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Rubén

 

 

 

 

 

Aquel día apenas podía concentrarse en el trabajo, aunque debía hacerlo. Durante las dos últimas semanas había holgazaneado demasiado y no podía permitirse perder más días o el trabajo se acumularía tanto que su jefe podría obligarlo a hacer la jornada presencial y eso supondría tener contacto con demasiada gente.

Estiró los músculos de la espalda y se masajeó el cuello. Estaba cansado y le dolía la cabeza. Llevaba tres días durmiendo poco. Había tenido demasiadas cosas en las que pensar y también había soñado con él, con Enlil.

Empezaba a pensar que no eran sueños que su cabeza imaginaba, sino recuerdos que habían permanecido tan encerrados dentro de su ser que no se habían atrevido a salir hasta que no se hubieron desencadenado los acontecimientos que propiciaron que volvieran a él.

En su último sueño, la noche anterior, corría con desesperación a campo abierto. Corría y estaba aterrado. Enlil lo perseguía, estaba seguro, y sentía que no podía escapar. Se había despertado tiritando. Por suerte, Kira no se había enterado y no tuvo que darle explicaciones. La abrazó, escondió el rostro en su pelo, cerró los ojos y esperó a que los latidos de su corazón se acompasaran a los de ella.

No veía el momento de estar de nuevo a su lado y conseguir sentirse otra vez a salvo y en casa. Cuando habían tenido su escueta charla por teléfono la había notado inquieta. Sabía que ella había tratado de disimularlo, pero se había dado cuenta de que algo no iba bien. Tal vez Kira tenía una nueva pista y le había llamado para cerciorarse de que había seguido sus instrucciones. No tenía en mente defraudarla ni preocuparla y de lo único que se arrepentía durante su breve conversación fue de aquella fría despedida. Debió decirle lo mucho que deseaba abrazarla de nuevo, lo mucho que le importaba y que no quería dejar pasar ni un solo día sin estar a su lado.

Resopló e intentó concentrarse de nuevo en el trabajo. Casi lo había conseguido cuando vio de soslayo que había alguien a su lado.

—Vaya, al fin te dignas a aparecer por casa —entonó Ana a modo de saludo.

—Teniendo en cuenta lo que hiciste el otro día, puedes dar las gracias que aún te dirijo la palabra —murmuró Rubén sin mirarla.

—Vamos, cielito, no te lo tomes así. Solo fue una bromita.

—¿Una bromita? ¿Qué diablos escribiste en el cristal?

Ana dejó escapar una risita maliciosa.

—Nada que no fuera cierto —respondió después.

—Debí imaginar que harías algo así. No podías dejarlo estar, ¿verdad? Tenías que intentar fastidiarme delante de ella. Solo espero que no nos espiaras esa noche —refunfuñó.

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza? Dudo que me descubrieras algo que no supiera.

—No lo decía por eso, pero está claro que no sabes qué es la intimidad.

—Por supuesto que lo sé, bombón, por eso cerré los ojos —dijo, y acto seguido estalló en carcajadas.

Rubén torció el gesto. No tenía gracia, pero si hacía hincapié en ello, solo conseguiría que Ana continuara con la chanza. Sabía que no había estado presente mientras Kira estuvo con él, no al menos mientras estuvo consciente, pero sin duda los habría visto durmiendo y había sacado conclusiones acertadas.

Se limitó a continuar con su trabajo y no decir más sobre el tema.

—¿Sabes? Te echaré de menos, cariño —confesó de pronto Ana, e hizo que Rubén detuviera su trabajo y la mirase.

—¿Por qué? ¿Te has aburrido de esta casa y vas a ir en busca de aventuras?

—No intentes hacer un chiste a mi costa —dijo, molesta—. De sobra sabes que estoy atada a estas cuatro paredes; no podría traspasar el umbral de esta casa aunque quisiera, y no será porque no lo he intentado. Lo decía por ti, pronto te irás de aquí.

—No sé por qué supones eso.

—Porque ahora tienes novia y querrás pasar más tiempo con ella. Luego querréis tener niños, perro y esas cosas que hacéis los vivos que aún sois jóvenes.

Vas un poco rápido en tus suposiciones; Kira no es mi novia.

—¿No? Pues lo parece.

—Aún no lo hemos hablado y no puedo darlo por sentado. Ella tendrá algo que decir al respecto, ¿no crees?

—Oh, vamos, cielito. Le has contado que existo y no ha salido corriendo, eso quiere decir que está colada por ti. Su respuesta para todo contigo será sí todo el tiempo —dijo Ana carcajeando de nuevo.

Rubén estuvo a punto de abrir la boca para llevarle la contraria cuando escuchó el timbre de la puerta. Miró la hora en el móvil y le extrañó que Kira hubiera llegado tan pronto. También sabía que no se trataba de Candela, ya que había hablado con ella por teléfono, por lo que se aproximó con cierto sigilo. Era la tercera vez que llamaban ese día y las dos anteriores no había visto a nadie en el rellano, por lo que se había limitado a no abrir. Lo de unas horas antes fue extraño, pero más raro era que recibiera otra visita que no fueran ellas dos. Se acercó a la mirilla y vio a Amelia al otro lado. Respiró con alivio y se volvió hacia el fantasma de Ana, que esperaba con el rostro expectante.

—Es la vecina —susurró Rubén para que solo Ana escuchase.

—Uf, la vieja carca. Desaparezco, bombón. No quiero escuchar cómo se queja de que le han desaparecido otra vez todos los canales de la tele.

Ana le lanzó un beso y se desvaneció ante sus ojos. Rubén movió la cabeza pensando que el espíritu de su amiga no tenía arreglo. Abrió la puerta y en cuanto reparó en el rostro de Amelia se dio cuenta de su error, sin embargo, no fue lo bastante rápido como para actuar.

La anciana cayó sobre él; alguien que se escondía tras ella la golpeó en la cabeza y la lanzó hacia él. Rubén la sujetó para que no se estrellara contra el suelo, pero no tuvo tiempo para nada más. Aparecieron dos jóvenes tras ella y uno de ellos se abalanzó sobre él. Rubén no fue capaz de apartarse, el atacante se echó sobre él con toda la fuerza que le proporcionaba su peso y trató de inmovilizarlo.

Rubén intentó zafarse, lo golpeó repetidamente en las costillas, el chaval se quejó antes de ceder un poco de terreno y permitir, de manera involuntaria, que Rubén se liberara lo suficiente de su agarre como para golpearle en la cara. Lo apartó de una patada y trató de levantarse cuando el otro muchacho aprovechó para agarrarlo sujetándole los brazos por detrás. Rubén luchó por deshacerse de él cuando un tercer joven apareció para ayudar al anterior y cubrió su nariz y parte de su boca con un pañuelo que emitía un olor tan penetrante que al instante hizo mella en él. Comenzó a sentirse mareado en cuanto traspasó sus fosas nasales, aun así, trató de liberarse del agarre de ambos jóvenes.

A medida que transcurrían los segundos le costaba más moverse. Era la sensación más extraña que había tenido nunca, su vista comenzó a nublarse, los oídos le pitaron y sintió que se tambaleaba. Si no lograba zafarse de ellos y salir para que le diera el aire, sin duda, caería inconsciente. Quiso moverse, pero sus miembros no le respondían. Intentó pensar lo más rápido que su abotargada mente le permitía y recordó a la única que podía ayudarlo.

—Ana —la llamó en apenas un susurro.

Nunca había probado a reclamar su presencia y que ella apareciera, aunque mantuvo la esperanza de que sucediera. Volvió a decir su nombre en un murmullo ahogado mientras luchaba por liberarse de los jóvenes que intentaban arrastrarlo. Sus ojos se cerraban paulatinamente, sentía que sus párpados pesaban toneladas y apenas era capaz de mantenerse despierto cuando la vio.

—¡Qué raro, cielito, juraría que…! —interrumpió sus propias palabras con un grito al contemplar la escena.

—Ayúdame —logró articular Rubén.

Y Ana reaccionó al instante. Cogió una silla y la lanzó contra los atacantes. El objeto se estrelló contra la pared, sin embargo, hizo que los muchachos exclamaran horrorizados y arrastraran a Rubén con premura, quien aún trataba de resistirse, fuera de la vivienda.

Al ver que no había logrado su objetivo, Ana continuó arrojando objetos contra ellos solo logrando que los jóvenes se apresuraran a sacar a Rubén de allí empujados por el miedo.

—Hazlo, Ana… —Suspiró Rubén, a punto de perder el sentido.

La mujer logró comprender lo que le estaba pidiendo. Corrió hasta él en un intento de lograr su objetivo de alcanzarlo, pero los atacantes ya habían arrastrado el cuerpo de Rubén fuera de la puerta de la casa.

Ana llegó hasta el linde de su hogar y se detuvo. Su etéreo cuerpo se paralizó de inmediato. Intentó moverse, Rubén estaba tan solo a unos centímetros de ella, pero no podía dar el paso que necesitaba hacia él. Ya no podía ayudarlo y ambos lo supieron.

Los ojos de Rubén se cerraron y la última imagen que vio fue el rostro cubierto de frustración de Ana. Sus atacantes pronunciaron unas palabras que no logró comprender y cerraron la puerta de una patada.

Rubén escuchó el grito desgarrador de Ana justo antes de perder el sentido.