Penny abre una de las raciones de combate y vacía en la mesa el contenido de la bolsa marrón: un surtido de bolsitas más pequeñas y recipientes de cartón.
Las levanta una por una y lee en voz alta.
―Sándwich de carne picada, tostas de pan blanco. ―Vuelve del otro lado una bolsita de plástico cuadrada―. ¿Cómo meten pan aquí? Bizcocho de chocolate. ¡Uy, mira! ―Luego abre una bolsita que contiene cubiertos, una servilleta, cerillas y chicle, y saca un frasquito de tabasco―. ¡Qué cucada! ―Es un frasquito como de juguete que nos deja a todos admirados porque, desde luego, es monísimo.
―Halaaa, ¿puedo comerme uno de esos, mamá? ―pregunta Corrine.
Dot niega con la cabeza.
―Primero hay que comerse lo que se va a poner malo. No tardarás en hartarte de esos, ya verás.
Corrine hace un mohín, pero Penny le pasa el tabasco con un guiño. Corrine le da las gracias y se sienta, sonriendo a la cosa tan diminuta que tiene en la mano.
―No está muy bueno. Me tomé un par de ellos hace mucho ―le digo a la niña. Mi padre compró unos y al final nos dejó probarlos a Eric y a mí después de que pasáramos días dándole la turra―. Te lo prometo.
Mis tortellini con queso saben a la típica pasta de sobre, pero huelen mejor que la carne, que me huele a comida de perro, aunque James dice que no sabe igual. Prefiero no saber cómo está tan seguro. En cualquier caso, está bien tener comida con la que no gastemos el gas del hornillo. Metes el sobrecito en la bolsa de calentado, le echas agua y la reacción química hace que se caliente.
―¡Qué asquerosidad! ―dice Ana apartando su bolsita con un gruñido―. No me lo pienso comer.
―Hay cosas en el lote que no están mal ―dice Penny y, hurgando en la ración de combate de Ana, saca una barrita energética de chocolate y una compota de manzana.
Ana se los arranca de un manotazo y los estampa contra la mesa.
―¡He dicho que no me lo voy a comer!
Sale furibunda hacia los retretes y Penny la sigue, susurrándole a la espalda. Nos la quedamos mirando todos, menos Peter, que come unos mordiscos más y aparta el suyo también.
―No puedo decir que me sorprenda ―espeta; luego se levanta y se deja la comida ahí tirada para que limpie otro.
Me he llevado a los niños al bosque que bordea los campamentos a buscar palitos perfectos para asar las nubes de azúcar.
―Tienen que ser verdes, para que no se quemen. Y finitos. Cuando volvamos, le afilaré la punta al mío con la navaja ―digo mientras exploro el suelo y los árboles.
Parece que han hecho las paces. Recuerdo las burradas que podíamos llegar a decirnos Eric y yo, y a la media hora ya estábamos jugando juntos como si nada. Pensar en Eric me deja callada.
―¿Estás bien, Cassie? ―pregunta Corrine.
―Muy bien. ―Esos bonitos ojos suyos son tan observadores como los de su hermano―. Estaba pensando en mi hermano pequeño. Espero que esté bien. Nos reuniremos en el sitio al que vamos todos.
―¿Está por allí? ―pregunta señalando a lo lejos.
―Sí ―contesto. La noto preocupada―. Seguro que está bien. Eric es alucinante en todo. Me encontrará.
Asiente con la cabeza como si no la perturbara, pero, cuando volvemos al campamento, le coge la mano a Hank un minuto, y él la deja. El fuego arde con alegría mientras les afilo los palitos y pinchan las nubes de azúcar para que queden perfectamente tostadas. Disfrutamos del calorcito mientras se pone el sol, relamiéndonos el azúcar de los dedos. Ojalá pudiéramos tener el fuego encendido toda la noche.
Nelly y yo hacemos la primera guardia.
―Igual deberían compartir tienda ―digo, refiriéndome a Peter y Ana―. Peter tiene que empezar a comportarse como un ser humano. Ya no sé qué hacer.
―Ya te digo ―responde Nelly―. Estoy a punto de llevármelo a un aparte para tener con él una conversación de hombre a hombre.
―Querrás decir de niño malcriado a hombre.
Mi compasión por Peter está remitiendo a una velocidad alarmante. Sé que podría haber encontrado una forma mejor de romper con él, pero lo estoy intentando. Cada vez que le sonrío me responde con una mirada gélida, cada vez que le digo algo me ignora o pone los ojos en blanco. Empieza a cabrearme. Tiene treinta años, no tres.
―Pues eso ―coincide Nelly―. Aunque no fuera más que por la seguridad de su propio escondite, debería hacer un esfuerzo.
Cuando despertamos a James y a Penny y nos metemos en nuestro saco de dormir, ya me siento un poco mejor. Hoy tenemos un saco extra, pero lo he dejado fuera para el que esté de guardia. De todas formas, me gusta dormir con Nelly. No quiero pasar frío y sentirme sola en mi propio saco, y tengo la ligera sospecha de que a Nelly le pasa lo mismo, aunque jamás lo vaya a reconocer.