Henry cierra el maletero y se asegura de que la cuerda con la que ha sujetado las cajas al techo está tensa. Inspira hondo.
―Bueno…, es la hora del adiós ―dice.
Hank y Corrine se asoman por las ventanillas del coche procurando parecer valientes, pero se les ve asustados y las ojeras afean sus ojos enormes.
―No ―replico―, es la del hasta pronto.
Con una mirada tierna, asiente rotundamente y sube al coche. Los vamos a seguir hasta la base del camping. Yo voy de copiloto y Nelly conduce. Ahora mismo la buena puntería es más importante que ir un poco achuchado en la parte de atrás, así que Peter y James se sientan con Ana y Penny. No se mete nadie en la jaula; nadie quiere quedarse atrapado ahí atrás. En la bifurcación, nos detenemos junto a su coche.
Dottie baja la ventanilla y nos sonríe.
―Cuidaos mucho.
―Vosotros también ―dice Nelly―. Nos vemos pronto.
Seguimos en silencio. No hay nadie en la garita de control del puente. En el aparcamiento del centro de bienvenida vemos algunos coches, pero, por lo demás, está desierto.
―Necesitamos gasolina, ¿no? ―dice Peter―. ¿Por qué no se la sacamos a esos coches con la bomba de sifón? Dudo que vayamos a poder repostar en una gasolinera.
Nelly se mete en el aparcamiento. Ojalá se nos hubiera ocurrido proponerle a Henry que repostara aquí. Espero que no tengan que parar en ningún sitio demasiado peligroso. James y Peter van destapando los depósitos de gasolina de los vehículos mientras Nelly se asegura de que no hay nadie merodeando por el edificio. Penny y yo salimos a la carretera y observamos cómo corre embarrado el río Hudson bajo el puente.
―¿Qué es eso de ahí? ―pregunta Penny al cabo de un rato.
Una figura se acerca cojeando por la calzada en el extremo opuesto del puente. Me llevo una mano a la pistolera. Al paso que va, tardará diez minutos en llegar a nosotras, pero me entra el pánico de todas formas.
―Eeeh…, chicos, viene uno hacia aquí ―dice Penny con un hilo de voz.
Aparecen otros dos eleequis detrás del primero.
―Vienen tres ―digo yo y desenfundo la pistola. Los tengo demasiado lejos para arriesgarme a disparar, pero quiero estar preparada.
―Ya estamos ―responde James―. Vámonos de aquí.
Nelly gira en el puente y avanza por la izquierda de la calzada, lo más lejos posible de los contagiados, que nos ven pasar y cambian de rumbo para seguirnos.
En el otro extremo, James señala a unos cuantos que avanzan dando tumbos hacia el puente.
―Deben de venir de Peekskill, que está a unos ocho kilómetros al sur. Menos mal que vamos hacia el norte.