—¡No mires atrás! —grita.
El niño obedece. Aunque sus piernas tiemblan, consigue que sus pequeños pasos apresurados lo guíen fuera de aquel lugar.
No entiende qué está ocurriendo, no comprende nada; solo sabe que su madre está asustada, que ha estado más angustiada de lo normal durante los últimos días. No ha parado de llorar en la mayoría de los momentos y esa noche lo ha despertado de su sueño para decirle que deben escapar de allí antes de que sea tarde.
Avanza agarrado a su mano. Ella lo insta a ir más rápido, con la promesa de que todo irá bien, que no debe preocuparse, solo tiene que darse prisa.
Un ruido tras ellos viene a destruir la poca confianza del pequeño, mientras que su madre, despavorida, lo aferra con más fuerza, si cabe.
—No te detengas y corre, ¡corre! —lo apremia.
Atemorizado, fuerza sus pequeñas piernas para que lo alejen de allí. No sabe cuánto durará aquella carrera sin destino, está cansado, pero no puede decírselo, no quiere defraudarla. Desea demostrar que es fuerte como su padre; alguien a quien todos admiran y quieren.
El sonido que los había alterado se repite, esta vez más cercano, y silba amenazante sobre ambos. Ella suelta su mano y grita unas palabras antes de que él pueda darse cuenta de que ya no lo agarra.
—Sigue, Aarón, no te pares.
—¡Mamá! —exclama, aterrado.
—Te alcanzaré, te lo prometo… —insiste la mujer, con la intención de que crea sus palabras y obedezca, pues sabe que solo tiene una oportunidad. Unos segundos que ella puede proporcionarle antes de que lo encuentre y no haya marcha atrás. Debe protegerlo, es lo único que importa, si él consigue escapar, habrá merecido la pena.
Se gira y aprieta con fuerza el cuchillo que sostiene en la mano y lo levanta hacia la sombra que se cierne sobre ella.
“Vamos” —piensa—, “ven a por mí; esta vez acabaré contigo. Hoy lo lograré”.
El pequeño quiere gritar, pero nada emite su garganta salvo un quejido lastimero que pronto se convierte en el inicio de un apagado sollozo. Ansía dar media vuelta y volver junto a su madre, abrazarla, refugiarse en su regazo y esperar a que pase la tormenta, pero sabe que debe obedecerla.
Continúa corriendo hasta que escucha un chillido que está a punto de paralizarlo. Se pregunta si es ella o un animal que lo persigue amparado por la oscuridad de la noche. Cualquiera de las dos opciones hace que su corazón lata desbocado debido al terror que siente, sin embargo, no se detiene. Solo lo hace cuando la luz de la luna ilumina la carretera.
El niño jadea, no sabe si su madre quería que llegara hasta allí, pero es el único lugar que tiene fuerzas de alcanzar. Hace un esfuerzo. Un paso; otro más. Cuando consigue pisar la calzada le parece que ha logrado ganar una carrera en la que está participando él solo.
Se detiene. Quiere volverse para ver aparecer a su madre, pero lo único que contempla es la oscuridad que ha dejado atrás. Las lágrimas se deslizan por su rostro y las limpia con rabia. Se quedará ahí, esperando, porque ella ha prometido alcanzarlo.
Y cumplirá su promesa.
Pero lo único que sus ojos divisan antes de perder el sentido es la luz brillante de unos faros que se ciernen sobre él.