Nelly y James se eligen para ir a por la furgoneta. Yo me ofrezco voluntaria, pero, por algo que huele sospechosamente a rivalidad mal entendida, se niegan. Decido no montar un cirio, a pesar de que, después de Nelly, soy la que tiene mejor puntería. Se llevan cada uno un bate de béisbol del material de entrenamiento de mi padre y una pistola.
―Acordaos de no usar las armas más que en caso necesario ―les digo―. Parece que les gusta el ruido a estos… ―Me interrumpo. No soy capaz de pronunciar la palabra.
―¿Zombis? ―tercia James. Tiene esa cara de ilusión nerviosa que ponen los tíos cuando están haciendo algo peligroso y probablemente estúpido, pero en vez de estar asustados están emocionados.
―Escuchadme bien ―digo, amenazándolos con un dedo aunque me tiemble―: no os hagáis los héroes. Coged la furgo, la que tenga más gasolina, volved y punto.
―¡Sí, señora! ―me contesta Nelly con un saludo militar.
Los abrazo y echo la llave. Tengo un nudo en la garganta difícil de ignorar. Van a volver. Me distraigo subiendo las mochilas del sótano. Entre las bolsas y el equipo más aparatoso que llevaremos en la furgo y dejaremos atrás si hace falta, parece que estemos montando una expedición al Everest. Espero que la furgoneta nos lleve por lo menos hasta las afueras de la ciudad.
Me llevo la mano al bolsillo de los vaqueros y acaricio el círculo que forma el anillo de Adrian. Se ha convertido en un talismán: mientras lo lleve encima, esto terminará bien. Viene Peter al sótano.
―¿Me ayudas a subir el resto de las cosas? ―pregunto.
Ignora mi pregunta.
―¿En qué estabas pensando? ¿Estás mal de la cabeza?
―¿Qué?
Se ha cruzado de brazos y me mira con ese aire suyo de superioridad, de desdén. Se lo he visto antes, pero nunca dirigido a mí.
Tuerce el gesto.
―¿Cuando has dicho que sin Penny no te ibas? No puedo creer que estuvieras dispuesta a poner en peligro nuestra seguridad de ese modo, ¡por una persona que seguramente va a terminar muerta!
Inspiro hondo, temblona, un par de veces. No me sirve de nada. Hace dos horas pensaba que estábamos sacando las cosas de quicio y ahora me acusa de poner en peligro «nuestra» seguridad. Lo único que le importa es él mismo, y a lo mejor yo, porque soy un salvoconducto para salir de aquí. Soy un sitio al que ir. No sé de qué me sorprendo, la verdad. Supongo que pienso que, aunque la gente sea egoísta, a la hora de la verdad van a hacer lo correcto, lo humano. Pero Peter no. Me da muchísima rabia, pero procuro controlarla y lo que me sale es frío y mortal.
―¿Sabes, Peter?, a veces, por amor al prójimo, uno hace cosas que podrían poner en peligro su propia seguridad. Lo quiere tanto que está dispuesto a quedarse a su lado, aunque eso complique las cosas, aunque se la juegue. No espero que tú lo entiendas. Y respecto a lo de ponernos en peligro, no te preocupes por eso. A partir de ahora, se acabó lo nuestro. ―Se queda boquiabierto. Me alegra de una forma cruel ver cómo el pasmo reemplaza esa sonrisa suya de autosuficiencia―. No quiero que te quedes aquí porque no es seguro y puedes venir con nosotros si quieres, o ir por tu cuenta, ya que piensas que estamos todos locos, pero que no me entere yo de que Penny o Ana te oyen hablar así. Tú, precisamente, deberías entender que quieran asegurarse de que su madre está a salvo.
Es un golpe un poco bajo y parece debidamente escarmentado.
―Vale, vale, perdona ―dice e intenta abrazarme. Su rostro recupera el aspecto normal. Intenta camelarme. Piensa que la boba de Cassie no va en serio. Cruzo los brazos. En mi vida he tenido más ganas de darle una patada a alguien. Resopla fuerte―. Cassandra, no seas ridícula. Lo siento. No pretendía que sonara así.
Pero sé que sí. Me tiembla el cuerpo entero, pero también me noto una sensación palpable de alivio.
―No, hemos terminado. Hace tiempo que quería decírtelo. Ahora no es el mejor momento para hablarlo. Siento haberlo hecho así.
Lo dejo allí y subo corriendo las escaleras.