Estaba resultando la excursión más atípica que había tenido en su vida. Cuando la tarde anterior, Kira le sugirió regresar al lugar del accidente, tuvo miedo. Y siguió teniéndolo durante todo el trayecto. Sin embargo, cuando había pisado de nuevo el sitio en que se desvaneció, la calma vino a él.
A su alrededor se había hecho de noche y Aarón corría, huía de aquel hombre y la mujer gritaba. Primero a él, luego a la oscuridad que se la tragaba.
Rubén se sintió con energías renovadas. Se encontraba tranquilo, pues sabía que la conexión que tenía con el niño no era ficticia, ni producto de la imaginación del pequeño. De alguna manera era capaz de ver una parte de lo que le había sucedido. Y quería averiguar el resto, tenía que hacerlo, por Aarón.
Kira los condujo hasta la casa. Lograron encontrar un pequeño sendero transitable por el que consiguió meter su coche. A lo lejos parecía un pequeño punto en la nada, pero a medida que se acercaban a ella, se daba cuenta de que la casa era algo más grande de lo que esperaba.
Parecía una granja. Al lado de la casa, había un espacio que se asemejaba a un establo o un granero y todo el lugar estaba rodeado de pequeños cultivos. La primera impresión de Rubén fue que la gente que vivía allí subsistía de lo que producía.
En cuanto se apearon del vehículo, dos mujeres hicieron su aparición en la puerta de la casa.
Rubén no dudó que los habían estado observando desde que tomaron el camino que llevaba hasta allí, puesto que no debían de estar acostumbradas a recibir visitas, y mucho menos de extraños.
—¿Quiénes son ustedes?
—Buenos días —saludó Kira de lo más cordial. En los últimos años había pulido el arte de disimular para que no pareciera que las estaba espiando u hostigando. Rubén imaginó que debía de haber hecho eso muchas veces.
—¿Qué quieren? —inquirió una de las mujeres, la que parecía de mayor edad y que se erguía con rigidez frente a la puerta.
Kira se adelantó a él. Había tomado la iniciativa de ser ella quien intentase sonsacar información y Rubén estaba dispuesto a dejarle todo el trabajo. Él se limitaría a observar, por si lograba determinar algo que pudiera serles de ayuda para Aarón.
—Hola —repitió, ceremoniosa—. Estamos buscando a Tomás.
—Aquí no vive ningún Tomás —respondió la mujer de manera muy seca.
—Ah, ¿no? Pues nos han dado esta dirección.
—¿Y quién se la ha dado? —preguntó la mujer, recelosa.
—Nuestro abogado. Verá, permítame que le explique —comenzó Kira—. Mi suegro falleció el mes pasado y en su testamento dejó a su primo Tomás Aldecoa una parte de su herencia. El abogado nos dio esta dirección porque fue la última conocida de Tomás y para nosotros sería estupendo encontrarlo. No solo por el dinero, claro está, sino porque es la única familia que le queda a mi marido —dijo con convicción, como si realmente estuviera afectada por aquello mientras aprovechaba para agarrar a Rubén del brazo y ponerlo a su altura—. Si pudieran ayudarnos, por favor.
Las mujeres se miraron contrariadas. Al parecer, la mentira de Kira les había hecho dudar. Estaba claro que no conocían a ningún Tomás, pero la mención del dinero había sido suficiente como para llamar su atención.
—¿Cómo ha dicho que se llama su primo? —preguntó la mujer más joven con el ceño fruncido.
—Tomás Aldecoa. Si no vive aquí, seguro que saben quién es. Es tan alto como él, mismos ojos. Tiene el pelo blanco y… ah, sí, una cicatriz en la mejilla derecha. Lo conocen, ¿verdad?
La mujer más joven entreabrió la boca justo antes de cerrarla de sopetón y la mayor tragó saliva. Reacciones que pasarían desapercibidas de no ser porque ellos ya las estaban esperando.
Kira tenía razón y había dado en el clavo. Esas dos mujeres sabían quién era el hombre del sótano.
—No, no, lo siento. No lo conocemos —farfulló la joven y a Rubén le pareció que estaba asustada.
—No lo hemos visto nunca —añadió la otra.
—¿De verdad que no? Esperen —insistió Kira—, podrían decirnos dónde podríamos preguntar por él. ¿Hay alguna otra casa por aquí cerca?
—Lo siento. Márchense. Buenos días —cortó la mayor de las mujeres, y volvió dentro arrastrando a la joven, justo antes de cerrar dando un portazo.
Kira comenzó a recular hacia el coche. Rubén se fijó en que no perdía el contacto visual con la casa, ni con las mujeres, a las que veía observándoles desde dentro. Sin duda estaban esperando, impacientes, a que se marcharan de allí.
Una vez dentro del vehículo, cuando se hubieron alejado los suficientes metros, Kira profirió algo parecido a un grito de victoria.
—¡Lo sabía!
—Conocen a ese tío —aseveró Rubén.
—Pues claro que sí, y lo están protegiendo.
—Seguro que Aarón estaba allí.
—Yo también lo creo, pero hacen falta pruebas, de lo contrario un juez no dará orden para que registren la granja.
—Tenemos que encontrar a ese tipo, Kira.
—Sí, pero ¿cómo? Nos hacen falta más datos.
—Pues los conseguiremos. Hablaremos de nuevo con Aarón. Estoy seguro de que puede recordar algo más.
—¿Y tú? —preguntó Kira de súbito.
—¿Yo qué?
—Antes te ha venido algo a la cabeza. ¿Qué tal si damos una vuelta por aquí? Así, a lo mejor, ya sabes, te vuelve la inspiración.
Rubén se encogió de hombros. No sabía por qué Kira confiaba tanto en su intuición, o tal vez era que también creía, como él, que entre Aarón y él existía un vínculo.
De cualquier modo, haría cualquier cosa para ayudarlo.
—Vale. Por intentarlo no perdemos nada.
—Genial.
—Por cierto, ¿de dónde sacas esa imaginación para mentir?
Kira dejó escapar una carcajada que le resultó maravillosa. Casi había olvidado lo mucho que le gustaba su risa y el cosquilleo que le provocaba escucharla reír. Siempre había sentido deseos de besarla cuando sucedía y ese momento no fue una excepción.
—De las novelas policiacas —le respondió ella entre risas—. Me encantan.
* * *
En cuanto abandonaron el sendero que los había llevado a la granja, Kira lo abordó de nuevo.
—¿Hacia dónde? ¿Derecha o izquierda?
—No sé.
—Vamos di, no pienses, Rubén. Intuición —señaló Kira con premura.
—¡Yo qué sé! Izquierda.
—¿Ves? No era tan difícil.
Recorrieron poco más de un par de kilómetros a una velocidad demasiado lenta, pero esencial por si tenían que detenerse en cualquier momento.
Rubén se dedicaba a observar el paraje y el entorno lo envolvía de una manera que le producía escalofríos. No sabría definirlo con exactitud, le parecía que aquello era como subirse en una montaña rusa y no tener un lugar al que aferrarse para no caer al vacío.
Se aproximaron a una rotonda y Rubén sintió que algo lo llamaba. No tenía idea de qué sucedía, pero su cuerpo se había sacudido como si una fuerza interior tratara de comunicarse con él.
—¡Para! —exclamó de sopetón.
Kira obedeció y detuvo el coche.
—¿Has visto algo?
Una brisa ligera se llevó la pregunta de la muchacha, pues él ni siquiera llegó a escucharla. Se bajó presuroso del vehículo. Corrió varios metros trazando una línea perpendicular a la carretera hasta que llegó a un enorme claro en el que se vislumbraban pequeños postes de madera de unos veinte centímetros de altura que, vistos desde arriba, configuraban un extraño círculo.
Rubén se detuvo con brusquedad; no supo por qué ni qué le empujó a ello, simplemente las piernas le temblaron y cayó de rodillas.
Su vista se nubló de pronto. Apareció en algún lugar similar a aquel, en un tiempo distinto. Se encontraba a cielo abierto, las estrellas lo colmaban. Tal vez fuera primavera, pero estaba desnudo y tenía frío. No estaba solo, había gente a su alrededor, mucha, todas eran mujeres vestidas de blanco; estaban subidas a esos postes y murmuraban palabras inteligibles. En el centro se encontraba una figura, que le resultaba imponente, y tras esa persona aguardaba una horrible y enorme sombra que se aproximaba a él.
—Viene a por mí… —sollozó.
Unos brazos lo rodearon y escuchó una voz femenina a su lado.
—¿Quién te persigue?
—El hombre león.
—¿Cómo es?
—¡Ya viene, ya está aquí! —gritó.
Comenzó a estremecerse de forma violenta y los brazos que lo habían atrapado lo aferraron con más fuerza.
—Tranquilo, no hay nadie aquí. No va a venir. Estás a salvo. —Escuchó el susurro de una dulce voz en su oído. Era una voz que conocía de sobra, pero sonaba tan lejana para él que le parecía más un sueño, un recuerdo, que algo real.
—Va a devorarme —gimió Rubén, y se tapó la cabeza con los brazos.
—No lo hará, ¿me oyes? Estoy contigo. Mírame. —Le apartó las manos, cogió su rostro y lo alzó—. Vuelve, Rubén, vuelve conmigo.
Ese contacto añorado logró que se tranquilizara. La calma llegó poco a poco a él y las imágenes comenzaron a desvanecerse como el humo. Apretó los párpados con fuerza y, cuando volvió a abrirlos, la terrorífica figura había desaparecido. Frente a él vio unos ojos marrones que lo contemplaban cargados de inquietud.
—Kira… —Suspiró su nombre al darse cuenta de que había tenido algo parecido a una pesadilla estando despierto.
Eso solo tenía un nombre y un diagnóstico.
De haberlo sufrido ante otra persona, ya estaría camino de ser encerrado por tercera vez.
—Ya ha pasado —contestó la muchacha.
—Era como un mal sueño. Uno de esos horribles.
—Tranquilo.
—Lo que me faltaba, he empezado a tener alucinaciones —farfulló, de mala gana.
Kira le tomó las manos.
—Rubén, no creo que estés alucinando —dijo.
—Si no era eso, ¿entonces qué?
—Estabas recuperando un recuerdo —aseveró Kira.
La miró, incrédulo. No entendía a qué se refería. Sus primeros recuerdos se remontaban a cuando fue a vivir a casa de sus padres, nada más adoptarlo, según le habían dicho siempre.
Había rebuscado más de una vez en su memoria, pero no había encontrado imágenes de vivencias anteriores, ni de orfanatos, ni siquiera de otras viviendas. Tampoco recordaba a sus padres biológicos, y siempre creyó que lo habían abandonado nada más nacer.
—Eso no es posible.
—Me temo que sí. Algo te sucedió aquí hace veinticinco años, y has empezado a recordarlo.