Se removía inquieto en el asiento mientras recorrían el camino al centro de acogida. Estaban sucediendo demasiadas cosas en muy poco tiempo y lo último que deseaba que ocurriera podría estar pasando en aquel momento. Aarón se había escapado, o lo que era mucho peor: alguien se lo había llevado.
—Lo encontraremos —murmuró Kira mordiéndose el labio.
Conducía alterada. Era evidente que estaba tan nerviosa como él. Ambos habían tomado mucho cariño al niño en muy poco tiempo. Aarón era una tímida llama que oscilaba y vacilaba en la oscuridad, pero que iluminaba todo a su paso. Era la única manera en que hubiera podido definir cómo se sentía cuando pensaba en el pequeño.
Nada más llegar, se precipitaron hasta la puerta en la que Rocío los esperaba.
—¿Qué ha pasado? —interrogó Kira sin perder tiempo.
—No lo sé. No se ha presentado a la hora del desayuno, y cuando han ido a buscarlo a su cuarto, no estaba. En los lavabos y en las zonas comunes tampoco.
—¿Están seguros de que se ha escapado? —preguntó la detective.
—No, pero lo hemos buscado por todas partes y sus dos compañeros de cuarto han dicho que cuando se han despertado, no estaba.
—Así que no saben desde qué hora falta.
—No con exactitud. Los compañeros están registrando otra vez todas las habitaciones, pero necesitamos más opciones. A lo mejor ustedes saben algo —alegó Rocío.
— No más que usted, se lo aseguro. ¿Es posible que alguien se lo haya llevado? —insistió Kira.
—Este tipo de cosas no ocurren habitualmente y el centro es seguro, pero ya no sé qué pensar —dijo la asistente pasándose una mano por la frente, visiblemente nerviosa.
Rubén negó con la cabeza. Escuchaba a las dos mujeres y sabía que se equivocaban. No tenía pruebas de ello, solo la sensación de que Aarón estaba cerca.
—Aarón sigue aquí, estoy seguro —manifestó Rubén.
Rocío lo miró extrañada, sin embargo, Kira lo hizo expectante. Ella parecía entender la intuición que había tenido sobre el pequeño.
—¿Está insinuando que se ha escondido tanto como para que varios adultos no hayamos sido capaces de encontrarlo? —atacó la asistente social con cierta molestia.
—Solo sugiero que el niño ha estado retenido suponemos que mucho tiempo y puede que su reacción ante una situación de pánico sea esconderse en algún sitio que considere seguro —respondió Rubén.
—Puede que un sitio oscuro y estrecho, algo parecido a un sótano —concretó Kira tratando de aportar algo de valía al razonamiento de su amigo.
—Aquí no hay sótano —dijo Rocío—. Lo único similar es la planta baja, donde están las calderas, pero los celadores ya lo han registrado. No obstante, pediré la llave y echaremos un vistazo.
La asistente se alejó de ellos unos pocos segundos en los que fue a intercambiar unas palabras con un trabajador del centro.
—Lo sabes, no entiendo cómo, pero sé que lo sabes —murmuró Kira.
—Solo es una sensación. Creo que se ha escondido, porque es lo que hubiera hecho yo. Nada más.
Rubén había sido todo lo claro que había podido, dadas las circunstancias. Tuvo la impresión de que Kira quiso añadir algo, pero el retorno de Rocío lo había impedido.
Los tres emprendieron la marcha a paso acelerado recorriendo pasillos hasta que llegaron a una verja que impedía el acceso a una planta inferior. Para asombro de la mujer, la reja estaba entreabierta.
—Les aseguro que esto estaba cerrado hace media hora —anunció Rocío, alarmada—, tal vez los conserjes la han cerrado mal en un descuido —farfulló justo después.
Bajaron dos tramos de escalera que desembocaban en un largo pasillo poco iluminado. Rocío encendió las luces y los tres comenzaron a avanzar mientras las dos mujeres llamaban al niño. Rubén se mantuvo en silencio, porque estaba seguro de que Aarón no respondería. Tal vez llevado por el miedo a ser encontrado o porque el pánico le hubiera atenazado y sumido en un estado que le impedía hablar, igual que le había sucedido la noche del accidente.
Una vez que recorrieron el pasillo se encontraron en una sala no demasiado grande sin apenas lugares en los que Aarón pudiera haberse escondido, solo una puerta que descartaron, ya que Rocío aseguró que estaba cerrada con llave.
Al otro lado de la sala había un pasillo idéntico al que habían recorrido que llevaba a lo que parecía una antigua vivienda que había pertenecido a un conserje que había vivido allí, cuando aquello era un centro escolar. Rocío abrió la puerta y las mujeres entraron por ella llamando al pequeño, Rubén las siguió, pero durante muy pocos metros, pues había recordado algo.
En su memoria se había materializado de nuevo el rostro del hombre, estaba seguro de que era el mismo que describía el pequeño, pero con el pelo oscuro y sin cicatriz. Lo llamaba de manera insistente y estaba furioso. Cuando lo encontraba, él estaba acurrucado en una esquina, protegiéndose la cabeza con los brazos.
Rubén cerró los ojos y se concentró. Luego avanzó a ciegas, dio varios pasos sin saber en qué dirección, y cuando los abrió se fijó en que tenía frente a la misma puerta que Rocío había asegurado que estaba cerrada con llave. Fue hacia ella, agarró el pomo, lo giró, empujó la puerta para después tirar, pero no se abrió.
Pensó que su comportamiento había sido absurdo. Estaba dispuesto a alejarse y seguir a Kira cuando escuchó un leve chirrido que anunciaba que una puerta se abría. Entonces volvió a empujarla, esa vez con mucho cuidado, y cuando la luz penetró en la pequeña estancia, lo vio. Estaba tal y como lo había imaginado, agazapado con la frente apoyada en las rodillas.
—Eh, colega —dijo con suavidad.
El pequeño alzó la cabeza, su rostro se relajó y se levantó de un salto para abrazarlo.
Rubén lo cogió y lo estrechó con fuerza. Acto seguido lo sacó del cuartucho. El alivio que sintió al tenerlo en sus brazos no pudo ser mayor y parecía que para el pequeño resultaba igual.
—¡Lo he encontrado! —anunció en voz alta para que las dos mujeres dejaran de buscarlo.
Ambas llegaron corriendo hasta ellos a los pocos segundos. La asistente social se apresuró a sacar el teléfono para efectuar una llamada y Kira los abrazó. Al verla, el pequeño se volvió y se echó sobre ella.
—Aarón, cariño, ¿por qué estabas aquí? —le preguntó.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De ellos. Los he visto.
—¿Quiénes son ellos? —indagó Kira.
—Los guardianes del círculo blanco. Siempre están ahí, me están buscando y han venido a por mí.
—¿De quiénes hablas, Aarón? ¿Dónde los has visto? —examinó la detective.
—Me encontrarán, siempre lo hacen —dijo mirando a Rubén—. Me llevarán de vuelta y a ti también.
El niño se echó a temblar y se aferró de nuevo a Kira. Él la observó, convencido de que estaban pensando lo mismo, que Aarón tenía miedo, pero esa vez por un motivo concreto. Estaba seguro de que lo estaban acechando.
En ese momento, Rocío, que ya había colgado el teléfono, se aproximaba a ellos.
—¿Se encuentra bien? —les preguntó.
—Está aterrado —contestó Kira, y la mujer asintió como si comprendiera a la perfección cómo se podía sentir el pequeño.
Rubén se volvió hacia la asistente social.
—¿Habría alguna manera de que pudiéramos cuidarlo nosotros? —solicitó—. Aunque solo sea por unos días.
—Claro que la hay —respondió Rocío—. Sigan el procedimiento. Concierten una cita en la dirección general del menor y una vez allí rellenen la documentación que les proporcionarán. Después se pondrán en contacto con ustedes y les dirán si son aptos para acogerlo o no.
—¿No hay algún modo en el que se tarde menos? —insistió Rubén. Percibía la angustia en el semblante de Aarón y lo mucho que temía quedarse a solas una vez más.
—Me temo que no, lo siento. Este tipo de procedimiento ha de ajustarse a la legalidad. No olviden que siempre tenemos que velar por el bienestar del menor.
“Pero no lo están protegiendo” —pensó, conteniendo las ganas de soltarlo, sin embargo, no lo hizo, porque sabía que debía ser lo bastante respetuoso con esa mujer para que les permitiera seguir teniendo contacto con el niño.
Volvieron arriba los cuatro. A Rubén le pareció que Rocío confiaba lo bastante en ellos como para dejarlos a solas con Aarón unos minutos. Los llevó hasta el despacho de la directora y les advirtió que regresaría en unos minutos, pues tenía que poner al día a todo el personal que se había movilizado para buscar al pequeño.
Cuando por fin estuvieron a solas, Rubén puso una mano sobre el hombro del niño. Necesitaba encontrar una manera de impedir que le hicieran daño, si es que la había.
—Aarón, esos guardianes que mencionaste, ¿dónde están?
—En todas partes —respondió de manera enigmática.
—¿Hay alguno aquí?
—Ahora no lo sé, pero anoche vi a uno de ellos.
—¿Por eso te escondiste en el sótano? —preguntó Kira.
El niño afirmó con la cabeza.
—Allí estaba a salvo. Ninguno de ellos sabe abrir esas puertas como yo.
Kira lo miró con extrañeza. Rubén sabía que ella no estaba comprendiendo las palabras del pequeño, pero él sí. En cuanto lo dijo, se figuró lo que realmente había ocurrido cuando habían ido a buscarlo al sótano.
—¿Qué quieres decir? —curioseó Kira, una vez más.
Aarón no abrió la boca, dirigió la vista hacia la puerta del despacho. Kira y Rubén lo imitaron y percibieron que el tirador de la puerta se movía y acto seguido se abría dejando ver que no había nadie tras ella para después cerrarse una vez más.
Kira parpadeó boquiabierta. Rubén estaba seguro de que se había sorprendido casi más porque él no reaccionara con asombro que por el hecho de descubrir que Aarón podía mover objetos con la mente.
—Sabías que estábamos buscándote, por eso abriste la verja y la puerta del cuarto, ¿verdad? —preguntó al pequeño.
—Sí.
Rubén escuchó a Kira mascullar una maldición por lo bajo. Era obvio que la muchacha no salía de su asombro, y no era para menos.
—Bien —dijo al niño—. Si vuelven alguno de esos hombres, escóndete en el mismo lugar y no los dejes entrar. No dejes entrar a nadie, promételo.
—Solo a vosotros —aseguró Aarón.
—Eso es.
—Lo prometo.
—Buen chico.
Con un gesto cariñoso le revolvió el pelo. Aarón rio. Fue una carcajada breve, pero lo bastante sonora y alegre como para que Rubén pensara que era el sonido más bonito que nunca había escuchado.
Rocío regresó más pronto de lo que a él le hubiera gustado y les informó que no tenían más remedio que poner fin al encuentro, pues carecían de permiso para quedarse, a pesar de haber ido para ayudar. La mujer agradeció su colaboración y les prometió que podrían volver la semana siguiente a visitar al niño.
Por su parte, Aarón parecía algo más calmado. Era posible que su llegada le hubiera infundido confianza y añadido el valor necesario para enfrentarse su miedo. A Rubén le pareció asombroso y admirable que alguien tan pequeño pudiera reunir tanto coraje.
—Recuerda lo que has prometido —dijo al oído del niño mientras lo abrazaba.
Aarón le guiñó un ojo y sonrió con picardía.
—Volveremos muy pronto —aseguró Kira cuando le llegó el turno de despedirse de él.
Abandonaron el centro aliviados solo en parte. Aarón se encontraba bien, al menos por el momento y Rubén no podía dejar de pensar en la demostración que les había hecho de su habilidad y se preguntó si tendría alguna más que aún no había exteriorizado.
Vio que Kira permanecía muy seria y que examinaba su alrededor con atención. Supuso que estaría buscando algún tipo de pista y le dejó hacerlo. Él ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar más rastros, solo se le ocurría intentar forzar sus recuerdos para tener una visión más clara de lo que podría estar sucediendo.
—No está a salvo —murmuró para sí, pero Kira estaba atenta y lo había escuchado.
—Lo sé —respondió—. Después de lo que hemos visto ahí dentro, estoy más convencida que nunca de que vendrán a por él.
—Ojalá pudiera estar con nosotros.
—No podíamos llevárnoslo por la fuerza. Acabaríamos en la cárcel por secuestrar a un menor y así no podríamos ayudarlo. Hagamos caso a Rocío y rellenemos los papeles.
—Hazlo tú, Kira, a mí nunca me lo concederían —se lamentó Rubén.
—Te veo muy seguro de eso.
—Es obvio, Kira, soy un exalcohólico con esquizofrenia diagnosticada y para colmo tengo antecedentes.
—Lo sé —respondió ella con demasiada tranquilidad, tanta que le sorprendió e imaginó que Candela podría habérselo contado también.
—¿Desde cuándo?
—Eloy —se limitó a responder la joven—. Me enseñó tu expediente. Son unas cuántas detenciones.
—Y una agresión —añadió con vergüenza.
—¿Por qué lo hiciste? No logro comprenderlo, Rubén, eres la persona menos violenta que conozco.
Se encogió de hombros. No se sentía orgulloso de ello y se avergonzaba de la época de su vida durante la que había sucedido, aunque ya no podía hacer nada por remediarlo, solo lamentar no haber actuado de otra forma.
—Fue hace mucho, ¿a quién le importa ya?
—A mí —respondió Kira, tajante—. ¿Qué pasó?
Rubén inspiró llevado por el hartazgo. Tendría que contárselo. En el fondo era lo mejor, si lo había aceptado de nuevo como amigo, tenía derecho a saberlo.
—Fue durante la época en la que me pasaba el día bebiendo. Estaba en un bar de copas al que solía ir habitualmente y allí servía una chica bastante simpática y muy guapa. Me conocía, así que hablaba conmigo de vez en cuanto. Esa noche estábamos charlando hasta que apareció un tipo muy desagradable que quería que dejara de hablar conmigo para hacerlo con él, y como no lo consiguió, empezó a molestarla. Le dije que era un gilipollas y que la dejara en paz. Se puso chulo y amenazó con pegarme, así que le rompí un vaso en la cabeza antes de que lo hiciera.
—Y te denunció —afirmó Kira terminando la historia por él.
—Yo había bebido más que él, así que lo aprovechó. Esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de mis padres. No he vuelto a beber desde entonces.
Kira posó la mano sobre su brazo y Rubén sintió que el calor que desprendía la muchacha le abrasaba la piel. Apartó la vista de ella, de lo contrario, tendría que luchar contra la tentación de abrazarla, igual que lo había hecho esa misma mañana.
—Deberías estar orgulloso de haberlo dejado —dijo Kira.
—Supongo. —Suspiró Rubén con pesar. No quería admitir que no lo estaba; lo cierto era que se sentía débil por haber sucumbido a la bebida en vez de enfrentarse a todos sus miedos, los cuales la incluían a ella y a la relación que habían mantenido y que él mismo había destrozado.
—No supongas. Eres más valiente de lo que crees.
Rubén se volvió hacia ella y vio que Kira le ofrecía algo parecido a una sonrisa de consuelo que logró que su corazón latiera desenfrenado una vez más. Su impulso entonces fue irrefrenable y apartó un mechón del rostro de Kira y lo colocó tras la oreja de la muchacha. Ella lo miró y entreabrió los labios durante un segundo, luego, como si hubiese recuperado la razón, bajó la mirada, giró la cara y se aclaró la garganta.
Rubén fue consciente entonces de que Kira no estaba dispuesta a dar ese paso que él tanto ansiaba que diera. Durante las últimas horas que habían pasado juntos, casi había olvidado que ella estaba saliendo con ese policía cuya presencia le había costado tanto tolerar.
Su pequeña ilusión se había desvanecido tan rápido como había llegado a él.
—¿De verdad que no hay alguna manera de ayudar a Aarón? —preguntó, ansioso por cambiar de tema, pero aún más por intentar hacer algo por el niño, en quien, rápido, había vuelto a pensar—. ¿Tu novio no podría hacer algo?
—Me temo que ninguno podemos —respondió Kira—. De momento solo podemos seguir la pista de tus recuerdos, intentar averiguar quiénes son esos guardianes que ha mencionado y esperar ser mucho más rápidos que ellos.
—No es muy halagüeño que digamos.
—Cierto, no lo es, pero no tenemos otra opción. Vamos —dijo la detective haciendo un gesto con la cabeza—, te llevo a casa.