CAPÍTULO 1

Hoy es uno de esos días de primavera en los que antes me parecía que cualquier cosa era posible, que todo terminaría saliendo bien. Me encantaban esos días. Claro que eso era antes de que empezara a evitar la primavera por completo.

No es fácil evitar una estación entera, sobre todo una tan espléndida, pero, durante los últimos tres años, lo he conseguido. Bajo las persianas, me mantengo lejos de la luz del sol y me encierro para no despertar recuerdos de aquella primera primavera terrible.

Pero este año parece distinto. No puedo evitar disfrutar de la brisa que promete la llegada del verano. Hace uno de esos días que te dan brío al andar, uno de esos en los que piensas que la esperanza hace eterna la primavera.

Anoche soñé con Adrian, pero no fue el sueño de siempre, ese con el que despierto llorando con una sensación de vacío en la boca del estómago. Estamos sentados en los escalones del porche de la cabaña de mis padres, con las piernas estiradas y los pies apoyados en el suelo. Yo estoy moviendo los dedos de los pies. Y ya está. Las abejas zumban entre las flores y los árboles susurran a merced del viento, sí, pero ya está. Hay un silencio absoluto. Y mucha paz, de esa que, más que acompañarlo, emanaba de él. Al despertar, la sensación se ha quedado conmigo y he empezado a pensar que a lo mejor podría volver a hacerla mía.

La coleta morena de mi amiga Penny va meciéndose según vamos dejando atrás los edificios de piedra rojiza y los bloques de apartamentos de nuestro barrio de Brooklyn, camino del trabajo. Aunque se lo cuento casi todo, no le he hablado de esa sensación que tengo. Soy como una ardilla con una nuez: quiero esconderla, ponerla a buen recaudo, darle vueltas y vueltas y examinarla.

―Te has puesto las sandalias nuevas ―dice Penny mirándome de reojo los pies.

Asiento. Aún hace demasiado frío, pero me he puesto las delicadas sandalias de esparto de todas formas. He pensado que igual me hacían sentir femenina y fuerte, que igual me ayudaban a reconciliarme con la primavera. Pensar que un calzado puede conseguir todo eso es una idiotez, pero cualquier ayuda es bienvenida.

Penny levanta la cara al sol y suspira de gozo. Vino de Puerto Rico a los diez años, cuando murió su padre, y, aun ahora, sigue tomándose el invierno como un ataque personal.

―A mi madre la llamaron anoche, por algo relacionado con el virus LX ―dice Penny y se planta las gafas retro en lo alto de la cabeza, donde deben ir―. Dice que está habiendo muchos casos en Nueva York.

El bornavirus LX se ha propagado por todo el mundo en los últimos días. Aquí, de momento, solo se había encontrado en los estados del centro y el oeste. No ando muy al corriente porque en primavera siempre desconecto.

―¿Te ha dicho cuántos?

―No, pero está convencida de que la cuarentena de San Luis es señal de que la cosa se va a poner fea.

―¿San Luis está en cuarentena? ―Me sorprende que hayamos llegado a ese punto.

―Sí, desde última hora de ayer. Chicago también. Y se ha suspendido el tráfico aéreo procedente del oeste. ―Nos detenemos a la puerta del centro cívico de Sunset Park, donde trabajamos las dos―. ¿Cómo es que no te has enterado? Sueles ser tú quien me cuenta estas cosas.

―Ando distraída. Esta mañana no he oído las noticias.

Quiero contarle más, pero no sé qué otra cosa contarle. No es más que un cambio de mentalidad o algo así y, si al final no lo consigo, tampoco quiero proclamar a los cuatro vientos mi fracaso. Penny echa un vistazo alrededor y tuerce los labios.

―James me besó anoche ―le dice al hormigón.

―¿Que James qué! ―grito. Me pide que calle y yo bajo la voz―. ¿Venimos juntas todo el camino y me lo cuentas ahora? A las… ―Miro la hora en el móvil―. Mierda. Hay reunión. Me tengo que ir.

Penny sonríe. Lo ha hecho a propósito, para que no le diera la tabarra todo el camino hasta el trabajo.

―¡Lo sabía! ―digo y frunzo los ojos, fingiéndome molesta, aunque estoy sonriendo―. ¡Tenemos veintiocho años y sigues sin decirme cuando te gusta alguien! Nelly y yo lo estábamos esperando. Me lo vas a contar todo luego, que lo sepas.

―Me piro ―canturrea mientras yo subo las escaleras.