Transcurrió un día entero en el que no tuvo noticias de nadie. Sabía que Eloy andaba en busca de Manuel Ruiz, pero sus pesquisas aún no habían llegado a buen puerto. Delegó el rastreo del novio de Esther en su amigo y ella se dedicó a fondo al nuevo trabajo, que le ocuparía la mayor parte de su tiempo, así no tuvo minutos libres para pensar en nada más, eso incluía a Rubén y la situación que había surgido entre ellos; un nuevo muro que se había erguido dentro de su relación y que sería imprescindible para ella no derribar.
Era jueves por la tarde y al día siguiente por fin podría ir a ver a Aarón. Había hablado cada mañana con la asistente social para cerciorarse de que el pequeño se encontraba a salvo y que nadie hubiera aparecido por el centro de acogida para intentar llevárselo. Eso no se lo había comentado a la mujer, pero intentó sonsacar información a otros empleados del centro sin que pareciera sospechoso y estaba bastante tranquila al respecto, pues nadie había notado movimientos extraños.
Había echado de menos al pequeño casi tanto como a Rubén, a quien comenzaba a añorar demasiado. Se había acostumbrado tanto a su presencia en tan poco tiempo que el hecho de llevar dos días sin su compañía le habían parecido meses.
Jorge ya se había marchado hacía un buen rato y ella se disponía a abandonar la oficina cuando su móvil comenzó a sonar. Lo cogió con una sonrisa cuando vio que era Candela quien llamaba.
—Hola, hola —saludó su amiga, animada—. Ya estoy de vuelta.
—¿Qué tal ha ido esa estupenda luna de miel?
—Maravillosa. Estoy deseando contártelo mañana con todo detalle mientras nos tomamos un batido de chocolate, ¿qué dices?
—Que es la mejor idea que he escuchado en toda la semana, pero mañana tengo el día ocupado. Es un compromiso de trabajo y no puedo cambiarlo —dijo Kira con pesar.
—No importa, cuando tengas hueco y te venga bien, me avisas.
—Por supuesto.
—¿Por aquí qué tal? ¿Todo bien? —siguió preguntando Candela.
—Sí, todo en orden.
—¿Y Rubén cómo está? ¿Habéis vuelto a hablar? Lo he llamado, pero no ha contestado.
Kira se mordió el labio. Ojalá hablar fuera lo único que hubieran hecho durante esos últimos días. Así todo sería más fácil y no estaría inmersa en una investigación por la que estaba enloqueciendo y que había removido su interior, dejando a la luz todas sus debilidades.
—También bien —respondió sin más.
—¿Seguro? Oye, Kira, ¿qué te pasa?
—Nada —carraspeó.
—¡Y un cuerno! En cuanto he mencionado a mi hermano, te ha cambiado la voz. ¿Qué ha ocurrido? ¿Rubén se encuentra bien?
—Sí, es solo que, bueno…
—Cuéntamelo, vamos, sea lo que sea, que me tienes en vilo.
No podía ocultarle nada a su amiga, lo había intentado y ella se había percatado. De todos modos, le venía bien desahogarse con ella, de hecho, había pensado muchas veces en contárselo.
—Pues que le he besado —soltó de golpe.
—¿Qué has dicho? —Escuchó la voz de Candela y le pareció que hablaba con emoción contenida.
—Lo que has oído; he besado a tu hermano —reconoció con pesar.
—¿Y cuál es el drama? ¿Te ha rechazado?
—No, todo lo contrario. Yo lo hice primero, luego el me besó a mí. Una cosa llevó a la otra…
—Y os habéis acostado —manifestó Candela con alegría.
—No.
—Ah, ¿no? ¿Por qué?
—Pues porque me eché para atrás. No pude.
—Pero… ¿por qué? —casi gritó su amiga.
—Ya lo sabes, Cande, por lo de esa chica.
—Por dios, Kira, ¿después de nueve años sigues pensando en eso?
—Pues claro que sí —reconoció—. Se acostó con otra mientras decía que me quería. No puedo olvidarlo, si volviéramos a salir, no podría confiar de nuevo en él en ese aspecto.
El silencio se hizo al otro lado del auricular durante unos segundos que a Kira le parecieron tan incómodos como interminables, hasta que terminaron con su amiga refunfuñando unas palabras inteligibles.
—Cande, ¿qué estás murmurando?
—Bueno, a ver, tengo que preguntarte algo importante —dijo, al fin.
—¿Qué?
—Si esa chica no hubiera existido, ¿querrías estar con él?
Kira abrió los ojos de manera desorbitada. No comprendía qué quería conseguir su amiga con esa pregunta tan absurda, puesto que ya sabía la respuesta.
—Cande, si esa chica no hubiera existido, nada me hubiera separado de tu hermano.
—Eso me vale.
—¿Para qué?
—Para decirte la puñetera verdad de una vez por todas.
—¿Qué verdad? —preguntó Kira, anonadada.
—Rubén me pidió que jamás te dijera nada, pero ha sido infeliz todos estos años por culpa de esa mentira y ahora que tú me dices eso, no pienso callarme más.
—¿De qué estás hablando?
—De que esa chica no existe, Kira. Rubén nunca te fue infiel. Me lo inventé.
Se quedó petrificada, el teléfono tembló bajo su mano y el corazón le dio un vuelco. No era posible que estuviera escuchando esa confesión de su amiga y, por un momento, creyó que lo había imaginado, aunque lo cierto era que había escuchado perfectamente esas palabras tan dolorosas.
—¿Por qué hiciste eso? —farfulló, incrédula.
—Porque él me lo pidió.
La mente de Kira comenzó a funcionar a marchas forzadas. Si era cierto lo que Candela acababa de confesar, todo lo que había sucedido entre ella y Rubén en los últimos días cambiaría de forma radical, al igual que lo haría la forma en que había pensado en él durante los años transcurridos.
—No entiendo nada —logró articular.
—Te lo contaré desde el principio, ¿vale?, pero procura no enfadarte demasiado.
—Eso va a ser difícil —rezongó.
Candela pareció no oír su réplica y comenzó su relato.
—Todo empezó pocos días después de que te marcharas de París.
Kira tragó saliva. Ese recuerdo era uno de los más dolorosos que poseía de su relación con él. La familia se había mudado a finales del verano y ella había ido durante un fin de semana a visitarlos. Fue la última vez que vio a Rubén antes de su reencuentro en la boda de Candela. Habían pasado dos días maravillosos y él la había despedido en el aeropuerto con unas palabras de amor que jamás había logrado arrancar de su corazón.
Logró apartar esos pensamientos y siguió escuchando a su amiga.
—Rubén y yo fuimos al Louvre porque yo estaba empeñada en verlo entero y él quiso acompañarme. El caso es que estábamos tan tranquilos en una sala cuando, de pronto, sufrió un shock y se desmayó. Delante de mis narices, casi me da un ataque. Luego…
—Espera, Cande. ¿Por qué se desmayó? —la cortó. Le parecía que era algo igual a lo que le había sucedido en la carretera, justo la noche en que se toparon con Aarón y sus recuerdos comenzaran a florecer.
—No lo sé. Estaba mirando una de esas piedras antiguas grabadas, dijo algo y cayó redondo al suelo.
—¿Qué piedras? —preguntó, inquieta.
—¡Yo qué sé, Kira!
—Haz memoria, por favor, Cande… —rogó.
Candela maldijo de manera sonora y se tomó unos segundos antes de contestar.
—Era de Babilonia, creo, pero ¿qué importancia tiene eso? —protestó.
—¿Qué dijo? ¿Te acuerdas? —interrogó Kira de nuevo.
—Pues no, no me acuerdo, pero atiende, que esto es importante. Papá y mamá estaban muy preocupados y decidieron llevarlo a Madrid. Mamá no quiso quedarse en París, así que lo ingresaron en el mismo hospital en el que estuvo a los ocho años, porque tenía delirios.
—¿Qué clase de delirios?
—Con animales. Hablaba de animales, de un león que lo perseguía o algo así. Fue extrañísimo, te lo juro.
—¿Cómo? —La voz de Kira se alzó temblorosa.
Una vez más, se quedaba muda del asombro. Ya no tenía dudas, según lo que Candela le estaba contando, Rubén había empezado a recordar su pasado nueve años atrás, solo que parecía haberlo bloqueado de nuevo.
—Cuando salió de allí, solo recordaba que se desmayó —continuó su amiga—, no sabía por qué, pero estaba fuera de sí. Hubo días en los que se encerró en sí mismo y no quiso hablar con nadie. Después, pareció recapacitar un poco y empezó a comunicarse conmigo. Me dijo que no podía más, que estaba harto de ser así y que no podía contártelo porque se avergonzaba de ello.
Kira continuó atando cabos sobre lo que había sucedido en aquella época en la que se sintió tan desplazada y rechazada por Rubén que la angustia estuvo a punto de derribar su entereza.
—¿Por eso pasó todo ese tiempo sin llamarme? —Hizo la pregunta más para ella misma que para Candela.
—Intenté que lo hiciera, pero se negó.
—¿Por qué no me dijiste tú lo que estaba pasando?
—Al principio fue porque no quería asustarte, y más tarde porque creí que debía ser él quien te diera explicaciones.
Candela hizo una pequeña pausa para tomar aire y a Kira le pareció que lo hacía porque esa parte era la que más le iba a costar desvelar.
—Sé que lo estuvo pensando mucho hasta que me dijo que no te merecías un novio que cada dos por tres estuviera en un hospital, que sería como compartir la vida con un enfermo crónico y que no estaba dispuesto a hacerte pasar por ello. Te juro que traté de convencerlo de que eras tú quien debía tomar esa decisión, pero no me hizo caso. Entonces le dije que tú no le dejarías por eso. Así que me pidió que mintiera.
—Cande, por dios… —Sollozó Kira.
Se tapó la boca con la mano y empezó a notar que una lágrima escapaba de su ojo y recorría, silenciosa, su mejilla.
—Me convenció para que te dijera cualquier cosa que hiciera que le dejaras, porque él no tenía valor de hacerlo —continuó Candela con pesar—. Le eché en cara que era un cobarde y me dio la razón, pero insistió tanto que al final tuve que hacerle caso. Por eso te conté que se había enrollado con una parisina, porque te conozco bien y sabía que nunca se lo perdonarías.
Los labios de Kira temblaron y los mordió con fuerza para controlar su vibración.
—¿Eso es verdad? —tartamudeó.
—Joder, claro que es verdad. ¿Crees que recién aterrizada de mi luna de miel me inventaría una historia tan retorcida?
—Pues no, no lo creo —confirmó.
—Lo siento, tesoro. No me odies, por favor.
Kira se tomó unos segundos para inspirar, calmarse y analizar lo que sentía.
—No te odio, Cande, ni mucho menos, pero sigo sin entender por qué.
—Y no me extraña —confirmó su amiga—. Sé que es mucha información de golpe, pero si de algo estoy segura es de que Rubén siempre ha estado enamorado de ti. Antes incluso de que tú te fijaras en él, cuando salías con ese idiota de segundo, él ya estaba colado por ti. Conozco a mi hermano lo suficiente como para saber que nunca ha dejado de pensar en ti.
Una nueva oleada de estupor vino a azotarla. Cada una de las revelaciones de su amiga era más increíble y dolorosa incluso que la anterior.
—Cande, ¿por qué me cuestas todo esto ahora? —gimoteó—. ¡Y encima por teléfono!
—Es la peor manera, lo sé, pero no me has dado opción. Me acabas de contar que os habéis besado y que te has echado atrás por una mentira; no tenía sentido seguir manteniéndola, y más aún cuando sé que tú nunca has sido tan feliz con nadie como lo fuiste con él.
—Yo nunca te he dicho eso —protestó, porque era su secreto más inconfesable, el único que le había ocultado a todo el mundo.
—Ni falta que hace, Kira, lo sé. Nunca lo dije por respeto a tus sentimientos, porque no quería ahondar más en la herida, pero nunca has tenido con el resto de tus novios lo que tuviste con Rubén.
Candela tenía razón. Le costaba admitirlo, de hecho, nunca lo había dicho en voz alta a nadie, pero era cierto. Se había creído enamorada en dos ocasiones tiempo después, pero en su interior sabía que era un espejismo, que simplemente fueron épocas de goce e ilusión, que nada tenían que ver con lo que había sentido por Rubén; lo que aún sentía.
Aguantó la respiración y escuchó a Candela al otro lado del teléfono preguntar:
—Bien, Kira, ¿qué vas a hacer ahora?