—¡Las flores, las flores! —gritó la mujer al borde de la histeria. Entró en la habitación dando un portazo y se dirigió como una exhalación hacia la novia.
—¿Qué es ese alboroto? —preguntó la homenajeada.
—Candela, esto es una emergencia, ¡de las gordas! —berreó la mujer, sofocada.
—¿El novio está sano y de una pieza?
—Sí.
—¿El alcalde está en pie para celebrar la ceremonia?
—También.
—¿Alguien sufre gravemente?
—No.
—Pues entonces no puede ser tan horrible —concluyó la novia—. A ver, tía Gladis, ¿cuál es la emergencia?
—Catástrofe, dirás. Él inútil de la floristería, o tal vez quien hizo el encargo —apuntó con una mueca de disgusto, a la vez que dirigía la mirada hacia Kira, que estaba apostada a un lado de la novia y se tapaba la boca con la mano en un vano intento de aguantar la risa—, se ha equivocado y te ha cambiado las peonías por orquídeas.
—¿Y las orquídeas están marchitas?
—Pues no.
—¿Tienen bicho?
—Por supuesto que no, ¡qué asco!
—Entonces, no hay ningún problema, tía.
—Tú nunca ves el problema. Está claro —gruñó Gladis apretando los labios hasta que se le formaron las arrugas en los mismos y las aletas de la nariz se ensancharon de manera cómica.
—¿Por qué no vas a vigilar que estén llegando los invitados?
—Llevo todo el día haciéndolo —protestó la mujer—. Me da la sensación de que lo que quieres es perderme de vista.
—Eso nunca, tía —se apresuró a decir Candela.
Kira puso los ojos en blanco, aunque entendía lo que trataba de hacer su amiga, pues lo mejor para todos era tener a la tía Gladis contenta o podría convertirse en el terror de la celebración.
—Por cierto. El padrino acaba de llegar —añadió la mujer con una nueva mueca de disgusto.
Candela suspiró. Kira sabía que Gladis era otra de las muchas personas que no había estado de acuerdo con que Rubén fuese el padrino de la boda, pero ella sabía que, para su amiga, él era la única persona que hubiese querido que la llevase al altar el día en que se casase, y así se lo había hecho ver a todo el mundo, incluido al propio Rubén, que había rehusado más de una vez su petición, hasta que la había convertido en súplica y entonces, su hermano no pudo negarse. Candela no se lo había contado, por supuesto, pero los conocía tan bien a ambos que podía imaginar con total claridad cómo habían sido sus discusiones.
—Dile que iré enseguida, por favor, tía.
La mujer abandonó la estancia sin responder a la petición de su sobrina y lo hizo con un aire de disgusto dirigido a ambas muchachas. Cuando Kira y la novia se quedaron de nuevo a solas, ambas se miraron y no pudieron controlar una carcajada.
—¡Es terrible! —exclamó Kira.
—Y que lo digas.
—¿Quieres que vaya a encargarme del ramo? —preguntó Kira a la vez que cogía a su amiga de las manos—. Tal vez estemos a tiempo de que lo cambien.
—Para nada. Lo he dicho en serio, cielo, me da igual que sean otras flores. Hoy voy a tener todo y a todos los que quiero cerca. Es lo que más importa.
—Además de la novia más guapa del mundo, eres la más buena. A veces das asco y cuando es así, te envidio —añadió, y ambas rieron de nuevo.
—¿No me irás a decir ahora que estás celosa? Si eres antiboda.
—Pues para ser antiboda, bien que me has obligado a organizar la tuya —protestó Kira.
—No te he obligado, pero eres mi madrina. Es una responsabilidad adquirida con el puesto.
—Debí haber leído la letra pequeña cuando acepté ser tu madrina —lo dijo en broma, pero se dio cuenta de que Candela había detectado que fruncía de forma leve el ceño. Fue un gesto apenas perceptible, que no hubiese supuesto ningún problema de ser aquella otra situación distinta.
—Eso es cierto. ¿Estás segura de que estarás bien?
—Claro que sí. Es tu boda, Cande. Eres mi mejor amiga y te vas a casar con el único tío que te merece, así que estoy muy feliz por ti.
—Lo sé. Me refería a si serás capaz de aguantar el tirón. Serán muchas horas cerca de él.
Kira tragó saliva. No había querido pensar en ello hasta ese día. Se había prometido a sí misma que lo sobrellevaría lo mejor que pudiese, pues Rubén no merecía que gastase sus energías en imaginar su reencuentro, ni que desperdiciase más su tiempo en pensar en él. Había tratado de convencerse día tras día con aquellos argumentos.
—Bueno, ya no somos unos críos, ¿no? Somos adultos —contestó al instante, como si hubiera ensayado esa frase frente al espejo durante semanas.
—Es una respuesta muy vaga, Kira.
—Para nada. Seré capaz de aguantar al lado de tu hermano, puedes estar tranquila.
Candela no se atrevió a decir nada, pero Kira pudo adivinar por su mirada que no se había tragado su mentira. Sus palabras poco tenían que ver con la realidad que bullía en su interior y se figuró lo que Candela estaba pensando.
Kira siempre había sido muy intrépida, aguerrida incluso, mucho más osada que su amiga para todo, sin embargo, la situación que habían vivido juntas una década antes le había marcado más que a la propia Candela, en parte porque Kira había estado consciente todo el tiempo, al contrario que su amiga. Y todo lo que había sucedido después con Rubén también le había pasado factura, mucho más de lo que jamás se atrevería a admitir. Aunque fueran íntimas, Kira nunca se había sincerado sobre lo que había supuesto para ella su historia con Rubén y Candela siempre tuvo la delicadeza de no volver a sacar el tema, por miedo a dañarla.
—Está bien —optó por decir la novia—. No me queda más remedio que creerte.
—¿Y por qué no ibas a hacerlo? —protestó Kira—¿Cuándo te he mentido o te he ocultado información?
—¿Tengo que contestarte a eso? No voy a tener tiempo, me caso en un rato —respondió Candela señalando el reloj imaginario de su muñeca.
—Vale, ya lo pillo. Tu amiga la irresponsable se va a hacer los deberes y ejercer de madrina.
—No incordies a la tía Gladys, por favor. Furiosa es terrible.
—¿Más todavía?
—Sí.
—Está bien, no diré nada que la haga enfurecer, aunque es difícil. Esa mujer ve mal todo lo que hago o digo.
—No es cierto. —Quiso suavizar Candela.
—¡Por supuesto que lo es! Nunca le he caído en gracia, pero desde lo de Rubén me trata como una apestada. Creo que piensa que yo tengo la culpa de todo.
Candela negó con la cabeza, aunque no contradijo sus palabras, por lo que Kira comprendió que había dado en el clavo con su suposición.
—Te entiendo —dijo al fin su amiga en un vago intento de calmarla—. Es insufrible, lo sé, pero es la única hermana de papá, así que hay que tragar con ella.
—Atragantarse con ella, querrás decir.
—Más bien, sí —aseveró Candela a la vez que reía.
Kira emitió un largo suspiro de resignación.
—Bueno, creo que es hora de irme. Tu novio me espera para que me cuelgue de su brazo y lo acompañe a hacerte feliz para siempre.
—Pues no tardes en traerlo —bromeó la novia.
—Tranquila, no lo haré. Si a alguien conozco que se merezca todo lo bueno que le pueda pasar, esa eres tú.
Candela sonrió, se puso en pie con la emoción contenida y abrazó a su mejor amiga. Mientras compartían aquel momento tan íntimo, Kira recordó cómo se habían conocido doce años atrás, cuando ambas tenían dieciséis y ella acababa de mudarse desde Madrid al pueblo. Había llegado nueva al instituto para cursar el penúltimo año, no conocía a nadie y Candela se había acercado a saludarla, segura de que sería una chica simpática con la que podría trabar amistad muy pronto. No se había equivocado en absoluto, congeniaron al instante, luego le presentó a su hermano y los tres se convirtieron en inseparables.
Había transcurrido mucho tiempo desde entonces y la situación ya no era ni parecida, pero Kira mantenía la esperanza de que el día más importante en la vida de su amiga tal vez cambiase la suya en algo.
Las dos amigas deshicieron el abrazo y Kira se dirigió hacia la puerta.
—Si me necesitas, silba —dijo justo antes de abandonar el cuarto bajo la animada sonrisa de la radiante novia.
Salió de la habitación mirando hacia los lados. Sabía que, en cualquier momento, podía verlo y no tenía claro si estaba preparada para afrontarlo, por mucho que lo hubiera reiterado frente a Candela. Estaba siendo un día demasiado ajetreado para ella como para que tuviera que preocuparse por su amiga y no había querido alarmarla en ningún momento, pero lo cierto era que no sabía cómo reaccionaría cuando tuviera a Rubén cara a cara.
Por suerte para Kira, no había rastro de él. Con toda probabilidad, la tía Gladys lo habría acorralado para darle un plomizo discurso sobre cómo debía comportarse, circunstancia que ella aprovecharía para escabullirse, esconderse y no tener que cruzarse con él hasta que no fuera necesario.
Corrió por el pasillo del hotel en el que se celebraría la ceremonia y, cuando dobló una esquina, como iba mirando hacia atrás, chocó con alguien que venía de frente. Rebotó sobre el pecho de un hombre a la vez que emitía un quejido asustadizo y notó que la asían por el brazo.
—¿Estás bien? —preguntó el dueño de la mano que aún la sostenía.
—Sí, gracias. No te había visto.
—Siempre a hurtadillas, ¿eh?
Kira estaba comprobando que no se hubiese roto un tacón al tropezar cuando escuchó hablar al hombre que la sujetaba y sintió un pálpito al llegar a sus oídos el sonido familiar de una voz de sobra conocida para ella. Alzó los ojos tan despacio que fue capaz de contar los segundos que transcurrían mientras lo hacía, temerosa de lo que pudiera encontrar cuando llegara a su destino.
Tardó en reconocerlo, tal vez porque no era lo que esperaba ver, o tal vez porque la imagen que tenía de él se había distorsionado tanto que ya no recordaba con exactitud cómo era su rostro ni el color de sus ojos.
—¡Rubén! —exclamó, igual que si hubiese sido una extraña aparición y no alguien a quien sabía que iba a ver aquel día.
—El mismo —respondió acompañando sus palabras con algo parecido a una sonrisa, y Kira recordó que, cuando se conocieron, rara vez lo hacía. Tan solo en una corta etapa de su vida había sido lo bastante feliz como para reír con asiduidad.
—No te esperaba… quiero decir, que no pensaba que estarías por aquí o, bueno, no tan pronto ni tan bien, es decir, yo, no, supongo que sí estarías… —balbuceó.
La impresión de haberlo encontrado de sopetón la había descontrolado y comprobar lo guapo que estaba solo había contribuido a desbaratar su mente, ya de por sí poco calmada.
—¿Estás nerviosa, Kira?
—No sé por qué dices eso —contestó ofendida. Se había recompuesto del impacto al verlo y se erguía ante él con ademán orgulloso.
—Porque no paras de parlotear.
—Siempre lo hago, eso no es nuevo —protestó, y al hacerlo vio que Rubén torcía el gesto. Lo hizo de tal forma que Kira supo que había entonado aquella pregunta con el único fin de provocarla.
Intentó relajarse. Ponerse a la defensiva o huir no ayudaría a que el día que tendría que transcurrir forzosamente cerca de Rubén fuera mejor, así que optó por aparentar la quietud de la que había carecido cuando se encontraron cara a cara.
—Ya veo. Eso quiere decir que no has cambiado en absoluto —observó él.
—Nunca he pretendido hacerlo. ¿Acaso te molesta?
—Ni mucho menos.
—Bien. Mejor para ti, así no te llevarás sorpresas hoy —sentenció Kira.
—No son sorpresas, precisamente, lo que espero en un día como este.
—Desde luego —murmuró la joven de mala gana, y se cruzó de brazos.
No llevaba ni dos minutos frente a Rubén y ya tenía la sensación de que siempre tenía que decir la última palabra, igual que cuando eran adolescentes y discutían interminablemente sobre cualquier tema y él se empeñaba en llevar razón.
A pesar de que la tentación de rebatir sus palabras era muy fuerte, la contuvo. Se había prometido a sí misma que no dejaría que las antiguas rencillas que aún tenía pendientes con el hermano de la novia estropeasen el día más importante en la vida de su amiga.
—Candela te está esperando —se limitó a contestar—, y yo he de ir a buscar al novio.
Vio que Rubén hacía un breve gesto de asentimiento. Intuía que deseaba aportar algo más a la escasa conversación que estaban teniendo, pero su tajante mirada lo impidió.
—Nos veremos en la ceremonia —añadió Kira justo antes de esquivar a Rubén y abandonar el pasillo sin dar tiempo a réplica.
Cuando se hubo alejado lo suficiente como para desaparecer de su vista, se dejó caer sobre la pared y cerró los ojos antes de inspirar con profundidad.
Estaba saliendo mal, muy mal. Había reaccionado como temía hacer. No había podido controlar sus nervios y se había dejado llevar por la turbación.
Se recompuso pensando en que Candela no se merecía que montase un numerito, por lo que no le quedaba más remedio que afrontar el día con paciencia y procurando no pasar al lado de Rubén más tiempo del necesario.
—Unas horas, solo unas horas, Kira —se dijo—, y no volverás a verlo nunca más.