Epílogo
Kira y Rubén

 

 

 

 

 

La brisa de la tarde aún era demasiado cálida cuando bajaron del coche. Rubén cerró la puerta y se apoyó en ella. Kira rodeó el vehículo, se posicionó frente a él, le cogió las manos y entrelazó los dedos con los de él.

—¿Qué ocurre? —preguntó con la voz empapada de preocupación.

Rubén había estado más callado de lo normal durante todo el trayecto y Kira había supuesto que era debido a los nervios de esa nueva situación a la que tendría que enfrentarse.

Rubén la miró con ternura. La abrazó por la cintura y apoyó su frente sobre la de ella el tiempo necesario como para que la seguridad en sí mismo volviera.

—¿Crees que Aarón estará bien?

No podía sacarse de la cabeza el bienestar de su hermano desde que habían estado a punto de morir a manos de su padre. Esperaba que algún día el niño pudiera pasar página y olvidar el infierno que había vivido, si no, al menos, que no volviera a tener pesadillas a diario, como le ocurría.

—Por supuesto —respondió Kira sin dudar—, va a pasar el día en el parque de atracciones con Cande y tu cuñado. Lo cuidarán a las mil maravillas y lo mimarán en exceso, ya lo verás. Estaban deseando pasar tiempo con él, les vendrá bien también a ellos, así van practicando para cuando tengamos sobrinos.

Kira había solicitado acoger al pequeño y se lo habían concedido. Ya llevaba dos semanas viviendo con ella y podría seguir haciéndolo hasta que la situación se formalizase.

Rubén, por su parte, había pedido una prueba de ADN para probar que eran hermanos y así poder tener el peso legal suficiente como para poder hacerse cargo del pequeño.

Ambos confiaban en que los informes favorables realizados por la tutora del niño ayudasen a la hora de que un juez le concediese la custodia legal. También Eloy hablaría en su favor, alegando que había colaborado con la policía y que gracias a él habían resuelto el caso, desmantelado una peligrosa secta y detenido a culpables de numerosos delitos, entre ellos el asesinato de una mujer. Tal vez eso ayudase a paliar sus antecedentes. De igual manera, había accedido a ponerse bajo la supervisión de un psicólogo, que lo analizaría de nuevo para determinar si los trastornos que le habían diagnosticado en la niñez habían desaparecido.

—¿Estás nervioso? —volvió a preguntar Kira con preocupación.

—Un poco. Bueno, en realidad mucho —admitió.

—Tranquilo. Es una mujer encantadora. Estaba preparada para que le dijéramos que habíamos encontrado a Esther sin vida, pero para nada más; así que cuando le dije que tenía un nieto de treinta años, casi se cae de espaldas. Pobre mujer, creí que le daría un infarto.

—Conociéndote, se lo dirías de sopetón.

—Intenté ser delicada —se defendió ella, pero arrugó la nariz, tal y como hacía siempre que metía la pata, y Rubén no pudo evitar sonreír con ternura.

—¿Crees que le gustaré? —preguntó mientras apartaba un mechón rebelde de la cara de Kira.

—Por supuesto. Eres más listo de lo que pareces y a veces resultas simpático. También eres bastante tierno, incluso guapo, aunque no te lo creas mucho, sobre todo lo último, que luego te vuelves un presumido.

—¡Cuánto elogio! He debido hacer algo bien.

—Sí, quererme —respondió ella con una radiante sonrisa.

—Y nunca dejaré de hacerlo.

Rubén la atrajo hacia él y la besó larga y detenidamente, disfrutando de la delicia que le proporcionaban sus labios, absorbiendo la fuerza que emanaba de ella y que le hacía creer que era capaz de cualquier cosa.

—No sé qué haría sin ti —murmuró en cuanto dejó de besarla.

—Vivir una vida aburrida.

—Eso seguro.

—¿Estás listo?

Ahora sí.

—Entonces, vamos —dijo y le tendió la mano que él cogió y juntos se dispusieron a cruzar la calle.

 

FIN