Se precipitó fuera del centro con el corazón en un puño. Corrió al coche y recorrió la distancia hasta la casa de Rubén lo más rápido que pudo. Ni siquiera se molestó en buscar aparcamiento. Dejó el coche en la entrada de un garaje y echó a correr. Tuvo suerte de que el portal estuviera abierto, igual que las otras veces. Empujó la puerta y subió los tres pisos en un suspiro.
Nada más llegar frente a la puerta de Rubén, se fijó en que estaba cerrada y el oxígeno regresó a sus pulmones. Tal vez había llegado antes que los secuaces de Enlil, quizá no estaba aún todo perdido.
Llamó al timbre con insistencia. Llamó durante varios minutos. Empezaba a desesperar, aunque aún tenía la tibia esperanza de que Rubén estuviera en la ducha y no hubiera oído la puerta, pero, en el fondo, sabía que había pasado demasiado tiempo como para que no contestara.
Llamó una vez más y terminó aporreando la puerta y pronunciando su nombre a voz en grito. Necesitaba entrar y comprobar que Rubén estaba bien. Estaba a punto de sucumbir a un momento de delirio, tanto que tuvo la disparatada idea de volar la cerradura para entrar. Abrió el bolso y sacó la pistola. Se cercioró de que estaba cargada y le quitó el seguro. Inspiró con calma. Nunca había abierto fuego salvo para practicar y sabía que en cuanto disparase a la puerta, era posible que cundiese el pánico en el vecindario entero. Apuntó a la cerradura, pero cuando estaba a punto de apretar el gatillo escuchó un chasquido y la puerta se abrió.
Kira tragó saliva y, sin soltar el arma, empujó la puerta con el pie. No se abrió en su totalidad, pues se topó con algo que lo impedía. A pesar de ello, tenía hueco suficiente como para entrar. Lo hizo despacio, con precaución, pues no sabía con qué podía encontrarse.
En cuanto consiguió entrar y asegurarse de que no había ningún atacante tras la puerta, observó a su alrededor. Vio el cuerpo de la anciana inconsciente en el suelo y a su alrededor, desperdigados, una silla rota y varios objetos destrozados. Maldijo por lo bajo y se agachó al lado de la mujer sin soltar el arma. Tomó el pulso a la anciana y respiró aliviada cuando vio que aún tenía y que era regular. No la movió, ya que no sabía qué tipo de herida o golpe tendría, pues había sangre en el suelo.
—Amelia —la llamó, pero la mujer no contestó.
Sacó el móvil de Jorge y marcó el número de emergencias. Mientras esperaba a que contestaran avanzó desde la entrada hasta el salón en alerta. Parecía que no había nadie más, ni siquiera Rubén. Dio la información pertinente para que fuera una ambulancia y cuando colgó el teléfono volvió a llamar a Rubén en voz alta. Recorrió la casa y constató que no había en ella nadie más que la vecina inconsciente.
Guardó la pistola e inspiró hondo tratando de controlar el llanto. Que perdiera el tiempo derramando lágrimas no ayudaría a Rubén ni a Aarón, que ahora estaban en manos de ese psicópata. Debía pensar rápido, pues pronto anochecería y no estaba segura de poder encontrarlos antes. Amelia seguía inconsciente, pero sabía que había otro posible testigo en esa casa que quizás supiera lo que había sucedido y tal vez le dijera algo de relevancia.
—Ana, estás aquí, ¿verdad?
Esperó, como si pudiera escuchar la respuesta del espíritu, hasta que se dio cuenta de que solo tenía una manera de comunicarse con ella. Fue al baño, abrió el grifo de agua caliente y cerró la puerta. Esperó, nerviosa, a que el cristal se empañara, y cuando lo hizo volvió a entonar la pregunta.
—¿Estás ahí?
Transcurrieron varios segundos que le resultaron angustiantes hasta que comenzó a ver que en el espejo surgían las letras que estaba esperando.
“Sí”. Leyó.
Kira reaccionó con cierto alivio. Por un lado, temía tener que enfrentarse a la presencia de un espíritu, pero más temía aún el no saber qué le había sucedido a Rubén. Pensó con cuidado qué debía preguntar, pues necesitaba respuestas lo bastante precisas.
—Los tipos que se han llevado a Rubén ¿eran tres?
“Sí”. Escribió de nuevo Ana en el espejo.
—¿Muy jóvenes? ¿Casi adolescentes?
“Sí”. Leyó Kira por tercera vez.
—¿Mientras estuvieron aquí hablaron de algún lugar o de alguien? Alguna pista, cualquier cosa que recuerdes, Ana, aunque no creas que es importante, puede ayudarme a encontrarlo antes de que sea tarde.
Kira esperó mientras veía con nerviosismo cómo el espíritu trazaba pequeñas letras formando dos palabras que ella trataba de encajar con un nudo en la garganta.
“Fábrica. Maestro”. Leyó.
Kira rumió las palabras durante unos segundos e imaginó cuál era el contexto gracias a las palabras de Ana. Entonces supo lo que tenía que hacer.
—Gracias, Ana, gracias de verdad.
Escuchó el ruido de la ambulancia que se aproximaba por la calle y supo que le restaban unos pocos segundos más. Estaba a punto de borrar los mensajes de Ana cuando vio que escribía una última palabra.
“¡Ayúdalo!”.
—Lo haré, no lo dudes. Traeré a Rubén de vuelta, cueste lo que cueste —prometió, y lo hizo más hacía sí misma que hacía el espíritu.
Pasó la mano por el cristal para deshacer las palabras que Ana había escrito y corrió hacia la entrada, en donde los servicios sanitarios estaban a punto de entrar.
Les dejó paso, se identificó y, en cuanto les explicó lo que creía que había sucedido, se escabulló de allí. Echó a correr hasta el coche, segura de que lo primero que debía hacer era ir a casa.
En el camino se preguntó cómo había podido pasar, en qué punto se había equivocado como para precipitar ese desenlace y de pronto recordó el día en que visitaron la granja. Era tan evidente que buscaban a Enlil, que esas mujeres habían reparado en ellos y no tardaron en ver en Rubén la simiente de su guía. Se parecía demasiado a él como para que lo hubieran pasado por alto. Estaba segura de que por eso los habían seguido. Debieron haberla espiado durante varios días, suficientes como para localizar a Aarón y más tarde encontrar el apartamento de Rubén.
Había subestimado a ese loco, pero, sobre todo, había infravalorado el alcance de sus adeptos. Estaba claro que tenía mucha más gente que lo seguía de lo que había imaginado en un primer momento. Desde la recepcionista del centro de menores hasta cualquier otra persona que había ayudado a aquellos jóvenes a llevarse a Rubén y pasar desapercibidos. Incluso era probable que tuviera partidarios repartidos por todo el país.
En definitiva, podía encontrarse con cualquier cosa, por eso tenía que ir bien preparada.
Se cambió de ropa y se puso la más cómoda y oscura que encontró. Preparó la pistola y los dos cargadores que tenía y lo enfundó todo en un cinturón que Eloy le había regalado cuando consiguió la licencia de armas. Cogió también el cuchillo de supervivencia y lo sujetó al mismo cinturón.
Cuando consideró que estaba lista, se apresuró a montarse una vez más en el coche. Puso en el GPS la misma dirección que había seguido ese día con Rubén. Inició el camino viendo cómo iba oscureciendo paulatinamente. Sabía que, en cuanto la luna hiciera su aparición, Rubén y Aarón estarían en grave peligro.
Comenzó a acelerar, tenía que llegar hasta ellos cuanto antes.
Llevaba poco trayecto recorrido cuando el teléfono que Jorge le había prestado comenzó a sonar. Era el policía.
—Eloy —exclamó, exaltada.
—¿Qué narices está pasando, Kira? —Escuchó a su amigo por el altavoz.
—Ha sido ese tío: Enlil. Está detrás de todo, estoy convencida.
—Lo primero que tienes que hacer es tranquilizarte y contármelo todo, porque la historia de Jorge es demasiado extraña.
—No puedo y no tengo demasiado tiempo para explicaciones, Eloy, se han llevado a Aarón del centro de acogida y han secuestrado a Rubén en su propia casa.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Completamente. Si ya has hablado con Jorge sabrás que hemos estado en el centro de menores. La tutora de Aarón está con tu marido denunciando su desaparición.
—Lo sé, Kira, pero no podemos relacionarlo por una corazonada con Rasí —se lamentó el agente.
—Eloy, no es una corazonada.
—No tienes la certeza. El niño ha podido huir. Un secuestro no es tan fácil de llevar a cabo.
—Sabes que sí lo es.
Se hizo un silencio al otro lado del teléfono. Un silencio que le daba la razón. Que alguien desapareciera no era nada descabellado, lo difícil era localizarlo cuando eso sucedía, y como policía, Eloy lo sabía.
—Está bien, cuando esa mujer haga efectiva la denuncia tendremos un motivo para interrogarlo de nuevo.
—Eso no es suficiente, Eloy, además, no lo vais a encontrar en su casa. Te digo que la dirección que figura de ese tío en tus papeles no es la correcta. Cuando deis con él, será tarde.
—Con su foto y una orden de búsqueda, será nuestro en cuestión de horas —explicó Eloy.
—Para entonces ya los habrá sacrificado —aseguró la detective con voz ronca—. Yo sé dónde está y voy para allá.
—No lo hagas, es una locura y una estupidez —la regañó.
—Se los ha llevado —protestó, acalorada—, no pienso quedarme de brazos cruzados.
—Kira, si actúas por tu cuenta y matas a alguien, no podré hacer nada por ti.
—Me da igual, Eloy, no me importa perder mi licencia. Tampoco me importa ir a la cárcel; no si consigo salvarlos —añadió controlando el temblor en su voz—. Sé que lo entiendes, tú harías lo mismo si se tratase de Jorge.
Un silencio se hizo entre ellos, roto por un resoplido de Eloy.
—Envíame la dirección y espérame.
—De acuerdo —respondió Kira, y cortó la llama a sabiendas de que no seguiría las instrucciones de su amigo. No sabía cuánto tardaría en llegar y tal vez ya sería tarde.
Tendría que hacerlo sola, le daba igual lo que ocurriese después, pero tenía que salvarlos. Confiaban en ella y no podía fallarles. Los quería demasiado como para hacerlo.