CAPÍTULO 13

Peter me ayuda a organizar el sótano, pese a que, por la cara que pone, está claro que le parece absurdo. Hay comida y agua, y filtros para el agua; brújulas, cinta americana, navajas, linternas, una radio, un hornillo minúsculo con combustible, dos tiendas de campaña ligeras y otros artículos de acampada. Peter ha hecho una lista y va tachando las cosas según las guardamos. Aunque le parezca absurdo, está siendo muy diligente. Es como un niño pequeño: lo tienes que entretener con algo para que no haga pucheros y dé la lata.

―Habrá que ir a por la furgo rápido ―digo―. Cargarla y marcharnos.

―No sé ―dice Penny mientras cierra la cremallera de su mochila―. Me parecería que estamos robando. Igual podemos ir en taxi al aeropuerto y alquilar un coche.

―Julio me ha dicho que podíamos usar la furgo, como si fuera a Ikea o algo así ―digo para tranquilizarla―. La traeremos cuando volvamos a trabajar. Dadas las circunstancias, se alegrará de que la usemos.

―A Julio no le va a importar en absoluto, Pen ―tercia Nelly.

James nos llama con urgencia desde arriba, donde está planificando rutas en mi ordenador.

―Supongo que no lo oís desde ahí abajo. Venid aquí.

El ruido aumenta a medida que subimos la escalera. James ha abierto las ventanas de mi dormitorio que dan a la calle. Miramos por encima de las molduras de hierro forjado que cubren los cristales, pero mi calle está vacía. El jaleo viene del final de la manzana.

―Que empiece el pillaje ―dice Penny por encima del estrépito de cristales rotos―. Subamos a la azotea y caminemos hasta la avenida.

Avanzamos por los bloques contiguos hasta el final de la manzana y nos subimos a la cornisa. Los cristales rotos de los escaparates de las tiendas brillan a la luz de las farolas. Decenas de personas vitorean mientras sacan los artículos de los establecimientos y se los pasan a sus cómplices. Un tío va bailando por ahí con su radio al tiempo que llena hasta arriba el coche con el botín.

Vienen más figuras hacia aquí. Al principio, pienso que son saqueadores también, pero no les interesan las tiendas. Empiezan a pegarse con los ladrones de unas manzanas más abajo. Debe de ser un grupo de contagiados.

―¡La hostia! ―exclama James, que también se ha dado cuenta.

Se dirigen a los saqueadores de más abajo, que no oyen los gritos que nosotros apenas distinguimos con el barullo. Por fin, un adolescente repara en los contagiados y se le descuelga la cara al verlos llegar. El bullicio del saqueo cede ante los alaridos de miedo. Agarra a un amigo por la espalda de la camiseta y señala.

Algunos consiguen salir corriendo. Los que no se percatan, o no saben qué aspecto tienen los contagiados, o piensan que aún les da tiempo a pillar una o dos cosas más, se ven de pronto rodeados. Los contagiados se abalanzan sobre ellos con manos y dientes. Los berridos aumentan y se interrumpen bruscamente.

―¡Dios! Id a por la cabeza ―murmura James a mi lado.

Es una masacre. La sangre salpica la calle a medida que van destrozando cuerpos. Unos pocos escapan después de que les muerdan. Espero que no vayan a sus casas y contagien a sus familias, pero seguro que sí, porque ahí es donde va cualquiera cuando está herido.

Peter se deja caer pesadamente en la cornisa, pálido. A lo mejor ahora lo entiende. La calle no tarda en llenarse de cadáveres. Algunos de los contagiados deambulan por ahí como si no supieran bien lo que estaban haciendo mientras otros devoran. Otros parecen mecidos por un viento invisible. Lo único que se oye es el gruñido espantoso de sus gargantas. Tengo la certeza de percibir el olor acre a sangre desde aquí arriba. Me llevo la mano fría a la frente y cierro los ojos.

―El jaleo los ha atraído ―dice James―. Han oído los gritos. Miradlos. ―Exploramos el grupo de abajo. No sé qué se supone que hay que ver, aparte de todos esos cadáveres y toda esa sangre―. Fijaos en lo que llevan puesto ―añade señalando la calle.

Más de la mitad viste camisones de hospital, de esos que te dan cuando te ingresan, pero que no te puedes llevar cuando te dan el alta, al menos si lo pueden impedir. Penny suelta un aspaviento.

―¡Joder! ―exclamo, y se me cae el alma a los pies.