CAPÍTULO 15

Nos quedamos plantados alrededor del teléfono, en silencio. Van a morir todos. Han perdido el control por completo. Van a volar los puentes. María no viene con nosotros.

Todos lo estamos pensando, pero James es el único que por fin lo dice:

―¡La hostia puta!

Peter se deja caer en una silla y mira al infinito. Penny y Ana se quedan cerca del teléfono como si su madre fuera a seguir hablando.

Contengo las lágrimas y agarró a Penny del hombro tembloroso. No sé qué decir. Puede que esa haya sido la última vez que hable con su madre. María no nos ha dicho cuánto tarda la infección en desarrollarse. Aquí hay comida de sobra para alimentar a una persona durante un encierro largo, pero primero tendrá que llegar aquí y me da la impresión de que eso no va a ser tan fácil.

―Nosotras no nos vamos ―dice Penny, señalándose y señalando a su hermana, y mirándonos furiosa, con los ojos irritados, como retándonos a que nos opongamos.

Nelly niega despacio con la cabeza.

―¿Qué?

―Es nuestra madre. ¿Cómo la vamos a dejar aquí? Sé que se lo he prometido, pero, cuando venga, nos iremos con ella.

Me ando con pies de plomo. Sé que yo tampoco querría dejar a mi madre aquí, pero también sé que María se moriría si sus hijas se pusieran en peligro por su culpa.

―Pen, te prometo que volveremos a por ella en cuanto podamos ―digo.

Ana y ella se miran. Penny me mira como disculpándose y niega con la cabeza.

James carraspea.

―Entonces, yo me quedo con vosotras. Cuantos más, mejor. Encontraremos la forma de salir cuando vuestra madre esté aquí ―dice encogiéndose de hombros, pero su cara lo delata.

Deberíamos irnos. Estoy deseando verme en una furgo rumbo a las afueras, pero no puedo abandonar a los pocos seres queridos que me quedan en el mundo. Puede que no sea la decisión más inteligente, pero es la correcta.

―Pues entonces yo también me quedo ―digo, y Nelly me secunda―. Pasaremos esta noche y mañana consiguiendo las provisiones extra que podamos. De todos modos, habría que ir a por la furgo, para tenerla cerca cuando la necesitemos, traer toda la comida de vuestra casa… No nos vamos sin vosotras.

Peter menea la cabeza y da media vuelta.

Penny mira a James, luego a Nelly y después a mí.

―No puedo consentir que os arriesguéis todos a quedaros atrapados aquí. Estáis locos. Por mucho que quiera que os quedéis, tengo que asegurarme de que estáis a salvo… ―Abandonan su rostro los últimos vestigios de rebelión―. Parezco mi madre, ¿no?

―Sí ―coincido―. Ahora multiplica eso por mil y sabrás lo mucho que quiere ella que os marchéis. Los demás nos tenemos que quedar porque, cuando llegue y os vea aquí, va a querer mataros ella misma.

Amaga una sonrisa y acaricia la patilla de las gafas.

―Tenemos que irnos, Banana ―le dice a Ana, porque así es como la llama―. Yo no me quiero ir, pero mamá nos va a matar si nos quedamos. Se lo hemos prometido. Cuando llegue aquí, estará bien hasta que podamos venir a buscarla.

―Esto es absurdo ―replica Ana―. Yo creo que deberíamos esperar unos días y ver cómo va la cosa. ―Penny intenta hablar, pero Ana la interrumpe con una mirada furiosa―. Ya sé lo que ha dicho mamá, Penny, pero el tío ese del FEMO o como se llame igual se equivoca, ¿sabes? ¿Cómo van a volar los puentes de la ciudad? Eso parece una de esas cosas que diría Cassie.

Resulta reconfortante verla poner los ojos en blanco cuando habla de mí. Me hace ver que la Ana de verdad sigue ahí dentro, en alguna parte, muriéndose de ganas de salir a hablar mal de quien sea.

A Penny se le secan las lágrimas.

―¡Ana, ya vale! Nos vamos, como hemos prometido. Esta noche. Vamos a preparar las mochilas.

Su rotundidad consigue cerrarle la boca a Ana. Suena exactamente igual que su madre.