CAPÍTULO 12

Terminamos en el sótano, de momento. La cabaña está a solo cuatro horas en coche, pero si mi padre estuviera aquí, nos diría que no nos fiáramos. Hay que llevar reservas de sobra por si tardamos días, por si hay que caminar. No soy de equipaje ligero y, si de mí dependiera, me lo llevaría todo. James podría venirnos bien: tiene la cabeza muy bien amueblada. Como Peter.

Peter. Está aquí y, por lo visto, viene con nosotros. No puedo sostener esto mucho más tiempo. Cada minuto que paso siendo aún su pareja oficial me parece una mentira. Voy arriba. James está pegado a mi ordenador. Oigo una risita procedente de la cocina.

―Sí, ya no va nadie allí. Además… ―Ana deja de hablar y levanta la vista.

Sonrío. Peter me devuelve la sonrisa. Ana me mira la sudadera del gatito con una especie de horror. Pensaba meterla en mi mochila de supervivencia para protegerla, pero no me la quiero quitar todavía.

―Hemos echado un vistazo en el sótano y hay mochilas para todos. Peter, tú tienes ropa aquí. ―Asiente―. Vas a tener que llevarte algo con lo que puedas caminar, por si acaso. Vaqueros, por ejemplo ―digo, mirando intencionadamente a Ana.

Peter me mira como si fuera una niña tonta. Me pone de los nervios.

―Entonces, ¿nos vamos de verdad?

―María nos ha aconsejado que lo hagamos. Ana, es tu madre y sabes que no es muy dada a sacar las cosas de quicio.

Me dan ganas de decirle a Peter que, por mí, puede quedarse en Nueva York si tanto trastorno le supone. Ana se resiste a darme la razón, pero al final lo hace.

―Es cierto: mi madre es la persona más práctica del mundo. Deberíamos hacerle caso.

O sea, que hagamos caso a su madre porque es una persona muy práctica, no como yo. La indirecta ha quedado clara, pero no me apetece discutir. Peter sonríe y me tiende las manos. Le cojo una, aunque no me apetece.

―No, Cassie no es la más práctica, pero sí la más guapa ―dice.

Ana le sonríe, pero, cuando Peter se vuelve hacia mí, pone los ojos en blanco. Este hombre tiene una piel preciosa, aun a la luz espantosa de mi cocina, pero toda esa perfección aristocrática aburre cuando no hay nada detrás.

―Gracias ―contesto, aunque no sea cierto. Ana podría ganarme en cualquier concurso de belleza. La personalidad es otra historia―. Hora de recoger tus cosas.

Le tiro de la mano, suave pero fuerte. Peter hace cosas como escalada en rocódromo y correr, pero siempre en entornos de clima controlado. La única vez que lo convencí para dar un paseo por Prospect Park conmigo, se pasó el rato despotricando de los mosquitos.

Como hay algunas cosas mías en su estantería de mi armario, chasca la lengua mientras saca su ropa de debajo de la mía y la deja encima de la cama. Luego cierra la puerta de mi cuarto y se vuelve sonriente hacia mí. Para tenerlo a raya, entierro la cabeza en el armario y mascullo algo sobre unas botas, pero se me acerca por la espalda y me besa el cuello. Me agarroto un poco, aunque lo que de verdad me apetece hacer es quitármelo de encima a manotazos.

Al girarme, me doy un cabezazo con la barra del armario.

―Peter, hay mucho que hacer.

Sonríe y me da una palmadita suave en la sien.

―¿Y no hay tiempo para un beso? Venga ya, hace días que no te veo.

Le doy un beso que es más que un besito, pero, desde luego, no es un beso en condiciones. Sonrío y confío en que no le parezca tan falso como yo lo siento.

―Bueno, venga, que hay mucho que hacer.

No sé descifrar la cara que me pone, pero no es de felicidad.

―Genial.

Suspiro aliviada y busco ropa que llevarme.