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Rubén

 

 

 

 

 

—Estoy listo —dijo Rubén con voz firme. Esas fueron sus palabras clave. Enlil creyó que iban dirigidas a él, pero no era así. Eran para el testigo mudo de esa escena, alguien que había permanecido a su lado en todo momento, esperando.

La aparición de Kira le había infundido esperanzas de que pudiera llegar a salvar al pequeño. El plan que había concebido no llegaba más allá de poder proteger al niño de alguien más que no fuera su padre, pero el hecho de que ella estuviera allí, le daba la seguridad de que Kira lograría escapar con él.

Se preparó. Sabía que el choque sería violento, la manera en que había muerto y las cosas que había soportado se materializarían dentro de él como si las hubiese vivido él mismo y el dolor sería difícil de soportar.

Debía intentar no hacer ni un movimiento que pusiera a Enlil sobre aviso. Debía ser cauto o no lograría engañarlo.

Notó cómo el espíritu de Esther invadía su cuerpo. El golpe en su interior resultó brutal, pero no se permitió ni la más leve inclinación que lo delatara. Se limitó a cerrar los ojos mientras a él llegaban todas las imágenes y sentimientos de su madre. Su infancia relativamente feliz, el día en que conoció a su padre, todo lo que había vivido con él, desde la emoción del primer beso hasta la máxima decepción cuando vio en lo que su amado se había convertido. Y luego su nacimiento. Las horas previas de dolor y padecimiento que culminaban en el despertar del amor más puro que se podía sentir. Aguantó el estupor que le sobrevino al experimentar cosas que sabía que jamás podría sentir por sí mismo, hasta que llegó el insoportable dolor de la muerte. La violencia de las manos de Enlil sobre su cuello, la presión en la garganta, el estallido de sus pulmones y la terrible agonía hicieron que deseara la muerte de su padre más que cualquier otra cosa.

Y aquello le dio aún más fuerzas para llevar a cabo lo que se había propuesto. Se arrodilló frente a Enlil.

—Estoy dispuesto, padre —lo invitó con voz neutra.

—¡Ha mentido! —Escuchó que gritaba Kira—. Nos ha atrapado. Nos matará. No te rindas, Rubén, ¿me oyes? Tienes que aguantar.

La furia lo invadió y trató por todos los medios de controlarlo. Ya era lo bastante difícil contener los impulsos de su madre como para tener que preocuparse también de los suyos. Gracias a los consejos de Ana había logrado dominar al espíritu que moraba dentro de él, pero el torbellino de emociones que bullían en su interior estaba a punto de estallar; resultaba casi incontrolable.

Sabía que Enlil había mentido, era de esperar, lo único que su padre no sabía era que él también lo había hecho y comenzó a notar cómo su voz trataba de penetrar en él. Dejó que la habilidad de su madre para que su poder no hiciera efecto fluyera en él, así pues, le ordenaba que levantara la cabeza y abriera los ojos y él lo hacía, de modo que su padre no era consciente de que lo hacía por voluntad propia, que no lo estaba controlando.

Esperó mientras Rasí continuaba hablando y notó cómo su cuerpo empezaba a acusar la presencia del espíritu. Se sintió ligeramente entumecido y comenzó a sangrarle la nariz. Si su padre lo alargaba más, tal vez no sería capaz de resistirlo y moriría antes de conseguirlo.

Cuando creyó que no tardaría en sucumbir, Enlil le ordenó que se pusiera en pie, que extendiera los brazos y los levantara formando una cruz, entonces vio que el líder portaba un cuchillo muy viejo. Tenía la empuñadura de piedra con grabados antiguos y la hoja era poco afilada y algo roma.

Había llegado el momento, el maestro, como lo llamaban, le ordenaría que no se moviera y le rajaría el vientre.

Enlil pronunció unas nuevas palabras cargadas de énfasis y sus acólitos le dieron la réplica con la vehemencia de unos fanáticos. Entonces, el líder sostuvo el puñal con ambas manos y se dispuso a clavárselo. Rubén dejó que su madre controlase su cuerpo y ella fue más rápida. Agarró las manos del hombre y detuvo el cuchillo a escasos centímetros de su vientre. Enlil lo miró, atónito. Rubén supo entonces que había funcionado, habían conseguido engañarlo y ahora se mostraba tan sorprendido que era vulnerable.

—Te dije una vez que, si volvías a tocar a mi hijo, te mataría —pronunció su madre a través de él, y el asombro de Enlil no hizo más que crecer.

—¿Esther? —borbotó asustado. Rubén estaba seguro de que era la primera vez en su vida que se encontraba atemorizado por algo.

—Hoy llevaré a cabo lo que no logré hace veinticinco años —dijo Esther, y con una fuerza extraordinaria levantó las manos de Enlil, que aún sostenían el puñal, las dobló hacia él y le imprimió el suficiente empuje como para que la punta del cuchillo se hundiese cerca de su clavícula.

Enlil profirió una maldición. El dolor que le había producido la puñalada fue suficiente como para que el influjo que utilizaba contra sus víctimas desapareciese, incluido el que trataba inútilmente de ejercer contra el espíritu de su madre.

Rubén escuchó que Kira gritaba el nombre del niño, como si advirtiera algo, y giró la cabeza hacia ellos, justo para ver cómo la pistola se movía por el aire y regresaba a las manos de Kira.

—¡Al suelo! —ordenó. El cuerpo de Rubén reaccionó y se agachó, entonces escuchó dos fogonazos y vio que Enlil se desplomaba.

Kira había disparado al líder y el caos había surgido entre sus seguidores. El círculo se deshizo, las mujeres comenzaron a gritar desaforadas; la mayoría echó a correr y él hizo lo mismo. Se precipitó hacia Kira y Aarón, que permanecían arrodillados y abrazados. Kira protegía al pequeño, Rubén fue hacia ellos, pero notó que se abalanzaban sobre él y lo derribaban. Cayó al suelo, alguien intentó inmovilizarlo. Luchó por desembarazarse de su atacante, pero no fue capaz. Lanzó una mirada hacia Kira y el pequeño y vio cómo la golpeaban en la cabeza antes de que pudiera defenderse y caía inconsciente al suelo. Rubén intentó en vano zafarse, pero apenas tenía fuerzas, la sangre ya manaba de su nariz y su vista comenzaba a nublarse. Ni siquiera podía ver con quién luchaba, tan solo distinguió luces de linternas que bailaban en la noche y un montón de nuevas voces gritando. Luego el ruido de coches y sirenas, hasta que lo único que pudo escuchar fue el silencio.