No habían transcurrido más que un par de minutos desde que Enlil se había marchado cuando se percató de que no estaba solo. Fue una corazonada, como un suspiro en su nuca que lo puso sobre aviso. Le había sucedido algunas veces, pocas, solo ocurría cuando la presencia de alguno de ellos era poderosa. En esas ocasiones, esa sensación lo abordaba y comprendía que un espectro había aparecido antes de verlo.
Desvió la vista hacia un lado y en la penumbra distinguió la figura.
Al principio no la reconoció, pensó que podría ser cualquiera de las muchas almas que debían haber perecido en aquel espantoso lugar, hasta que se fijó en su rostro. Lo había visto una vez, no hacía tanto, en una fotografía, pero cuando lo tuvo frente a él, supo que lo recordaba. Tuvo la certeza en cuanto sintió un pálpito muy característico en su corazón, el de la presencia de un ser querido.
—¿Mamá? —susurró.
La aparición se acercó a él, como si realmente no supiera qué hacía en ese lugar. Luego lo observó con pena, más tarde con extrañeza y por último con la emoción contenida del que intuye que ha llegado el momento de que suceda algo importante.
—¿Aarón? —preguntó, dubitativa.
—Sí… —masculló Rubén. No le había costado demasiado asumir que ese nombre le pertenecía, aunque hubiera sido suyo solo durante un breve periodo de tiempo.
—¿Es posible? ¿Realmente eres tú?
—Así es, mamá, soy yo —dijo y, aunque le sonó extraño, en el fondo supo que era natural llamarla así. Solo conservaba imágenes un tanto vagas, eran sobre todo sensaciones y olores lo que perduraba en su memoria, pero sabía que una parte de ella estaba ahí, en su interior, con él.
—No puedo creerlo —tartamudeó el espíritu mientras avanzaba hacia él.
El pálido halo de luz rojiza que se filtraba a través de una pequeña ventana hizo posible que pudiera mirarla con más detenimiento cuando se acercó a él.
—Dios mío, cariño, esto es tan… increíble.
Rubén no fue capaz de pronunciar palabra. A pesar de haber estado en contacto directo con la muerte toda su vida, le resultaba extraño asumir que tenía frente a él el espectro de la mujer que le había dado la vida, aquella que hasta hacía pocos días ni siquiera recordaba, pero que ahora se manifestaba ante sus ojos como una realidad de la que no podía escapar.
—¡Qué guapo estás! —exclamó Esther a continuación—. Has crecido tanto que ya eres un hombre. ¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó entonces con desconcierto.
—Veinticinco años.
Vio que su madre ladeaba la cabeza como si no diera crédito a lo que estaba escuchando.
—Para mí es como si hubiera sucedido ayer mismo, sin embargo, en cuanto te he mirado he sabido que eras tú. No soy capaz de entenderlo, ni siquiera de explicarlo.
Él tampoco lo era, pero no se lo dijo. Se limitó a observarla y rebuscó en su interior imágenes de ella que, sabía, debía conservar. No las encontró, pero sí que pudo rememorar cuando le acariciaba las mejillas y le besaba en la frente.
El espíritu de Esther se dejó caer con delicadeza y se quedó sentada frente a él, de modo que Rubén pudo fijarse en los detalles de su cuerpo en los que no había reparado, pues la veía tal y como estaba cuando murió. Tenía unas marcas moradas alrededor del cuello, por lo que dedujo que él la había estrangulado.
—Mi amor… Si supieras…
Esther balbució unas cuántas palabras que Rubén no consiguió comprender y acto seguido se sumió en un lastimero sollozo que hizo que se le encogiera el estómago.
—No llores, por favor.
—Lo siento.
La mujer limpió las lágrimas con el dorso de la mano y le ofreció una sonrisa que trató de ser esperanzadora, pero que solo reflejaba el dolor de la emoción de una mujer que lo había perdido todo.
—Aunque no lo parezca, soy inmensamente feliz al saber que lograste escapar. ¿Qué ocurrió? ¿Conseguiste llegar a la carretera?
—Sí.
—Gracias a dios. Mi mayor temor era que él te alcanzara antes.
—Si no lo hizo fue gracias a ti —murmuró Rubén. No lo había recordado todo, sin embargo, a su mente acudían imágenes de una huida en mitad de la noche y una carretera iluminada por la luz de la luna.
—Eres mi pequeño, tenía que hacerlo. Era la única manera de intentar salvarte.
Rubén tragó saliva. No encontró palabras que estuvieran a la altura de lo que ella había hecho y lo que había significado para la vida de ambos. Ella lo había sacrificado todo por su hijo y él ni siquiera era capaz de recordarla con claridad y eso le hizo sentirse el peor de los hombres.
—¿Qué pasó después? —continuó Esther, y Rubén agradeció poder responder con una verdad que diera algo de calma al corazón de la mujer.
—Me encontró una familia. Cuidaron de mí y luego me adoptaron.
—¿Fueron buenos contigo?
—Sí, mucho.
—Benditos sean. ¿Has sido feliz?
Rubén asintió. Quería que su madre estuviera en paz; el sacrificio había sido tan grande que no podía defraudarla. No deseaba que supiera que no había sido capaz de aceptarse como era y había estado a punto de sucumbir en la profundidad de un pozo de amargura, del que logró salir a duras penas.
—Gracias al cielo —dijo Esther, y su rostro se dulcificó aún más al saber que gran parte de las esperanzas que había puesto en su bienestar se habían cumplido. Y Rubén deseó poder rozarla, algo tan sencillo como apoyar la cabeza en su regazo y dejar que le acariciara la frente. Esther emitió un hondo suspiro de pesar—. Hubiera dado cualquier cosa por verte a salvo y feliz. Hubiese hecho lo que fuera por sacarte de aquí para siempre, pero ahora… Temía tanto este momento, cariño, porque sabía que tu padre no dejaría de buscarte y ha conseguido encontrarte.
El rostro de Esther se contrajo una vez más y sus ojos enrojecieron. Rubén intuyó que controlaba su pesar para que no se sintiera incómodo y lo único que él era capaz de sentir eran remordimientos terribles hacia ella y hacia lo que había sucedido. Era injusto haber venido al mundo en esas circunstancias, pero lo era aún más para su madre, que había perdido la vida siendo más joven de lo que era él en ese momento y hacerlo para salvar su vida solo aumentaba el dolor.
—Te asesinó aquella noche —constató Rubén. Ni siquiera supo por qué lo había dicho, quizás no porque necesitase tener la certeza, sino para exteriorizar el horror que había ocurrido ante sus ojos y que su cabeza había borrado, probablemente, con el fin de proteger su cordura.
—Sí. Nunca imaginé que sería capaz de hacer algo así, pero tenía que sacarte de aquí, cariño. Creí que habíamos escapado a su control, pero nos encontró, así que me enfrenté a él e intenté matarlo para protegerte, aunque lo único que conseguí fue hacerle esa cicatriz.
—No debiste hacerlo, mamá —dijo Rubén con tristeza.
—Por supuesto que sí, Aarón. Logré apartarte de su lado. Gracias a eso has tenido una vida. Mereció la pena —aseguró Esther—. Volvería a hacerlo ahora, si pudiera.
El espíritu sonrió con melancolía. Sus ojos le ofrecieron una mirada empapada de ternura y Rubén se preguntó por qué seguía ahí cuando debía estar descansando en un lugar mucho mejor.
Solo encontró una respuesta posible para la incógnita.
—Permaneces ligada a él, mamá, ¿por qué?
—No lo sé. No elegí quedarme.
—Dejaste algo pendiente. No podrás ir en paz hasta que no resuelvas.
—Entonces temo que me quedaré atrapada aquí eternamente, porque juré que conseguiría apartarte de él para siempre.
Rubén no pudo por menos que lamentarse de lo que estaba escuchando. Sin duda, su madre siempre sería un ente que vagaría tras el hombre que la había asesinado y cuando él muriese, su espíritu le acompañaría donde estuviera enterrado. Solo cumplir el juramento la liberaría de ello. Empezó a pensar cómo aquella dulce mujer había llegado a esa situación. Entonces recordó lo que había dicho Enlil sobre ella. Había asegurado que había sido la única que había logrado resistirse a él, y si era así, no encontraba sentido a que se hubiera marchado de forma voluntaria con él. Si no estaba bajo su influjo, solo tenía una explicación.
—Mamá, vi una foto vuestra ¿tú…? —No sabía cómo preguntárselo, al fin y al cabo, era una cuestión difícil de abordar—. ¿Alguna vez lo quisiste? —terminó por decir.
—Oh, sí, cariño, desde que lo conocí.
—Entonces, ¿él no te obligó?
—Aarón, tú eres fruto del amor, nunca pienses lo contrario.
—Pero, no entiendo…
—Sé que es difícil de comprender, pero Manuel no fue siempre así. Era bueno conmigo, divertido y cariñoso. Estábamos enamorados, teníamos planeado casarnos y formar una familia y hubiese sido así de no ser por ese viaje a Siria.
—¿Has dicho Siria? —preguntó Rubén, anonadado.
Esther asintió con tranquilidad.
—Sus abuelos por la vía materna eran de allí —explicó—. Quiso conocer sus raíces y pasó visitándolo casi dos meses. No sé qué le ocurrió en aquel país, pero cuando volvió había cambiado, no era el mismo hombre del que me había enamorado, claro que entonces no me di cuenta. Mi madre, tu abuela, me dijo que no le gustaba su actitud, pero yo no fui capaz de verlo. Discutimos y yo me marché con tu padre. Entonces ya estaba embarazada de ti y pensé que todo iría bien. —Esther hizo una pausa en la que intentó controlar el temblor en su voz—. Al principio fue así, no como yo deseaba, pero aún nos teníamos el uno al otro. Sin embargo, poco a poco fue cambiando. Empezó a hablar de dioses de aquella tierra y de ritos extraños que yo no entendía ni quería comprender. Luego empezaron las visitas. Cada día traía gente nueva a casa. Decía que eran amigos, pero a mí no me lo parecían. Eran raros, hablaban poco y cuando lo hacían era para alabar a tu padre. Ninguno me gustaba, algunos incluso daban miedo, así que empecé a asustarme. Le dije que, si no dejaba de traer gente, yo me iría. No hizo caso, así que quise abandonarlo, pero no me dejó. Recuerdo que dijo que no dejaría que le quitase a su hijo, así que esperé. Pensé que lograría irme cuando me llevara al hospital para tu nacimiento.
—¿Por qué no pediste ayuda?
—Lo intenté, varias veces, pero siempre me sorprendía. Si no era tu padre, era uno de sus amigos. Me vigilaban; si salía la calle, tenía a dos de ellos pegados a mí. Si me paraba a hablar con cualquier persona, la apartaban de mí. Y tampoco podía llamar por teléfono, porque no teníamos. Era como estar prisionera en mi propia casa.
—¿Y tu madre? ¿Nunca te dejó hablar con ella?
—Lo intenté muchas veces, incluso cuando las cosas estaban bien entre nosotros, pero tu padre siempre encontraba una excusa para que yo no hablara con ella. Al principio me decía que era él quien había hablado con ella y que mi madre no quería saber nada de mí. Ahora estoy segura de que era mentira, aunque entonces me lo creí. Tiempo después pensé que podría contactar con ella si abandonábamos la casa en la que vivíamos, pero también me equivoqué. Nos alejamos de la ciudad y nos mudamos a esta granja. Pertenecía a una de sus nuevas amiguitas. Las odiaba, porque nunca me dejaban sola. Desde que pisé esta casa estuve siempre bajo su vigilancia; ni siquiera podía ir al cuarto de baño sin que me espiaran.
—Lo siento —murmuró Rubén, tras una pausa de su madre que resultó más larga que la anterior y mucho más incómoda para él. La mujer le ofreció una cálida sonrisa justo antes de seguir hablando.
—Después naciste tú. Fue aquí, por supuesto, porque no me permitió ir al hospital. Yo estaba aterrada, creí que morirías si no había un médico con nosotros. Intenté convencerlo, pero solo trajo una partera para ayudarme. Para entonces supe que la única salida para nosotros era huir, así que cuando estuve lo bastante repuesta del parto empecé a planearlo, aunque él lo averiguó, no sé cómo, pero lo supo. Fue entonces cuando nos encerró en el sótano de la casa. Apenas nos permitía salir y cuando lo hacíamos, estábamos siempre vigilados por todas esas mujeres que vivían aquí. Él venía de cuando en cuando y siempre traía alguien nuevo.
Hizo una nueva pausa, pues parecía que le costaba demasiado hablar sobre el tema. Al fin pareció reponerse y continuó:
—Aguanté varios años así, buscando la oportunidad de escaparme. No me importaba esperar lo que hiciera falta, hasta que un día tu padre empezó a hablar de llevar a cabo ese horrible ritual otra vez. Ya lo había intentado antes, cuando descubrió que eras especial, pero estuviste a punto de morir, por eso no podía permitir que lo intentara de nuevo. Si no te sacaba de aquí, morirías.
—Tengo recuerdos de ese día —aseguró Rubén—. Tenía frío, miedo y había un monstruo junto a mí, era un león y un hombre a la vez.
—No había ningún monstruo —dijo Esther negando con la cabeza—. Estabas drogado, cariño.
Rubén no creyó en las palabras de su madre. Estaba convencido de que no podía ser así, su temor era demasiado real como para que fuera fingido o inventado.
—Entonces, ¿cómo es posible que imaginara esa figura de pesadilla? Solo tenía cinco años, no pude inventarme algo así.
—Ese maldito dios… —murmuró Esther para sí—. Tu padre tenía una fotografía enmarcada y colgada en la pared; la hizo sobre una tablilla que representaba a ese dios al que venera. Te hacía mirarlo cada día mientras le rezaba, por eso debiste obsesionarte con él.
—¿Así que no es cierto?
—Por supuesto que no. Toda esa paranoia de tu padre sobre los dioses que toman cuerpos humanos es solo eso, una de sus locuras. Tuviste una alucinación provocada por las drogas que te dio y casi mueres a consecuencia de ello. Te desmayaste y costó varios días que te recuperaras. Si no te hubieras desvanecido te habría rajado el vientre con la excusa de que era la manera que tenía su maldito dios de entrar en ti. Ese día juré que mataría a tu padre si volvía a intentarlo. Cuando lo nombró meses después, no esperé, esa misma noche hui contigo, pero nos persiguió. El resto ya lo sabes.
—Esta noche volverá a intentarlo, conmigo y con otro niño.
—Ojalá pudiera ayudarte, mi amor, pero no soy más que un alma errante.
—¿Cómo puedo detenerlo?
—No puedes, cariño —se lamentó Esther.
—Tú casi lo consigues.
—Así es, casi. A mí nunca pudo doblegarme, nunca logré entender por qué conmigo no lo conseguía, pero lo hacía con cualquiera que se resistiera a él. No sabes de lo que es capaz. Puede obligar a alguien a hacerse daño a sí mismo.
Rubén intentó pensar con toda la rapidez que su adormecida cabeza le permitía. Si era cierto que su madre había conseguido resistir el poder de la mente de Enlil, tal vez entonces podría tener una oportunidad de escapar, al menos intentaría que Aarón la tuviera. Haría cualquier cosa, lo que hiciera falta, menos rendirse a él. No dejaría que lo manipulara a su antojo, no lo convertiría en su marioneta, aunque le fuera la vida en ello.
—Mamá —dijo tras meditarlo—, antes has dicho que volverías a ayudarme a escapar si pudieras.
—Por supuesto. Haría cualquier cosa por ti, eres mi hijo y te quiero, aunque lleve tantos años muerta, para mí no ha cambiado nada.
—Entonces, si llegado el momento, te pido algo, ¿lo harás?
—Cualquier cosa —respondió Esther con contundencia.
—Sin importar las consecuencias, mamá. Da igual lo que veas u oigas, si te lo pido, ¿lo harás?
—Sí.
Trató de explicar con pocas palabras lo que se proponía hacer. Supo que ella no era consciente de lo que supondría para él, pero era la única manera de ayudar a Aarón y debía hacerlo, por el niño, por él mismo y también por su madre.
Apenas había terminado de contárselo cuando escuchó el ruido de unos pasos que se acercaban y la puerta del granero abrirse. Esa vez no era Enlil, sino que se trataba de otros dos hombres, estaba casi seguro de que eran dos de los jóvenes que lo habían secuestrado. Se removió una vez más luchando por soltarse cuando uno de ellos se acercó a él.
—Será mejor que te estés quieto —amenazó el muchacho. Rubén musitó unas palabras que el joven no consiguió entender—. ¿Qué dices? —preguntó y, sin ser consciente de ello, acercó su cara a la de él lo suficiente como para permitir a Rubén aprovechar la ocasión y propinarle un cabezazo que le impactó en el labio.
El joven cayó hacia atrás y se llevó la mano a la boca, por la cual escapaba un hilo de sangre. El muchacho no fue capaz de reaccionar hasta que escuchó al chico que lo acompañaba estallar en carcajadas. El agredido increpó a su amigo, quien se unió a su compañero.
—¡Aparta, inútil! —le dijo.
Llevaba una botella de plástico en la mano y se agachó frente a Rubén. Le agarró con fuerza por la mandíbula y vertió parte del líquido sobre su boca. Rubén se esforzó por cerrar los labios y lo poco que había rozado su lengua lo escupió sobre el rostro del joven.
Se limpió la cara con la manga mientras dedicaba a Rubén una mirada llena de desprecio justo antes de golpearlo en la boca del estómago con el puño. El puñetazo le cortó la respiración. Boqueó tratando de que el aire entrara de nuevo en sus pulmones, sin embargo, no tuvo opción, pues el otro muchacho le sujetó la cabeza y le tapó la nariz mientras el que le había golpeado le introducía de nuevo el líquido en la boca. No lo soltó hasta que no comprobaron que lo había ingerido todo, luego se marcharon, dejándolo de nuevo solo, no sin antes propinarle un nuevo golpe que lo dejó mareado.
Intentó mantener los ojos abiertos y le resultó casi imposible. Además de los golpes, el contenido de la botella estaba propiciando que perdiera el sentido. No tenía idea de qué clase de droga le habían administrado, pero estaba nublando su entendimiento. El suelo le pareció de pronto muy lejano y creyó que el techo estaba a su lado. La realidad se estaba deformando a marchas forzadas. Creyó ver luces donde había oscuridad y tras la penumbra, distinguió multitud de formas con caras desencajadas que nada tenían de real.
Gritó y cerró los ojos. Tal vez así conseguiría no enloquecer.