18
Kira

 

 

 

 

 

No había tenido más remedio que contárselo.

Le habló de su conversación con Candela en el hospital y mientras lo hacía veía cómo se sumía en el silencio. No había abierto la boca desde entonces. Ella lo había guiado hasta el coche y ayudado a acomodarse en el asiento del copiloto.

Mientras conducía de vuelta a Madrid se arrepintió de haberlo llevado allí. Era cierto que habían descubierto que las mujeres de la granja mentían, pero de poco servía si no tenían más pistas. Luego le había presionado y nada había sacado en claro, salvo el miedo de un niño a un hombre con forma de león. No tenía idea de qué podía significar aquello. Supuso que vería algo que su cabeza había distorsionado y confundido con un animal.

No podía ser otra cosa, ¿o sí?

Se concentró en la carretera y trató de desviar los pensamientos de Rubén. Sabía que estaba más afectado de lo que parecía. Para alguien que no lo conociera como ella, estaría simplemente algo serio, y no era así. Ella lo sabía.

Miró una vez más por el retrovisor y se dio cuenta de que llevaba el mismo coche rojo detrás desde hacía bastantes kilómetros. Frunció el ceño. No estaba segura, pero le parecía que era el coche que había aparcado al lado de la fábrica. Quizás su desbocada imaginación le estaba jugando una mala pasada, pero algo le decía que no era así. Era demasiada coincidencia que un coche tan antiguo y descuidado estuviera estacionado en aquel lugar y ahora fuera tras ellos, justo después de haber pasado por la granja. Era más, se habían desviado dos veces y el coche seguía allí, tras ellos.

Podría ser casualidad, pero su experiencia le había demostrado más de una vez que ese tipo de casualidades se dan con menos probabilidad que los números correctos de la lotería.

Aumentó la velocidad de golpe y vio que el otro coche la imitaba.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué has acelerado así? —preguntó Rubén, que pareció volver de su ensimismamiento.

—Nos siguen.

De reojo vio que Rubén giraba medio cuerpo para comprobar lo que Kira le había dicho.

—¿Esa tartana? —clamó—. Debe tener más años que nosotros.

—Sí y lo hace desde hace bastante.

—¿Estás segura de que nos sigue?

—Ahora lo veremos.

Levantó el pie del acelerador y la velocidad comenzó a reducirse. Tanto, que el coche rojo pareció dudar, al final optó por cambiarse de carril y adelantarlos. Justo cuando el automóvil antiguo los sobrepasó, Kira se fijó en los ocupantes. Eran tres hombres jóvenes, muy jóvenes, de hecho. Eran poco más que adolescentes, dos de ellos probablemente ni tendrían carné de conducir. Cuando los adelantó, los muchachos ni siquiera les dedicaron una mirada, lo que le pareció aún más extraño. La gente no se comportaba así en la carretera, sobre todo si alguien hacía cosas raras, como ella había hecho a propósito.

—Pero si son unos críos. Dudo que nos estuvieran siguiendo —apreció Rubén.

Kira optó por no comentar que había visto antes ese coche. Dejó que él creyese que no los seguían y se fijó en la matrícula. Era fácil y la memorizó. Decidió esperar para apuntarla cuando llegase a casa, prefería no pedírselo a Rubén. Ya había tenido bastante con recuperar recuerdos dolorosos como para añadir una nueva preocupación. Ella lo investigaría y comprobaría si era probable que los estuvieran espiando antes de decirle nada.

Al entrar en la ciudad el tráfico comenzó a ser más abundante y Kira ya no pudo fijarse en si esa chatarra roja andaba cerca de ellos, le había parecido verla de nuevo, pero no podía asegurarlo. Era posible que se lo hubiera imaginado.

Seguía inquieta por ello, pero lo estaba aún más por Rubén. No había vuelto a abrir la boca, y eso ya era raro en él. Cuando lo observaba de soslayo se daba cuenta de que apretaba los puños demasiado a menudo. No le pareció que estuviera nervioso, como en el camino de vuelta, sino impaciente.

—¿Quieres ir a tu casa o prefieres que te deje en otro sitio? —preguntó Kira en cuanto estuvieron recorriendo las calles de su barrio.

—Me da igual.

—Supongo que no lo dirás en serio. No querrás que te deje tirado en cualquier calle.

—Te he dicho que me da lo mismo. En el primer bar que veas —respondió con voz áspera.

—Eso sí que no —amonestó Kira, entendiendo al instante lo que se proponía.

—Entonces para el coche aquí mismo, iré por mi cuenta.

—No vas a ir a un bar.

—No eres mi madre, Kira, y no me importa lo que digas, en cuanto me baje iré donde me apetezca.

—No, no lo harás —ordenó a la vez que estrujaba el volante con rabia.

—Me pediste que no me metiera en tu vida, no te metas tú en la mía —espetó Rubén.

Kira resopló, furiosa. Nunca le había hablado de una manera tan brusca y desagradable. Sabía que no tenía que ver con ella, sino con el problema que arrastraba, pero no pudo evitar dejarse llevar por la ira. Detuvo el coche en cuanto vio un hueco en una acerca, se volvió hacia Rubén y lo miró con los ojos repletos de irritación.

—Eres un capullo y auténtico imbécil —gritó—. Esto no tiene nada que ver con nosotros. En otras circunstancias dejaría que te marcharas y bebieras lo que te diera la gana, pero tienes una familia estupenda y no pienso permitir que los hagas infelices otra vez. ¿Me oyes?

Rubén intentó abrir la puerta, pero estaba bloqueada.

Quita el seguro —rugió.

—No.

—Kira, déjame salir del coche —gruñó Rubén apretando la mandíbula.

—No hasta que se te pasen las ganas de beber.

—¿Y cómo piensas impedirme que no lo haga?

—No lo sé. Te ataré o te inmovilizaré, te lo juro, así que no me des motivos —amenazó.

Su intimidación pareció surtir cierto efecto, al menos Rubén soltó la mano de la manivela de la puerta, luego echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reír. Lo hizo de una manera nerviosa, desenfrenada. Y su extraña reacción logró relajar un poco el tenso ambiente que se había creado entre ellos.

—Lo sabías, lo has sabido siempre, ¿verdad? —preguntó él, una vez se hubo calmado un poco.

—Claro que sí. Cande me lo cuenta todo. Es cierto que evitó hablar de ti durante mucho tiempo, pero lo estaba pasando mal y terminó por decírmelo. Estuve a su lado todo ese tiempo y vi cómo lo sobrellevaba. Casi destrozas a tu hermana y a tus padres. No vuelvas a hacerlo. —Las últimas palabras de Kira fueron casi una súplica.

Rubén se tapó la cara con las manos y la joven tuvo la impresión de que se escondía de ella, que intentaba cubrir su vergüenza sin comprender que lo único que a ella le molestaba era que se dejara llevar por el camino fácil, que no quisiera enfrentarse a ello una vez más y que intentase huir.

—Siempre has sabido cómo era mi vida, desde que nos conocimos —dijo Rubén, casi en un suspiro—. Comprendiste lo difícil que era y, aun así, quisiste formar parte de ella. Eras mucho más que una novia para mí, Kira, fuiste mi salvación, así que cuando te perdí mi mundo se descontroló. Todo empezó a importarme una mierda. Dejarte escapar fue el peor error de mi vida y aún lo estoy pagando. Te parecerá que estoy poniendo excusas, pero es la única verdad. Y si salí de aquello fue precisamente por mi familia. No quiero volver a pasar por eso, te lo juro, pero a veces me cuesta mucho controlarlo. La tentación es muy fuerte y siempre está ahí, conmigo.

Sus palabras la hirieron. La confesión de Rubén fue como un puñetazo en su corazón. Admitía que se había equivocado y que la había amado más de lo que nunca había exteriorizado. Se sintió herida, pero supo que él lo estaba mucho más. Sabía que sufría de una manera difícil de entender, aunque ella trató de ponerse en su piel. Nunca había sido adicta a nada, sin embargo, era capaz de comprender que, en momentos de debilidad, caer en algo que te hace olvidar el dolor es tan fácil que resulta muy difícil resistirse.

Acercó la mano hasta él y le acarició el cabello durante un breve segundo. Aquello hizo que Rubén reaccionara y la miró, abatido.

—Me muero de hambre —anunció Kira, en un intento de restar importancia a las duras palabras que había escuchado de labios de Rubén.

Quería mitigar su dolor, ayudarlo; se sentía culpable por haber despertado sus recuerdos y llevarlo al límite. Por eso necesitaba hacer todo lo que estuviera en su mano para sosegarlo y que no volviera a sucumbir.

Durante mucho tiempo había estado a punto de ponerse en contacto con él en más de una ocasión, cuando supo por lo que estaba pasando, pero siempre se arrepentía en el último momento, justo cuando iba a pedir el teléfono a Candela, porque creía que él no deseaba tenerla cerca.

Ahora que sabía que no había sido así, lamentaba haber perdido la oportunidad de volver a ser su amiga cuando él más lo necesitaba.

—Tengo antojo de comida oriental —continuó al ver que Rubén no abría la boca—. Sushi mientras vemos una película antigua, ¿qué me dices?

—¿No has quedado con tu novio?

—Hoy había quedado contigo —alegó.

No quería admitir que Eloy no era su novio, ni él ni ningún otro, y que las citas que había tenido durante el último año habían sido por una aplicación y tan decepcionantes que cada vez tenía menos ganas de seguir intentándolo.

Tampoco quería admitir que, aunque no se hubiera sentido responsable del estado de Rubén, ese día le apetecía estar con él más que con cualquier otra persona.

—Es un buen plan —admitió Rubén.

—Por supuesto, ha sido idea mía.

La miró con el rostro empapado de una sutil ternura que Kira supo identificar, por lo que apartó la vista, temerosa de sucumbir a las pinceladas de anhelo que escondían sus ojos. La tentación de abrazarlo era tan fuerte que no podía permitirse tener el más mínimo contacto físico con él, de lo contrario no podría contenerse y terminaría por lamentarlo.

—No lo decía en serio —comentó él, de pronto.

—¿El qué?

—Que no te metieras en mi vida. Me gusta que lo hagas y me gusta aún más que seas parte de ella, aunque solo sea por unos días.

Kira sonrió, relajada.

—Cambiarás de idea cuando te canses de discutir conmigo.

—Lo dudo. Nuestras peleas siempre fueron lo más divertido —recordó Rubén con cierta añoranza.

—Pero si no ganabas nunca.

—Eso es lo que crees. —Rio y apartó la vista de ella—. Gracias —añadió justo después.

—¿Por qué?

Por no permitirme hacer una estupidez.

—Vaya, al fin entras en razón —aplaudió Kira.

—Nunca es tarde —dijo más para sí mismo que para ella—. ¿Sigues teniendo hambre?

—Bastante más que antes —respondió Kira, satisfecha de cómo parecía haberse solucionado el incidente. Y arrancó el coche.