Las calles están vacías de contagiados, salvo por los cadáveres. Las tiendas de ultramarinos están abiertas y la gente sale corriendo de ellas cargada con bolsas llenas de comida, rumbo a su casa. Algunos se entretienen por el camino, ignorando por completo el ruego de permanecer en casa.
Cuando llegamos a mi apartamento con jardín, me duele el cuello de tanto mirar por encima del hombro. Entramos en tropel al salón. Hay alguien en la cocina y, por un momento, pienso que es Eric, pero eso sería imposible. Es Peter.
Se está haciendo algo de comer y se ha remangado y quitado la corbata. Es lo más desaliñado que Peter puede llegar a estar. Siempre desentona muchísimo con mi apartamento, en medio del desorden de papeles, libros y material de pintura. No es que yo haya pintado mucho en los últimos años, pero no consigo aceptar la derrota y guardarlo todo. Seguro que yo también desentono en su apartamento, con esos ventanales y esas líneas tan limpias. En cuanto llego allí, es como si hubiera explotado por todas partes, aun cuando procuro ser ordenada.
―Eh, nena, me tenías preocupado ―dice Peter abrazándome tan fuerte que me corta la respiración. Lo abrazo también, sorprendida. No sabía que Peter se preocupara―. Nos han llevado en otro avión a LaGuardia, así que he venido directo aquí y al ver que no contestabas el teléfono…
Su cara de preocupación me hace sentir una punzada de remordimiento. Lo único que he sentido yo es alivio de no tener que verlo. Soy una persona horrible y probablemente no tenga a nadie más que a mí. Perdió a su hermana pequeña y a sus padres en un accidente de tráfico cuando tenía doce años. Es algo que tenemos en común, posiblemente lo único. Su abuela rica y distante lo crio, hasta que murió. Está solo. Al menos yo tengo a Eric.
―Lo siento ―digo con un nudo en la garganta―. Me alegro de que hayas vuelto.
Cuando conocí a Peter en un bar del centro, lo descarté enseguida: los tíos zalameros y encantadores del Upper East Side no son mi tipo. Pero se empeñó en invitarme a una copa y charlé con él mientras contaba los minutos que me quedaban para poder escaquearme sin resultar grosera. Sin embargo, cuando me preguntó si mis padres aún vivían en Nueva York y mencioné el accidente, no puso esa cara de incomodidad que pone todo el mundo justo antes de disculparse.
Le brillaban los ojos oscuros cuando nos miramos.
―Es como vivir en una casa a la que le han arrancado de cuajo el tejado, ¿verdad? ―me dijo, y supe que llevaba años esperando encontrar a alguien a quien poder decirle eso, alguien que pudiera entenderlo.
Asentí, conmocionada, porque esa era precisamente la sensación que tenía, de desamparo, de que ya nada me protegía de las cosas chungas que el mundo me lanzara. Y entonces pensé que quizá me había dejado llevar por las apariencias. Sin embargo, ese tío, el del bar, de ojos tiernos y asombrosa introspección, llevaba meses desaparecido, hasta ahora.
La reaparición es fugaz. Peter me suelta bruscamente y nos hace la ficha a todos, enarcando una de sus cejas oscuras. Pasa del calor al frío tan rápido que me marea.
―¿Y qué hacen todos aquí? ―pregunta.
―Esperar a María, la madre de Penny y Ana ―contesto―. Nos ha aconsejado que salgamos de la ciudad, así que nos vamos a la cabaña de mis padres.
Ríe con desdén.
―¿En serio? Me parece que estáis exagerando un poco.
Ana, que piensa lo mismo, asiente. Traidora.
Noto que el fastidio que suele producirme Peter empieza a crecer.
―Bueno, si querer marcharse de una ciudad en la que unas personas se están comiendo a otras es exagerar, entonces sí. ¿A ti te ha perseguido un hombre al que le faltaba medio cuello? ¿Has visto a cuatro contagiados devorar a alguien?
―Cassandra, es un brote pequeño. Lo tienen controlado. He hablado con mis amigos de Manhattan y me han dicho que hay policía por todas partes y las calles están vacías.
Parece un niño repipi. Una vez vi unas fotos suyas en un álbum viejo de su librería. Eran de la época en la que aún vivían sus padres. Peter era muy mono de pequeño, con pequitas a juego con su pelo oscuro y una sonrisa amplia y fácil. No parecía un mocoso malcriado como ahora. Cuando salió de la ducha y me vio curioseando el álbum de fotos, sonrió, pero lo guardó. La siguiente vez que fui a su casa el álbum había desaparecido.
Ana se sacude la melena y sonríe a Peter. Es la sonrisa que se reserva para cualquiera que no sea nosotros.
―¿Veis? Parece que en Manhattan están controlando la situación. Seguro que no nos tenemos que ir.
Ana está coladísima por Peter. Que él y yo estemos juntos le parece uno de los grandes misterios de la vida. Su consternación me irrita y me divierte a partes iguales. A veces menciono algún sitio al que hemos ido para verla rabiar de envidia, solo por vacilarle.
―Me quedo con lo que nos ha dicho María ―dice James con una sonrisa de autocomplacencia―. Cassie, tengo que cargar el iPad. ¿Puedo usar tu ordenador?
―Claro. ―Miro a Nelly―. ¿Quieres ver lo que hay en el sótano?