30
Kira

 

 

 

 

 

Despertó cuando ya había amanecido. Miró el reloj de la mesilla y se dio cuenta de que aún no era tarde. Dio media vuelta y se fijó en que Rubén todavía dormía. Sintió un cosquilleo en el estómago al recordar lo que había sucedido la noche anterior. Le acarició la espalda desnuda y no pudo evitar sonreír embelesada.

Tras su charla con Candela, se debatió entre esperar o dejar que el torrente de los sentimientos que atesoraba se derramase. Su respuesta se tradujo en el impulso de tenerlo cara a cara para que se enfrentase a la verdad que había ocultado. Necesitaba que confesara todo. Y vaya si lo había hecho. Luego habían sucumbido al anhelo de estar de nuevo juntos y habían permanecido prácticamente toda la noche en vela haciendo el amor.

Volver a tenerlo entre sus brazos, sentir su contacto, deleitarse con sus besos, sucumbir a sus caricias, había resultado algo más que una vuelta al pasado; había logrado resurgir en ella sentimientos que creía perdidos.

Siguió acariciándole la frente y las mejillas, pero Rubén dormía tan profundamente que no reaccionó a su tacto. Decidió entonces ponerse en marcha. Fue al baño dispuesta a darse una ducha, convencida de que a él no le importaría que hiciera uso de sus cosas. Entró en la bañera y estuvo un buen rato bajo el agua, tanto que hasta perdió la noción del tiempo. Apenas había dormido y, aunque no hacía frío, abrió el agua caliente, la cual consiguió relajar sus músculos a la vez que logró que se despejase.

Se envolvió en una toalla y salió de la ducha con energías renovadas. Se acercó al lavabo dispuesta a peinarse cuando se fijó en que el cristal se había empañado y en él había un mensaje escrito.

Enmudeció al instante. Primero le extrañó que Rubén hubiera entrado al baño sin que ella se percatase; pensó que no podía haber estado tan ensimismada como para no haberse dado cuenta, y justo después se molestó por el contenido del mensaje. Por un momento no creyó posible que Rubén le dijera algo así. Le parecieron palabras de tan mal gusto que, de no ser porque sabía que estaban solos en la casa, habría jurado que no las había escrito él.

Borró el mensaje de un manotazo enfurecido, salió del baño y regresó al dormitorio. Se sentó en la cama al lado de Rubén. Él no se movió y el hecho de que fingiera dormir la irritó aún más.

—Te habrá parecido muy gracioso —Kira lanzó sus palabras igual que si fueran bofetadas.

Rubén entreabrió los ojos y parpadeó como si realmente se estuviera despejando. Kira se asombró de que interpretase tan bien su papel, aunque, si se paraba a meditarlo, no tenía ningún sentido que actuara así.

—¿Qué dices? —preguntó con voz ronca.

—Tu mensajito. No entiendo cómo has podido ser tan soez.

—No sé de qué hablas —dijo Rubén frotándose los ojos.

Kira se cruzó de brazos y torció el gesto. Que se burlara de ella de esa manera era todavía peor. Se enfureció hasta tal punto que, por un momento, se arrepintió de lo que había sucedido entre ellos la noche anterior.

—Además de grosero, me tomas el pelo. Si este es el Rubén en que te has convertido, te aseguro que no me gusta nada. Será mejor que me marche. —Decidió con enojo.

Trató de levantarse, entonces Rubén pareció reaccionar y la sujetó.

—Espera. No sé qué está pasando y no sé de qué me hablas, te lo juro.

—¿No sabes de qué hablo? Hablo del mensaje tan grosero que has escrito en el espejo del baño mientras me duchaba.

—Yo no he entrado al baño, estaba durmiendo.

Kira apretó la mandíbula con furia.

—Entonces, ¿quién ha sido? ¿El gato? ¿O tal vez uno de tus amigos fantas…? —detuvo su propia frase mordaz cuando se dio cuenta de que Rubén palidecía—. Dime que es una broma —añadió al instante.

—Debí habértelo dicho antes.

—¡Por dios, Rubén! ¿Es en serio? ¿Aquí vive un fantasma de verdad o estás escurriendo el bulto?

Rubén se incorporó con rapidez.

—Eh, mírame —pidió mientras la sujetaba por los brazos—. Ya no hay mentiras entre nosotros, créeme. —Ella obedeció y en sus ojos no leyó un atisbo de mentira.

—¿Qué más me has ocultado? —increpó, aun sin ser del todo consciente de lo que Rubén acababa de confesar.

—Nada. No pensé que lo de anoche podría pasar, por eso no me pareció importante decírtelo.

—Pues debiste hacerlo, daba igual la circunstancia. Tal vez me habría pensado el desnudarme en tu casa. —Gruñó Kira.

—Lo siento. Fue tan inesperado que ni siquiera me acordé. Desde que entraste por la puerta solo pude pensar en ti, te lo aseguro.

Kira se acomodó de nuevo a su lado y apretó el puente de la nariz con los dedos. Inspiró con profundidad a la vez que ordenaba sus ideas de lo que había sucedido en los últimos minutos. Por fin logró calmarse y creer en las palabras de Rubén, pues lo cierto era que había dudado en un primer momento que él pudiera decir algo así.

—Entonces, no solo convives con un fantasma, sino que encima se dedica a dejar mensajes desagradables a tus visitas en sus ratos libres, ¿no es así?

—Digamos que se aburre y se divierte tratando de asustar a la gente.

—Fantástico. ¿Y cuál es la historia de tu amigo? —inquirió, molesta.

—En realidad es una chica.

—Ah —exclamó Kira con evidente sorpresa. No podía determinar por qué, pero había imaginado de inmediato que se trataba de un hombre, tal vez un adolescente repleto de hormonas, a juzgar por las palabras en el espejo.

—Se llama Ana —siguió Rubén—, y murió en los setenta asesinada por uno de sus amantes.

—Vaya, ¡qué escabroso!

—Y que lo digas —convino él.

—¿Por qué vives aquí si está esa mujer? —preguntó Kira, con extrañeza. Si fuera ella, le gustaría estar bien lejos de un espíritu que apareciera en cualquier momento—. ¿Acaso te gusta compartir piso con un fantasma?

—No me entusiasma, pero no es tan fácil encontrar una casa que no lo tenga —explicó Rubén.

—¿Me tomas el pelo?

—Para nada. Viví dos meses en una casa con un hombre que repetía su ahorcamiento cada noche. Eso sí que era espeluznante. Este piso me gusta y es verdad que Ana a veces resulta molesta, pero nos hacemos compañía mutuamente. —Rubén hizo una pausa en la que aprovechó para coger las manos de Kira y acariciarlas—. Cuando me mudé aquí no hablaba con nadie salvo con Candela, y Ana llevaba décadas sin comunicarse con alguien. Puede que sea difícil de entender, pero ya estaba muy sola antes de morir. Tenía varios amantes y una extensa vida social, pero nadie la quería de verdad, ni se preocupaban por ella.

—Eso es muy triste —apreció Kira.

Después de lo que Rubén acababa de contarle sobre el espíritu, había olvidado las palabras tan groseras que le había dedicado en el espejo del baño. También comprendió que la mujer fantasma podría estar actuando de esa manera para que ella saliera corriendo y así asegurarse de que Rubén no se alejara de esa casa y de su lado.

—A veces me recordaba a mí mismo, por eso no me fui —manifestó Rubén.

—Entiendo, ¿así que no te quedaste por lo guapa que es? —Kira no pudo evitar la pregunta.

—¿Por qué dices eso? ¿No estarás celosa? —cuestionó Rubén con una sonrisa.

—Para nada. Solo tengo curiosidad hacia ella.

No mentía, aunque tampoco estaba siendo del todo sincera. Le encantaría saber cómo era esa mujer que había convivido con Rubén durante los últimos meses.

—Y ella hacia ti, no ha parado de acribillarme a preguntas sobre nosotros. No tiene nada en tu contra, solo le gusta fastidiar. Es su forma de matar el tiempo.

—Bonita forma de expresarlo —se burló Kira, y ambos rieron.

Rubén se aproximó un poco más a ella, deslizó las manos por sus brazos hasta llegar a su nuca, la agarró con suavidad y la besó.

—Siento no habértelo contado antes —reiteró—. ¿Estás enfadada?

—Ya no. Lo estuve cuando creí que tú habías escrito el mensaje —admitió Kira—, pero debí darme cuenta de lo que estaba pasando. Tus susurros el primer día que vine aquí y luego la gata huyendo despavorida. Menuda detective estoy hecha —resopló.

—No era fácil de imaginar.

—O sí, pero estaba tan centrada en ti que no lo vi.

—Se me ocurre que puedes dejar de lamentarte y seguir centrándote en mí —dijo Rubén justo antes de volver a besarla, esa vez con un ansia a la que Kira sucumbió al instante e hizo que olvidara, por un momento, la historia del fantasma que compartía aquella casa con él.

 

* * *

 

Un rato después había conseguido su propósito de estar lista para ir a la oficina. Cuando cogió el bolso y recuperó el teléfono se dio cuenta de que tenía tres llamadas perdidas de Eloy. Maldijo entre dientes antes de devolverle la llamada. Esperaba no haberse perdido algo importante por su torpeza de no haber estado pendiente del móvil.

—Dame buenas noticias, Eloy —dijo a modo de saludo.

—¿Dónde te has metido?

—Tenía el móvil sin batería —mintió.

—Sé que no estás en casa —refunfuñó el policía—. He ido a buscarte antes.

—Bueno, ¿qué tienes de nuevo?

Disparó la pregunta, consciente de que Eloy sospechaba que estaba con Rubén y trató de desviar su atención.

—Encontré a Manuel Ruiz. Acaba de llegar aquí y no te lo vas a creer…

—¿Qué?

—No sé de dónde narices sacaste la pista del coche, pero diste en el clavo. Ven a comisaría, porque esto es gordo, Kira.

—Voy volando.

Dio por finalizada la llamada y antes de que pudiera siquiera pensar en qué habría descubierto Eloy, se dio cuenta de que Rubén estaba frente a ella y sospechaba que tenía noticias sobre el caso.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Eloy ha encontrado a tu padre. Lo han llevado a comisaría para interrogarlo.

Se fijó en la manera en que le cambió el rostro a Rubén. No supo determinar si en sus ojos había leído el temor o la ilusión; tal vez ambas, a partes iguales.

—Voy contigo —dijo y dio un paso hacia adelante, pero ella le puso las manos sobre el pecho y lo detuvo.

—Espera. Deja que vaya yo sola primero. No puedes inmiscuirte en una investigación así como así.

—Tú puedes colarme, ya lo hiciste en el centro de acogida. Algo se te ocurrirá.

—Y lo haré, pero para eso tengo que ver antes cómo está la situación. Además… —Suspiró Kira.

—¿Qué?

—Tendré que convencer a Eloy.

—Sigo sin caerle bien, ¿verdad?

—Más bien piensa en ti como sospechoso.

—¿Por qué? —indagó Rubén, con sorpresa.

—Él no te conoce, lo único que sabe de ti puede relacionarlo directamente con Aarón, ya que aparecisteis en las mismas circunstancias. Y tus antecedentes tampoco ayudan.

—Entiendo.

—Eloy piensa como un policía, Rubén. Deja que le muestre pruebas que lo convenzan, ¿de acuerdo? Confía en mí.

—Siempre.

Kira le acarició la mejilla y se puso de puntillas para darle un rápido beso que le resultó insuficiente.

—Te llamaré —prometió.

Se fue de casa de Rubén a toda prisa y puso rumbo a la comisaría, en donde ya había estado tantas veces que los compañeros de Eloy la conocían. En cuanto la vieron, la saludaron con entusiasmo y la acompañaron hasta donde se encontraba su amigo.

Eloy no podía ocultar la sonrisa de satisfacción. Al parecer, se había llevado elogios por un trabajo que habían realizado a medias, pero a Kira no le importaba lo más mínimo; de hecho, Eloy la ayudaba de manera desinteresada tantas veces que, si se llevaba todo el mérito de algo en lo que solo tenía parte de ello, se lo merecía.

—Vamos, suéltalo. Tu cara te delata —dijo de inmediato a su amigo.

En cuanto veas a Manuel Ruiz lo comprenderás.

—¿A qué esperamos, entonces? —apremió Kira, expectante.

Tenía tantas esperanzas en que el padre de Rubén despejara las incógnitas que faltaban que no podía esperar a tenerlo delante de ella.

—A que me digas cómo diste con el nombre de Esther Galán —contestó Eloy—. Necesitamos un motivo para interrogarlo.

—¿Con qué pretexto ha venido a la comisaría?

—Le dije que tenía que personarse en calidad de testigo.

—¿Testigo de qué?

—Eso preguntó, y no dije ni media. Así que estoy esperando, Kira. ¿Cómo llegaste hasta Esther?

—Te acuerdas de Rubén, supongo —comenzó.

—Hombre, tu amigo el tarado, ¡claro que sí!

—Eloy… —advirtió Kira apretando los labios, y el policía se cruzó de brazos a la vez que torcía el gesto.

—Habla —dijo, escueto.

—Unos tipos que iban en el coche de Esther intentaron secuestrarlo el otro día.

—Así que él te dio la matrícula, ¿verdad?

—No intentes incriminarlo, Eloy. Yo vi el coche, yo anoté la matrícula y yo evité que esos tipos se lo llevaran. Puedo describírtelos cuando quieras.

—Está bien —resumió Eloy—. Así que el coche de su exnovia está relacionado con un intento de secuestro. Fenomenal.

¿Has encontrado algo sospechoso sobre él?

—Sí y no.

No seas tan enigmático, Eloy, ¿qué quiere decir eso?

—Pues que no tiene ni una multa de aparcamiento, a pesar de que es vendedor de seguros y realiza viajes regulares por toda la península. Eso es raro. Pero ¿sabes qué es más curioso aún?

—Dispara —apremió Kira.

—Fue interrogado primero por la desaparición de Esther Galán cuando la madre lo denunció, algo que ya sabíamos. Años después también lo interrogaron por la desaparición de otra mujer en circunstancias similares, pero no había ni una sola prueba en su contra, así que lo soltaron y poco después de eso se cambió el nombre de Manuel Ruiz a Enlil Rasí.

—¡Menudo nombre! —No pudo evitar exclamar, pues no había escuchado algo tan estrambótico en su vida.

—Ya. Por eso he tardado un poco más en encontrarlo —explicó Eloy.

—Así que crees que oculta algo, ¿no?

—¿Me tomas el pelo, Kira? Vas a verlo con tus propios ojos —dijo el agente, y con un gesto la insto a que lo siguiera.

Anduvieron unos metros por los pasillos de la comisaría hasta desembocar en la sala de espera. Allí había varias personas sentadas y, entre ellas, Eloy señaló con discreción a un hombre que se erguía, esperando. Cuando Kira enfocó la vista, no pudo evitar echarse instintivamente hacia atrás.

Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, algo más bajo que su amigo, tenía el pelo cano y una cicatriz en la mejilla derecha.

—Es él, Eloy. Es el hombre que describió Aarón.

—Sí, y le vamos a apretar las tuercas.

 

* * *

 

Tras hablar con sus superiores, Eloy había conseguido que le dejaran interrogar al hombre, ya que él había descubierto la pista. También permitieron que Kira lo acompañara, porque alegó que le había ayudado a dar con el hombre. Así, pues, Manuel o Enlil, como se llamaba entonces, fue conducido a una sala de interrogatorios en la que minutos después entraron Eloy y Kira.

Eloy saludó al hombre con cordialidad y le ofreció algo de beber. Este rehusó bajo la atenta mirada de Kira, quien no dejaba de analizar cualquier movimiento. Se fijaba en su lenguaje corporal para tratar de determinar qué tipo de persona era, pues solo tenía dos certezas acerca de él: era el mismo hombre de la foto que vio en casa de Esther y, obviamente, era el padre de Rubén, pues la forma de su rostro era la misma, así como su nariz y sus ojos, idénticos.

—Agente, ¿sería tan amable de decirme por qué aún sigo aquí? Llevo más de dos horas esperando.

Cuando habló, a Kira le pareció que su voz era gélida y que tras sus impecables modales se escondía cierto desprecio.

—Lamento la tardanza, pero estamos muy ocupados —respondió Eloy.

—No se disculpe, solo dígame sobre qué he de testificar, porque aún no me ha sido comunicado.

Estaba tan acostumbrado a tratar con gente, que a Kira le pareció que les sería mucho más difícil que se delatara de lo que habían pensado en un principio. Se veía a la legua que tenía control absoluto sobre sus emociones y los miraba como si realmente no tuviera nada que ocultar. Kira no conocía ningún caso de nadie que no se pusiera ni un poco nervioso cuando se encontraba en una sala de interrogatorios, por muy inocente que fuera. Lo que le daba a entender que esperaba algo así y estaba preparado para ello.

—Señor Rasí —comenzó Eloy—, tengo entendido que el nombre que figura en su partida de nacimiento es Manuel Ruiz.

—Efectivamente. Lo cambié de forma legal; supongo que también lo habrá comprobado.

—Así es. Solo era un apunte. ¿Por qué lo cambió?

—Preferencias. ¿Tiene algo que ver con el caso por el que se me ha citado?

—Sí, responda a la pregunta por favor —siguió Eloy—. ¿Por qué lo cambió?

—Ya se lo he dicho. Preferencias.

—¿El apellido también?

—Es el de mi madre —aclaró el interrogado con voz pausada—, su familia tenía raíces sirias y quise conservarlas, por eso ahora llevo primero su apellido.

—Comprendo. Verá, cuando aún se llamaba Manuel Ruiz fue usted interrogado por la desaparición de Esther Galán.

—Lo recuerdo.

—Esther y usted eran pareja, ¿no es así?

—Efectivamente.

—¿Dónde la conoció?

—Ella era camarera en un restaurante en el que solía comer a menudo.

—Unos años después fue usted interrogado nuevamente por la desaparición de Margarita Salas, y como Esther, también era camarera en un restaurante de carretera. ¿Solía comer en su restaurante tan a menudo?

—Agente, tengo la costumbre de comer cada día —dijo Enlil con sorna.

—Responda a la pregunta, por favor.

—Así es. Me dedico a vender seguros por todo el país. Como comprenderá, viajo mucho, paso muy a menudo por muchas carreteras y soy hombre de ideas fijas.

Ya veo. El caso es que después de haber sido interrogado por su relación con esas dos mujeres, usted decidió cambiar el nombre y me pregunto por qué.

—Era algo que tenía en mente desde mucho antes. ¿Acaso es delito?

Eloy cerró la boca con fuerza, Kira veía que era un hombre muy difícil de persuadir o engañar y le pareció que Eloy no lograría que de sus labios escapase un error.

—Volvamos a Esther, por favor. Su madre asegura que usted le hizo daño.

—Lo dijo porque yo nunca le caí en gracia. Jamás quiso que Esther saliera conmigo.

Pero Esther se fugó con usted —aseguró Eloy.

—Y era mayor de edad cuando lo hizo. No es ningún delito.

Esther estaba embarazada —intervino Kira, sin poder contenerse. Debía haber una manera de soliviantarlo y ella pensaba encontrarla.

—Nunca tuve noticias de eso —respondió, sin un ápice de nerviosismo o duda en su voz.

—¿Está seguro?

—Completamente. Si tuviera un hijo, lo sabría, agente, se lo aseguro —contestó Enlil clavando su cruda mirada en ella de tal manera que logró que sintiera escalofríos. Se preguntó cómo era posible que se asemejara tanto a Rubén pero a la vez fuera tan distinto.

Rezó para que Eloy no se diera cuenta del parecido entre ambos.

—¿Qué ocurrió con Esther? —continuó Eloy.

—No lo sé. Pocos meses después de estar viviendo juntos, me dejó. Se marchó.

—¿Así, sin más?

—En efecto. La relación no iba bien y quiso volver con su madre.

—¿Y se fue sin su coche? —acometió el policía.

—Correcto.

—¿Por qué?

—No me lo dijo. Se fue sin él, así que supuse que no lo quería.

—¿Y usted lo utilizó?

—Durante un tiempo, sí.

El coche de Esther es un Citroën BX rojo, ¿me equivoco?

—No, no se equivoca, agente.

—¿Sabe que ese vehículo está implicado en un intento de secuestro? —arremetió Eloy.

No tenía conocimiento de ello. Me robaron esa chatarra hace años.

—Si fue así, ¿por qué no lo denunció?

—¿No es obvio, agente? —dijo el hombre encogiéndose de hombros, como si aquello fuera una charla con amigos y no un interrogatorio—. El coche no era mío, sino de Esther. No podía denunciar el robo de algo que no me pertenecía.

Kira se fijó en que Eloy contraía la mandíbula. Empezaba a sacarle de sus casillas, igual que a ella. Le exasperaba la capacidad de control que poseía.

—Bien, señor Rasí —carraspeó Eloy—. ¿Conoce a Graciela Márquez?

—Me temo que no.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—Antes ha dicho que se dedica a vender seguros y que viaja siempre. Eso implica conocer a mucha gente, a veces incluso en un mismo día, ¿no es así?

—En efecto, agente.

—Entonces, ¿cómo puede estar seguro de que no conoce a esta mujer? —presionó Eloy mientras le mostraba una foto de Graciela.

—Porque nunca olvido un nombre, ni una cara —respondió fijando la vista por un instante en Kira—. No he visto a esa mujer en mi vida.

—Ya… —Kira no pudo evitar que el reproche se escapara de sus labios. Notó la mirada de soslayo de Eloy y trató de contenerse una vez más.

—¿Van a atosigarme con preguntas sobre la desaparición de una mujer que no conozco?

—¿Quién ha dicho que ha desaparecido?

—Es obvio, es de lo único de lo que hablan.

—Pues se equivoca, señor Rasí, Graciela está muerta —aclaró Eloy.

El hombre no abrió la boca y permaneció impasible. Kira tuvo la impresión de que era como golpearse continuamente contra un muro.

—Esta mujer falleció hace casi dos semanas en un accidente de tráfico.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Un accidente —concretó Eloy— en el que apareció un niño. Un niño que nos ha facilitado una descripción de su secuestrador idéntica a la suya.

—Tengo una cara común, ese crío puede estar refiriéndose a cualquier hombre —dijo Enlil, sin que ni un solo músculo de su rostro se moviera de su sitio.

Aquello fue más de lo que Kira pudo soportar, la ira la invadió, golpeó la mesa con las manos abiertas y se incorporó para acercar su rostro al de él.

—¿Qué le hiciste a Aarón, hijo de puta? —le increpó.

La frente del hombre se arrugó durante una milésima de segundo y Kira se dio cuenta de que había ocurrido justo cuando mencionó el nombre del niño. Aunque no era una prueba, sí que era una obviedad de que sabía de quién estaba hablando.

—Controle a su compañera, por favor, agente, o tendré que denunciarla por acoso.

—Kira, sal de aquí —ordenó Eloy, la agarró del brazo para guiarla fuera de la sala de interrogatorios.

—Suéltame.

Kira se zafó del agarre de su amigo justo cuando este cerraba la puerta de la sala tras él.

—Este es el tipo de cosas por las que no superaste el último examen, Kira —regañó Eloy—. Te implicas tanto que te saltas las barreras y no controlas tus impulsos. Acabas de joder el interrogatorio, así que vete a casa.

—De eso nada, Eloy. No me voy hasta que no metas a ese cabrón entre rejas.

—No tenemos nada y lo sabes.

—En cuanto he mencionado a Aarón le ha cambiado la cara, tú también lo has visto.

—Claro que sí, pero ha ocurrido cuando le has gritado y casi abalanzado sobre él. Eso no es una prueba y cualquier abogado te machacaría en un juicio por eso.

Kira profirió una maldición. Tenía que haber alguna manera de lograr que no saliera de la comisaría.

—¿Y si el niño lo identifica? —Se le ocurrió de repente. Tal vez sería la solución más difícil para el pequeño, pero eficiente para su bienestar.

—Entonces podremos detenerlo, ya lo sabes.

—Iré por él —manifestó Kira, nerviosa.

—Tienes media hora. No tardes.

—Gracias.

Apretó los puños en señal de victoria y echó a correr fuera de la comisaría. Estaba convencida de que el pequeño lo identificaría y ni él ni Rubén volverían a correr peligro.