se sentía orgullosa de tener un nombre tan fácil de identificar y de recordar. A veces, incluso, beneficiaba sus investigaciones.
—Oh, eso está bien. Nunca te acostarás sin saber una cosa más —añadió la mujer.
Kira apretó los labios, intentaba por todos los medios reprimir una carcajada. Parecía simpática y algo entrometida, seguro, porque enseguida notó que Rubén tensaba el cuerpo ya que la mujer estaba a punto de someterlos al tercer grado. A ella no le importaba; el alivio que le había producido el ver que era una amigable ancianita había disipado su breve malestar y la sumía en un estado de incontenible y extraña felicidad.
—Discúlpenos, Amelia —cortó Rubén—, tenemos que irnos.
—Por supuesto. Disfrutad de la tarde y muchas gracias por devolverme a esta desconsiderada.
—Ha sido un placer.
—Encantada de conocerla —dijo Kira.
—Lo mismo digo, bonita.
Amelia cerró la puerta con cuidado y mucho más despacio de lo esperado. Kira pensó que lo hacía para poder echar un último vistazo a los dos mientras esperaban el ascensor. En cuanto entraron en él y las puertas se cerraron, Rubén se apresuró a hablar.
—Vamos, di —soltó.
—¿Qué?
—Estás a punto de reírte —aseguró—, venga, suelta lo que estás pensando.
—Está colada por ti —dijo Kira, y dejó escapar la alegre carcajada que llevaba unos segundos conteniendo.
—Lo cual te hace mucha gracia.
—Siempre fuiste el favorito de mi abuela. Tienes un imán para las ancianitas —continuó Kira sin parar de reír.
—Por supuesto que sí —confirmó Rubén—, no estarás celosa, ¿verdad?
—Para nada. Cuando tenga ochenta años te pondré ojitos.
—Entonces podrás hacer conmigo lo que quieras, si es que consigo acordarme de algo.
Intercambiaron una mirada divertida, aunque a Kira le pareció que encerraba algo más. Tal vez eran imaginaciones suyas, pero creyó leer en los ojos de Rubén la melancólica esperanza de quien anhela recuperar el tiempo perdido y se preguntó si sería lo que en realidad pensaba él y si también era lo que deseaba ella.