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Kira

 

 

 

 

 

El día no estaba resultando como había esperado.

Por fortuna, la boda iba viento en popa. Candela parecía feliz y no había sucedido ningún altercado, pero ella continuaba nerviosa.

No había podido evitar lanzar miradas de soslayo hacia Rubén a lo largo de la ceremonia y del banquete, a pesar de que intentaba una y otra vez pensar en otra cosa. Quería concentrarse en la felicidad de su amiga o en los pequeños detalles que debía tener controlados. Sin embargo, el resultado fue que no podía dejar de pensar en que él estaba a unos pocos metros.

Habían transcurrido nueve años desde la última vez que lo había visto. Nueve largos años tras ese último fin de semana que habían pasado juntos en París, el más especial de su vida, justo antes de que todo entre ellos se desmoronase.

Miles de días después, tenía a Rubén solo a unos pasos de distancia y no era capaz de acercarse a él.

Varias fueron las oportunidades que tuvo de hacerle la única pregunta que deseaba que contestase, aquella que no fue capaz de pronunciar cuando tuvieron esa espantosa conversación telefónica que terminó con ella jurando que lo odiaría eternamente. Sin embargo, Kira no encontró el momento de rememorar esa charla, o más bien se negó a buscarlo. Lo hizo por Candela y por su propio bien. Si reabría la herida, tal vez no sería capaz de volver a cerrarla. Había sido consciente de ello cuando la tía Gladys los había empujado a bailar por ser los padrinos y Rubén le había rodeado la cintura y mirado tan fijamente a los ojos después de que lo hubiera pisado.

Al terminar la canción había salido despavorida, aunque logró disimularlo ante él. Había corrido a la barra, apurado una copa de champán de un trago, y después se había lanzado a la pista a bailar en solitario o con cualquiera que quisiera seguirla para tratar de olvidar el tacto de sus manos sobre ella.

Transcurrió un buen rato en el que lo había perdido de vista y pudo tranquilizarse y disfrutar algo más de la velada. Lo hizo hasta que empezó a acusar el cansancio.

Intentó echar a un lado los pensamientos negativos o cualquier otro que le recordara a Rubén y se apartó de la pista de baile para descansar un momento sus doloridos pies.

Fue entonces cuando lo vio de nuevo frente a ella.

Por un momento había llegado a pensar en la posibilidad de que él hubiese abandonado la ceremonia. No obstante, se equivocaba, porque seguía allí, sin duda dispuesto a alargar su agonía, ya que se acercaba con lentitud hasta donde se encontraba.

Se concentró en comparar el rostro que tenía delante con el que conservaba en su memoria. Buscó en los resquicios que guardaba de su pasado la imagen del adolescente que había conocido y nada tenía que ver con el hombre que tenía frente a ella. Su pelo continuaba igual de oscuro y ayudaba a tener la impresión de que su rostro se había endurecido. Sus ojos avellana habían perdido el brillo de antaño y su mirada se había enfriado. Sus hombros habían ensanchado, puede incluso que fuera unos centímetros más alto, resultaba mucho más atractivo y parecía más seguro de sí mismo, sin embargo, tuvo la impresión de que todavía estaba enfadado con el mundo, exactamente igual que cuando Candela los había presentado y él era un solitario muchacho de diecisiete años cuya única amiga era su hermana pequeña.

Cuando estaba prácticamente a su lado, Kira se dio cuenta de que estaba ausente, como si se hubiera quedado atrapado en aquel lugar en el que estuvo a punto de perderlo una vez.

Se hallaba, en apariencia, paralizado.

Kira giró la cabeza y miró tras ella, pues parecía que él había fijado su vista en algún punto en concreto a su espalda, pero allí no había nada ni nadie en lo que él hubiese podido reparar, o eso quiso creer.

—¿Hola? —preguntó, algo desconcertada—. ¡Eh!, ¿Rubén? —insistió moviendo la mano de lado a lado.

Hola, Kira.

—Vaya, parece que has aterrizado por fin en la tierra. ¿Buscabas a alguien o es que te ha dado un aire?

—No… No ha sido nada —murmuró.

De pronto, pareció volver en sí y se dirigió a ella como si no acabasen de cruzar un extraño saludo.

—¿Ya te has cansado de bailar? —preguntó.

Ella se encogió de hombros, casi había olvidado que Rubén acostumbraba a actuar así de cuando en cuando, se evadía y luego regresaba como si nada hubiera sucedido y parecía que los años transcurridos no habían cambiado ese aspecto de su vida.

—No del todo —contestó la joven—, pero no encuentro a nadie que me siga el ritmo.

Rubén enarcó una ceja y Kira imaginó que estaría pensando en que eso no le extrañaba lo más mínimo. Cuando se conocieron, él se encargó más de una vez de señalar que su carácter era inquieto e impulsivo y que por eso mismo se metía en líos y conseguía arrastrar a los demás.

Era cierto. Era exactamente lo que había hecho. Si era lo que barruntaba, en el fondo tenía razón. Sin embargo, él decidió obviar el comentario e hizo una observación que ella nunca hubiera esperado.

—Eso es nuevo. —Señaló la pequeña y sencilla cruz de oro que Kira llevaba al cuello.

—Ah, sí… —dijo tapándola con la mano—. Es mi amuleto de la suerte.

—¿Cómo has dicho?

—Lo que has oído. Me da tranquilidad. Es un medio de protección.

—¿Hablas en serio? —inquirió Rubén, con un gesto de sorpresa.

—Completamente.

—Protección, ¿eh? —Dejó escapar una carcajada repleta de sarcasmo—. Después de todo lo que hemos visto, Kira, ¿cómo eres capaz de refugiarte en una imagen como esa? No te protegerá de nada.

—Eso lo decidiré yo —respondió Kira, molesta.

—Ya veo, ya. ¿Desde cuándo eres tan crédula?

—Puede que desde que tú te volvieras un capullo —increpó, ofendida—. Es un símbolo, no hiere a nadie. No puedo decir lo mismo de algunas personas. Al menos, esto nunca me hará daño —añadió acariciando de nuevo la cruz.

Touché. —Rubén bajó la cabeza y asintió durante varios segundos, después, la alzó de nuevo y su mirada volvió a cruzarse con la de ella—. Me merezco esa contestación.

—Creo que eso es lo más lógico que has dicho en todo el día.

—Y probablemente en la última década —concedió él con una amarga sonrisa—. ¿Podemos pactar una tregua? Al menos por un rato, hagámoslo por Candela. ¿Qué dices?

Kira había logrado tranquilizarse un poco. Había lanzado la contestación sobre Rubén en forma de dardo envenenado, él lo había comprendido y parecía que se estaba disculpando. No era exactamente lo que esperaba, pero había sido suficiente como para saciar su cólera hacia él. Además, su amiga no se merecía que terminasen discutiendo a voz en grito por algo que había sucedido hace mucho tiempo y podrían haber solucionado mucho antes, si ambos hubieran querido.

—Por Cande haría lo que sea —confirmó la joven.

—¿Hasta bailar de nuevo conmigo? —pidió Rubén, y alargó su mano hacia ella.

Esa vez Kira no dudó, lo cierto era que deseaba continuar moviéndose por la pista y hacerlo en compañía era mucho más agradable, sobre todo si se trataba de alguien con quien siempre se había entendido sin necesidad de palabras. Había aplacado su ira contra él y olvidado por un momento que tenerlo de nuevo tan cerca podría traer consecuencias negativas para ella.

—Hasta eso —respondió y aceptó su mano sin pensar en lo que podía suponer.

Rubén la hizo girar y la atrajo hacia él. Dieron unos cuantos pasos animados, disfrutando por primera vez en el día de la presencia del otro. Durante unos pocos minutos se comportaron como los buenos amigos que una vez habían sido.

Cuando apenas empezaban a disfrutar del baile, la música cambió. Dejó de ser animada para volverse lenta. Sin darse cuenta de que lo hacía, Kira rodeó el cuello de Rubén con los brazos y él obró de la misma manera con su cintura.

Se movieron despacio, mucho más de lo que la canción pedía, sin ser conscientes de ello. Ambos se habían dejado llevar por la magia del ambiente que se había generado a su alrededor.

La joven tragó saliva, Rubén se había quedado mirándola fijamente una vez más, justo como lo había hecho cuando habían abierto el baile.

—Kira —musitó su nombre, igual que si fuera el inicio de una súplica.

—¿Sí?

—Siento mucho lo de tu padre —dijo en un susurro.

Sus palabras la impactaron como un jarro de agua fría sobre el rostro. Era lo último que había esperado escuchar de sus labios ese día.

—Gracias —masculló a la vez que apartaba la mirada.

La muerte de su padre era tan reciente, apenas habían transcurrido tres meses, que su sola mención aún resultaba un duro golpe para ella. Ni siquiera había logrado asumir que se había ido sin que ella hubiese tenido tiempo de despedirse, pues un derrame cerebral había acabado con su vida al instante.

—Era un gran tipo. Una de las mejores personas que he conocido —añadió Rubén compungido, y Kira se preguntó por qué había escogido un momento así para decírselo.

—Sí que lo era —aseveró con voz ronca.

El recuerdo de la pérdida de alguien tan querido para ella, sumado a las palabras sinceras de Rubén pronunciadas a escasos centímetros de su rostro, fueron suficientes como para que tuviera que retener las lágrimas.

—Discúlpame —dijo, dispuesta a apartarse de él.

—Espera —rogó, mientras la asía de nuevo por la cintura—. Perdóname, no pretendía molestarte. Me he enterado hace poco y quería que supieras que lo lamento, porque siempre lo aprecié mucho.

Kira se dejó aferrar y cejó en su empeño de huir de él. Relajó los músculos de su cuerpo y contuvo una vez más las lágrimas.

—Lo sé. Él a ti también. Le caías bien —respondió la muchacha de manera algo más calmada.

—Mejor que a ti.

—No lo dudes.

Rubén acarició levemente la mejilla de Kira y secó el discreto rastro húmedo que había surgido de sus ojos.

—Entonces, ¿seguimos en tregua?

—Siempre y cuando no te comportes como un cretino —contestó, tratando de olvidar el gesto que había tenido con ella y el hecho de que aún no la había soltado.

—Intentaré no hacerlo, aunque me resultará difícil.

—Al menos lo asumes.—Kira arrugó la nariz—. Es un punto a tu favor.

—¿Quieres que salgamos y tomemos un poco el aire?

La pregunta de Rubén hizo que, de forma instintiva, se girase hacia el ventanal que daba al exterior y comprobase que ya había empezado a anochecer. Se sobresaltó al darse cuenta de que había olvidado por completo que debía haberse marchado.

—Espera, ¿qué hora es?

—No sé. Las nueve o así.

—¿Qué?

Kira estuvo a punto de entrar en pánico. Agarró la muñeca de Rubén y comprobó en su reloj que la hora sobrepasaba incluso la que él le había dicho.

—¡Oh, no! Mierda, ¡he perdido el autobús!

—¿Qué autobús? —indagó Rubén.

—El que tendría que haberme llevado de vuelta a Madrid. Salía a las ocho y media.

—Pensé que te quedarías aquí a pasar la noche, como la mayoría.

—No puedo. Tengo que volver a mi casa esta noche.

—¿No has venido en coche?

—No, vine con tu hermana ayer y no podía perder el maldito transporte — protestó Kira, agobiada.

—Yo puedo llevarte.

—¿En serio?

Rubén asintió y ella tuvo la tentación de abrazarlo llevada por la emoción del momento. Era muy importante que estuviera a primera hora de la mañana en la ciudad, tenía trabajo pendiente y no podía dejarlo pasar, o de lo contrario podría perder la pista que tanto le había costado conseguir.

—Sí. No reservé habitación, así que pensaba volver a Madrid esta noche. Puedo dejarte en tu casa.

—Gracias —dijo Kira, controlando de nuevo su entusiasmo. Si no hubiera sido por él habría tenido que ir mendigando espacio en el coche de algún desconocido, y eso nunca era plato de buen gusto.

—De nada. Si tienes mucha prisa podemos irnos cuando quieras. No creo que los novios nos necesiten más tiempo.

Kira asintió. Cruzaron unas pocas palabras más y resolvieron despedirse de Candela y su recién estrenado marido. Ella fue la primera en acercarse y abrazar a su amiga. Cuando estaban una en brazos de la otra, la novia se apresuró a susurrar en su oído.

—¿Qué es eso de que os vais juntos?

Kira notó que se sonrojaba y agradeció no tener más testigos de su vergüenza que su amiga, asimismo intentó quitar importancia a algo que no debía tenerla.

—Perdí el autobús y tu hermano se ofreció a llevarme —respondió mientras deshacía el abrazo.

—¡Ya!

—Es cierto, no tienes que sacar conclusiones que no son.

—A mí no me engañas —discutió la novia.

—No sé de qué hablas, de verdad. —Kira se encogió de hombros y Candela se quedó muy seria. Estaba segura de que su amiga la estaba analizando y pensando justo lo que ella misma imaginaría en su lugar. Sin embargo, Kira estaba convencida de que nada de lo que Candela estaba suponiendo sucedería. No podía permitírselo, ni siquiera aunque la ceremonia hubiese terminado para ella mejor de lo que habría esperado con respecto a Rubén, no se planteaba llegar más allá con él. Sería un error. Inmenso.

—Llámame, ¿eh?

—Por supuesto, ¿cuándo he dejado de hacerlo? —se quejó Kira.

—Me refiero a luego. Quiero enterarme de todo.

—Te repito que no sé de qué hablas. No va a pasar nada más que un aburrido viaje de vuelta.

—Y yo te repito que me llames o no te dejaré en paz. Pienso estar pendiente del teléfono.

—¡Es tu noche de bodas! —discutió Kira de nuevo.

—Me da igual. Hazme caso o ya sabes las consecuencias —amenazó Candela.

Kira rio. La conocía lo suficiente como para saber que no dejaría de llamarla o de enviarle mensajes si no hacía lo que le había pedido.

—Está bien —concedió, y vio la deslumbrante sonrisa de Candela iluminar su rostro.

Terminó de despedirse y recogió sus cosas mientras Rubén hablaba con su hermana. Luego lo siguió hasta su coche y fue entonces cuando tuvo un pálpito, uno que le decía que su reencuentro con Rubén no llegaba a su fin, sino que acababa de comenzar.