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Kira

 

 

 

 

 

De no ser porque Enlil estaba en libertad y Aarón permanecía en el centro de acogida, lejos de su protección, podría decir que había pasado uno de los mejores fines de semana que recordaba.

Había disfrutado al máximo cada minuto que había permanecido con Rubén. A pesar del tiempo transcurrido, tuvo la sensación de que nada había cambiado entre ellos. Ahora eran adultos, más maduros y responsables, pero cuando estaban juntos reían y bromeaban como antaño. Se miraban con idéntica complicidad y tampoco habían perdido la chispa cuando yacían juntos.

Kira hubiese querido que Rubén se quedase más tiempo en su piso, sabía que allí no correría peligro, pues en su finca había un conserje las veinticuatro horas y nadie escaparía a su supervisión ni intentaría sacarlo por la fuerza, pero él le aseguró que necesitaba regresar a su casa porque le hacía falta el material que allí tenía para trabajar.

Lo único que consiguió fue que le asegurara no salir solo a la calle. Al principio se había burlado para tratar de quitar hierro al asunto, pero luego pareció comprender que estaba demasiado preocupada por su seguridad y no quiso contrariarla.

Al fin se quedó tranquila y se dispuso a ir a la oficina. No tenía demasiado trabajo acumulado, por lo que no importaba que fuera casi media mañana cuando marchó hacia allí. Entonces se dio cuenta de que su móvil se había quedado sin batería la noche anterior. Lo puso a cargar en el coche y en cuanto se encendió, le llegó el aviso de que alguien había llamado. En el primer semáforo en que tuvo que parar, vio que Jorge llamó varias veces el día anterior.

—¿Qué mosca le habrá picado? —murmuró Kira justo antes de entrar en el WhatsApp y ver que tenía unos cuantos mensajes de voz de su secretario.

Arrancó el coche bajo los insistentes pitidos de otros vehículos, protestó y desvió la atención lo justo para poner en marcha los audios. La voz de Jorge no tardó en oírse de la manera más cantarina.

“Jefa, te he llamado, pero has pasado de mí. Imagino que estás de lo más ocupada, ¿eh? ¿A que sí? Y sin contarme nada, ¡ya te vale!

—¡Qué bobo es! —exclamó Kira, como si su secretario estuviera allí mismo para escucharla.

“He tenido que enterarme por Eloy de lo que pasó el viernes. Menudo percal, ¿no? Encontráis al tío y no hay manera de encerrarlo. Debe creerse muy listo, aunque vosotros lo sois más y sé que lo vais a pillar en cuanto…”.

La voz de Jorge saltó a otro mensaje.

“Uy, se me ha cortado. Sigo. Como te decía, yo no te llamaba por eso, sino por algo que me ha parecido importante y, sí, lo bastante importante como para molestarte cuando estás, ejem, ocupada. Resulta que estaba viendo el telediario y he visto una noticia que me ha dejado helado. Corto, que me pongo nervioso y necesito organizar las ideas”.

“Bien. Resulta que en la tele han recordado que mañana hay luna llena, pero no una normal, sino una superluna de sangre. ¿Sabes lo que eso significa? Supongo que no, porque olvidé decirte que los rituales babilónicos de sacrificio siempre se llevaban a cabo con luna llena y…”.

A medida que iba escuchando, la templanza de Kira se deshacía a la vez que notaba que la voz de Jorge dejaba de ser dicharachera para tornarse atropellada, puede incluso que preocupada.

Prestó más atención cuando saltó al siguiente mensaje.

“Maldición, este cacharro se corta —farfullaba Jorge—. Decía que los rituales de sacrificio siempre son bajo el influjo de la luna, pero la de mañana, en concreto, es especial. Es un fenómeno que no ocurre todos los meses, ni siquiera todos los años. Lo que quiero decir, jefa, es que, si ese cabronazo loco pretende hacer un ritual, no dudes que lo intentará mañana por la noche”.

Kira soltó una maldición. Justo estaba aparcando en la oficina cuando terminó de escuchar el mensaje. Pensó que, tal vez, Jorge exageraba, aunque algo en su interior le decía que no era así. Cogió las cosas del coche, cerró y subió corriendo las escaleras de la oficina. Nada más entrar estuvo a punto de toparse de bruces con el muchacho.

—Jefa, ¿estás bien? Menudas horas de venir y menuda cara traes.

—Acabo de escuchar tus mensajes.

—¿Ahora? —gritó el secretario—. Te avisé anoche.

—¿Estás seguro de lo que me dijiste en los audios? —tartamudeó Kira, procurando controlar su acelerada respiración.

—Completamente, jefa. Si es como crees y ese tío dirige una especie de secta, no dudes que esta noche va a derramar sangre.

—Joder, joder —maldijo de nuevo, llevándose las manos a la cabeza, y tuvo un momento de ofuscación en el que no supo reaccionar. Tuvo suerte de que Jorge le puso una mano en el hombro para tratar de tranquilizarla.

—Vamos, jefa, cálmate, no entres en pánico y pensemos.

—Jorge, están en peligro —musitó Kira—. Ya intentaron llevárselos una vez.

—¿De quién hablas?

—De Aarón y Rubén. Fue hace varios días.

—¿Cómo? —exclamó Jorge, boquiabierto—. ¿Por qué no lo habías dicho antes? Habla con Eloy, les pondrá protección policial —dijo justo después de meditarlo un poco.

—No puede. No hay pruebas de nada, ni siquiera una denuncia.

—Maldita sea, ¿qué podemos hacer? —Se preocupó el secretario.

—Iré por ellos —decidió Kira en un arrebato—. Me llevaré al niño del centro…

—Eh, no te pongas histérica, ¿vale? —cortó Jorge, y la sujetó para que no cometiera la osadía de escapar de allí—. Eso no ayudará. ¿Dónde está Rubén?

—En su casa.

—Llámalo —sugirió el joven.

—No tengo batería. Iba cargando el móvil en el coche cuando he escuchado tus mensajes y se ha vuelto a apagar.

—Toma el mío —ofreció Jorge—. Tengo su número en los contactos.

Kira farfulló unas palabras de agradecimiento y esperó ansiosa a que Rubén contestara. Cuando lo hizo, la joven sintió que podía volver a respirar.

—¡Rubén! —exclamó con verdadero alivio.

—¿Kira? ¿Qué ocurre? ¿Tanto me echas de menos? —bromeó, sin embargo, ella solo podía pensar en que aún estaban a tiempo de evitar la tragedia.

—Estás bien, ¿verdad? —habló con un hilo de voz.

—Claro que sí, ¿qué pasa?

Kira tragó saliva. No quería preocuparlo, solo alertarlo, pero no se atrevía a decirle lo que Jorge le había contado, de lo contrario se empeñaría en asegurarse de que Aarón se encontrara a salvo. Era ella quien debía hacerlo sin que Rubén se moviera de un sitio en el que estaba seguro.

—En realidad, nada, solo tenía un mal presentimiento.

Se imaginó que Rubén sonreía al otro lado del teléfono.

—Pues estoy bien. No debes preocuparte tanto.

—Vale, no lo haré, pero tú no salgas de casa y no abras la puerta a nadie.

—Puedes estar tranquila —aseguró Rubén—. Te haré caso, aunque solo sea por esta vez. No te acostumbres.

—Más te vale seguir mis indicaciones —susurró Kira. Había pretendido hacer una chanza, pero estaba lo suficientemente angustiada como para que de sus labios solo escapasen bisbiseos y súplicas.

—Lo haré si vienes pronto. Me he habituado demasiado rápido a estar contigo.

—Llegaré lo antes que pueda —respondió la joven con una tímida sonrisa—. Lo prometo.

—Entonces… hasta luego.

—Sí —suspiró la muchacha—. Hasta luego.

Kira finalizó la llamada, aún con el corazón encogido. No se había dado cuenta hasta el momento de cómo podía sentirse si algo le sucediera a Rubén.

—Estará bien —afirmó Jorge. Kira sabía que pretendía quitar hierro al asunto, aunque parecía bastante más asustado de lo que intentaba aparentar.

Utilizó de nuevo el teléfono de su secretario para ponerse en contacto con el centro de acogida. Tras unos minutos que le parecieron interminables logró que la asistente social le asegurara que el niño se encontraba bien y concertó una cita con ella ese mismo día a última hora de la tarde. A pesar de lo que Rocío había certificado, Kira no se quedaría tranquila hasta que pasase la noche de luna y supiera que tanto Aarón como Rubén estaban a salvo.

Colgó el teléfono y se lo devolvió a Jorge, quien le dirigió una mirada de comprensión.

—Mientras hablabas he tenido una idea, jefa —dijo el muchacho de inmediato—. Quizá la clave no es tener controlados a Rubén y al niño, sino a ese tipo.

Kira alzó las cejas, consciente de lo que Jorge estaba insinuando.

—No creas que no lo he pensado, pero la policía no puede ponerle vigilancia. Oficialmente no hay ningún delito y no es culpable de nada.

—Lo sé y no me refería a la poli.

—¿Entonces?

—Verás, tengo una amiga animalista y activista. Está muy implicada en la causa y si le digo que ese tipo se dedica a sacrificar animales, te consigue una veintena de manifestantes que no se van a separar de su culo en un mes. ¿Qué me dices?

—Que es una buena idea, Jorge, pero no quiero implicar a nadie más. Ese tío es peligroso y no sabemos de lo que es capaz. Claro que… —expresó la detective tras meditar unos momentos sobre lo que su secretario había dicho.

—Dispara, jefa, ¿qué estás maquinando?

—Has tenido una idea brillante. No quiero que nadie corra riesgos, por eso voy a vigilarlo yo. No pienso perderlo de vista hasta que termine esa maldita luna de sangre.

—¿Va en serio?

—Sí. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por protegerlos —sentenció Kira, y estaba convencida de ello. Lograría detener a Rasí cuando tuviera una prueba que lo incriminara y la única manera de conseguirla era convertirse en su sombra.

—Acabas de ponerme los pelos de punta —dijo el secretario mientras su cuerpo se estremecía en un escalofrío de lo más teatral—, así que voy contigo.

—¿Qué? —soltó Kira con asombro—. No, Jorge, no voy a ponerte en peligro. Eloy me mataría.

El secretario se cruzó de brazos y le dedicó una pícara sonrisa.

—Será a mí a quien mate cuando se entere que te he dejado hacer esto.

—No tienes experiencia en vigilancia —alegó Kira en un vano intento de persuadirlo.

—Eso es cierto, pero eres mi amiga y cuatro ojos ven más que dos. Y si no soy de ayuda, al menos te distraeré un rato y te llevaré café, como hago aquí, ¿eh? Te he convencido, ¿verdad? —agregó al ver que el rostro de Kira cambiaba.

—Está bien, pero me obedecerás en todo momento y si la cosa se pone fea, te largas.

—A la orden —respondió Jorge haciendo un saludo a lo militar.

—Bien, ahora solo nos falta lo más difícil —rumió Kira— y es saber cómo encontrar a Rasí.

—Para nada. Eso es lo más sencillo —canturreó Jorge, igual que si fuera un niño y le hubieran hecho partícipe de un secreto del que ella no era conocedora.

—Ah, ¿sí? ¿Acaso lo sabes, presumido?

—Da la casualidad de que sí. Eloy trajo una copia del expediente de ese tío a casa el viernes y en cuanto fue a ducharse le eché un ojo, así que puedo decirte dónde está la sede de la empresa para la que trabaja.

Kira le sujetó por las mejillas, emocionada por la astucia de su joven amigo. Luego le dio un sonoro beso en una de ellas.

—¡Eres un tesoro! —exclamó con excitación.

—¿Eso quiere decir que me vas a subir el sueldo?

Kira lo soltó y se giró para coger la mochila que había dejado sobre la mesa.

—Bueno —carraspeó—, no creo que sea el momento de tratar este tema, Jorge.

—¿Y qué tal en lo que queda de día? La vigilancia da para mucho.

 

* * *

 

Pasaron varias horas en las que Kira y Jorge se dedicaron a espiar la entrada del edificio en el que se ubicaba la compañía de seguros para la que Enlil Rasí trabajaba. Lograron aparcar el coche a una distancia suficiente como para que no repararan en ellos si alguien miraba, pero que les permitía ver a las personas que entraban y salían, aunque a veces no resultaban fáciles de distinguir. Había bastante movimiento, por lo que los amigos tuvieron que mantener los ojos bien abiertos.

Kira no había vuelto a hablar con Rubén. Había logrado cargar un poco el móvil mientras el coche estaba en movimiento, pero no tenía la suficiente batería como para estar mandándole mensajes todo el rato. Confiaba en que Rasí apareciera por allí en cualquier momento y no tener que seguir acampados durante mucho más tiempo.

—Uf, empieza a dolerme el trasero —gimió Jorge.

—Sabía que no aguantarías el tirón.

—Venga, jefa. No puedes tener queja de mí. Te he entretenido, te he traído unos maravillosos sándwiches y he sido lo bastante discreto como para no preguntar por lo tuyo con Rubén —dejó caer.

—Acabas de hacerlo —protestó Kira.

—Si ni siquiera he abierto la boca —Jorge hizo un mohín—. Habéis vuelto, ¿verdad?

—No es asunto tuyo —respondió Kira sin apartar la vista del edificio.

—Tampoco te estoy pidiendo detalles, tengo mucha imaginación. Solo dímelo, anda. Me muero de curiosidad.

—No seas pesado.

—Te daré la brasa hasta que me lo cuentes. Si te has liado con él me alegro infinito por los dos, pero eso significa que mis cartas se equivocaron de pleno con el famoso “A”. Tengo que saber si ya no soy eficiente con el tarot, porque…

—¡Calla! —cortó Kira con brusquedad. Acababa de ver una figura que le resultó familiar.

—No seas tan borde conmigo —rezongó Jorge, molesto.

—Maldita sea, Jorge, cállate, lo digo en serio. Conozco a esa tía y ahora mismo no recuerdo dónde la he visto —dijo señalando a una mujer que caminaba hacia el edificio que vigilaban.

—Toma los prismáticos —resolvió el secretario tendiéndoselos con rapidez.

Cuando Kira la observó a través de ellos sintió como si le golpeasen el rostro con violencia, porque la reconoció.

—¡Maldición! —exclamó con vehemencia. Acto seguido soltó los prismáticos encima de Jorge y arrancó el coche para asombro de su ayudante.

—¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca? —chilló el joven mientras se abrochaba el cinturón de seguridad con manos temblorosas—. Y, ¿por qué narices nos vamos? El tipo no ha aparecido.

—Ni falta que hace. Él no hará nada que lo comprometa, acabo de verlo claro. Volverá a enviar a sus secuaces para hacer el trabajo sucio, y tiene muchos.

—No te entiendo, jefa. ¿A qué viene de pronto ese cambio de actitud? Creí que lo que tenías claro era que había que vigilarlo.

—Tú lo has dicho: lo tenía. Cuando he reconocido a esa mujer me he dado cuenta del alcance que tiene ese hijo de puta. Es la recepcionista del centro de acogida —aclaró.

—Puede que sea casualidad. A lo mejor ha ido a hacerse un seguro dental —sugirió Jorge.

—¡Y una mierda! Esa mujer ha estado cada tarde que hemos ido a ver al niño en el centro y justo hoy no está en su puesto cuando debería y resulta que aparece en el edificio en que trabaja el sospechoso. Es demasiada casualidad.

—Entiendo, jefa, pero ¿podrías conducir un poco más despacio? No quisiera morir esta tarde —comentó Jorge mientras se agarraba con fuerza al asiento.

—Tranquilo, Jorge. Llegaremos en un santiamén.

—Eso espero —barbotó el secretario entre sudores.

Se presentaron en el centro de acogida en menos tiempo del que Jorge hubiera deseado. Cuando Kira detuvo el coche, el secretario se llevó la mano al pecho y boqueó varias veces para tratar de recuperar la compostura.

—Jefa, recuérdame que no vuelva a montarme en un coche contigo —dijo, sofocado.

—Vamos —lo apuró ella—, no te quejes y espabila.

Abandonaron el vehículo y anduvieron con paso demasiado ligero para el muchacho, pues las piernas aún le flaqueaban.

En cuanto entraron al centro, Kira fue derecha a la recepción.

—¿Dónde está su compañera? —abordó sin miramientos a la joven que se encontraba allí.

—Disculpe. ¿Quién es usted? —preguntó a su vez la recepcionista.

Kira le mostró sus credenciales de detective para evitar más increpaciones que pudieran entorpecer su necesidad de respuestas.

—La mujer que trabaja aquí habitualmente por las tardes, ¿dónde está? —insistió, impaciente.

—Hoy no ha venido.

—¿Sabe el motivo?

—Ha llamado para decir que está enferma.

Kira torció el gesto. Si le quedaba alguna duda, esa mujer acababa de despejarla. Inspiró para tratar de insuflarse algo de serenidad.

—Está bien —dijo a la nueva recepcionista—. Llame a Rocío, haga el favor.

—¿Tenía cita?

—No, pero es urgente que hable con ella.

—Yo… no sé si puede atenderla —dudó la mujer.

—Creo que no me ha entendido, señorita —contestó Kira apretando los dientes; luchaba por no perder la compostura—. Se lo estoy pidiendo por las buenas, si se niega a colaborar la denunciaré por obstaculizar una investigación.

—Está bien. Espere un momento —concedió la recepcionista, y levantó el teléfono.

Kira respiró algo más calmada y dedicó una mirada cargada de preocupación a Jorge, que esperaba tras ella. El secretario se acercó para intentar que se tranquilizase lo justo como para no montar un escándalo. Unos pocos minutos después, Kira vio aparecer a Rocío que no tardó en estar frente a ellos.

—¿Sucede algo, Kira? No habíamos quedado hasta más tarde.

—¿Dónde está Aarón? —la apremió.

—En su cuarto con sus compañeros.

—¿Está segura?

—Por supuesto. ¿Y usted quién es? —preguntó volviéndose hacia Jorge.

—Soy su socio —se apresuró a cortar el muchacho, y Kira no tuvo fuerzas para contrariarlo—, Jorge Durán. Encantado.

—Mucho gusto —respondió Rocío, luego se dirigió una vez más hacia Kira—: Tiene usted mala cara. ¿Le ocurre algo?

—Recuerda que llevé al niño a una rueda de reconocimiento el viernes, ¿verdad?

—Sí, claro.

—No salió como nos hubiera gustado y su secuestrador está en libertad. Lo peor es que tenemos sospechas fundadas de que vendrá a por él.

—El centro es seguro —aseveró la asistente social.

—Rocío, ese tipo maneja una secta que tiene muchos adeptos, más de los que puede imaginarse.

—¿Ha dicho una secta? —clamó, perpleja.

—Eso es. Y no es la primera vez que tratan de llevar a cabo un secuestro. Aarón necesita protección urgente. No podemos perder más tiempo.

Rocío asintió. A Kira le sorprendió que la asistente no cuestionase más sus argumentos. Tal vez estaba al tanto de que cosas así sucedían o, simplemente, puede que confiara en ella más de lo que había dado a entender.

—Comprendo, ¿qué puedo hacer? —preguntó la mujer. Parecía realmente consciente de la gravedad de la situación que Kira estaba planteando.

Necesito que hable con la policía una vez más y les explique lo que le he contado, pídales que pongan más seguridad aquí, pero antes déjeme ver a Aarón, por favor.

—De acuerdo. Lo traeré. Espere.

Rocío se marchó y Kira dio media vuelta hacia Jorge.

—Sé que no van a hacer nada, pero no puedo quedarme de brazos cruzados —expuso—. Si ella los llama, es posible que la presencia policial en el centro alerte a los seguidores de ese hombre.

—Se lo diremos a Eloy y nos echará una mano, ya verás.

—Por cierto, ya hablaremos de lo que acabas de decir, socio —recalcó la joven, y recibió una sonrisa angelical de Jorge como respuesta.

Transcurrió menos tiempo del esperado por Kira cuando la asistente regresó, presurosa.

—No está… —farfulló llevada más por el asombro que por la congoja.

La rabia y la impotencia se apoderaron de Kira. Apretó las manos con tal fuerza que se clavó las uñas en las palmas y solo las relajó cuando se dio cuenta de que comenzaban a sangrar.

—Puede que se haya escondido, como la otra vez —alegó Rocío, en un intento de convencer a ambas—. Lo encontraremos, ya lo verá.

Estaba segura de que había entonado aquellas palabras más por su tranquilidad personal que por la certeza de que fuera a estar en lo cierto.

Jorge prefirió esperar en la entrada y Kira siguió a la asistente social por el centro hasta la planta baja. Estaba cerrado, por lo que Rocío fue a buscar la llave y recorrieron la sala de calderas y las adyacentes llamando al pequeño de manera insistente.

Kira se acordaba del cuarto en el que Rubén lo había encontrado. Lo abrieron con el corazón encogido y, al encontrarlo vacío, llegó hasta ella la certeza de que Aarón estaba en manos de Enlil, una vez más. No tuvo dudas de que había sido la recepcionista quien se lo había llevado y no había levantado sospechas al hacerlo, ya que incluso el mismo niño habría confiado en ella.

Trató de controlar la furia que la invadía e insistió a Rocío para que avisara a la policía de inmediato, justo antes de correr escaleras arriba. En un santiamén, Kira se había plantado frente a Jorge y por la expresión de su rostro, el secretario supo enseguida que sus mayores temores se habían hecho realidad y el niño había desaparecido.

—Hemos llegado tarde, ¿verdad?

—Debí agarrar a esa mujer cuando tuve oportunidad y obligarla a que me devolviera al niño —dijo conteniendo un nuevo brote de ira.

—Eh, jefa, no te tortures. No es culpa tuya.

—Puede que sí. Si hubiera actuado antes… ¡Mierda, Rubén! —exclamó de pronto, y lo hizo con desesperación. Fue consciente de que estaba demasiado cerca de perderlo.

—Ese tío no ha ganado aún, Kira —animó Jorge, y lo hizo utilizando su nombre de pila. Ella sabía que cuando Jorge la llamaba así era porque quería que tomara en serio sus palabras y no admitía réplica.

Van a ir a por él —masculló presa del miedo.

Y tú vas a estar ahí para impedirlo. No tengo la menor duda, jefa, así que ve a buscarlo. Toma —dijo ofreciendo un manojo de llaves a Kira—. Id a nuestra casa; allí nadie os encontrará y estaréis seguros. Llévate también mi móvil. Yo me quedaré hasta que venga la policía. Hablaré con Eloy. Todo saldrá bien —añadió guiñando un ojo.

—Eres el mejor —exclamó la joven, y abrazó con fuerza a su amigo.

—Vamos, no pierdas el tiempo. Corre.

Kira dio media vuelta y echó a correr, rezando en silencio por llegar a tiempo.