En cuanto vio entrar a Eloy en la oficina, supo que terminaría discutiendo con él. Su rostro aquel día ya presentaba una apariencia adusta, pero se tornó en enojo cuando reparó en la presencia de Rubén. Lo había saludado por simples modales y luego la había obligado a que se encerraran en su despacho.
—Te dije que te alejaras de ese tío —espetó con dureza, nada más quedarse a solas.
Kira se cruzó de brazos y se enfrentó a él.
—Eloy, si vas a tratarme como si fuera una cría estúpida, ya te estás marchando.
El policía gruñó y después pareció calmarse un poco.
—Te demostraré que no es de fiar —aseguró—, entonces me darás las gracias por haberte advertido sobre él.
—Cuando tengas más pruebas que yo, te creeré. Mientras tanto, ¿qué tienes sobre el caso de Aarón?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—No he encontrado a nadie entre los delincuentes sexuales que pudiera encajar con el tipo que describe el chico. Había unos cuántos sospechosos, pero tienen coartada.
—Mierda. ¿Y sobre Graciela?
—Tampoco. Es un callejón sin salida.
—Puede que yo tenga algo —dijo Kira con una sonrisa. Abrió el cajón del escritorio y sacó la hoja que imprimió esa mañana—. A ver qué puedes averiguar sobre ella.
Eloy lo leyó por encima.
—¿De dónde has sacado el nombre?
—Te lo diré si logramos una pista que podamos rastrear.
—De acuerdo. Ahora me toca contarte más cosas sobre tu amigo.
—Venga, dispara —respondió Kira con un suspiro.
—No tiene partida de nacimiento. No hay ningún registro legal de él hasta los cinco años, cuando sus adoptantes lo encontraron perdido y lo llevaron a un hospital.
—Ya lo sabía —admitió la joven.
—¿Y no me lo dijiste?
—No, porque te conozco y sé lo que pensarías. Ya que has abierto la veda, te contaré algo que no sale en tus informes y es que Rubén apareció en el mismo lugar que el pequeño que encontramos.
Eloy abrió los ojos de manera desorbitada. Kira se imaginó que era lo último que su amigo esperaba escuchar ese día.
—¿Eres consciente de que eso lo convierte en el sospechoso número uno? Si no fuera porque esa noche iba contigo, le pondría ahora mismo las esposas.
—Sabía que dirías eso, por eso no te lo conté antes.
—Deja de protegerlo, es un psicópata —alegó Eloy.
—¿Quieres calmarte y oír mi teoría?
—Está bien —refunfuñó el policía.
Kira asintió, satisfecha de que, al menos, se dignara a escucharla.
—Creo que tanto Aarón como Rubén son víctimas de la misma secta. Una que, probablemente, realice sacrificios rituales.
—Eso es demasiado conveniente, ¿no crees?
Kira frunció el ceño al no comprender las palabras de Eloy.
—¿A qué te refieres?
—A que me resulta muy parecido al caso de tu secuestro. Un asunto, en el que, casualmente, este tío estuvo involucrado.
—No, Eloy, no lo entiendes.
—Entiendo que está zumbado, te está comiendo la cabeza para llevarte al huerto y se lo estás consintiendo.
—No tienes ni idea de lo que pasó —insistió ella.
—Pues cuéntamelo, porque el informe de tu secuestro dice que tu amiga y tú fuisteis retenidas en una casa en la que un grupo de mujeres realizaban ritos satánicos. Y qué casualidad que erais cercanas a él y que también apareció por allí.
Kira tragó saliva. Cuando conoció a Eloy le contó que había sido víctima de un secuestro cuando tenía dieciséis años, pero nunca le dijo más al respecto. Sabía que Eloy había leído el informe, uno que no era del todo cierto.
—Verás, Eloy, la verdad es que el informe está incompleto. Candela y yo mentimos…
—¿Qué? Esto es el colmo, Kira. Habla y esta vez no quiero embustes ni verdades a medias.
Kira suspiró de manera sonora. Había llegado el momento de contarle lo sucedido, a sabiendas de que no entendería nada y tampoco querría creerlo.
—Vale. Verás, todo empezó cuando Anabel, una compañera de clase, apareció muerta. Yo había escuchado sin querer una conversación que tuvo con una amiga suya justo antes de desaparecer y no me cuadraba con lo que decían las autoridades. Y ya sabes cómo soy, así que quise meter las narices.
—Una adolescente jugando a ser policía, lo normal —apuntó Eloy con sorna.
Kira hizo caso omiso a su comentario y continuó hablando:
—El caso es que, por aquel entonces, Candela salía con un guardia civil que tenía información de primera mano sobre el caso y, extraoficialmente, le contaba cosas. Así supimos que la chica no había muerto donde la encontraron. Me ahorraré los detalles, pero logramos saber que la habían asesinado en una casa abandonada. Rubén y yo fuimos allí y descubrimos que en aquel lugar moraba el espíritu de una mujer a la que habían sacrificado sus propias hermanas, que eran brujas.
—Venga ya, Kira, por favor. ¿Crees que soy imbécil? ¿De qué película has sacado esa historia tan absurda?
—Eloy, escúchame, no es una patraña. No es algo que me hayan dicho; lo he visto con mis propios ojos.
—Está bien —rezongó el policía—, seguiré escuchándote, a ver qué más disparates se te ocurren.
—Rubén y yo investigamos la historia de aquella casa y averiguamos que pertenecía a una familia cuyas hijas llevaban más de cien años realizando rituales satánicos. Cada vez que envejecían secuestraban muchachas para intercambiar sus cuerpos con ellas. Era fácil de ocultar, porque no había cadáveres, hasta que fallaron con Anabel, ya que murió por accidente antes de consumar el ritual con ella.
—Cielo santo, Kira, menuda sarta de estupideces. Puedo entender que esas viejas pensaran que eran brujas, pero que lo creas tú…
—Déjame terminar, Eloy, por favor —pidió la joven.
—Adelante.
—Gracias. La verdad es que yo no era objetivo para esas mujeres, pero Candela sí, y esa fue una de las cosas que ocultamos a las autoridades. Resultó que su novio, el guardia civil, era el cómplice de esas mujeres. Él era quien se encargaba de proporcionarles las chicas. Engañó a Candela y la retuvo. Yo lo descubrí por casualidad, así que cuando intenté denunciarlo me dio una paliza. Luego me llevó a esa casa para que formara parte de ese maldito ritual. Su objetivo era otra chica del instituto, pero como yo me había implicado demasiado, se ahorró tener que secuestrar a otra y así me quitaba de en medio. Y si sigo con vida es por Rubén. Le había prometido que dejaría de investigar por mi cuenta, pero no lo hice. Él me conocía lo suficiente como para saber que había seguido indagando a sus espaldas e imaginó que había ido a la casa cuando no fue capaz de localizarme. Así que se presentó allí y se encontró con que esas mujeres habían comenzado el ritual con nosotras.
—Así que eso que declarasteis de que él paseaba cerca de allí, escuchó gritos y entró a ayudaros era mentira.
—Eso es. Era la única manera de que la policía no lo investigara. Yo sabía que Rubén había pasado una temporada en un centro para enfermos mentales y estaba convencida de que, si le ponía en el punto de mira, podrían sospechar de él. Así que me inventé lo que leíste en el informe, me limité a decir que el novio de mi amiga nos secuestró guiado por unas locas para que nos asesinaran. Obvié el resto para protegerlo.
Kira calló. Esperó a que Eloy digiriera lo que acababa de contarle. Sabía que no le había creído con el tema de las brujas, pero esperaba que sí con el resto. Se ahorró detallar el hecho de que Rubén se había dejado poseer por el espíritu que moraba en la casa para poder tener la fuerza necesaria y vencer a esas brujas, protegiéndolas así de una muerte segura. Estaba claro que nunca se tragaría una historia así, aunque confiaba en que algún día Eloy vería algo que le convencería de que existen fuerzas y planos diferentes a los ordinarios.
—Espero que ahora sepas que ocultar ese tipo de información a la policía es delito…
—Por supuesto que lo sé, Eloy, conozco la ley de sobra —refunfuñó la detective.
—Y es todavía peor cuando lo haces para proteger a un delincuente.
—No es un delincuente, además, estuvieron a punto de matarlo por ello —alegó en defensa de Rubén—. No lo subestimes, porque estoy con vida gracias a él.
—Eso no es una excusa para que sigas protegiéndolo por todo y te niegues a ver la realidad.
—Eloy, por favor, basta ya.
—Vale, vale. Míralo así: te salvó la vida, solo es un medio delincuente, pero ¿qué hay de sus problemas mentales? ¿Cómo defiendes eso? —atacó de nuevo el policía.
—Tiene una explicación y la entenderás cuando resolvamos el caso —dijo sin más. Si le contaba que Rubén era capaz de comunicarse con los muertos, entonces sí que le pondría las esposas y ella no podría hacer nada por él.
—Me parece que has perdido la cabeza, Kira. Te has colado por ese tío, que es inestable y todo porque te sientes agradecida. ¿Sabes qué nombre tiene eso?
—Eloy… —advirtió Kira.
—Está bien, está bien.
—¿Podrías confiar en mí? Solo por una vez —pidió la muchacha.
—Sabes que confío en ti, eres una gran amiga y una detective estupenda, pero creo que tienes nublado el juicio.
—Lo que sienta por Rubén no tiene nada que ver con el caso, ¿vale?
—Entonces lo admites, estás colgada por ese tipo —refunfuñó Eloy, una vez más.
—Bueno, tal vez, un poco —admitió ella a regañadientes.
Eloy se pasó la mano por la cara y Kira supo que intentaba controlar su ira hacia Rubén por ella.
—Cuando esto termine, tendremos una charla muy seria. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Vamos, ven aquí —terció Kira, abriendo los brazos hacia él. El policía se aproximó y la estrechó.
—Te quiero.
—Yo también —respondió Kira—, y mucho, aunque seas un cabezota.
—¡Mira quién fue a hablar!
Eloy deshizo el abrazo y le dio un beso en la mejilla.
—Salgamos ya, porque Jorge debe estar histérico.
Kira asintió, si bien, lo que más nerviosa le ponía era que estaba convencida de que su secretario tenía acorralado a Rubén y había logrado sonsacarle algo, o lo que era peor, tal vez había soltado prenda y hecho evidentes sus sentimientos por él.
Y tenía claro que algo había conseguido, porque oía sus carcajadas retumbar por toda la oficina.
* * *
En cuanto salieron y se reunieron con Jorge y Rubén, Kira se dio cuenta de que algo en su amigo había cambiado. Parecía más relajado, hasta incluso puede que algo más feliz. Por suerte, Eloy no dijo nada, se limitó a hacer un gesto a Jorge, quien rápido comprendió que debían irse de inmediato.
Se volvió para dar la mano a Rubén.
—Recuerda que lo has prometido —le dijo.
—Descuida, no se me olvidará.
—Fantástico. Nos vemos mañana, jefa —se despidió, no sin antes sacar el bloc del cajón y sonreír a Kira con complicidad.
Jorge salió primero y Eloy le siguió tras dedicar un saludo algo más amable a Rubén.
Kira se despidió de ellos lanzando un beso al aire y la pareja se marchó, dejándolos a solas en la oficina. Al momento, se giró hacia Rubén llevada por la curiosidad.
—¿Qué has prometido a Jorge?
—Dejaré que me eche las cartas.
—¿En serio? No te arrepentirás. Es bueno.
—Supongo que lo dirás por experiencia.
—Sí, conmigo acertó bastante —rememoró Kira—. Me muero de ganas por saber qué te dirá.
—Probablemente me vea con camisa de fuerza.
—No seas bobo.
Rubén se la quedó mirando y a ella le pareció que estaba buscando las palabras necesarias para decir algo, sin embargo, optó por callar.
Kira no quiso hacer más preguntas. Por un lado, se moría de curiosidad por saber qué había hablado con Jorge, pero por otro, tenía miedo de las palabras que pudieran haber intercambiado, así pues, decidió que lo mejor para ambos era no continuar con el tema. Cerró la oficina y al momento estuvieron en la calle.
—¿Vas a algún sitio? —preguntó Rubén.
—No. Me hubiese gustado ver a Aarón hoy también, pero hablé con Rocío y no era posible. Así que no tengo nada que hacer. ¿Y tú?
—Tampoco. Iba a volver a casa.
—Si quieres te acompaño un poco y paseamos.
—Estupendo.
Iniciaron el camino con calma. Intercambiaron opiniones sobre la exigua luz que Jorge había logrado arrojar al caso y Kira le comentó que las pistas que Eloy tenía no conducían a nada, pero que ella había logrado una nueva que podría tener alguna importancia y luego continuaron el paseo con una charla sin importancia.
—Bueno, ya casi hemos llegado a tu casa —anunció Kira, cuando se dio cuenta de que solo quedaban un par de calles para llegar al apartamento de Rubén y se detuvo—. Al final me he pasado acompañándote. Te llamaré en cuanto sepa algo del dibujo de Jorge.
Esperó por si él se decidía a proponer algo más, pero se limitó a asentir.
—Claro. Gracias —dijo sin más.
—Entonces, hasta mañana.
Rubén acortó distancia y se inclinó hacia ella. Kira volvió la cabeza hacia él, pero no lo suficiente, por lo que los labios de ambos rozaron la mejilla del otro.
Vio cómo daba media vuelta y se alejaba de allí sin decir más. Hubiera preferido que el día terminase de otra manera, pero cuando Rubén giró la esquina y desapareció de su vista, se convenció de que era lo mejor. No podía engañarse a sí misma y fingir que no se moría de ganas de besarlo, aunque en su interior sabía que no debía. Si Rubén hubiera hecho algún comentario sobre ellos o la hubiera besado, eso la habría confundido aún más de lo que estaba y no sabía cómo podría sobrellevar el caso de Aarón y su propia vida si volvía a entregar su corazón a Rubén.
Dejó escapar un suspiro más de anhelo que de pesar y comenzó la marcha hacia su casa. Llevaba muy pocos metros recorridos cuando vio un coche rojo pasar por su lado.
En cualquier otra circunstancia ni se hubiera parado, pero ese vehículo era viejo, muy viejo, de hecho, y la marca y el modelo coincidían con el que los había seguido aquel día, en realidad, parecía exacto al coche de Esther Galán. Podría ser una casualidad, pero tenía claro que no era común ver un coche de esas características de forma habitual.
Entonces tuvo un pálpito, una terrible sensación de que algo horrible iba a suceder, porque si el coche era el mismo, ella estaría en lo cierto y los había seguido y ahora iba por la misma ruta que su amigo había cogido.
—¡Mierda, Rubén! —exclamó apretando los dientes y echó a correr tras el coche.