Nelly tenía razón: creo que nunca he llegado tan lejos en la autopista de Staten Island. Cruzo los dedos cuando tomamos la carretera que lleva al puente de Goethals.
―Hay un control policial ―dice Nelly.
Dos coches patrulla cortan el paso, rodeados por barreras de agentes. Uno de ellos se alza desde el fondo de la barrera y se dirige a nosotros cojeando, arrastrando la pierna derecha. Nelly quita el pie del freno, pero la figura levanta los brazos y saluda. Lleva la pernera del pantalón hecha jirones. Se apoya en la puerta de Nelly y jadea.
―Nos han atacado unos tíos ―dice sin aliento―. Uno me ha mordido, pero le he pegado un tiro en la cabeza. He pedido refuerzos por radio y aún no han llegado. Mi compañero está muerto y yo no puedo conducir así. Ha venido la Guardia Nacional, pero se han tenido que ir a sofocar unos disturbios. No se puede pasar ―dice señalando los coches que hay a su espalda. Lleva un bigote que le sube y le baja cuando habla―. Toque de queda. Además, necesito asistencia médica. Tienen que llevarme al hospital.
Deben de haberles dicho a los policías lo mismo que a todo el mundo, porque este no sabe que el mordisco es una sentencia de muerte.
―No podemos ―contesta Nelly―. Tenemos que ir a Jersey. Lo podemos llevar hacia allá.
―No pueden ir por ahí. Se lo acabo de decir. Espérenme aquí, que voy a por mis cosas ―dice y vuelve cojeando al coche patrulla.
James se gira hacia Nelly.
―Vámonos, tío.
Saco el revólver de la mochila y me lo pongo en el regazo. A lo mejor lo puedo usar con alguien que aún no está muerto si sé que lo estará pronto. Muerto o que me quiera devorar.
―Agarraos ―dice Nelly.
Se lleva por delante los conos de señalización y el morro de la furgoneta choca con gran estruendo contra una barrera de rayas naranjas que sale disparada a la hierba. El policía agita los brazos y grita. Lo vemos cada vez más pequeño mientras cruzamos el puente a toda velocidad. Me da pena: no tiene ni idea de por qué lo hemos abandonado.
James se vuelve hacia mí, que voy sentada justo detrás de él.
―Ni siquiera sabía que no hay cura. ¡Manda cojones!
Peter, que no ha abierto la boca en todo el viaje, habla de pronto a mi espalda.
―Si les dijeran que es una batalla perdida y que están a punto de encerrarlos con sus familias en una isla de contagiados, ¿cuántos polis crees que seguirían en su puesto?
―Cierto ―contesta James recostándose en su asiento―. ¿Pensáis que ya está, que ese es el único control policial?
―Lo dudo mucho ―responde Peter―, pero ¿quién sabe? Todos los que están al tanto de lo que pasa seguramente ya se habrán ido. De haberlo sabido, yo no habría vuelto a Nueva York. Me habría subido a uno de esos helicópteros con un senador y ahora mismo estaría tan tranquilo en algún lugar de Montana, completamente a salvo.
Noto sus ojos clavados en la nuca. Yo también preferiría que estuviera en Montana, no es el único. Sí que se está tomando bien la ruptura.
―Bueno, teniendo en cuenta que no pueden prescindir de los efectivos que están por las calles intentando impedir que los contagiados se coman a la gente, apuesto a que no se van a molestar en detener a los que van por la carretera a sus cosas ―dice Nelly―. Ese poli nos ha dicho que a la Guardia Nacional se la habían llevado a otro sitio. Muy importante tenía que ser para que dejaran desatendido un control fundamental.
Relajo los hombros un centímetro en cuanto llegamos al otro extremo del Goethals y agarro la pistola con menos fuerza. Casi estaba esperando que una explosión hiciera pedazos la calzada por la que rodábamos. Hay pocos coches en el peaje, pero tampoco sería raro en un día normal a esta hora de la noche. Un convoy de camiones del Ejército pasa por nuestro lado rumbo sur. A lo mejor van hacia el puente. A lo mejor van a colocar los explosivos.
―Nos quedan unos treinta kilómetros hasta la interestatal de Palisades ―dice James.
Lo único que se oye es el moqueo de Penny y Ana. Nada de lo que yo diga las va a tranquilizar. María es lo único que les queda, aparte de la una a la otra, y yo sé bien lo que es eso.
La furgoneta empieza a detenerse cuando nos acercamos al puente de George Washington. La autopista que hay al otro lado de nuestra salida está bloqueada. En cuanto bajamos la rampa, nos paran en la intersección.
Un militar que parece un crío ilumina el interior de la furgoneta con la linterna.
―Señor, el puente a Nueva York está cerrado. ¿Adónde se dirigen?
―Lo sabemos. Vamos a la interestatal de Palisades ―contesta Nelly.
―Esa autopista está cerrada, señor. Los civiles deben quedarse en sus casas. En Nueva Jersey hay toque de queda.
―Bueno, como somos de Nueva York, tendremos que ir a otro sitio. No podemos ir a ninguna otra parte de la zona. Nos dirigimos a nuestra cabaña de las afueras.
El soldado asiente con la cabeza.
―Señor, hemos habilitado un alojamiento temporal para todas las personas que están en ruta. Gire a la izquierda, enfile la carretera y, a unos dos kilómetros, verá unas tiendas de campaña grandes y un edificio de oficinas. Todos los viajeros sin identificación local válida deben ir allí hasta mañana.
«Genial ―me digo―. Nos obligan a meternos en un corral del Gobierno.» Ya estoy hablando como mi padre y su amigo John, nuestro vecino más próximo de la cabaña.
―Venga ya ―protesta Nelly―. Nosotros tenemos adonde ir. Intentamos llegar allí. Seguro que ese espacio les viene bien para alojar a otras personas que no tengan donde ir.
―Señor, esas son mis órdenes. ―Se dirige a un hombre mayor que hasta entonces estaba hablando por radio―. Estas personas se dirigen a las afueras. No quieren ir al alojamiento temporal.
El otro, que también es un chaval, dice:
―Tienen que ir allí mientras el toque de queda siga en vigor. Además, ahora mismo las carreteras están reservadas a los vehículos oficiales. No llegarán muy lejos ―dice pasándose la mano por el pelo al uno con una sonrisa como de disculpa―. Siento no poder ayudarles. Hay muchos enfermos por esta zona. No podemos arriesgarnos. Giren a la izquierda y bajen por ahí. No tiene pérdida.
Nelly suspira y pone en marcha la furgoneta.