38
Kira

 

 

 

 

 

Lo primero que escuchó fueron los cánticos.

Se le erizó el vello de la nuca al oírlo. Era como volver a los dieciséis años y regresar a esa casa abandonada, cuando las mujeres que la tenían retenida pronunciaban un hechizo en latín a la vez que su cuerpo era castigado. Se obligó a detener el involuntario castañeteo de sus dientes y ordenó a sus manos que dejaran de temblar. Debía contener sus emociones a toda costa. Cualquier rastro de debilidad podría provocar su muerte y también la de Rubén y Aarón.

Continuó avanzando, temerosa de que en cualquier momento el séquito de ese loco apareciera y tuviera que actuar con rapidez. Lograron acercarse hasta que Kira distinguió un enorme círculo hecho con antorchas clavadas en el suelo; tras ellas, se encontraba otra circunferencia más grande aún formada por figuras humanas ataviadas con largas túnicas blancas. Resultaban más altas de lo que se consideraba normal y Kira hubiese pensado que se trataba de una ilusión óptica de no ser porque se dio cuenta de que, en realidad, estaban subidas en pequeños postes de madera, por lo que parecían aún más aterradoras. La luz que emanaba de la enrojecida luna llena cubría sus cuerpos y teñía sus túnicas blancas con un manto escarlata que se asemejaba a un río de sangre envolviendo sus cuerpos.

Kira enmudeció al ver aquello. Era más grande y peligroso de lo que había imaginado. En su cabeza había conjeturado que se trataría de aproximadamente una docena de personas, pero allí había muchas más. Tal vez unas treinta. Si tenía que abrir fuego contra ellos, no podría herir a más de tres o cuatro a campo abierto sin que la abatieran. Tenía que jugar bien las únicas bazas a su favor, que eran la sorpresa y el chaval que llevaba como rehén. Solo si tenía suerte, tal vez podría salvar a Rubén y a Aarón.

—Si gritas o intentas alertarlos, te corto el cuello —amenazó al joven.

—No llegarás a ningún sitio. Estás muerta y lo sabes.

—Es posible, pero tú morirás antes que yo. No lo dudes.

El joven optó por callar. Lo más probable era que la hubiese tomado en serio. Continuaron el avance y Kira tenía que pensar a marchas forzadas. A pesar de que Eloy la había entrenado, nunca había tenido que enfrentarse a una situación con tantos enemigos al acecho y no sabía cómo resolverla.

A medida que se acercaban al círculo, Kira pudo distinguir más cosas. Vio que, dentro del mismo, se encontraban tres figuras, una de ellas tan pequeña que apenas era perceptible; entonces contuvo el aliento. Eran Rubén y Aarón, que permanecían arrodillados ante ese loco despiadado, quien capitaneaba esa demencia apostado en el corazón de aquel círculo demoníaco.

Enlil iba ataviado con una falda azul que le cubría hasta las rodillas, tenía el torso desnudo, alzaba los brazos repletos de brazaletes dorados y sobre su cabeza descansaba una tiara idéntica a la de los grabados que Jorge les había enseñado. Parecía estar recitando un extraño discurso mientras sus acólitos cantaban. Aarón y Rubén continuaban sin moverse, iban vestidos de igual manera que Enlil y parecía como si estuvieran esperando a que ese loco los decapitara.

Aquella escena le produjo escalofríos de terror. Se detuvo y obligó al muchacho a hacer lo mismo. Debía prepararse para enfrentarse a ese demente. Si lograba abatirlo a él primero, tal vez sus seguidores se amedrentasen lo suficiente como para darles tiempo a huir.

—Voy a soltarte el brazo. Si haces cualquier movimiento raro o alertas a alguien, no me temblará el pulso —avisó.

Le pareció que el chico al fin había atendido a razones. Le liberó de la llave con la que aprisionaba su brazo y él gimió de dolor. Al instante, Kira pasó su brazo por delante del joven sin dejar de amenazarlo con el cuchillo y volvió a descansarlo sobre su garganta. Cuando se sintió segura de que el chaval no intentaría zafarse, desenfundó la pistola y le quitó el seguro.

—Ahora vamos —ordenó de nuevo antes de empujarlo para que se moviera hacia adelante.

Consiguieron avanzar unos pocos metros más y aún estaban lejos del círculo cuando escuchó un grito y los cánticos cesaron al instante.

La habían descubierto.

El círculo no se rompió y nadie se abalanzó sobre ella, supuso que no podían quebrarlo, de lo contrario, el ritual no surtiría efecto. Se alegró al pensar que eso era un punto a su favor, hasta que se dio cuenta de que todas las personas que formaban el círculo eran mujeres y ella solo había reducido a uno de los hombres además del que llevaba como rehén; por lo tanto, quedaba, al menos, otro más que no sabía dónde se encontraba.

Vigiló de soslayo todo el perímetro que pudo sin apartar la vista del centro del círculo y avanzó de nuevo hacia ellos. Nadie había osado alzar la voz o hacer el menor gesto hasta que Enlil lo hizo.

—Parece que tenemos una espectadora —entonó con voz cavernosa.

Tanto Rubén como Aarón, que hasta entonces habían permanecido de rodillas y con la cabeza gacha, la volvieron para mirarla.

—¡Kira! —exclamó Rubén.

Respiró aliviada. La había reconocido, aquello era buena señal, al menos no se encontraba fuera de sí y parecía dueño de sus actos.

Levantó la pistola y apuntó hacia Enlil sin soltar al chico, al que aún amenazaba con el cuchillo.

—Déjalos ir y nadie saldrá herido.

—Me temo que no puedo hacer eso, agente.

La mano de Kira sujetó con fuerza el arma. No quería que el pulso le temblase más de lo debido. La había recordado y eso le produjo un nuevo estremecimiento de temor.

—Si aprecias algo la vida de tu gente, suéltalos —reiteró.

No obtuvo respuesta, pero notó que el muchacho se removía, inquieto, y tuvo el presentimiento de que alguien se encontraba cerca. No tuvo tiempo de volverse, otro joven se abalanzó sobre ella y le apartó la mano que sostenía el cuchillo sobre el cuello de su compañero. El chico se revolvió contra ella y Kira le propinó una patada. Había perdido la navaja debido al agarre de su atacante, pero antes de que este pudiera hacer cualquier otro movimiento, Kira le descargó un golpe con la culata de la pistola en la sien, luego otro más que le rompió la nariz. Lo derribó y luego le propinó otras dos patadas más en la cara, que lo dejaron inconsciente. Se giró dispuesta a enfrentarse a más atacantes, pero no los encontró, pues el muchacho al que había retenido y después golpeado parecía haber huido, atemorizado.

Se encontraba sola frente al círculo. Alzó de nuevo la pistola y realizó dos disparos al aire. Eso amedrentaría a quien pretendiera atacarla de nuevo y alertaría a Eloy. Si se encontraba cerca, los habría escuchado, sin duda, y pronto aparecería. Solo tenía que aguantar un poco más.

Bajó un poco el arma y apuntó a la cabeza de Enlil.

—No lo repetiré, Rasí, suéltalos o no tendré reparos en empezar a disparar y tú caerás primero.

—Oh, agente. No sabe cuánto lamento esta situación —dijo Enlil, y le pareció que lo hacía con un tono extrañamente condescendiente—. Usted es tan vehemente, le resulta muy difícil controlarse, ¿verdad? ¿Actúa siempre por impulsos? ¿Dónde está su compañero? Ha venido sin él, ¿por qué? Quería salvar a mi hijo de mí, ¿no es así? Agente, él no necesita ser salvado, sino usted. No sabe lo peligrosa que es para sí misma, su arma podría dispararse en cualquier momento…

—Kira, ¡no le escuches! ¡Tápate los oídos! —chilló de pronto Aarón, aunque Kira no pudo reaccionar. Cuando quiso darse cuenta de lo que le decía el pequeño, ya era tarde.

La voz de Rasí se introdujo en ella como si se tratase del humo producido por el fuego, ahogándola e impidiéndola moverse. Su mano tembló y comenzó a descender, de modo que había dejado de apuntarle.

Kira no fue capaz de comprender por qué ya no podía controlar sus músculos.

Hizo el intento de moverse, dar un paso adelante, y no lo logró. Sus piernas se habían vuelto de hierro, sus manos parecían congeladas.

—Enlil, ¡basta! —gruñó Rubén.

Kira dirigió la mirada hacia él. Sabía que sufría por ella y se sintió estúpida. Se arrepintió una vez más de no haber esperado a Eloy, aunque sabía que aún no estaba todo perdido. Al menos había conseguido detener ese maldito ritual y todavía no había logrado acabar con ella. Lucharía por librarse, no cejaría en el empeño, jamás.

—¿Te importa lo que le pueda pasar? —escuchó cómo Rasí se dirigía a Rubén.

—Ella no tiene nada que ver con esto. Es entre tú y yo.

—¿Estás seguro?

Su voz continuaba dentro de ella. Le presionaba el pecho, los músculos, la sentía recorrer cada fibra de su ser, como si fuera una fiebre incurable que consumía su interior poco a poco. Su mano se alzó una vez más y, como si fuera parte de otra persona y no de ella, la vio virar y apuntar a su propia sien sin que pudiera evitarlo.

¡No! —gritó Rubén fuera de sí—. ¡Libérala! —Fue más una orden que una súplica.

La risa de Enlil se hizo eco en la oscuridad de la noche.

—Sabía que encontraría el modo de someterte.

—Por favor… —pidió Rubén, parecía haber perdido las fuerzas y hablaba con derrota, ya no había rastro de mandato en sus palabras.

—Será divertido ver cómo muere. Ha sido un estorbo todo el tiempo.

—Si le haces daño no te daré opción, terminaré con mi vida antes de que tengas tiempo de manipularme, sabes que puedo hacerlo, ya lo has comprobado. Pero si la dejas ir, no tendrás que obligarme; me entregaré a Nergal sin poner objeción.

—¿Me crees tan estúpido como para tragarme tu farol?

—Entonces, no me resistiré, dejaré que me controles por completo —contestó Rubén.

—Si estás intentando ganar tiempo, será inútil, hijo. Él llegará y no podrás evitarlo.

—No pondré impedimentos…

—Aarón, no existe impedimento para un dios.

—¿Estás seguro de eso? —inquirió Rubén lanzando una mirada hacia el cielo—. El tiempo corre en tu contra. No me opondré, pero tengo mis condiciones: quiero a Kira y a Caleb libres.

Está bien —concedió el líder tras unos segundos de observar y evaluar a su hijo, que permanecía erguido frente a él.

Enlil no se dignó a dedicar una mirada a Kira, se limitó a ordenar a su cuerpo que soltara la pistola lejos de ella. La arrojó por mandato de ese hombre y cayó a varios metros de distancia.

—Ahora el niño —continuó Rubén.

El cabecilla no puso objeción, lo cual extrañó a Kira. Si bien era cierto que la había liberado, aún podía sentir su presencia dentro de ella. Movió los dedos de la mano para comprobar que podía hacerlo y el mero hecho de lograrlo hizo que respirara con alivio. A pesar de eso, desconfiaba por completo de Rasí, sabía que algo se traía entre manos y estaba segura de que implicaba tener a Rubén a su merced para luego ir a por Aarón y ella y, cuando la amenaza de Rubén ya no tuviera sentido, los mataría.

Para su asombro vio que Aarón se levantaba y echaba a correr hacia ella, Kira lo imitó. Se encontraron a medio camino. El pequeño saltó a su cuello y ella lo estrechó con fuerza.

—Kira, tenéis que iros —dijo Rubén, que había sido testigo de su encuentro y los miraba con una mezcla de amor y dolor en los ojos.

Rubén, no lo hagas, nos matará de todos modos —suplicó.

Es la única manera.

—No… —masculló, y no pudo evitar que su voz se quebrara y las lágrimas salieran a borbotones de sus ojos.

—Confía en mí. Todo saldrá bien.

Rubén, por favor, no…

—Cuida de él, sé que nadie lo haría mejor que tú, y cuéntale a Candela todo. Dile que ha sido la mejor hermana que podía haber tenido. Estaréis bien —añadió con pesar.

Kira sintió que el dolor le atravesaba el corazón. Se estaba despidiendo de ella y no podía soportar la idea de perderlo, no de nuevo, y menos cuando esa vez sería de forma definitiva.

No lo hagas —repitió, suplicante.

—Has sido lo mejor de mi vida, Kira. Te quiero, desde siempre.

Kira se aferró al pequeño mientras el sufrimiento surgía desde sus entrañas y traspasaba todo su ser. No podía dejar que ocurriera, simplemente no podía, se volvería loca si lo hiciera.

Tenía que pensar con rapidez. Debía haber algo que pudiera hacer para ayudarlo, y no tenía demasiado tiempo.

—Bien, Aarón —dijo Rasí, sin ápice de compasión—, he cumplido lo prometido. Ahora ven a mí.

Rubén se volvió, obediente. Kira contuvo el aliento mientras lo veía enfrentarse a cara a cara a su padre, al hombre que le había dado la vida y ahora se disponía a arrebatársela.

—Estoy listo.