CAPÍTULO 24

Avanzamos en la oscuridad, tropezando con las raíces de los árboles hasta que llegamos a la alambrada. La linterna que Penny ha sacado con precipitación arroja un haz de luz sobre los carriles de la interestatal que van hacia el sur. No hay coches. Tampoco contagiados.

Nelly entrelaza los dedos de las manos para impulsarme. Me subo a horcajadas a la alambrada y salto al otro lado. Me siguen Penny y Ana. La hierba muerta cruje bajo nuestros pies cuando nos apartamos para que puedan saltar los chicos también. James nos manda callar, pero no parece que nadie nos siga. Creo que los oiríamos: los eleequis no saben de sigilo.

Corremos por la mediana cubierta de césped hasta donde resplandecen a la luz de la luna los carriles de la interestatal que van hacia el norte. Siguen resonando los disparos, pero cada vez menos. No sé si eso es bueno o malo. Por lo demás, solo se oye nuestra respiración y nuestros pasos. Respiro con dificultad y tengo los músculos agarrotados, pero creo que podría seguir caminando por esta carretera asfaltada y no parar nunca jamás. No estoy segura de cuánto andamos antes de ver unos destellos de luz en el horizonte.

James consulta el mapa a la luz de la linterna que Penny sostiene con ambas manos.

―Parece una rampa de acceso. Por aquí podemos bajar a Henry Hudson Drive. ¿Qué os parece, chicos?

―Igual deberíamos ―digo yo―. Cuanto más lejos estemos, mejor.

Avanzamos en fila india al abrigo de los árboles. No hay nadie ni en los coches policiales ni alrededor de ellos. A lo mejor los han requerido en otro sitio. A lo mejor están muertos. O a lo mejor son muertos vivientes, algo que aún parece posible. Penny divisa un sendero en el bosque y lo seguimos hasta que, unos metros más adelante, nos topamos con un tablón con un mapa.

Se trata de un sendero llamado The Long Path. Discurre pegado a la parte alta de los Palisades, hasta el condado de Rockland. Nadie dice nada. Cada decisión que tomamos parece monumental y no quiero ser yo quien nos lleve por el camino equivocado. Al pensar en la distancia que tenemos por delante, en todo lo que podría salir mal, me desinflo, se me escapa la energía del cuerpo como si llevara un tapón de goma en la planta del pie y me lo hubieran quitado de pronto. Las luces de los coches patrulla producen destellos entre los árboles, nos ponen la cara roja, azul, blanca, roja, azul, blanca. Me marean.

―Tenemos que alejarnos de la rampa de acceso. ¿Por qué no seguimos el sendero? ―propone James―. Aquí, aquí y aquí hay senderos que llevan al río. Caminemos.

Cuesta creer que estemos rodeados por la ciudad al tiempo que nos adentramos en el bosque. Un par de kilómetros más y no voy a querer otra cosa que hacerme un ovillo y dormir. Ana tropieza cada dos pasos y lo único que la mantiene en pie es que Peter la lleva agarrada por el codo.

El sendero se abre a un claro con vistas del puente de George Washington y Manhattan. Está más oscuro de lo habitual. Distingo las agujas del Empire State y del edificio Chrysler, pero los edificios en sí están a oscuras.

―Parece un apagón ―dice Nelly.

―O el cierre de las centrales eléctricas ―añade James.

Penny se estremece.

―¡Cómo me alegro de que no estemos allí! ―dice y vuelve a estremecerse, quizá pensando en María, o porque la brisa del río es fría, sobre todo ahora que el subidón de adrenalina ha pasado.

―Vamos a parar aquí ―suplica Ana. Se le ha deshecho la coleta y lleva el pelo pegado por la cara.

Dejo caer la mochila al suelo y me masajeo los nudos del hombro. Este parquecito no es un mal sitio para parar. Con las farolas, veremos si viene algo, y podemos mantenernos escondidos si nos quedamos entre los árboles. Se quitan todos las mochilas, agotados y convencidos. Solo tenemos cuatro sacos de dormir; se supone que Peter y yo íbamos a compartir uno. Para no crear una situación incómoda, saco el mío y se lo tiro rodando a Peter.

―Toma, ya duermo yo con Nelly.

Peter me da las gracias, pero le noto en la voz una emoción que, desde luego, no es placer.

―Nada de meneítos, mujer. Y nada de rollos raros.

Aunque el mundo se estuviera acabando, aunque sea eso precisamente lo que está pasando, Nelly no puede dejar escapar la ocasión de bromear. Puede que sea la razón principal por la que lo quiero.

―No sé si voy a poder contenerme ―contesto, agradecida de que haya salvado el momento―, pero no me va a quedar otra, teniendo en cuenta que nos toca el primer turno de guardia. ―Protesta y bosteza―. Solo cuarenta y cinco minutos. Todos necesitamos dormir un poco.

Penny y James acceden a hacer el siguiente turno. Nelly y yo nos recostamos en un árbol, con una manta de emergencia debajo y el saco de dormir abierto por encima. Me acurruco contra su cuerpo. Nelly siempre huele a aire libre, como la ropa secada al sol. A lo mejor se empapó de ese olor cuando era niño. Miramos a la oscuridad el rato suficiente como para que mi corazón recupere su ritmo normal.

―¿Te acuerdas de cuando hablábamos de lo que haríamos si se acababa el mundo? ―pregunta.

―Claro. ―Es divertido hablarlo mientras te tomas una cerveza en un bar calentito, imaginar la aventura que sería. Y aquí nos tienes. Yo estoy agotada, aterrada, y ya me siento sucia y desesperada―. Me alegro de que estuviéramos todos juntos. Sabía que trabajar contigo terminaría compensándome algún día, aunque no me dejes hacer nada. ―Me da un pellizco y le veo la sonrisa a la luz crepuscular antes de que su semblante se entristezca―. Me siento como si nos hubieran metido a empujones en una película de terror empezada, ¿sabes? Pero no se nos ha dado tan mal.

―Bueno, no es tan divertido como prometía, eso seguro, pero por lo menos hemos salido de ahí.

Contemplo la silueta oscura de Manhattan y pienso en todas esas personas que esperan ayuda, personas que no merecen lo que se les viene encima, personas como María, a la que queremos.

El tiempo pasa rápido. James y Penny salen del saco de dormir casi de un brinco en cuanto les tocamos. Nosotros nos metemos en su nidito caliente y yo me quedo dormida envuelta en los brazos de Nelly.