Encontramos un mapa en otro poste del camino. El viento sacude las ramas desnudas de los árboles. Trae el humo de la ciudad hacia aquí, pero estamos lo bastante altos para que no nos alcance. Solo el olor a quemado se abre camino hasta donde nos encontramos. Se oyen desde muy lejos explosiones, sirenas, grandes estruendos. Algunos los puedo identificar: un coche de bomberos, disparos…; otros son suposiciones: ¿una granada?, ¿la explosión de una conducción de gas?, ¿Godzilla?...
Hay una oficina de supervisión del parque y una comisaría a varios kilómetros de distancia. Avanzamos despacio; nos pesan las mochilas y la fatiga. Penny está pálida y ojerosa. Procuro caminar a su ritmo. Se mira los pies mientras caminamos; luego levanta la cabeza y le veo los ojos irritados.
―Mi madre ―dice, y se limpia los mocos con el dorso de la mano.
―Tiene más posibilidades de sobrevivir que nadie de los que han quedado allí ―le digo por intentar animarla.
―Lo sé ―contesta, pero las dos sabemos que incluso esas posibilidades son escasas.
Por la tarde, llegamos a la oficina de supervisión del parque, un edificio de piedra con ventanas de vidrio emplomado e imponentes chimeneas. La bordeamos hasta que damos con la entrada bien iluminada a la comisaría. Dentro hay un mostrador alto, pero está desierto.
Nelly abre la puerta y grita:
―¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Silencio. James deja la mochila en el suelo y se cuela con sigilo por detrás del mostrador para echar un vistazo al pasillo. Vuelve negando con la cabeza. En el mostrador hay un ordenador y me acerco al otro lado para examinarlo. Delante hay una taza de café y un sándwich a medio comer. Toco la taza.
―Pues la taza está fría ―digo―. Quien estuviera aquí se ha ido hace rato.
―¿Qué más, Sherlock? ―pregunta Nelly.
―Bueno, deduzco, por la variedad de llaves que cuelgan de aquí, que igual tenemos vehículo, listillo. Si queréis que robemos un coche de policía, claro está ―digo agitando el manojo de llaves.
―Queremos, por supuesto ―tercia Penny. Supongo que ya ha superado lo de yo no quiero robar un coche.
Asiento.
―Por supuesto.
Optamos por un SUV con el logo de la Policía de Parkway en un lado. Si alguien se sienta al fondo, detrás de la reja, puede resultar hasta cómodo.
Compramos comida en las máquinas expendedoras. Supongo que también podríamos robarla, pero metemos monedas.
―Podemos usarlo en nuestra defensa si nos detienen por robar el coche ―bromea James―. Igual necesitamos más comida y vuelven a emboscarnos.
―Tampoco es que esto se pueda considerar comida ―digo yo, viendo la bolsa de deportes que hemos encontrado repleta de patatas fritas, galletitas y aperitivos de fruta.
Sonríe con la cara sucia y los ojos cansados.
―Oye, habla por ti. Yo vivo de estas cosas.
Salimos a la interestatal con Nelly al volante y yo en la parte de atrás. Como era de esperar, nadie me ha disputado el honor.
Entre los árboles se adivinan zonas residenciales y algunos coches se suman al nuestro en la carretera. Nos limitamos a las grandes autopistas porque las carreteras más pequeñas cruzan las poblaciones y puede que sean intransitables.
La interestatal desemboca en la autopista de peaje del estado de Nueva York y, en cuestión de minutos, nos topamos con un océano de luces de freno. Hay un peaje para vehículos comerciales, pero nada que impida el paso de los coches. Debe de haber un atasco de kilómetros.
―A ver, niños ―dice Nelly―, me parece que vamos a tener que retroceder en cuanto lleguemos a la siguiente salida.
―Dudo que vaya a estar mejor ―coincide James―. La gente está saliendo, igual que nosotros.
Señala un sedán azul que llevamos delante, con cajas y bolsas destartaladas sujetas al techo con una cuerda doble, justo cuando choca con el SUV al que sigue. No es más que un golpecito, pero la puerta del SUV se abre de golpe y baja de un salto un hombre de pelo canoso y corte militar. Lleva los chinos y la camiseta pegados del sudor. Se inclina sobre el coche y saca una linterna metálica.
―¿Qué cojones! ―grita.
Escupe al hablar mientras se dirige furibundo al sedán, del que sale un tipo bajito de piel oscura que levanta las manos y señala el vehículo del otro. Nelly baja la ventanilla para que podamos oír.
―Perdona. Oye, lo siento ―dice el bajito con calma y retrocede. El otro avanza, con la cara casi amoratada. Aprieta los puños con fuerza y levanta amenazador la linterna―. Mira, tío, a tu coche no le ha pasado nada. ¡Míralo! ―añade el bajito señalando el SUV.
―Tú sí que deberías mirar, ¡a la puñetera carretera! ―le grita el otro―. ¡Deberías tener más cuidado, maldita sea!
Levanta más la linterna y se le ve una marca oscura en la cara interior del brazo, una especie de herida púrpura con venitas rojas, redonda como un mordisco.
―¿Habéis visto eso? ―pregunto, y asienten todos, contemplando embobados la escena.
El bajito cierra la puerta de su coche y lo rodea mientras habla con el otro. Lo hace con voz serena, la que uno usaría para calmar a un animal salvaje. No se da cuenta de que ese tío no tiene nada que perder. Se detiene y el otro avanza rápido, con la linterna en alto.
―¡La hostia! ―dice Nelly.
Agarra la escopeta que ha dejado en la pistolera del vehículo policial y baja. Amartilla el arma y apunta al de los chinos, que se queda de piedra al oírlo.
―Agente ―espeta, y sonríe como si estuviera esperando a que apareciera, en vez de pensando en matar a palos al otro―, hemos tenido un pequeño accidente. Nada de lo que preocuparse.
James baja del coche y se planta detrás de la puerta abierta. De repente no parece muy buena idea quedarse atrapada aquí atrás. Nelly se acerca un poco más al tipo.
―Suelte la linterna ―le ordena. El tipo obedece y levanta las manos en señal de rendición―. ¿Dónde se ha hecho esa herida?
El de los chinos mira a un lado y a otro y se humedece los labios con la lengua. Baja un poco los brazos con la intención de ocultarla.
―Haciendo chapuzas en el garaje. Se me ha escurrido el destornillador ―dice, y ríe con voz de pito―. No es buen momento para ir al hospital, ya sabe, así que no le he dado importancia. Me he puesto un montón de cremas. Nada de lo que preocuparse ―añade; luego vuelve a humedecerse los labios y retrocede un paso.
―Señor ―contesta Nelly, muy sereno y muy profesional―, tiene que verlo alguien. Venga conmigo a las garitas de peaje para que le busquemos ayuda.
―Tiene razón ―responde como loco el de los chinos, mirando a todas partes―. Tiene toda la razón. Debería vérmelo alguien. Voy a…
Salta la mediana y cruza como un rayo los carriles del otro sentido. Nelly baja la escopeta y mira al hombrecillo fibroso.
―¿Se encuentra bien? ―le pregunta.
El tipo asiente en silencio y observa como su agresor se pierde entre los árboles.
―¿Estaba contagiado? ―pregunta por fin. Nelly asiente y abre mucho los ojos―. Gracias por intervenir. ―Le estrecha la mano a Nelly y lo mira de arriba abajo―. ¿Agente?
Nelly sonríe.
―No, qué va. Hay que quitar de en medio el coche de ese tipo, acercarlo a los peajes de allí. Podemos usar la sirena.
―Lo llevo yo. Mi mujer nos puede seguir.
James enciende la sirena. Los coches se van desplazando y apartándose del camino hasta que llegamos al arcén. Nos dirigimos a la derecha de las garitas de peaje y entramos en la zona de descanso de camiones.
En cuanto aparca el coche de su agresor, el hombre se acerca a la ventanilla de nuestro vehículo. Tendrá treinta y muchos años, lleva el pelo muy corto y tiene las manos y la cara de alguien acostumbrado a trabajar mucho y muchas horas, pero el cansancio desaparece cuando sonríe y le vuelve a dar las gracias a Nelly.
Le tiende la mano y Nelly se la estrecha.
―Me llamo Henry. Henry Washington.
―Nel Everett. De nada, tío. ¿Adónde vais?
―Al norte. Vamos a hacer una acampada larga en un sitio que conocemos ―dice señalando con el dedo al aire en general.
―Nosotros volvemos a la interestatal, rumbo nordeste. Si queréis seguirnos, os hacemos de escolta policial ―le propone Nelly con una sonrisa de medio lado.
―Os lo agradecería. Intento llevar a mis hijos a un sitio seguro. ¿Dicen algo por la emisora de la policía?
―Ni siquiera nos ha dado tiempo a encender la radio ―contesta James girando el mando.
Una voz de mujer repite que necesita agentes próximos a algún sitio. Otras voces piden socorro. «Ha habido disparos. Agente derribado.» Un hombre grita algo que no consigo descifrar, pero detecto la crudeza de su voz. Suena como si pensara que va a morir y se me encoge el corazón. James la apaga, pero los gritos me resuenan por dentro aun después de apagada.
―¡Madre mía, ya están aquí! ―dice Penny señalando.
Unas decenas de eleequis salen del bosque y se dispersan entre los coches de la carretera. Sus heridas, su ropa, sus caras son distintas, pero parecen todos iguales con la mandíbula descolgada, la cara de hambre y los andares arrastrados. Dos de ellos aporrean las ventanillas de un cinco puertas dorado y la pareja que va dentro abre la boca con unos gritos que veo pero no oigo.
Lo que antes era el bocinazo aislado de algún claxon se convierte de pronto en un fragor de cláxones y alaridos, pero no hay escapatoria. Un hombre se asoma por la ventanilla de su todoterreno y grita a los demás que avancen. Sube la ventanilla al ver que solo ha conseguido que los contagiados vayan a por él. Una mujer rechoncha abre de golpe la puerta de su coche y salta al otro lado de la autopista por encima de la mediana. Y, en cuestión de segundos, un carril entero queda inutilizado. Un vehículo avanza a trompicones por el arcén y se dirige adonde estamos estacionados. Lo sigue el todoterreno que va detrás. En nada este aparcamiento va a estar tan atestado como la carretera.
―Conozco un atajo a Bear Mountain ―dice Henry―. ¿Me seguís?
Nelly asiente y Henry sube rápido a su coche. Se sube al bordillo para meterse entre los postes que impiden que entren vehículos de la calle. Lo seguimos a una calle de una zona residencial.
En el césped bien cuidado de una de las viviendas, vemos a un eleequis con el abdomen ensangrentado, como si se lo hubieran extirpado con un cuenco, que nos mira al pasar. Todas las casas parecen iguales, no sé cómo Henry se orienta en este laberinto, pero está claro que lo hace, porque salimos a una carretera principal y volvemos a girar a la izquierda.
Unos cuantos eleequis avanzan por la acera y un grupo de hombres tensos, armados con tuberías y bates, se abalanzan sobre ellos. Miro por atrás, pero un giro me hace perder el equilibrio y, cuando vuelvo a asomarme, ya no están. Me incorporo y me agarro fuerte al ventanuco. Espero que este tío sepa adónde va.