CAPÍTULO 32

Han juntado las mesas de nuestros dos campamentos. Supongo que eso quiere decir que somos un grupo, y me gusta la idea. Penny y James nos ayudan a descargar. Ana y Peter no.

―¡Guau! ―exclama Penny―. Bonito alijo.

―¿Qué tal ha ido? ―pregunta James.

―Pues a Cassie le han pedido matrimonio y hemos conseguido un montón de comida ―dice Nelly―. Así que, en general, se nos ha dado bastante bien.

Penny y James me miran, pero yo me encojo de hombros y descargo mientras oigo a Nelly contarles la historia. Encima está exagerando. Como siga así, va a terminar diciéndoles que Greg se me ha puesto de rodillas. Es por la tarde y el campamento está tranquilo después de dividir las existencias. Harta de escuchar la radio, hurgo en la mochila y saco el libro.

―Te has traído un libro, claro ―dice Nelly.

Sostengo en alto mi ejemplar de Un paseo por el bosque.

―En realidad, me he traído dos. Este me pareció apropiado. Y nunca vienen mal unas risas.

Le lanzo a Nelly el otro libro y lee el título en voz alta:

Manual de supervivencia en la naturaleza, de Tom Brown.

―También me pareció apropiado ―digo.

Henry y los niños están cogiendo leña para la fogata que vamos a hacer esta noche. De momento no hay nadie en la zona de acampada y los Washington tienen nubes de azúcar. Los críos vuelven corriendo del bosque y sueltan el botín en el brasero. A continuación lo hace Henry y sonríe a Dottie.

―Menudo barullo, hijos míos ―dice―. Hay que acostumbrarse a hacer menos ruido.

Lo dice muy seria, pero lo suaviza con una sonrisa. Los niños cabecean afirmativamente.

Corrine se pone los auriculares del iPod y al poco protesta.

―¡Se ha muerto! Papá me ha dicho que no podía cargarlo en el coche. ¿Qué voy a hacer ahora?

―¿Leer un libro? ―propone Hank. Corrine lo mira como si le hubiera pedido que se comiese un escarabajo―. Ah, no, espera, que eres demasiado estúpida para leer un libro ―añade con una sonrisa maliciosa.

Ella pone los ojos en blanco.

―Tú sí que eres imbécil, Hank, que piensas que los muertos andan dando vueltas por ahí.

―¡Porque es así! ¡Yo tenía razón! Me lo ha dicho papá. No quieren que tú lo sepas porque eres una niñata y empezarías «¡Ay, qué miedo, bua, bua, bua!». ―Sonríe al verla volverse aterrada hacia su padre.

Henry le lanza una mirada asesina a Hank y se arrodilla a los pies de su hija.

―Corrie, cielo, creemos que podría ser verdad. No entendemos por qué. Se trata de un virus, no de un parásito.

A la niña se le llenan los ojos de lágrimas y niega con la cabeza.

Henry la coge de los brazos, la mira a los ojos y le dice con serenidad:

―No ha cambiado nada. Sé que da más miedo, pero la situación es la misma. Y no nos va a pasar nada. Me voy a asegurar de eso.

Corrine abraza a su padre y llora. Luego se da cuenta de que no se está comportando como la adolescente que quiere ser y lo suelta. Procura serenarse, pero le tiemblan las manos.

―Creo que podemos gastar un poco de batería en cargar tu iPod ―le dice Dottie y se la lleva al coche, con un brazo por encima del hombro y hablando con ella en susurros.