CAPÍTULO 45

Tres días de vómitos constantes no han mejorado nada el aroma del todoterreno. Una pastilla de jabón y una cantidad limitada de agua fría tampoco te lo quita de encima cuando has estado tumbada en tu propia pota. Hemos estado acampados en un claro de una carretera secundaria. Penny dice que Ana y ella han oído pasar algunos coches por la carretera principal. Un par de veces oyeron disparos a lo lejos y algo que parecían explosiones.

Llevamos días de retraso. Conduzco tan asustadiza como un gato en una sala repleta de mecedoras o como sea el disparate ese que dice Nelly. Viviendo en la ciudad sin coche durante los últimos años, no he tenido muchas ocasiones de conducir. Además, mi padre siempre me decía que conduzco como una abuela. Voy como a un metro del parabrisas, temiendo lo que pueda encontrarme al tomar cada curva. Nelly, que está descansando en la parte de atrás, abre por fin los ojos y me pregunta si quiero que conduzca él.

―Ya conduzco yo ―propone James.

Se ha ido encontrando mejor en las últimas horas y va en el asiento del copiloto. Lo veo casi esquelético. Penny le ofrece un tentempié cada quince segundos, pendiente de él como una mamá gallina. Estoy convencida de que a él le encanta.

―Estoy bien ―digo e intento soltar del volante una de las manos.

―Tía, agarras el volante como si le estuvieras haciendo una llave de kungfú ―dice James.

Suelto una carcajada teñida de histeria. Me he ofrecido a llevar el coche porque Penny y Ana casi nunca conducen y todos los demás se encontraban peor que yo, pero probablemente no debería haberlo hecho. Al menos en mi estado actual. Quizá es porque la enfermedad me ha debilitado, o porque no creo que el trayecto vaya a ser tan tranquilo como la última hora, o porque me tocan dos depres en la vida en vez de una. Me siento como una cría por tener miedo, pero intento convencerme de que no voy a demostrar nada conduciendo este puto coche apestoso. Tampoco es que me haya pasado los últimos días protestando y negándome a hacer lo que tocaba, como otros que yo me sé.

―Vale, os lo cedo dentro de un rato, en cuanto veamos un sitio donde poder parar.

La carretera discurre entre rodales de bosques, por delante de granjas, prados, casas en ruinas y remolques. Cuando emprendimos este viaje el otro día, había signos de vida: alguna persona fuera o el humo saliendo de las chimeneas de las cocinas. Hoy casi todo parece desierto. No acabo de entender por qué los ocupantes de esas viviendas han decidido abandonar un refugio más o menos protegido por una de las llamadas zonas seguras.

Supongo que yo también me lo plantearía si no hubiéramos escapado ya de uno y sabido después de la caída de otro. Busco un sitio donde parar, así que no espero encontrarme a alguien plantado en medio del camino al tomar la curva.

―¡Mierda! ―exclamo, piso el freno y derrapo a medio metro. Los de atrás protestan al chocar contra los asientos de delante―. ¡Lo siento! ¿Estáis bien, chicos?

―Todos bien ―contesta Penny sin apartar la vista de la carretera.

Hay un hombre de espaldas a nosotros. Tiene el pelo lacio y grasiento. Por detrás, parece normal, pero, cuando se vuelve, a ninguno nos sorprende verlo demacrado. Una maraña de venitas de color púrpura le resalta en la cara grisácea. Parecen las diminutas líneas serpenteantes de las carreteras secundarias que seguimos en el mapa. Se acerca al capó arrastrando los pies y se inclina hacia delante. Tiene los ojos vidriosos, como viejas canicas sucias.

―¡Atropéllalo! ―chilla Ana.

Su voz sale por las ventanas. El tipo gime y se aúpa al capó castañeteando los dientes. No había visto ninguno tan tranquilo ni tan de cerca a plena luz del día. Tiene como una costra marrón entre los dientes, como si llevara un año sin lavárselos. Estoy segura de que es sangre. Se le ve el hueso en uno de los brazos, un destello de blanco en medio de la maraña de tejido.

―Cassie ―dice James con serenidad―. Igual deberíamos irnos.

Salgo del trance. Hay un muerto en el capó del coche. Las manos le resbalan por la resplandeciente pintura negra e intenta asirse de algún modo, y temo que vaya a salir disparado y agrietar el parabrisas. Piso un poco el acelerador, aunque el cuerpo me pida pisarlo a fondo.

―¡Dios, Cassie, dale! ―me grita Peter, y la criatura del capó gorjea de frustración, o algo así.

―No quiero que raje el parabrisas ―digo mientras acelero―. Agarraos fuerte. ―Hago un viraje y el eleequis se desliza del capó. Se oye un terrible cataplof cuando le pasamos por encima. Respiro con dificultad. Ahora vamos rápido y no tengo intención de parar, nunca. Estoy tan agarrotada que me duelen las manos y el cuello. Hablan todos a la vez, pero yo enmudezco, pendiente del siguiente bache del camino, en sentido literal y figurado―. Perdonadme ―digo por fin―. Tendría que haberme movido más rápido ―añado sintiéndome estúpida, como si no se me pudiera confiar la seguridad del grupo. Me arden las mejillas.

―¡Lo dirás de broma! ―espeta Penny―. Si llego a ser yo, aún estaríamos allí plantados intentando que arrancara el coche.

―Y yo le habría pisado hasta el fondo y seguramente nos habría rajado el parabrisas ―tercia Nelly. Peter suelta una tosecita―. Tú también habrías querido salir volando de allí, ¿verdad, Pete? Por eso le has gritado que le diera ya… ―dice como advirtiéndole.

―No tan rápido como para rajar el parabrisas ―replica Peter.

Lo veo por el retrovisor, apretando la mandíbula. Le revienta que lo llamen Pete, y Nelly lo sabe, desde luego.

―Gracias ―digo, a todos menos a Peter―. La próxima vez reaccionaré antes. Pensaba que estábamos más o menos a salvo en esta zona, pero si ese tío anda deambulando por aquí…

―La cosa no pinta bien ―termina James―. Te relevo cuando quieras.