Decidió que dejaría el coche algo alejado de la fábrica. Sería un problema para huir con Rubén y Aarón, pero no podía arriesgarse a que la vieran y tuvieran opción de reaccionar. Perdería algo de tiempo, pero los pillaría desprevenidos.
El anochecer había comenzado y le pareció que, a cada minuto que transcurría, el cielo se oscurecía a marchas forzadas. Consultó la hora en el teléfono y se lamentó por no haber preguntado a Jorge si ese tipo de rituales antiguos requerían que fuera noche cerrada o simplemente debía rezar por que tardasen un poco más en organizarlo.
Mientras recorría la distancia hasta el lugar pensó en cómo conseguiría entrar y se preguntó si se encontraría con demasiada gente y no pudiera reducirlos. Fue la primera vez que temió que la mataran antes de conseguir llegar hasta ellos.
Una vez tuvo en el punto de mira la fábrica, avanzó, agachada, valiéndose de movimientos rápidos y cortos, implorando que la noche amparara su sombra y no hubiera nadie mirando para descubrirla.
Cuando estuvo fuera del edificio se apoyó con cuidado contra la fachada para no hacer ruido y respiró aliviada. No percibió ni un foco de luz proveniente de la misma y maldijo para sus adentros. Sería muy complicado averiguar si allí había alguien o no. Avanzó agazapada y tan pegada al edificio como fue capaz. Seguía sin ver rastro de nadie por allí, de tal modo que creyó que se había equivocado y temió encontrarlos demasiado tarde.
Inspiró para insuflarse el valor necesario y sacó el teléfono. Lo ocultó tras la pierna para que el reflejo no la delatara y envió la localización a Eloy. Volvió a guardárselo en el pantalón y trató de organizar sus pensamientos. Confiaba en que su amigo no tardase demasiado, o sería probable que ninguno de los tres lo consiguiera.
Agarró con fuerza la llave telescópica que utilizaba para cambiar las ruedas del coche y que había cogido del maletero antes de salir, pues sabía que podía servirle en un primer momento, ya que quería retrasar todo lo que pudiese el desenfundar la pistola. Si la sacaba sabía que tendría que usarla y lo cierto era que jamás había disparado contra alguien o algo con vida y no sabía si sería capaz de hacerlo o, por el contrario, dudaría en el último momento.
Estuvo varios minutos apostada contra la fachada escuchando y cuando se cercioró de que parecía no haber gente, pues no se oían voces, ni otros ruidos, fue hacia lo que parecía una puerta y estuvo a punto de hacer un intento para forzarla cuando vislumbró el reflejo de una luz. Se quedó muy quieta, apretada contra el muro, controlando cualquier movimiento, incluso su respiración, pues la reacción más leve en el momento más inoportuno podría poner su vida en peligro.
De soslayo vio la luz moverse cada vez más cerca y justo después dos siluetas aparecer tras la misma. Eran dos hombres que pasaron a varios metros de ella; la distancia suficiente como para que no la vieran si no la estaban buscando. Cuando se alejaron lo bastante, Kira tomó aire y se decidió a actuar. Se movió lo más deprisa y más sigilosamente que supo y se plantó tras las figuras que habían aparecido. Justo cuando estaba tras ellos, uno pareció escucharla y se giró para recibir un fuerte golpe en la boca. El individuo retrocedió y Kira aprovechó para estrellar la llave contra la cara del otro, luego le golpeó en el estómago y una vez más en la espalda para lograr que no se revolviera contra ella. Se volvió hacia el primero y, como le pareció el más débil de los dos, le descargó una patada que lo derribó. Golpeó de nuevo al compañero hasta dejarlo inconsciente, luego echó un rápido vistazo a los lados para comprobar que no había nadie más dispuesto a atacarla, entonces se agachó y abordó al primer joven por la espalda. Pasó la llave por su cuello y le obligó a levantar la cabeza.
—¿Dónde están? —preguntó a la vez que sujetaba la llave con ambas manos presionando la garganta del muchacho.
—No sé de quién hablas —farfulló.
—Por supuesto que lo sabes. ¡Dímelo! —insistió, apretando con más fuerza el cuello del chaval. Este profirió algo parecido a un gorjeo de angustia.
—Está bien… —logró articular.
Entonces Kira rebajó la presión sobre su cuello y él tosió e inhaló con vehemencia. Kira aprovechó para observar de nuevo que no hubiera más gente que pudiera aparecer para sorprenderla.
—¿Dónde están?
—Aquí no.
—¿Y en la casa?
—Tampoco. Los han llevado al lugar. El ritual va a comenzar dentro de poco.
—Me guiarás hasta allí —ordenó.
—No puedes obligarme.
—Claro que sí —dijo Kira desenfundado el cuchillo con un rápido movimiento, luego se desprendió de la llave y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. El rostro del muchacho se contrajo en una mueca de horror al ver el cuchillo, sin embargo, pareció envalentonarse y se enfrentó a ella.
—Si me matas no te podré llevar a ningún sitio.
—Lo harás, te lo aseguro, aunque tenga que romperte algo más que la nariz para convencerte —amenazó Kira, y presionó el filo de la navaja contra su garganta hasta que esta le produjo un leve corte.
El joven asintió y Kira hizo que se pusiera en pie, luego le dobló el brazo por la espalda y le puso de nuevo el cuchillo sobre el cuello. Fue entonces cuando se fijó en él y se dio cuenta que se trataba de uno de los tres chicos a los que había reducido la tarde que atacaron a Rubén; al igual que era uno de los que los habían seguido en el coche rojo. Aquellos tres parecían ir siempre juntos, por lo que Kira debía andarse con más cuidado del habitual, pues podía toparse con el otro que faltaba en cualquier momento.
—Vamos —instó, dándole un empellón.
Abandonaron la fábrica con paso lento, pues Kira tenía que estar empujando al joven de continuo. Cruzaron la carretera mientras la detective rezaba porque no apareciera ningún coche, o de lo contrario tendría problemas. Lograron atravesarla sin impedimentos y avanzaron campo a través mientras Kira no dejaba de observar su alrededor, nerviosa. Debía estar pendiente de que el chaval no tratara de huir, ni de que no la llevase a un punto del que no pudiera escapar, o de que alguien los siguiera.
El muchacho pareció percibir su inquietud, pues de pronto soltó una risotada.
—Eres una idiota, el maestro te matará —le dijo con seguridad.
—No, si yo lo hago antes.
—No lo conseguirás, nadie puede vencerlo. Si te enfrentas a él, no serás más que una hormiga bajo su zapato.
Kira se asombró del poder de convicción que tenía aquel hombre y se preguntó cuántos años de su vida había empleado en lograr un séquito tan fiel, que estuvieran dispuestos a secuestrar o incluso matar a otros para que le sirviera en su demencial propósito.
—¿Por qué le sigues?
—El maestro es un dios que mora en la tierra, el más poderoso de todos, y yo tengo el honor de ser su hijo y su siervo.
—Menudo disparate. No es más que un hombre farsante y manipulador.
La reacción del chaval no se hizo esperar, se revolvió furioso y trató de liberarse del agarre de Kira con intención de golpearla, pero ella estaba prevenida y le retorció aún más el brazo a la vez que incidía mínimamente con el cuchillo en su garganta. Él gimió y detuvo su empeño. Kira tuvo suerte de que no fuera más fuerte ni estuviera más preparado, de lo contrario se habría liberado de su agarre con facilidad.
—Vamos, sigue avanzando —ordenó.
—Disfrutaré viendo cómo acaba contigo, maldita zorra.
—Yo sí que disfrutaré cuando estéis todos entre rejas. ¡Asesinos!
Una risa grotesca se adueñó del joven. Resultaba tan artificial que Kira llegó a pensar que la estaba fingiendo, hasta que se dio cuenta de que era tan real como su locura.
—¿Qué te hace tanta gracia? —No pudo evitar preguntar.
—Tu novio… —pronunció el joven entre carcajadas—, nunca lo recuperarás. Ahora está en manos del maestro. Lo ha estado buscando durante muchos años y por fin lo tiene, y a Caleb también. Mis hermanos son el instrumento de nuestra victoria. En cuanto sean convertidos, venceremos.
—¿Convertidos?
—No tienes idea —escupió el chico—, pero lo verás. Muy pronto. Serás testigo de la nueva era, una repleta de gloria y destrucción en la que el maestro reinará sobre todos vosotros.
Kira lo empujó una vez más y procuró que acelerara el paso. Si antes pensaba que no tenía tiempo que perder, entonces supo que urgía el llegar hasta Rubén y Aarón antes de que ese fanático llevase a cabo su plan, fuera cual fuese.
Notó que el móvil comenzaba a vibrar. Era muy probable que Eloy la estuviera llamando y esperó que lo estuviera haciendo para decirle que estaba llegando al destino que le había enviado y no para comunicar que no había conseguido autorización del comisario y tenía que vérselas ella sola con esa gente; si fuera así, no tenía idea de cómo iban a lograr salir del apuro. Aunque pasara lo que pasase, sabía que Eloy no la fallaría, aparecería para ayudarla, igual que ella estaba haciendo con Rubén y con Aarón. Contaban con ella y si tenía que matar a ese loco asesino, no dudaría en hacerlo.