CAPÍTULO 46

Las casas que antes me habían parecido abandonadas ahora me resultan amenazadoras: sus ojos muertos nos observan al pasar. Doy un respingo cada vez que me parece ver un rostro pálido en una ventana, un cadáver dentro esperando a que lo liberen. Con los días que llevamos así, tendría que alterarme menos, pero mi cuerpo se sabe amenazado y no me va a dejar fingir otra cosa. María nos dijo que el virus vive en el cerebro, donde nacen nuestras reacciones más primitivas. Se me ocurre que, si me dejo llevar por mis instintos más básicos, igual sobrevivo.

En el asiento de atrás, la pistolera se me clava en el costado. No es una sensación desagradable. Nunca me han gustado especialmente las pistolas. Siempre me han dado un poco de miedo, aunque haya disparado una más veces de las que recuerdo. A mi padre le gustaba llevar un arma encima; era como una prolongación de su cuerpo, una herramienta, lo mismo que un martillo. Yo, en cambio, me siento como si estuviera usando una sierra circular sin protección y con los ojos cerrados, como si en cualquier momento se me pudiera disparar a pesar de mi empeño en controlarla.

Mi padre decía que tengo una puntería innata y eso me gustaba, pero no soy como Nelly, que sostiene el arma con naturalidad y que, cuando tiene una en la mano, nunca pone la misma cara que si sostuviera una serpiente venenosa. Yo jamás he querido tener un arma para protegerme, por miedo a que fuera más peligroso llevarla que cualquier cosa a la que pudiera enfrentarme en mi vida diaria, pero ahora me alegro de tenerla. Su peso me da estabilidad, anclaje, y me recuerda que en cualquier momento podría tener que usarla. Espero seguir teniendo buena puntería.

Nos quedan menos de cincuenta kilómetros. No parece mucho, pero podría ser imposible. La gente de por aquí recorre esa distancia para comprar una garrafa de cinco litros de leche. O lo hacían, porque las dos tiendecitas por las que hemos pasado estaban a oscuras.

Estamos a algo menos de quince kilómetros de Bellville, el pueblo al que solía ir mi familia las noches de verano a tomar un helado o a ver los fuegos artificiales del 4 de Julio. Esta no era nuestra ruta habitual, pero he pasado el tiempo suficiente aquí para haber ido por esta carretera antes. Cuando veo el buzón de correo de la rueda de carreta sé que faltan menos de diez kilómetros. Lo digo en voz alta. Todos asienten, pero nadie dice nada.

Peter va sentado en el extremo opuesto del asiento de atrás. Su perfil no se inmuta, pero mueve los ojos de un lado a otro mientras contempla el paisaje. Esta mañana me ha farfullado una disculpa y yo he procurado responder con elegancia. «No pasa nada, fue un error», le he dicho, y he intentado sonreírle. Me ha devuelto una sonrisa amarga y ha seguido cargando el coche. Está cabreadísimo conmigo, con todo, a lo mejor. A Peter nunca le ha faltado de nada, salvo lo que importa de verdad. Siempre ha tenido dinero y encantos a los que recurrir, pero ahora la coraza superficial que lo protegía ha desaparecido.

Puede que por ahí dentro siga ese tío que yo veía de vez en cuando en su generosidad o en la ternura con que me trataba, y que tan poco tenía que ver con la forma en que lo veía el resto del mundo. Ojalá pudiera suavizar las cosas. A lo mejor no es posible. Pero está aquí y, aunque la mayoría del tiempo me dan ganas de liarme a patadas con él, en el fondo, me alegro. Quizá él me odie, pero yo todavía lo aprecio lo suficiente como para velar por su seguridad.