Un grito procedente de la calle nos saca de pronto de nuestro silencio. Cinco tíos jóvenes, armados con bates de béisbol y trozos de barras de refuerzo, se abalanzan sobre los contagiados, que están tan entretenidos con su festín que ni se dan cuenta.
El de las gafas de aviador recibe un barrazo en la cabeza, mientras que el portador de la barra de acero grita del esfuerzo. Le abre la cabeza con un chasquido que se propaga por toda la manzana y atraviesa el cristal de la ventana. Curiosamente, sale poca sangre, aunque se me revuelve el estómago de verlo. Otro le atiza al anciano. El del cuello mordido y la vieja se vuelven hacia los tres que quedan.
―¡Ahora! ―grita el más grandullón de los cinco.
El del cuello mordido y la vieja no tienen nada que hacer. Caen en cuestión de segundos y reciben múltiples garrotazos hasta que sus cabezas no son más que un recuerdo. El grandullón se yergue y se limpia la frente con un pañuelo que se saca del bolsillo de atrás. Sin poderme contener, abro la ventana de la cocina de par en par.
―¡Oye, gracias! ―grito.
Levantan la vista y miran alrededor hasta que me ven y se colocan debajo de nuestra ventana. Penny se asoma por la del salón y saluda.
―¡Anda! Tú eres la hija de María Díaz, ¿no? ―pregunta el líder. Penny asiente con la cabeza―. Escucha, no salgáis de casa. Están por todas partes ―nos dice con cara seria de hermano mayor.
―¿Son todos así, tan violentos? ―pregunto yo―. Han dicho que atacan a la gente, pero estos parecía que estuvieran devorándolos…
―Uy, los estaban devorando ―contesta con cara de asco―. Que nadie se engañe. Además, hay que ir a por la cabeza porque, si no, cuesta cargárselos. Hay que cortarles el cuello o algo. Una locura. Como con los zombis, ¿sabes?
―Es que es lo que son, tío, son zombis ―tercia con los ojos iluminados un chaval más joven que lleva una gorra de béisbol―. Es como el juego ese, el de…
―No me jodas, Carlos ―dice el líder―. No es ningún juego. ¿Ves ese cadáver? Pues podría ser el tuyo, o el de tu madre o el de tu hermana. ―Nos mira a nosotros mientras Carlos examina los restos y se tranquiliza―. Lo siento, tenemos que irnos. Voy a recoger a mi hermana de casa de una amiga. No salgáis. Protegeos. Dale recuerdos a tu madre de parte de Guillermo.
Penny dice que lo hará. Los vemos alejarse, deteniéndose en todos los portales.
―Zombis ―masculla James―. ¡Dios!
Se hace el silencio. Penny habla por fin.
―Estoy dispuesta a aceptar que este virus se ha descontrolado. En cuanto venga mi madre, nos vamos de Nueva York. Ella sabrá lo grave que es. Pero… ¿zombis? ¡Venga ya!
Cruza los brazos, muy seria. Penny es una mujer práctica y serena, pero le veo la duda en los ojos, aun cuando se empeña en que no puede ser verdad. Estaban devorando a esa persona, por mucho que cueste creerlo.
―Ya los has visto, Pen ―dice James señalando la ventana y estrujándole después el hombro con suavidad―. Yo no descarto nada, ¿tú?
Penny niega con la cabeza, sin descruzar los brazos. Él saca un cigarrillo de la cajetilla. No he fumado desde que volví a dejarlo hace un año, pero creo que me puedo saltar la norma por una vez. James está fumando asomado a la ventana porque nadie en su sano juicio lo mandaría a la calle a fumar, así que me acerco una silla. Sabe lo que busco, así que me pasa su pitillo y se enciende otro para él.
―Gracias ―le digo y doy una calada. La nicotina me produce un hormigueo que me llega hasta la punta de los dedos de los pies―. Si esto es el apocalipsis zombi, por lo menos puedo fumar. Total, ¿qué esperanza de vida tengo? ¿Una semana, dos quizá?
James se atraganta con el humo y yo le sonrío.
―Estás fatal.
―El sentido del humor es el último refugio de los condenados, solía decir mi madre. ―Doy otra calada al cigarro―. No sé qué más hacer.
James cierra los ojos. Yo miro fijamente la acera, donde se encuentran despatarrados el del cuello mordido y la vieja. En las ventanas de todos los edificios de la calle se amontona la gente. Una niña con coleta me saluda y yo la saludo a ella. Ni me imagino lo que le habrán contado sus padres de todo esto.
De pronto, James abre los ojos.
―¿Y qué más da? ―nos pregunta―. A ver, estoy convencido de que no son zombis de verdad, pero se comportan como si lo fueran. Si esto se está propagando rápido, tenemos que salir de aquí antes de que el resto de la ciudad llegue a la misma conclusión que nosotros. No podemos quedarnos aquí sentados esperando.
Tiene razón. Lo suyo sería que nos largáramos antes que los demás.
Ana entra despacio en el salón.
―¿Zombis?
Apago el cigarrillo.
―Sí, por lo visto el virus te convierte en una especie de zombi.
―Puaj ―dice Ana con cara de asco, pero no por los zombis, sino por el cigarrillo. Con la mano, se aparta el humo que ni siquiera le ha llegado―. ¿Y qué se supone que debemos hacer?
―Salir de la ciudad ―contesta Nelly sentándose al lado de Penny, que se está mordiendo una uña, y dando una palmada en el asiento de al lado.
―¿Y adónde vamos? ―pregunta Ana.
―A la cabaña de mis padres ―digo yo―. Si conseguimos llegar.
Ana frunce los labios.
―¿En serio?
―Primero vamos a hablar con mamá, Ana, y nos la llevamos también. No te preocupes ―tercia Penny y alarga el brazo por encima de Nelly para apretarle la mano a su hermana.
―Voy a ver si la puedo localizar ―dice Ana agarrando su móvil―. Ay, mamá ha mandado un mensaje. Por lo visto, nos ha escrito a las dos, hace horas, pero me llega ahora.
No entiendo cómo no ha cundido el pánico, teniendo en cuenta que hasta cuesta hacer una simple llamada telefónica, pero supongo que pasó lo mismo con el 11S y con el apagón. Igual ya estamos acostumbrados.
Penny mira su móvil y niega con la cabeza.
―A mí no me ha llegado. ¿Qué dice?
―«Virus muy mal. Nos vemos en casa de Cassie después del trabajo. Traed ropa. Salimos de la ciudad esta noche. Luego os cuento. Os quiero» ―lee Penny espantada y los ojos se le ven enormes a través de las gafas.
―¡Vaya tela, mamá está tan mal como todos vosotros! ―dice Ana meneando la cabeza.
Me alivia, no el que la cosa se haya puesto tan fea como James y yo sospechábamos, sino el que tengamos permiso para dejarnos llevar por nuestra intuición, lo que significa que en el fondo no es tan descabellado lo que pensábamos.