CAPÍTULO 36

Me cambio de camiseta y le planto la axila limpia en la cara a Nelly. Él me hace un comentario sobre lo madura que soy, pero, como yo soy mármol y él aceite, me resbala. Le dedico a Peter una mirada tímida, que ignora. Muy bien. Le voy a sonreír hasta que se me resquebrajen las mejillas.

―… nada ahora ―masculla Henry.

―¿Cómo dices? ―pregunta James, que está recostado en un árbol con el iPad en la mano y la cabeza envuelta en humo de cigarro.

Lo cargamos en el coche, camino de Sam’s Surplus, pero, claro, aquí no hay cobertura, y seguramente no la hay en ningún sitio, a estas alturas. Penny está sentada a la mesa, al lado de Ana, cepillándose el pelo mojado.

Henry sostiene en alto un transistor y repite lo que ha dicho mientras lo vemos girar el dial.

―Hoy no hay noticias en directo, solo grabaciones, pero ahora ya no ofrecen listados de zonas de tratamiento, sino de unas que llaman «zonas seguras».

―Sí, en Jersey, el sargento Grafton nos dijo algo de que iban a cambiar las zonas de tratamiento por zonas seguras ―digo.

―Claro, porque aquella iba de maravilla ―tercia James enarcando las cejas.

―No hay nada ni en AM ni en FM ―nos informa Henry―. Igual podría encontrar algo si tuviéramos una radio de onda corta, pero esta la tengo encendida desde primera hora de la mañana y no ha habido ni una sola novedad.

Le pasa el transistor a James, que lo observa, gira el dial y niega con la cabeza. Prueban la radio del vehículo policial, pero no se oye absolutamente nada.

―A lo mejor no hay electricidad. Sin electricidad no se puede emitir ―dice Penny.

―Si el apagón es total, la cosa está peor de lo que pensaba ―comenta Henry rascándose la barbilla.

―Pues no me sorprendería ―dice ella―. O ha cundido el pánico y ha salido todo el mundo corriendo o ha cundido el pánico y se ha encerrado todo el mundo en casa. ¿Cuántas personas crees que estarán yendo a trabajar?

―Una vez leí que una central eléctrica estándar solo puede mantener el suministro entre doce y veinticuatro horas sin control humano. Después de ese tiempo, se apaga sola ―dice James, la fuente de información constante.

―Que no haya suministro eléctrico significa que no habrá agua y que la comida se pondrá mala ―interviene Henry―, con lo que la gente tendrá hambre. ¿Cuánto tardarán en saquear las tiendas? Tío, la gente hace lo que sea cuando tiene hambre. Matarán por comida sin pensarlo, asaltarán…

―Ojo, que las paredes oyen ―lo interrumpe Dottie.

Nos volvemos hacia los niños, sentados en el suelo. Estaban hojeando mi libro de supervivencia en la naturaleza, pero ahora nos observan y Hank tiene el libro cerrado en el regazo y Corrine contiene las lágrimas.

―Papá… ―dice como una niña pequeña―, a mí me gusta estar aquí. ¿No podemos quedarnos aquí, que estamos a salvo?

Henry se sienta en el banco y les pide que se acerquen. Se le acentúan las arrugas de la cara; está claro que le encantaría poder retirar lo que acaba de decir. Por las caritas que ponen, Corrine y Hank podrían ser niños pequeños. La cara sucia de Corrine se ha llenado de churretes de lágrimas.

―Yo también me siento a salvo aquí, cariño, pero pronto tendremos que marcharnos. Me parece que vendrá más gente, buscando un sitio seguro, y es posible que quieran quitarnos nuestras cosas.

―Pero hemos conocido a Penny y a Cassie, a todo el grupo, y son muy majos ―dice Corrine.

Henry sonríe.

―Hemos tenido mucha suerte. Y seguro que hay muchas otras personas majas, pero no podemos arriesgarnos. Tengo que protegeros a vosotros y a mamá. Hay que buscar un sitio más seguro que este.

―Tengo miedo, papá.

Su padre la estrecha contra su cuerpo con un solo brazo y cierra los ojos.

―Todos lo tenemos, cariño. Ser valiente no es no tener miedo, sino ser capaz de hacer lo que hay que hacer.

Hank se inclina sobre su padre y asiente con la cabeza.

―Yo también tengo miedo, Corr, pero te puedo enseñar todo lo que sé de zombis y de cómo combatirlos. Hay que darles en la cabeza, porque el cerebro…

Dudo que una descripción detallada de los muertos vivientes vaya a ayudar, así que intervengo.

―Eh, chicos, he visto que estabais hojeando mi libro. ¿Habéis visto el apartado de cómo caminar con sigilo por el bosque y seguir el rastro de animales? ―Asienten―. ¿Por qué no lo ponéis en práctica? Es una técnica que hay que dominar. Además, me acabo de acordar de una cosa que llevo en la mochila y que os quiero enseñar. Una verdadera herramienta de supervivencia.

Con la aprobación de Henry, cogen el libro y se lo van leyendo el uno al otro mientras avanzan con sigilo por la maleza, marcando bien el paso, sin arrastrar los pies. Cuando salgo de la tienda, me encuentro a Henry allí plantado.

―Gracias ―dice―. No quería gritarle a Hank porque el pobre solo quiere ayudar, pero lo último que necesita Corrie es un informe detallado de cómo matarlos. En cualquier caso, tenemos que ir pensando en marcharnos. ¿Cuando termines lo que vayas a hacer con los niños…? ―añade señalando la bolsita que llevo en la mano―. ¿Qué es eso, por cierto?

―Ven a verlo. Mola mucho.

Había olvidado que lo había metido al fondo de la mochila. Sabía que era una tontería llevármelo porque me iba a ocupar un espacio muy valioso, pero no me lo podía dejar allí. Me arrodillo al fondo del campamento y limpio un pedazo de suelo apartando la tierra con la mano. Luego saco de la bolsa una varilla puntiaguda, un trozo de madera cuadrado, una piedra y algo que parece un arco diminuto. Corrine y Hank se arrodillan enfrente de mí.

―Parece un arco pequeñito ―dice ella―. ¿Qué vas a hacer con él?

―Tienes razón: es un arquito. Se llama arco de fricción y se usa para hacer fuego cuando no tienes cerillas. Solo los auténticos supervivientes saben hacer fuego sin mechero ―les comunico, procurando parecer muy seria.

―¿Tú sabes? ―pregunta Hank, con los ojos como platos detrás de las gafas.

―¡Pues claro! ―digo fingiéndome ofendida―. Este arco de fricción es mío, regalo de mi padre, que era el superviviente más auténtico que yo he conocido. Un verano incluso vivimos un mes entero en un cobertizo que construyó en el bosque. Por diversión.

Hacen un aspaviento los dos y me miran para ver si bromeo, pero, cuando comprueban que no, se quedan admirados. Es cierto que pasamos un mes en el cobertizo, pero yo no soy una auténtica superviviente como quiero hacerles creer, ni mucho menos. Papá tampoco, pero sabía unos cuantos trucos.

Les enseño las piezas.

―El palito es el elemento de fricción. Se pasa la cuerda del arco alrededor del palito una vez y luego se clava la parte puntiaguda en el cuadrado de madera. ―Sostengo el arco con la mano derecha. La varilla descansa en el cuadrado de madera que está en el suelo. Le doy la vuelta a la piedra para que vean la hendidura redonda que tiene debajo―. Se sujeta el arco así y, con la otra mano, se pone la piedra encima de la varilla. No hay que apretar mucho porque, si no, el palito no gira al mover el arco.

Empiezo a mover el arco de un lado a otro. La cuerda enroscada en la varilla se tensa y la hace girar, primero en una dirección y luego en la contraria. Repito el movimiento un par de minutos hasta que aparece un hilillo de humo en el punto de contacto de la punta de la varilla y la madera.

―¡Es fricción! ―exclama Hank.

―Ya lo vemos, listillo ―dice Corrine, de mejor ánimo que antes. Él le da un codazo, pero se ríen los dos, emocionados con el nuevo juguete.

―Vale ―digo―, pero para hacer fuego necesitamos yesca, es decir, trocitos pequeños de corteza de árbol o restos de hojas o cosas muy secas. Yo tengo aquí. ―Les enseño una pelotita de pelusa y la pongo en el extremo de la varilla. Cojo ritmo otra vez. Cuando aparece de nuevo el hilillo de humo, los críos señalan y yo asiento y sigo hasta que estoy casi convencida de que tengo brasa. Levanto la varilla y, como sospechaba, hay un trocito de madera incandescente―. Eso es lo que se llama brasa ―digo y lo acerco a la yesca―. Hay que hacerlo con cuidado porque, si se apaga, tenéis que volver a empezar. ―Cojo la yesca y soplo suave hasta que humea―. Si de verdad queréis hacer una fogata, debéis tener preparadas cantidades cada vez mayores de yesca y de leña menuda, pero así es como se hace.

Oigo aplausos y veo que tengo público, así que hago una pequeña reverencia, aún de rodillas.

―¿Qué más escondes en la mochila? ―pregunta Nelly―. Libros, arcos de fricción…, ¿alguna otra cosa rara?

―Metí todas las cosas de peso en la tuya para que me quedara sitio ―contesto, y él sonríe.

―Me has dejado impresionado ―comenta James―. Yo también quiero aprender.

―Claro, porque no hay encendedores ni cerillas en el mundo ―se mofa Ana. Peter le ríe la gracia.

Yo le dedico una enorme sonrisa, como haría la madre Teresa.

―La supervivencia no es para todo el mundo ―digo con voz superdulce, al contrario de lo que habría hecho la madre Teresa, y me vuelvo hacia los niños―. Estáis deseando usarlo, ¿verdad?

Asienten entusiasmados y cojo los utensilios. Los dirijo hasta que veo que saben cómo colocar cada cosa. Conseguir que prenda es más complicado; yo practicaba horas de niña.

Me siento a la mesa de pícnic, en un trocito donde da el sol. Nelly se sienta en la mesa mientras Henry pasea nervioso al otro extremo. Ana se deja caer al lado de Penny y apoya la barbilla en las manos.

Le acaricio el brazo a Ana desde enfrente. Sé que tiene miedo. Yo también lo tengo, pero supongo que lo disimulo mejor, o lo ignoro mejor. Probablemente debería ser más comprensiva con ella. Cuesta, porque su forma de ser no invita mucho a la compasión. Me mira furiosa, como enfadada conmigo, pero no tengo ni idea de por qué.

―Banana ―le susurro―, ¿puedo hacer algo por ti?

Frunce los ojos.

―Dejar de ser una zorra, por ejemplo.

Me retraigo como si me hubiera dado un bofetón. Boquiabierta, intento adivinar qué le he hecho. Me irritan sus comentarios, sí, pero eso es de lo más normal. Ana irrita a todo el mundo, y eso no parece perturbarla en absoluto.

Estoy a punto de replicarle cuando habla Henry.

―Dot y yo estamos pensando que deberíamos irnos mañana. Me da miedo que nos quedemos atrapados aquí si esperamos más. Posiblemente es preferible que nos pongamos en marcha antes de que haya demasiados contagiados o desesperados buscando comida.

Aún estoy flipando con el comentario de Ana y tardo un minuto en procesar lo que ha dicho. Solo hemos convivido un par de días, pero la idea de que nos separemos me entristece.

―He estado pensando, aunque no lo he hablado aún con nadie más ―digo paseando la mirada por la mesa―, que igual deberíamos seguir juntos. En la cabaña hay sitio para todos y montones de comida. Os vais a adentrar en territorio desconocido. Conseguir comida para unos meses e incluso para todo el invierno, si se da el caso, podría resultaros imposible. Podéis venir con nosotros si queréis.

Asienten todos menos Ana, que sigue mirándome furibunda. Peter suspira fuerte. Lo que piense él me da igual. Que le den.

―No podemos ―contesta Dorothy tristona―. Os agradecemos mucho el ofrecimiento y ojalá pudiéramos, pero la verdad es que no. Sé que suena fatal ―añade mirando a Henry, que se explica.

―Cuando estábamos en el trastero, Dottie mandó un par de mensajes de texto en cuanto decidimos adónde íbamos a ir. Parece ser que llegaron, lo que significa que nuestra familia podría estar esperándonos allí. No hay muchas posibilidades, pero…

Nelly parece decepcionado.

―Pero tenéis que ir allí por si acaso, claro.

Me dan ganas de recordarles a Dot y a Henry que es muy improbable que sus familiares hayan recibido los mensajes y mucho menos que hayan conseguido llegar allí, pero no les estaría contando nada que no sepan ya. Si se tratara de Eric, yo también lo estaría esperando.

James rompe el silencio desplegando el mapa.

―Vale, entonces, ¿nos vamos mañana? ―pregunta, y continúa al ver que asentimos todos, aunque con escaso entusiasmo―. Estoy de acuerdo con Henry: hay que moverse. Hace días que no tenemos noticias. Si el virus se propaga tan rápido como parece, deberíamos buscar un refugio seguro antes de que haya más contagiados de los que podamos manejar. ―Se aparta el pelo de los ojos y hace un ruidito de fastidio cuando le vuelve a caer por la cara―. He marcado la ruta que creo que deberíamos hacer. Al todoterreno le queda un tercio del depósito de gasolina, así que pronto vamos a necesitar más. Podemos conseguir más de los coches abandonados, usando las bombas de sifón que compramos en la tienda. Yo…

Deja de hablar cuando se oye el ruido inconfundible de las ruedas de un coche sobre la pista de tierra.