Despertó gracias a su propio grito.
Las pesadillas aún lo asaltaban. Volvía en sí empapado en sudor, con el corazón latiendo desbocado y una punzada de dolor en el pecho. Se incorporaba temblando y necesitaba varios segundos para darse cuenta de que no había sido real. Inspiraba varias veces tratando de recuperar el control de su cuerpo y, cuando lo conseguía, no le quedaba más remedio que levantarse de la cama, pues sabía que no podría volver a conciliar el sueño.
Esa noche había sucedido de nuevo.
Salió de la cama como un autómata y se dirigió al baño. Las piernas todavía le temblaban, por lo que tuvo que apoyarse en el lavabo para mantener el equilibrio.
Abrió el grifo y se mojó la cara con agua fría. Los temblores comenzaron a cesar y la imagen empezó a desvanecerse de su mente. El miedo remitió con lentitud. A pesar del tiempo transcurrido, aún podía recordar con total claridad el dolor que había sentido.
Levantó la cabeza y abrió los ojos tratando de despejar los vívidos recuerdos. Contempló su rostro en el espejo. No tenía buen aspecto. Se atusó el pelo; había vuelto a dejárselo crecer y la barba también. Pensó que, tal vez, debería afeitarse antes de irse e imaginó la cara que pondría Candela cuando le viera aparecer de esa guisa si no lo hacía. Gruñiría y le perseguiría con unas tijeras y una cuchilla hasta lograr su objetivo. Sonrió. Su hermana no tenía arreglo.
Cogió una toalla y se secó la cara. Permaneció unos segundos cubriéndose el rostro con ella y cuando la apartó y volvió a mirarse en el espejo, la vio.
Se sobresaltó y dejó caer la toalla al suelo.
—¡Joder, Ana, qué susto! —exclamó.
Ella le observó a través del reflejo y sonrió. Estaba apoyada en la jamba de la puerta, con el brazo sensualmente levantado por encima de la cabeza. Llevaba el camisón rojo de siempre, el que tanto marcaba sus formas y que a veces lo ponía tan nervioso.
—No entiendo cómo puedes seguir dándote esos sustos cada vez que me ves.
—No lo haría si no aparecieses siempre tan de repente —gruñó él.
—Creí que ya te habías acostumbrado, después de todo ya llevas más de un año viviendo en mi casa.
—¿Tu casa?
—Sí, mi casa —rebatió la mujer—. Da igual que pagues el alquiler, esta sigue siendo mi casa.
Recogió la toalla y la dejó en su sitio; se volvió y salió del cuarto de baño. Ana no se movió, por lo que él tuvo que pasar de lado para no establecer contacto con ella. Si lo hacía, bien sabía lo que sucedería después.
Fue hasta la cocina, agarró la cafetera con fuerza, vertió el poco contenido que tenía en una taza y se lo bebió de un trago.
—¿Qué tal si me dejas en paz? —protestó, sabiendo que estaba tras él, a pesar de que no había dirigido una mirada hacia ella.
—Oh, vamos, cariño, no te enfades. Has tenido otra pesadilla, ¿verdad?
—Sí.
—¿Lo mismo de siempre?
—Así es.
Se apretó las sienes con los dedos. Las imágenes se materializaron de nuevo en su cabeza.
Las tres voces que recitaban al unísono mientras los gritos de Candela lo taladraban y veía la sangre de ambas goteando sobre el suelo. Después fue el inicio del dolor y lo único que era capaz de recordar fueron las lágrimas de ella mientras le suplicaba que aguantase.
—¿Algún día me vas a hablar de la chica? —preguntó Ana de súbito.
Los músculos de sus hombros se tensaron. A veces tenía la sensación de que esa mujer era capaz de leer su mente.
—No sé de qué estás hablando —balbució tratando de evitar el tema.
—Lo sabes perfectamente, cielito, no te hagas el tonto conmigo. Sabes a qué chica me refiero.
Un nudo se le hizo en la garganta. Ana parecía conocerle mejor de lo que le hubiera gustado, a pesar de que apenas le había contado cosas sobre su pasado, únicamente el episodio que revivía en sus pesadillas y se había ahorrado casi todos los detalles.
Solo había hablado de Candela. Nunca la había mencionado a ella.
—No hay ninguna chica —respondió Rubén a media voz.
—Claro que sí, esa a la que llamas a veces en sueños, la que tiene un nombre tan raro.
—Diría cualquier otra cosa, habrás oído mal.
Esquivó a Ana y salió de la cocina. Quería evitar a toda costa esa conversación.
—Es la chica de la foto, ¿verdad? La que miras cada vez que crees que no te veo.
Rubén abrió los ojos de par en par. Había tratado de ocultarlo, pero, al parecer, no había tenido éxito.
—¿No puedes dejar de inmiscuirte en mi vida?
—No tengo otra cosa que hacer.
—Ya… No es nadie, agua pasada, ya te lo he dicho —insistió. No tenía la menor intención de hablar del tema. Pensar en ella solo le provocaba dolor y tampoco quería que Ana continuase indagando en su pasado.
La mujer emitió un hondo suspiro de resignación.
—De acuerdo, no preguntaré más, al menos por hoy. ¿Ya has preparado la maleta?
—No me hace falta —farfulló Rubén.
—Claro que sí, puede que decidas quedarte allí unos días.
—Lo dudo. No hay nada que me interese lo más mínimo de ese lugar. Voy por compromiso.
—Eso me has contado más de una vez, vas porque es la boda de tu hermana.
—Ni más ni menos, y sigo sin entender por qué ha querido casarse en ese maldito pueblo. No vivimos allí desde hace una década.
—Es la ilusión de su vida, no se la chafes —protestó Ana.
—No tengo tan claro que eso sea así, después de lo que nos pasó…
—Bah, una mujer el día de su boda no piensa en esas cosas, solo en lo feliz que se siente. ¡Ay, las bodas son tan bonitas! —exclamó Ana justo después con ojos soñadores mientras se tumbaba sobre la cama y estiraba el cuerpo—. Qué lástima no poder ir, hace tanto que no voy a una…
—Lamento decirte que no tendrás oportunidad de ir a ninguna otra.
—Eres un aguafiestas y un amargado, ¿nunca te lo han dicho?
—Pues sí, bastantes veces. —Rubén se encogió de hombros.
—¿Y no te das por aludido? Desde luego que necesitas cambiar un poco, empieza a ser aburrido aguantarte.
—Ya sabes cuál es la solución, Anita.
Ana emitió algo parecido a un gruñido de disconformidad y desapareció de su vista. Rubén era consciente de que ella sabía que cuando la llamaba Anita era porque quería estar solo y no había manera de convencerlo de lo contrario. Eran los momentos en los que optaba por apartarse y volver al tedio con el que rellenaba las horas del día.
Suspiró. A veces odiaba la manera como se comportaba con ella, pero no soportaba que se entrometiese tanto en su vida como lo hacía. Siempre pretendía darle lecciones, decirle cómo debía actuar y otras tantas veces intentaba… bueno, ya sabía lo que quería, lo que ya trató de hacer una vez y a punto estuvo de provocar que se marchase para siempre de aquel apartamento.
Metió las pocas pertenencias que le parecieron imprescindibles para acudir a la boda de su hermana, después se dio una ducha y decidió que iría a una de esas barberías que estaban tan de moda para que lo afeitasen y le cortasen el pelo, pues una simple cuchilla en sus manos temblorosas podría tener consecuencias fatales.
Se marchó sin despedirse. Ana no había vuelto a cruzarse en su camino y agradeció no tener que dirigirle la palabra. Ella sabía tan bien como él que ese día sería un calvario. Adoraba a Candela, pero que lo hubiese elegido padrino en su enlace no era de ayuda para los problemas que siempre había tenido para adaptarse a las multitudes, sobre todo a aquellas en las que habría tanta gente conocida a quienes tendría que saludar, todos los que sentían una curiosidad malsana hacia él por retazos que sabían sobre su vida, pero, sobre todo, porque también estaría ella. Y Rubén no era capaz de determinar la manera en que reaccionaría cuando la tuviera de nuevo frente a él, después de tantos años.