31
Rubén

 

 

 

 

 

Se mantuvo en vilo, sin desprenderse del teléfono durante un tiempo que le resultó interminable. Había esperado la llamada de Kira con impaciencia y no paraba de preguntarse quién sería en realidad su padre, si en verdad se trataba de ese hombre de la fotografía, si conocía su existencia y, sobre todo, qué sabía acerca de su madre y de su pasado.

Al fin Kira lo había telefoneado, parecía nerviosa y le había explicado que lo recogería en pocos minutos, justo después de haber ido a buscar a Aarón.

Durante todo el tiempo que duró la espera y luego el trayecto hasta la comisaría, Kira no le dijo lo que estaba ocurriendo. En sus ojos, únicamente leyó que debía esperar a que ella le explicase todo.

Cuando llegaron, se preguntó cómo había conseguido llevar al niño hasta allí sin la tutela de su asistente social, igual que se cuestionaba qué excusa le había dado a su amigo el policía para justificar su presencia allí, pero, sobre todo, se sentía angustiado al pensar en qué pintaba Aarón en ese lugar.

Kira los hizo avanzar por la comisaría a marchas forzadas, tanto que pensó que el pequeño podría sentirse agobiado. No sabía qué se proponía, pero comenzaba a ver que, tal vez, no era del todo buena idea, por muchas ganas que tuviera de estar frente a frente con su progenitor.

—¿Qué hace él aquí? —acometió Eloy nada más verlo.

En cuanto la pregunta resonó en la estancia, Rubén comprendió que Kira no había hablado con su amigo sobre él y este se estaba sorprendiendo por su incursión allí.

—Se entiende muy bien con Aarón —improvisó Kira—. Lo necesitamos para que el niño se sienta seguro.

La expresión del rostro del policía era de incredulidad y no le extrañaba. Si era intuitivo, sabría que Kira mentía. Sí que tenía conexión con Aarón, pero era ella quien hacía que se sintiera protegido, no él.

Kira le dijo algo más en voz baja y pareció convencerlo, pues alzó los ojos y después asintió como si no tuviera más remedio. Así, pues, ambos se acercaron tanto a él como a Aarón, que permanecían a la espera.

—Bien —avisó Eloy—, espero que no se te ocurra moverte del lado de Kira.

Era tan obvio que no soportaba su presencia que Rubén se abstuvo de contestar a su impertinencia y a cambio se irguió, dejando entrever cierto orgullo que chocaría con el carácter autoritario del policía. Este dio media vuelta para dirigirse a Kira y Rubén se preguntó cómo era posible que alguien tan agradable como Jorge pudiera estar enamorado de él.

—Me ha costado lo suyo convencer al comisario para esto, así que espero que salga bien.

—Es él, Eloy, estoy convencida.

—De acuerdo. Explícaselo al niño.

Rubén los miraba intentando cavilar qué se proponían, cuando Kira comenzó a hablar hacia Aarón.

—No te asustes, pero ahora vas a ver a varios señores y tendrás que decirme a cuál de ellos conoces, ¿vale?

—Que vais a hacer, ¿qué? —protestó airadamente. Kira le hizo un gesto para que bajase la voz y miró a su alrededor, como si esperase que Eloy no los hubiera escuchado—. ¿Estás intentando que identifique a alguien? —insistió Rubén.

—Nadie lo verá.

—No es más que un niño, Kira.

—Lo sé, Rubén, pero es la única manera de que ese tipo no se salga con la suya.

—¿Qué tipo, Kira? ¿No me habías dicho que tu amigo había encontrado a mi…? Bueno, ya sabes —dijo, bajando la voz en el último momento.

Vio que Kira tragaba saliva en vez de contestar, entonces no tuvo duda de cuál era la única solución al enigma.

—Es él, ¿no es así?

—Lo siento —murmuró ella.

Rubén se encogió de hombros. No tenía sentido lamentarse por alguien cuya existencia no había conocido hasta unos pocos días antes. No tuvo tiempo ni de hacerse a la idea de que podía encontrar a sus padres biológicos, cuando la situación vino a recordarle que sus orígenes eran todavía más oscuros de lo que nunca se hubiera atrevido a imaginar.

Los llevaron a una estrecha sala poco iluminada y provista de un enorme ventanal por donde verían a un grupo de sospechosos. Rubén se sintió como el protagonista de una película, esperando su destino tras un cristal.

Al cabo de poco tiempo oyó un ruido y vio que entraban varios hombres en la habitación contigua. Lo hicieron en fila; se detuvieron y se giraron hacia ellos. Rubén sabía que no podían verlo, pero aun así no pudo evitar que su cuerpo se tensara de manera involuntaria cuando reparó en él.

Estaba en el centro de la rueda de reconocimiento y no había duda de que se trataba de él, porque verlo fue como mirarse al espejo y contemplar el futuro. Fue entonces cuando a su cabeza acudió un recuerdo.

No podía situarlo en el tiempo, ni en el espacio, pero en su mente escuchó la voz de una mujer que decía:

—No lo permitiré.

Se preguntó si se trataría de su madre, probablemente sí, y ese hombre que había tras el cristal le respondía:

—Ha sido elegido. Debería estar orgulloso y tú también.

La voz de Kira lo sacó de su ensoñación. Se había agachado frente al pequeño y le tomaba las manos.

—Aarón, cielo, tienes que decirme si conoces a alguno de esos hombres.

El pequeño dirigió la mirada hacia los sujetos, los analizó hasta que, de pronto, se echó hacia atrás y se topó con Rubén, quien le puso las manos sobre los hombros en actitud protectora.

—Tranquilo, colega. No pueden verte.

—Aarón, el hombre del sótano, ¿está ahí? —preguntó Kira.

Rubén pudo sentir cómo el cuerpo del niño se estremecía. Estaba temblando, aterrorizado. Se fijó en ese hombre, su padre, y cuando sus ojos se posaron en él, se dio cuenta de que la mirada de Enlil ya estaba clavada en él, como si supiera que estaba ahí, como si pudiera verlo a través del opaco cristal. Tuvo la certeza cuando el rostro de su padre se curvó con una sonrisa. Una felina, agresiva, tan violenta y poderosa que le heló la sangre.

—¿Aarón? —insistió Kira—. Tienes que decírmelo. Señálalo, solo eso, cariño, vamos, sé que puedes hacerlo.

Sin embargo, el pequeño no era capaz de mover un músculo. Permanecía apoyado sobre él, rígido, su cuerpo solo se movía llevado por un temblor involuntario que lo sacudía. De pronto, prorrumpió en desgarradores sollozos.

—Basta, Kira, por favor —pidió Rubén en nombre del niño, y se agachó para abrazarlo. El cuerpo del niño era pura tensión, no se relajó ni siquiera cuando lo cogió en brazos, dispuesto a sacarlo de ese cuarto.

—No lo ha identificado. Hay que soltarlo —anunció el policía.

—Eloy, no, espera, el niño está aterrado, ¿no lo ves?

—Claro que sí, pero eso no nos valdría ante un juez sin una prueba de nada, y lo sabes. Oye, estoy tan convencido como tú de que ese tío está detrás de todo, pero, te lo repito, no tenemos ni una sola prueba. No podemos hacer nada. Si lo retengo más tiempo, su abogado se frotará las manos.

—Si lo dejamos libre, ellos estarán en peligro —protestó con furia la detective.

—He hecho todo lo posible. Lo siento, Kira.

—Yo también lo siento —murmuró ella, y se cruzó de brazos.

La decepción surcó el rostro de la joven. Rubén sabía que había puesto tantas esperanzas de que aquello fuera bien que no sabía de qué manera afrontar que volvían a estar en el punto de partida. Ahora sabían toda la verdad, eso sí, pero seguían sin tener manera de proteger a Aarón y eso la estaba mortificando. Igual que a él.

Abandonaron la comisaría lo más rápido posible, pues Kira no quiso que corrieran el riesgo de encontrarse con Enlil si se demoraban demasiado. Sería peligroso que tuviera contacto visual con ellos. Si eso sucedía, Aarón podría sufrir un shock, igual que le había ocurrido a él.

Lo llevaron al centro de acogida; para entonces Aarón estaba más tranquilo. Sus músculos ya no eran de hierro y fue capaz de hablar con normalidad, aun así, la preocupación de Rubén no se disipó. No entendía con exactitud qué le había ocurrido en esa sala, pero intuía que a Aarón le había sucedido algo extraño, quizás algo más que no tenía que ver con el miedo que pudiera tener a ese hombre.

No tenían más remedio que despedirse de él, pero el pequeño se resistía a dejarlos marchar.

—No os vayáis, por favor, no quiero quedarme solo —pidió con angustia—. Quiero ir con vosotros.

—Lo sé, cariño, pero no puede ser —respondió Kira haciéndole una caricia en la frente.

—¿Por qué no? Como antes…

—Un día te llevaremos con nosotros —aseguró la joven.

—¿Cuándo? —insistió el pequeño.

—Falta muy poco, ya lo verás.

—Estarás bien —intervino Rubén—, pero si ves a esos hombres, a los guardianes del círculo, ya sabes, haz lo que solo tú sabes hacer y no los dejes entrar.

Aarón lo miró y asintió.

—Volveremos a por ti. Muy pronto —prometió Kira.

—¿Entonces podré quedarme para siempre con vosotros?

—Sí.

Kira se quitó la cruz que llevaba al cuello y se la puso al pequeño.

—¿Qué es? —preguntó mientras la examinaba.

Mi amuleto de la suerte. Era de mi papá, luego fue mío, ahora es para ti. Te protegerá.

Aarón la miró y sonrió con ilusión.

—Me gusta. No lo perderé —dijo y la abrazó con fuerza.

Rubén los observó y deseó con intensidad que se hiciera realidad, que pudieran encargarse del pequeño y que estuvieran los tres juntos, para siempre.

 

* * *

 

En cuanto abandonaron el centro de acogida, Kira agarró su mano.

—¿Estás bien? —preguntó apretándosela.

—Teniendo en cuenta que acabo de descubrir que mi padre biológico es un psicópata, un secuestrador y posiblemente también un asesino, pues sí.

Kira se paró, lo hizo detenerse y le cogió la otra mano.

—Tú no eres como él. No hay nada de ese tipo en ti, salvo el parecido físico. Nunca lo olvides.

—Gracias por tu apoyo, sobre todo por no pensar en mí de otra manera después de esto.

—Rubén, no me importa de dónde vengas, porque te conozco —dijo con dulzura—. No eres un monstruo, nunca pienses lo contrario.

Se acercó a él y lo besó imprimiendo en su gesto una gran delicadeza. Rubén sonrió de forma leve. Era muy reconfortante tenerla a su lado; si no hubiera contado con su apoyo, estaba seguro de que habría sucumbido de nuevo a la debilidad y bebido un trago. Ella le transmitía toda la fortaleza que precisaba para superar esos momentos tan desconcertantes y sabía que nunca podría agradecerle lo suficiente que hubiera regresado a su vida para hacerla no solo más llevadera, sino mucho más feliz de lo que no imaginaba que podría ser desde que había descubierto que era diferente a los demás niños.

—Vamos a tu casa —decretó Kira—, tendrás que recoger unas cuántas cosas.

—¿Por qué? ¿Nos vamos de viaje? —preguntó, extrañado.

—No. Quiero que te quedes en mi casa, porque no pienso perderte de vista hasta que consigamos pruebas suficientes para encerrar a Rasí.

—Así que me estás ofreciendo pasar el fin de semana entero los dos solos, sin salir de tu casa.

—Eso es.

Es la mejor oferta que me han hecho en mucho tiempo.

Kira sonrió y bajó la cabeza, visiblemente sonrojada.

—¿Aún no te has cansado de pelear conmigo y perder? —continuó Rubén.

—No seas presumido. Nunca has ganado, y lo sabes. Además, lo hago porque alguien tendrá que cuidarte, ¿no? Al final va a ser que sí necesitabas una niñera.

Kira le acarició la mejilla. Él la atrajo hacia sí y la besó con necesidad. No podía haber tenido más suerte de que ella lo perdonara. Sabía que si la tenía a su lado podría superar cualquier situación, por muy escabrosa que esta fuera, y sabía también que, con ella junto a él, no volvería a beber, puede incluso que algún día acabasen las tentaciones y entonces sería el inicio de una nueva vida para él. Una sin miedo y sin obstáculos.

Todo gracias a ella.