Saco la pistola de la mochila. Nelly se apoya como si nada la escopeta en el hombro, pero sé que la puede disparar en un nanosegundo. Entre los árboles, vemos los faros de un coche granate. Empieza a detenerse al vernos y se desliza despacio hacia delante. Hacemos piña, preparados para pelear. Hasta Peter lleva un machete en la mano.
Un tío joven y atlético con gorra de béisbol se asoma por la ventanilla y echa un vistazo para valorar nuestra cordialidad. Desde el asiento del copiloto, una chica de pelo corto que lleva un chaleco de plumas con el cuello de pelo nos obsequia con una tímida sonrisa.
―Hola ―les dice él a Nelly y a su escopeta―. No pretendemos invadir vuestro espacio ni nada de eso. Solo necesitamos un sitio donde quedarnos uno o dos días. Venimos del norte de Paramus y nos dirigimos a… Bueno, la verdad es que no sabemos adónde nos dirigimos.
Nelly asiente.
―El camping no es nuestro ―dice en un tono más o menos amable, pero con cara de tío duro―. Podéis instalaros donde queráis. Nos gustaría saber qué está pasando ahí fuera, si es que nos lo podéis contar. Llevamos aquí unos días y desde ayer no han vuelto a decir nada en la radio. Me llamo Nel.
―Brian y Jordan. Mira, necesito bajarme de este coche. Voy a aparcar y, si os parece bien, luego nos acercamos a hablar.
Aparca a un par de campamentos de distancia y luego se acercan. Nelly hace las presentaciones. Brian y Jordan se quedan allí plantados, un tanto incómodos.
―Perdonad, ¿queréis sentaros? ―dice Penny señalando las mesas―. Sé que no os hemos parecido muy acogedores, pero no habíamos visto a nadie por aquí y no sabíamos qué esperar.
Jordan se sienta en el banco. Brian se queda de pie y explora con la vista la zona de acampada.
―¿No ha venido nadie por aquí? ―pregunta.
Penny niega con la cabeza.
―Pensábamos que habría más gente, pero, de momento, no.
―Sí, las autopistas están atascadas de coches abandonados. Al principio íbamos en moto. Por el camino hemos visto gente a pie, pero aún tardarán un tiempo en llegar hasta aquí. Cuando salimos de la ciudad, no había muchos contagiados, pero la gente está encerrada en su casa de todas formas. Ni siquiera abren la puerta. O se han trasladado a zonas seguras.
―Ahora no paran de listar zonas seguras en los comunicados de urgencia ―dice James.
Brian asiente.
―Ayer se corrió la voz de que los centros de tratamiento eran zonas seguras. Bajo protección, dijeron en la tele. Fuimos al instituto que tenemos al lado de casa. ―Ríe amargamente y mira a Jordan, que aún no ha dicho ni una palabra y lo mira preocupada, el pelo con mechas asomándole por debajo del gorro y rímel en los ojos. Además del chaleco, lleva vaqueros ajustados con lentejuelas metidos por unas botas de piel de oveja. Viste como si fuera de acampada para una sesión de fotos. En circunstancias normales, resultaría divertido, pero en estas me da pena por ella. Ninguno de nosotros quiere estar aquí. Se abraza fuerte el cuerpo como si quisiera proteger sus órganos vitales―. Nos pareció una buena idea. No teníamos mucha comida en casa como decían que era aconsejable. Nuestras familias nos dijeron que nos veríamos allí. ―Esperamos a que continúe y lo hace al cabo de un minuto―. Cuando llegamos, descubrimos que a casi todos los que estaban allí, soldados o lo que fuera, los habían mandado a otro sitio. Mi hermano, su mujer y sus hijos estaban allí. Habían llegado antes de que se atascaran las carreteras, porque, ya sabéis, todos nos figuramos que la cosa era peor de lo que nos decían. A ver, ¿cómo le dices a la gente que no hay problema cuando puede asomarse a la ventana y ver deambular por las calles al puto problema? Han volado los puentes de acceso a Nueva York, ¿lo sabíais? ―dice con los ojos muy abiertos e irritados y luego se los frota con los dedos.
―Nosotros estábamos en Brooklyn ―contesta Nelly―. Salimos la noche en que los volaron.
―¿Sí? ―dice Brian sorprendido―. Pues habéis tenido suerte. Si llegáis a ver las imágenes de la ciudad que han puesto por la tele…
―¿Qué está pasando allí? ―lo interrumpe Penny, frunciendo el gesto.
―¿Eres de Brooklyn?
Penny asiente.
―Nuestra madre… ―dice señalando a Ana.
Brian cabecea afirmativamente, como si supiera lo que va a decir. Dado que solo ellas dos han conseguido llegar hasta aquí, sospecho que sabe a qué se refiere.
―Manhattan está ardiendo. La gente salía corriendo de los edificios y se daba de bruces con los putos grupos de devoradores. A ver, ¿qué vas a hacer? En un incendio, mueres. Igual fuera sobrevives si trepas o corres rápido, ¿sabes? Porque hay que correr rápido ―dice y mira a Jordan para que lo confirme, pero ella se mira los pies y sigue abrazada a su propio cuerpo―. Brooklyn no estaba tan mal. Han ardido algunas zonas, pero no como Manhattan. Los contagios están igual, pero la gente, al menos los que no quieren morir, de momento están escondidos.
Me imagino la hilera de edificios de piedra rojiza de nuestro barrio en llamas, a la gente saliendo despavorida de los bloques de apartamentos directamente a los brazos de los contagiados, corriendo por las azoteas para evitar el fuego y buscando abajo, en las calles, algún sitio seguro por el que escapar.
―Vale ―dice Penny sin poder disimular su preocupación.
Ana se deja caer en el banco, al lado de Jordan. Miro a Peter, pero él está mirando al suelo, dibujando un círculo con la punta del zapato en la tierra blanda. Lo hace una y otra vez, como si estuviera resolviendo un problema matemático complejo.
―¿Qué pasó en el instituto? ―le pregunto a Brian.
Muda el gesto y estoy convencida de que me va a decir que me meta en mis putos asuntos, pero entonces se rinde, suspira y se encoge dos o tres centímetros en todas las direcciones.
―Pues estábamos todos allí ―dice en un tono desprovisto de emoción―: mi hermano Chris, su mujer Jess y mis sobrinos, en un rincón, junto a las gradas. Una señora me dijo que había cortes de luz en las ciudades, que no había servicio telefónico, y yo andaba pensando que hacía tres putos días todo iba bien, ¿sabéis? ―Mira a todo el grupo en busca de apoyo y, cuando sus ojos se clavan en los míos, asiento.
―Todo iba bien ―digo y, al hacerlo, caigo en la cuenta de que no es cierto, de que no pudo ser así―. Aquí, en la costa este, todo parecía ir bien, o todos lo creíamos.
Abandona su mirada el pánico a estar volviéndose loco para colmo.
―Al cabo de un tiempo entendimos que nuestros padres no iban a poder salir de la periferia. Decidimos dejar pasar la noche y dirigirnos a su casa por la mañana. Aquello estaba a reventar y oíamos muchísimo ruido fuera. La gente atrapada en los atascos, tocando el claxon. Entonces el pequeño, mi sobrino Ty… ―Reprime un sollozo, se quita la gorra y se la vuelve a poner, ajustándose primero un lado y luego el otro. Después se la vuelve a quitar y pliega la visera por la mitad, como suele hacerse para que se forme ese doblez perfecto en el centro―. Tyler tenía que hacer pis. Así que Jess se llevó a los chicos al baño. Los bocinazos se convirtieron en gritos y disparos, y la gente empezó a correr a las puertas para ver qué pasaba. Chris nos dijo que no nos moviéramos de allí, que iba a asegurarse de que Jess y los niños estaban bien. Los gritos se hicieron más fuertes y la gente intentaba cerrar las puertas, pero era demasiado tarde y se colaron dentro montones de devoradores de esos. No veíamos nada, así que nos subimos a las gradas justo cuando Chris, Jess y los niños entraban en el gimnasio. ―Brian mira fijamente los árboles, pero no los está viendo. Yo sé lo que ve: el resplandor de un amarillo chillón que producen siempre las luces del gimnasio de un instituto, las gradas pegadas a las paredes, las ventanas tapadas con rejas para protegerlas de las pelotas que se escapan, a todo el mundo corriendo en círculos, sus gritos amplificados y resonantes―. Les grité que salieran. Podrían haberse escondido en las taquillas. Estaban rodeados, así que corrieron hacia nosotros. Quise ayudarlos, pero Jordan me agarró de la camiseta ―dice, y la mira acusador―. Me dijo que me iban a morder a mí. Pri… primero pillaron a Jess; los tumbaron, a ella y a Thomas. Jess se tiró encima del niño e intentó quitárselos de encima, pero no pudo espantarlos mucho tiempo. ―Sé cómo va a terminar esto y me arrepiento de haber preguntado, pero no quiero obligarlo a parar. Ha estado viendo en bucle su propia película de terror y ahora la está regurgitando, tratando de sacársela de dentro para siempre―. Chris llevaba en brazos a Tyler. Es más grande que yo y estaba apartando a los devoradores. Tyler iba colgado de su cuello. Pensé que lo iba a conseguir, así que me disponía a saltar de las gradas y prepararme para agarrar a Ty, pero entonces mi hermano tropezó. Sin quererlo siquiera, uso de esos cabrones hace caer al suelo a Chris, que pone en pie a Ty y le grita que corra hacia mí. Tyler lo intenta y corre a toda velocidad. Gritando «¡Tío Bri, tío Bri!». Yo estaba a punto de saltar al suelo, solo quería cogerlo, pero los tenía debajo. Debían de haber estado entrando en tropel por la puerta todo el rato. Y esos putos ojos, eran enormes, y los cabrones corrían y entonces Tyler corrió a los brazos de uno de ellos y…
Ha doblado tanto la visera de la gorra que la ha roto. Brian tiene los ojos hinchados y le cae de la nariz un gusano de mocos. Se le ve tan perdido, tan niño que le pongo una mano en el hombro.
―No podías ayudarlo ―le digo. La situación era imposible―. No habrías vuelto a tiempo. Lo intentaste.
Asiente, pero su mirada indica que no lo cree. No ve más que al pequeño corriendo en busca de una ayuda que él no le proporcionó. Levanta los brazos y pienso que me va a empujar, pero me da un abrazo que me deja sin respiración. Aguanto sus noventa kilos de peso aunque me tiemblen las piernas del esfuerzo. Llora desconsoladamente y se estremece; su llanto me recuerda al mío después de enterarme de que mis padres habían muerto, cuando lloraba sola.
Jordan se levanta, con los ojos brillantes detrás del rímel corrido. Le acaricia la espalda con una mano en la que lleva un anillo de compromiso de diamantes.
―Bri ―le dice con ternura y estira el cuello por encima de mi hombro―. Brian… Ella tiene razón. No habrías podido salvarlo. Ya sabes que… Yo no pretendía…
Él recobra el aliento y su cuerpo se tensa. Me suelta de pronto y me bamboleo hasta que James me agarra y me pone derecha.
―Si hubiera ido antes, si no me lo hubieras discutido, igual sí. Pero me retuviste. Ha muerto por tu culpa. Es culpa tuya que atraparan a Tyler ―dice con la misma cara de asco que si acabara de comerse algo vomitivo.
A Jordan se le saltan las lágrimas y niega con la cabeza. Se ha puesto pálida a pesar del bronceado de bote.
―Brian, no, habrían ido a por ti también. ¿Acaso crees que yo no quería poner a salvo a Ty? Lo quería muchísimo. Sabes que…
Él aprieta los dientes.
―¡Cállate, Jordan! ¡Cállate de una puta vez! ―Ella corre al coche entre sollozos y cierra de un portazo. Nos volvemos todos hacia Brian, que la sigue con la mirada completamente imperturbable. Me parece que Brian se está desmoronando un poco, como él mismo teme―. Lo siento ―dice―, tengo que ir a hablar con ella.
Y se aleja con la cabeza gacha.