Penny se pasea nerviosa por el pasillo con el móvil. Los demás estamos sentados en el salón y lo único que se oye son las noticias y el tecleo de James en mi ordenador. Cuando suena el fijo de casa, me levanto como un resorte a cogerlo.
―¡Gracias a Dios, Cassie! ―dice María―. Llevo una hora intentando hablar con vosotros.
―¡María! ―digo, y Penny entra corriendo―. Nos ha llegado tu mensaje. ¿Sigues en el hospital? ―De fondo se oyen gritos y un arrastrar de objetos pesados.
―Sí. Cassie, ¿tienes manos libres en ese teléfono? ―Localizo el botón y le digo que adelante―. Gracias. ¿Penny? ¿Ana? ―La voz con algo de acento de María resuena por la estancia.
Penny se inclina sobre el micro.
―¡Mamá! ¿Cuándo vienes?
María suspira hondo.
―Penny, tenéis que salir de la ciudad inmediatamente. Hay un hombre aquí de la FEMA, el servicio de gestión de emergencias. Estoy usando su teléfono. Nos ha dicho que tienen pensado destruir todas las salidas de Nueva York entre esta noche y mañana. No pueden controlar la propagación del bornavirus, así que han optado directamente por la cuarentena.
―¿Cómo «destruir»? ―pregunta James.
María suelta una risa breve.
―Lo llaman cuarentena, pero van a dejar que la infección siga su curso. Bart, el tipo de la FEMA, dice que tienen previsto volar o bloquear los puentes y los túneles. No quieren que millones de contagiados salgan en tropel de la ciudad. Él se iba a marchar esta noche.
Jamás se me habría ocurrido que fueran a dejarnos atrapados aquí de ese modo, al menos habiendo todavía tantas personas sanas. Nos están condenando a la muerte.
―Entonces, ¿nos van a dejar aquí para que muramos? ―pregunta Penny incrédula.
María suspira y, cuando vuelve a hablar, le tiembla la voz.
―Eso es, m’hija. Eso es. Y lo que es peor: no hay cura. Están matando a los enfermos. Les estábamos practicando la eutanasia con una mezcla de medicamentos inyectados en el bulbo raquídeo, pero hemos llegado tarde y mal. El hospital se ha visto sobrepasado y los pacientes están saliendo en bandadas por la puerta. Estamos todos escondidos en el sótano.
―Los hemos visto. Estaba preocupada por ti. Devoran a la gente, mamá ―dice Penny. Se le escapa un sollozo y se tapa la boca―. Están todos muertos, tirados en la acera.
―Ay, m’hija, puede que no hayan muerto, mientras les quede algo de ellos. Todos los contagiados están muertos, o todo lo muertos que pueden estar, pero siguen deambulando por ahí.
James me mira a los ojos. No veo sorpresa en los suyos, más bien una especie de admiración. Como debió de sentirse la gente cuando el hombre pisó la Luna o engendró un niño probeta por primera vez. Solo que los niños probeta no querían comerse a nadie.
―El virus trabaja en tándem con un parásito. El cerebro es el portador y, de algún modo, estimula todos esos procesos primarios: el movimiento, el impulso de pelear, el hambre… No conozco todos los detalles. Los CDC llevan un mes estudiándolo.
Un mes y aún no podían frenarlo. Oímos un nuevo estruendo al otro lado de la línea y nos sobresaltamos. Deben de estar apilando todo lo que encuentran para impedirles el paso.
―Estoy aquí, estoy aquí. Te dejo. Hay otros que necesitan el teléfono. Contamos con el depósito de cadáveres y la cafetería. Hay un generador. Estamos a salvo aquí. Pero vosotros os tenéis que ir de la ciudad ahora mismo, a la cabaña.
María está al tanto del alijo de mi sótano y del de la cabaña.
―Querrás decir que «nos» tenemos que ir, incluida tú ―la corrige Penny.
―Penny, no voy a poder salir de aquí hasta que los contagiados se vayan o se mueran o encuentren algo que… Aquí estamos bien. Necesito saber que vosotras estáis a salvo.
―¿Pretendes que te dejemos aquí? ¡Ni hablar! ―chilla Penny espantada.
―No podéis esperarme. Bart nos ha pedido a los que tenemos familia aquí que les digamos que se vayan. Dentro de cuarenta y ocho horas, el nivel de contagio en Nueva York será increíble.
―¡Eso no me tranquiliza, mamá!
―Ya, pero debes saber lo peligroso que es. Un mordisquito, a veces incluso un arañazo, puede bastar para que te contagies. Sé cuidarme sola. En cuanto sea seguro, iré al apartamento de Cassie. Si se puede salir de Nueva York, me iré a la cabaña. ¿Cassie?
Penny me mira como si estuviera teniendo una pesadilla y yo pudiera despertarla, pero la pesadilla no es solo suya.
―Estoy aquí, María ―contesto―. Voy a meter la llave debajo del felpudo. Dejaremos también un mapa para llegar a la cabaña. ―Me imagino a María aquí sola, con varios millones de muertos hambrientos ahí fuera. Siempre ha sido como una madre para mí, aun antes de que murieran mis padres. Después, cuando a Eric y a mí nos paralizaba el dolor, ella se encargó del funeral. Hizo soportables nuestras primeras Navidades solos. Ha estado ahí siempre que la he necesitado. No puedo abandonarla cuando nos necesita―. Vamos a coger una furgo del trabajo. Pasamos a buscarte…
―¡No! No ―repite categóricamente―. Es demasiado peligroso. Lo siento, pero tengo que colgar. Os quiero, m’hijas. Prometedme que haréis lo que os he pedido.
―Vale, lo prometemos. Cuídate, mamá, por favor. Te quiero ―llora Penny.
―Te prometo que lo haré. Os quiero, hijas. Más que a nada en el mundo.
Penny le contesta en un susurro, con las mejillas empapadas de lágrimas.
Ana se agarra muy fuerte a la mesa.
―Te quiero, mamá. Soy Ana. Yo también te quiero.
―Te quiero, cielo. Cuidaos unas a otras, mis tres niñas, ¿vale? Sé que lo haréis.
La tensión le rompe la voz y entonces cuelga.