―No eres una persona horrible y no siempre lo jodes todo ―me dice Penny mientras llenamos los bidones de agua en el arroyo.
―Tú qué vas a decir, eres mi amiga.
―No es eso ―dice mientras chapotea suavemente en el agua con los pies descalzos―. Precisamente porque soy tu amiga estoy obligada a decirte cuando estás siendo una capulla, y no lo estás siendo. No puedes evitar sentirte así. No hacía falta que él se enterara de tu sueño, vale, pero ya estaba siendo un borde antes. Ibas a cortar con él de todos modos. No puede pretender que sigáis juntos si tú no quieres solo por todo esto que está pasando.
Me quito los calcetines y meto los pies en el agua. Después de haber percibido mi propio tufo, me siento el doble de sucia.
―Supongo. Solo que odio la tensión, sobre todo cuando la he provocado yo. Ojalá pudiera arreglar las cosas. O que me resbalara. ¡Dios, esta agua está helada! He traído jabón para lavarme, pero no me veo capaz de hacerlo.
―A lo mejor solo tienes que darle tiempo para que lo digiera, Cass. Sé supermaja un tiempo. A ver, es posible que Peter vuelva a su estado normal por sí solo, ¿vale?
―Ja. Lo dudo. Pero voy a ser maja. ―Junto las manos como si rezara―. Voy a ser la madre Teresa.
Penny ríe y agarra el jabón.
―Lo voy a hacer. Me voy a lavar este cuerpo apestoso. Ven conmigo, que necesito apoyo moral. ―Se ha vuelto loca. El aire es calentito, pero el agua es nieve derretida y yo, con el agua fría, soy como una niña grande―. Te dejo que te seques primero. Verás qué calentita y qué bien. Porfa… ―trata de engatusarme―. Voy a ser tu mejor amiga. Hasta el fin del mundo.
Se asegura de que no nos ve nadie y se quita la camiseta.
―Tú tienes motivos para oler bien ¡y por eso te da igual que el agua esté gélida!
―Obvio. ―Se encoge de hombros y sonríe―. Porfaaa…
Por lo general, suele convencerme con sus ruegos, y lo sabe. Cedo porque, a fin de cuentas, no es más que agua fría y le estoy agradecida por haberme hecho sentir mejor.
―Venga, vale. Pero solo porque te quiero.
Me desnudo. Se me entumecen las piernas mientras piso con cautela las piedras de la pequeña poza.
Penny se sumerge y sale de nuevo aullando.
―¡Vamos, que el agua está buenísima!
Me echo por encima cantidades minúsculas de agua para quitarme el jabón y voy corriendo a por la toalla. Puede que esté calentita, pero, como ya no me siento la piel, no lo sé. Me seco de cualquier modo. Penny se enjabona entera y hasta se lava el pelo. Pues sí que está enamorada. Dejo la toalla en una piedra al sol y, a medio secar, me vuelvo a poner como puedo la ropa sucia.
Penny se me acerca por la espalda, envuelta en la toalla y respirando con dificultad.
―¡Uf! ¡Qué bien me ha sentado!
―Estás de atar.
Pero tengo que reconocerlo: ahora que empiezo a entrar en calor, encuentro agradable estar más o menos limpia. Lleno los contenedores mientras Penny se viste, canturreando por lo bajo. Dios, cómo la quiero. Es la antítesis de Ana, la anti-Ana.