CAPÍTULO 11

Los contenedores de plástico están apilados contra la pared del fondo del sótano. He pasado mil veces por delante de ellos, cuando iba a coger una lata de tomates o lo que fuera, pero ya no reparaba en ellos.

―Bueno, ¿por dónde empezamos? ―pregunta Nelly.

―Supongo que por las mochilas de supervivencia, llenas de todo lo necesario para salir corriendo.

Encontramos cuatro mochilas grandes en lo alto de la pila. La mía debe de pesar como quince kilos. El contenido está perfectamente empaquetado en bolsas de cierre zip y en sacos impermeables.

―¿Por qué no empiezas a vaciar tú las otras? ―pregunto―. Amontonamos al lado de cada mochila el contenido y así vemos lo que tenemos.

―Muy bien, jefa ―contesta.

Hurgo en mi mochila. Hay barritas energéticas y comida deshidratada, botellas de agua, filtros para el agua, material de primeros auxilios, artículos de aseo y la sudadera más horrenda que he visto en mi vida, entre otras cosas.

―Mira, Nels, ¿qué te parece? ―le digo, sosteniendo en alto la sudadera con un gatito estampado en la pechera.

―Preciosa ―responde―. Te la tienes que poner.

Río.

―Esto sería cosa de mi padre. Seguro que mi madre sabía que no me pondría algo así ni muerta. Debió de comprarla para que hubiera alguna prenda de abrigo aquí. Por lo menos los vaqueros parecen normales. ―Sigo sonriendo. Mi padre estaba convencido de que me gustaban los gatitos, a pesar de que eso se me debió de pasar, no sé, a los diez años o así. En el calcetín de Navidad siempre me metía algo que me hacía reír hasta que se me saltaban las lágrimas: un calendario de gatitos de peluche, un cuaderno con gatos que llevaban sombreros victorianos…, cosas así. Ahora que lo pienso, a lo mejor lo sabía y le gustaba ver mi reacción. De repente, esa sudadera es el mejor regalo que me han hecho en mucho tiempo. Me la pongo y me abrazo el cuerpo, como si me abrazara mi padre―. Es de mi padre ―digo. Nelly asiente y sonríe; no necesita más explicaciones―. Puede que alguna de las prendas de las otras mochilas os valga a ti o a James.

Lo último que sale de todas las mochilas es un estuche de viaje con un fajo de billetes y un montón de documentos. Despliego un mapa y veo distintas rutas marcadas, todas ellas para llegar a la cabaña. Cuento el efectivo: setecientos cincuenta dólares en billetes pequeños.

―Guau ―digo―. Supongo que no hace falta que busquemos un cajero.

―Aquí hay la misma cantidad ―tercia Nelly―. Si en las otras mochilas hay lo mismo, son tres mil dólares. ―Mira rápido y asiente―. Sí.

A las mochilas solo les falta algo de comida sin caducar. Mi padre las hizo a conciencia y dudo que se le escapara nada. Salvo las armas.

―¿Aún siguen aquí las armas? ―pregunta Nelly refiriéndose al pequeño arsenal que mi padre tenía en la ciudad.

―Creo que sí. Eric las guardó en un contenedor con la etiqueta Cosas de costura .

El contenedor está debajo de otros, uno de los cuales lleva mi nombre escrito con la letra de Eric. Me puede la curiosidad y dejo que Nelly rescate las armas mientras yo investigo. Lo primero que veo es mi título universitario. También está allí una vieja caja de puros que recuerdo haber tirado a la basura. Huele un poco a las flores secas que Adrian me trajo. Encuentro el anillo de plata con una estrellita minúscula que me regaló porque sabía que me encantaban las estrellas. Lo noto caliente a pesar del frío del sótano. Me lo guardo en los vaqueros y paso un dedo por el círculo que me hace en el bolsillo. Encuentro también viejas entradas de conciertos. Me acuerdo de algo en lo que hace mucho que no pienso y me da la risa tonta.

―Nelly, ¿te acuerdas de cuando fuimos a ver a The New Pornographers y Adrian fumó demasiada maría?

Nelly deja un contenedor en el suelo y suelta una carcajada.

―¿Cuando creía que se había llevado por delante una telaraña y que la tenía por toda la cara y quería que lo ayudáramos a quitársela?

Adrian se puso a darse manotazos en la cara como un poseso. Como siempre era tan serio, resultaba cien veces más divertido, y los demás estábamos tirados por el suelo, muertos de risa.

Suenan pasos por la escalera y oigo la risa de Penny antes de verla aparecer.

―Las chocolatinas que nos dio aquella chica no llevaban solo chocolate ni de coña ―dice meneando la cabeza―. Ni de coña.

―Al pobre no lo dejé superarlo; se lo recordaba cada dos por tres ―digo―. Aún me parto de risa cada vez que me viene a la memoria. Aquella cara de pánico…

Me duele la tripa de reírme, pero, cuando cesan las carcajadas, el dolor continúa de otro modo. Nunca hablo de Adrian. Miro fijamente el contenedor como si me fascinara lo que hay dentro, pero a tus mejores amigos no los engañas. Penny me pasa el brazo por la cintura. Procuro contener las lágrimas. Me fastidia llorar delante de la gente. Lloro por los gatos callejeros, por los ancianos que cenan solos y por los niños que parecen tristes. Soy una llorona, pero me gusta llorar a solas.

―Lo echo de menos, chicos ―susurro.

―¿Crees que no lo sabemos? ―pregunta Nelly, como haciéndome ver lo absurdo que resulta que piense que es un secreto. Me limpio las lágrimas, pero cuanto más lo pienso, más rápido brotan.

―Podría haber elegido un día mejor para decidir que cometí un grave error. Solo yo podía elegir el día del apocalipsis zombi ―digo, y los hago reír. Río yo también, entre lágrimas, y se me va deshaciendo el nudo de la garganta―. No hay forma de contactar con él, ni siquiera para asegurarme de que está bien.

―Si alguien está bien ese es Adrian ―espeta Nelly con absoluta certeza―. Está en una granja del norte de Vermont. No me acuerdo del nombre. Tenía un correo electrónico que me mandó, pero estaba en mi cuenta antigua.

―No sabía que seguíais hablando.

Estoy celosa y debo recordarme que no tengo derecho a estarlo.

―Nos hemos mandado algún correo electrónico. La última vez fue hace un año o así. Luego le he escrito dos veces para darle mi correo nuevo, pero no me ha contestado.

Se encoge de hombros, pero yo sé que le importa. Adrian también era amigo suyo. Cuando rompí con él, debió de costarle estar a caballo entre dos amistades.

Le cojo el brazo.

―Siento haberos hecho perder el contacto. ―Añado otro punto a la lista de cosas que Cassie se ha cargado en los últimos años. Va creciendo por minutos. Me muero por saber de qué hablaron Adrian y él―. ¿Te…? O sea, ¿qué…?

―Quería saber cómo estabas. Me dijo que te echaba de menos. La última vez que escribió me preguntó si pensaba que querrías hablar con él. Intenté sacar el tema, pero te negabas de tal forma a hablar de Adrian que me cerraste la boca. Le dije que lo intentara, pero que no sabía cómo iría la cosa.

Señalo las entradas de conciertos e imagino lo distinta que sería mi vida si no hubiera sido tan cabezota ni me hubiera dado tanta vergüenza reconocer que la había cagado, siquiera a mí misma.

―Ojalá me hubieras hecho escuchar ―digo, pese a que sé que lo intentó.

Me mira asombrado.

―¿Tienes idea de cómo te pones cuando no quieres hablar de algo? Sé que sí. Eres el ser humano más testarudo del planeta. ¡Por favor!

Lo dice muy serio. Podría mentirme a mí misma, pero Nelly no va a tolerar que le mienta a él.

―Lo sé, lo siento. Es culpa mía. No hice caso. Pero tú eres el segundo más testarudo ―le digo con una carantoña.

―Oye, que yo sé reconocer cuando estoy equivocado. Solo que nunca lo estoy ―dice. Penny gruñe y pone los ojos en blanco―. Además, soy mandón, que es muy distinto.

Levanto las manos en señal de rendición.

―Vale, basta de recordar el pasado, gente ―dice Penny―, que tenemos que hacer un montón de mierdas antes de que venga mi madre. James está con el ordenador y Ana anda mirando embobada a Peter, así que he decidido bajar aquí a echar una mano. ―Lee las etiquetas de los contenedores―. Sacos de dormir, esterillas, lámparas, utensilios de cocina… ¡Madre mía!, ¿no te has deshecho de nada?

―Nop. Eric lo organizó todo. Fue él quien metió en este contenedor todo lo que yo tiré a la basura.

Le agradezco que rescatara la caja de madera y me prometo decírselo cuando lo vea. Me pregunto qué estará haciendo Adrian ahora. Si esa granja de Vermont será suya. La noche que lo conocí ya sabía que eso era exactamente lo que quería.

 

Estaba sentada en un sofá, en una fiesta de una fraternidad de mi facultad de las afueras de Nueva York, preguntándome qué hacía yo allí. Mi compañera de cuarto desde hacía una semana estaba en la otra punta de la habitación. La estaba viendo colgarse del cuello de cualquier tío con pulso.

―¿No te va este rollo? A mí tampoco.

La voz venía de un tío sentado en el otro extremo del sofá. Llevaba el pelo rubio alborotado y sus labios esbozaron una sonrisa burlona cuando me vio fijarme en su camiseta con letras griegas en la pechera. Miré las letras y luego a él.

―¿Sí?

―No me queda otra ―dijo con un acento arrastrado cada vez más evidente―. Tradición familiar. Si no acepto la vida de un chico de fraternidad, mi padre me deshereda. ―Me tendió una mano grande―. Me llamo Nel. Soy de Texas.

Le estreché la mano.

―Cassie. Encantada de conocerte.

―Bueno, Cassie, ¿quién eres y qué haces aquí? No pareces parte de la clientela habitual.

Me encogí de hombros y señalé a mi compañera de piso.

―Me ha suplicado que la acompañara y he decidido probar. Soy de Brooklyn. Estudio Sociología ―dije encogiéndome de hombros otra vez―. Aburrido.

―¿De Brooklyn? Eso no es aburrido. Yo me mudo a la ciudad en cuanto me gradúe. Esto sí que es aburrido ―replicó, paseando la vista por la habitación―. El ligoteo y el machismo. Las chicas borrachas y las batallas de berridos. Muchos de los tíos no están mal si no te los tomas muy en serio, pero las fiestas son terribles.

Sabía que no era el típico chico de fraternidad: le brillaban los ojos mientras se burlaba de todo aquello.

―Mi compañera está haciendo méritos para el papel de borracha ―le dije señalando adonde estaba, riendo como una boba, en el regazo de alguien.

―En momentos como este es cuando me alegro de que no me gusten las chicas.

Aunque a mí no podía importarme menos, sabía que las fraternidades no eran precisamente conocidas como hervideros de tolerancia.

―¿Y esta gente lo lleva bien?

―Sí. Sobre todo porque saben que no son mi tipo. Todos se creen un regalo de Dios para las mujeres y les sorprendió descubrir que sus encantos no se aplicaban también a los hombres ―dijo sonriendo, y yo reí―. Salí del armario en el último año de instituto y me las hicieron pasar muy putas. Me niego a seguir escondiéndome.

―Por supuesto ―coincidí―. Pero en Texas… Ha tenido que ser duro.

―Bueno, no me ha venido mal poder dar de hostias a la mayoría de los tíos que se metían conmigo ―me explicó con una cara de mala leche que acto seguido reemplazó por una sonrisa luminosa―. Jugaba al fútbol y mis mejores amigos del equipo lo sabían. Y me defendieron.

Siempre le digo en broma a Nelly que me dijo enseguida que era gay para que no me enamorara de él. Tiene mucho éxito con las chicas, pero a mí no me dio tiempo a prendarme de él porque en ese preciso instante vio a alguien en la otra punta de la habitación y saludó con la mano.

El tío se acercó a nosotros. Era alto y delgado, de pelo oscuro y bonitos ojos verdes. Muy bonitos de verdad y, con su tez algo aceitunada y sus pómulos prominentes, podría haber sido guapo, pero la mandíbula fuerte y la nariz ligeramente imperfecta bastaban para hacerlo interesante. Vestía vaqueros y una camiseta de algún grupo indie. Cuando sonreía, le salía un hoyuelo profundo.

―Adrian, esta es Cassie; Cassie, este es Adrian ―dijo Nelly en el mismo momento en que alguien lo llamaba―. Ahora vengo. Siempre reclaman al gay para lo que sea de comer. Ni que supiera cocinar.

Adrian se sentó en el sofá. No se me da muy bien entablar conversación en general, y menos aún con hombres guapos. Sonreí nerviosa y me consolé pensando que era la pareja de Nelly, aunque también fuera mi tipo. No había motivo para que me comportara como una cría vergonzosa.

―Hola, Cassie ―dijo Adrian posando aquellos ojos en mí con interés―. ¿En qué curso estás? Me parece que no nos conocemos.

―En tercero. Me acabo de trasladar este año. ¿Y tú?

―En tercero también. Es un centro decente, la gente es bastante maja.

Asentí y me esforcé por encontrar algo que decir, pero tenía la mente completamente en blanco. Se me ocurrió de pronto que no deberían permitirme socializar sin un juego de fichas con anotaciones. Adrian me salvó.

―¿Y qué quieres ser de mayor? ―me preguntó.

Su sonrisa me descolocaba. Además, aunque aquella fuera la segunda pregunta que te hace todo el mundo cuando te quieren dar conversación en la universidad, me dio la impresión de que le interesaba de verdad.

―Si te refieres a mi especialización, había pensado en Arte, pero con eso no voy a conseguir un trabajo decente, así que me he pasado a Sociología con algunas asignaturas de Arte. ―Torció la boca. Le adiviné el pensamiento y le di la razón―. Sí, ya sé que Sociología no es mucho mejor ―dije sonriendo―, pero no pretendo trabajar en Wall Street. Tengo que estudiar algo que me guste; si no, ¿qué sentido tiene? Me meteré en alguna oenegé.

Asintió con la cabeza.

―¿Qué tipo de arte haces?

―Pinto, sobre todo. ¿Y tú, en qué te vas a especializar? ―le pregunté, cambiando de tema porque me daba muchísima vergüenza hablar de lo mío.

―Quiero hacer una ingeniería.

―Vaya, ese es un grado de persona mayor ―bromeé. Era tan agradable que noté que me relajaba―. ¿Y qué piensas hacer con eso? ¿Construir puentes y forrarte?

Sonrió. Cuando meneaba la cabeza, le caía el pelo por los ojos y se lo apartaba.

―No exactamente. Me voy a especializar en Ingeniería Medioambiental. Quiero crear cosas que puedan usarse para la producción de alimentos y la conservación del suelo.

―¡Uy, un ecologista! ―dije negando con la cabeza.

―No, tranquila, que no voy a empezar a sermonearte sobre cómo te estás cargando el planeta ni nada de eso ―se defendió, con las manos en alto, y apareció el hoyuelo.

―Lo digo en broma. Entonces, ¿quieres vivir desconectado? ¿Cero residuos? ―pregunté.

―Eso es. ―Me miró como si hubiera despertado su interés y su escrutinio me hizo ruborizarme―. He pasado el verano de voluntario en un proyecto y he aprendido lo suficiente para instalarle a mi madre un sistema de agua caliente solar. Ahora quiero ponerle paneles solares para toda la casa.

Cabeceé afirmativamente y bebí cerveza para que no notara lo sonrosadas que tenía las mejillas.

―Me gustaría montar una granja que genere su propia comida, energía…, biodiésel quizá… ―Se interrumpió de pronto―. Perdona, que cuando me pongo a hablar de estas cosas no hay quien me pare. ¿Te estoy aburriendo? ―me dijo agitando la mano delante de mis ojos.

―No, es como hablar con mi padre ―contesté bajando el vaso. El rubor se había esfumado por fin―. Mis padres van a instalar paneles solares en la cabaña que tienen en las afueras. Su idea es ser completamente autosuficientes cuando se jubilen y cultivar ellos mismos prácticamente todo lo que coman. Me gusta hablar de ello con mi padre, hasta que la conversación se complica con tecnicismos y empieza a salirme humo de la cabeza ―dije, haciendo un ruido que no representaba en absoluto la combustión de mi cerebro pero que le hizo gracia.

―Ojalá pudiera hablar con tu padre. Me gustaría ver lo que ha hecho.

―Podrías, si vas en serio. Él está deseando hablarlo con alguien. Mi madre y yo le decimos que sí a todo, sonreímos y nos escaqueamos cuando se pone pesado. Ahora que mi hermano está estudiando fuera, nuestra falta de interés en sus planes lo está matando poco a poco por dentro.

Adrian no dijo que no. Una cosa no podía negarles a los amantes de la energía solar: eran una panda muy comprometida. Reconocí la mirada soñadora en el rostro de Adrian.

―¿De qué conoces a Nel? ―le pregunté, por saber si iban en serio o no.

―Coincidimos en clase la primavera pasada y nos caímos bien. Es un tío genial.

―Eso parece.

Justo entonces apareció Nelly con un plato de hamburguesas.

―Bueno, ¿qué me he perdido? Me da que tú te has perdido a tu compañera de piso echando la pota en los setos y marchándose a casa, Cassie.

Me puse de pie.

―Igual debería irme con ella ―dije, aunque no me apetecía. Agarrarle el pelo en el baño compartido no era una de mis prioridades.

―Iba con otra chica ―contestó Nelly, quitándole importancia con un manotazo al aire―. ¿Bethany? ¿Tiffany? Una, no sé. ¡Que está bien! ―añadió, se sentó en el suelo y dio unas palmaditas en el sitio donde yo había estado sentada―. Ven. Come.

Y eso hice. No paraba de mirar a Adrian con disimulo. Unas cuantas veces lo pillé mirándome y cada vez que cruzábamos una mirada me daba un vuelco el corazón. Procuré controlarme, diciéndome que, aunque fuera mono y simpático, no estaba interesado en mí. Que ni siquiera le interesaban las chicas.

Siempre me sentía como la chica cuyo nombre no recordaba nadie. Normalmente los tíos que terminaban interesándose por mí eran esos a los que ya conocía desde hacía un tiempo, esos con los que podía hablar sin morirme de vergüenza. Y hasta entonces no me había parecido mal, no me importaba ser una persona que inspiraba afecto y lealtad con el tiempo, aunque pasara inadvertida, al menos al principio. Pero no quería que eso me pasara con Adrian.

―Bueno, mañana trabajo, trabajo-estudio en la biblioteca ―dije cuando ya llevábamos horas hablando. Era una de esas conversaciones en las que tienes tanto que decir que te desespera pensar que jamás vas a conseguir decirlo todo aunque estés en vela hasta el alba. El resto de los asistentes a la fiesta se habían quedado traspuestos o se estaban enrollando con alguien en ese momento―. Si me voy a la cama ahora, igual consigo levantarme a tiempo.

―Nada de irse sola a casa, cariño ―dijo Nelly―. Déjame que te acompañe.

No quería que se viera obligado a acompañarme a casa por calles seguras y punteadas de árboles.

―Gracias, pero no hace falta. Me he criado en Brooklyn, ¿recuerdas?

―Voy yo contigo ―propuso Adrian―. Nuestras residencias están una al lado de la otra.

―Vale, gracias ―contesté―. Nelly…

Me di cuenta de que lo había llamado «Nelly» (la cerveza me había soltado la lengua) y me ruboricé. Ya le había buscado un apodo, pero no tenía intención de usarlo.

―¡Me gusta Nelly! ―exclamó―. Como Nellie Oleson, la de La casa de la pradera.

―¡Yo me hacía pasar por Laura! ―dije yo―. Cuando ensayaba mis aptitudes de colona. ―Adrian me sonrió―. Bueno, «Nelly», un placer conocerte. ¿Nos veremos por ahí?

Nelly sonrió y me envolvió en un abrazo.

―Uy, no te vas a librar de mí, pequeñaja. ¿Comemos todos juntos mañana?

―Estaría bien ―dije yo, y le sonreí.

Me aparté para darles un momento de intimidad y, despidiéndonos por última vez de Nelly, nos fuimos. Caminamos hasta el campus mientras Adrian me hablaba de su madre, que los había criado a su hermana y a él con muchísimo amor, pero poquísimo dinero. Era listo y divertido como su madre, y ecologista. Suspiré.

―¿Y ese suspiro? ―me preguntó dándome un codazo en el brazo.

―No, nada ―contesté mirándome los pies.

―Cuéntamelo, anda ―dijo enhebrándome el brazo en el suyo.

Apreté bien los labios y negué con la cabeza. Luego decidí que, si se lo decía, igual hasta nos reíamos y se me pasaba de golpe el cuelgue que tenía por él.

Suspiré con dramatismo y le devolví el codazo.

―Es que es muy deprimente. A ningún tío le interesan nunca las mismas cosas que a mí. Incluso mi padre te adoraría. ―Adrian se detuvo en seco, perplejo―. Ya sabes ―vacilé―, aunque seas gay.

Me sentí como una verdadera imbécil. Ojalá hubiera tenido la boca cerrada.

―No soy gay.

Me pareció verle una sonrisa minúscula en la cara, pero no fui capaz de mirarlo a los ojos el tiempo suficiente para confirmarlo.

―¿Qué?

Lo había oído perfectamente, pero necesitaba un segundo para pensar.

―¿Esa impresión doy? Pretendía darte a entender que me gustaría salir contigo.

Apenas presté atención a lo que me decía porque estaba pensando en dar media vuelta y salir corriendo. Claro que mis posibilidades de evitarlo en el campus durante los próximos dos años eran escasas. Además, no iba a poder correr más de una manzana antes de que me diera el flato, y él me tenía cogida por el brazo. Le había dicho que me gustaba ¡y que a mi padre le iba a encantar!

La cerveza y la comida se me estaban amotinando en el estómago.

―He pensado que… Como me has dicho que Nelly y tú os llevabais bien…

―Eso me da igual. Lo que me importa es lo de vernos. ―Lo miré aturdida y lo vi relajadísimo, mientras a mí todo me zumbaba y me daba brincos por dentro―. Me refiero a lo de que salgamos tú y yo…

―Ah. ―Como estaba convencida de que sabía la respuesta a esa pregunta, me permití bromear―. Vale, pero lo de conocer a mi padre mejor lo dejamos para la segunda cita.

Me dedicó una sonrisa enorme y yo sonreí también, aliviada de no haber hecho un ridículo espantoso. Estaba abochornada pero, en el fondo, emocionada. No eran imaginaciones mías: había química entre los dos. Conseguimos llegar a mi residencia sin que muriera de vergüenza.

―Yo me quedo aquí ―dije y él me soltó el brazo―. Gracias por acompañarme.

Me mordí el labio y lo miré de reojo, confiando en que me propusiera volver a vernos.

―Un placer. ¿Nos vemos mañana, entonces, a la hora del almuerzo y hacemos planes?

―Vale.

Nos sonreímos tímidamente hasta que caí en la cuenta de que tenía que entrar. Empecé a subir los escalones de la entrada y di un traspié. Me giré con la esperanza de que se hubiera ido ya, pero seguía allí, reprimiendo una sonrisa. Hice como si nada, aunque preguntándome cuántas veces era capaz de meter la pata en una misma noche, porque estaba batiendo récords.

―Venga, ríete. Tropiezo una decena de veces al día. O tiro cosas al suelo. O me choco con la gente sin querer…

Meneó la cabeza, divertido.

―Buenas noches, Cassie ―me dijo con una voz suave.

La forma en que me miró, como si yo fuera algo especial, algo digno de contemplar, hizo que me temblaran las piernas. Le dije adiós con la mano y conseguí cruzar la puerta, en vez de estamparme contra ella, rumbo a mi cuarto.

 

Nelly levanta la tapa del contenedor e inhala fuerte.

―Ay, me encanta el olor a aceite para armas ―digo.

Probablemente a él también.

―¿Qué hay ahí, forastero? ―pregunta Penny―. No voy a saber de qué me hablas, pero…

Nelly planta el contenedor alargado encima de la mesa de pimpón. Abre los estuches y saca dos revólveres, una nueve milímetros y una escopeta, limpios y resplandecientes, como si mi padre los hubiera guardado ayer. Luego vienen las cajas de munición, que apila por tamaños.

―No hay nada peor que un arma descargada ―dice.

Carga con destreza la munición correspondiente en cada arma. Lo ayudo. El revólver me resulta pesado y extraño al tacto. Hace tres años que no toco uno.

―¡Uf! ―exclama Penny. Mi padre le enseñó a disparar un rifle, pero le dan miedo las pistolas―. ¿Tu padre no sabía que es ilegal tener armas en la ciudad?

―Claro ―contesto con una sonrisa―. Por eso están casi todas en la cabaña.

Penny menea la cabeza y Nelly ríe.