CAPÍTULO 20

Unas cuantas tiendas de campaña rodean un edificio de oficinas de dos plantas, típico de las afueras. La carretera que hay más allá está bloqueada con vallas de Carretera cortada . Un soldado mayor con barba nos hace señas para que entremos en un aparcamiento y después nos pide con brusquedad las llaves de la furgoneta. Lo miramos espantados.

―¿Nuestra llaves? ―pregunta James―. ¿Está loco?

―Les doy una ficha, le asigno una a la furgoneta y ustedes me dan las llaves. Cuando se marchen, se las devuelvo ―dice, como si no lo hubiéramos entendido.

―Vamos, que nos está confiscando el vehículo ―protesta James―. No nos puede requisar una propiedad sin más.

El grandullón suspira, como si todos los conductores de todos los coches del aparcamiento le hubieran dicho lo mismo.

―Mire, las llaves van a estar colgadas en esa tienda de ahí ―dice señalando la tienda de campaña de la entrada del aparcamiento―. Las necesitamos por si hay que mover los vehículos. Véalo como un servicio de aparcacoches llevado por el ejército de Estados Unidos.

Nelly le entrega las llaves a regañadientes. El soldado le da las gracias con una cabezada y nos señala el edificio, custodiado por cuatro soldados. Por suerte, no nos registran las mochilas.

―¿Sabe cuándo podremos marcharnos? ―le pregunta Peter a uno en su típico tono de tío importante, pero el soldado se encoge de hombros y nos hace una seña para que lo sigamos adentro.

El vestíbulo desemboca en un pasillo enmoquetado y punteado de puertas. Entramos por una a un espacio grande y sin amueblar. Una decena de personas duerme bajo mantas del ejército en unos catres pegados a la pared. En el centro de la sala hay un montón de sillas.

Me descuelgo la mochila y me siento. Hay gente comiendo en unas mesas plegables que llenan el fondo de la estancia. Veo en una de ellas a una mujer con un niño pequeño de pelo rizado en el regazo. A su lado, una niña algo mayor mece las piernas y parlotea mientras se come un plato de galletas. Para ella, al menos de momento, esto es una aventura que trae consigo galletas sin límite y, por ahora, es lo único que necesita saber. La mujer le sonríe con ternura. Por encima de la mesa, parece serena, pero sus pies parecen inquietos. Bajo el resplandor de los fluorescentes, veo cómo le vibran las mejillas del esfuerzo de mantener esa sonrisa, de procurar no dejarse llevar por el pánico.

Pegadas a la pared del fondo hay algunas mesas más repletas de comida. Me ruge el estómago lo bastante fuerte como para que Nelly se vuelva a mirarme desde la silla de al lado.

―Hay comida de sobra ―dice el soldado que nos ha traído―. Enseguida les informarán.