Sam espera a la puerta del ayuntamiento y se sorprende al ver el vehículo en el que viajamos. Me bajo en cuanto nos detenemos y corro hacia él.
Me coge de las dos manos y me da un abrazo.
―¡Cassie, cuánto tiempo! ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ―Me alegra tanto ver una cara conocida que no puedo dejar de sonreír. Mientras se acercan los demás, le hago un breve resumen de nuestro viaje―. Venid dentro ―dice, se quita el sombrero y abre la puerta―. Las oficinas de la policía estatal no son seguras: es adonde fueron todas las personas a las que habían mordido, seguidas de todos los que tenían miedo y a los que mordieron allí después. Por suerte, de momento no han conseguido llegar muchos aquí. ―Nos lleva a una sala con ventanas antiguas por las que se cuela la luz de última hora de la mañana. Se sienta en un banco de madera y nos insta a que hagamos lo mismo. Está igual que hace tres años, cuando vino a casa a contarme lo del accidente. Las arrugas profundas de la cara larga siguen ahí, o a lo mejor han vuelto recientemente. Al lado de esta crisis, el accidente de tráfico de unos padres se queda en nada―. Tenemos cortado el cruce principal ―prosigue―. Casi todo el mundo se ha mudado al instituto porque tiene generador. Vamos a trasladar el equipo a la secretaría.
―Estarán hacinados ―digo―. Sé que medio pueblo se ha ido, pero siguen siendo más de mil personas.
―¿Mil? ¿De dónde te has sacado eso? Casi todo el pueblo se ha ido. Quedaremos unos doscientos como mucho.
―Nos lo han dicho en el control. Nos han dicho que se había ido medio pueblo.
―Ah, lo dicen para que la gente no piense que nos pueden invadir. Me alegro de que se te haya ocurrido preguntar por mí, porque no estamos dejando pasar a nadie. Como se cuele un… ¿cómo los llamáis? ¿Eleequis? Por aquí los llaman devoradores. Como se cuele uno, se acabó lo que se daba. De todas formas, los chicos de los controles de carretera hacen lo que pueden. Están todos muertos de miedo.
Clava los codos en las rodillas y junta los dedos como si fuera a rezar. Hay mucho en que pensar y lo veo derrotado y agotado de intentar prevenirlo todo.
―Hay un tipo en el control… Neil, creo que se llama… Entiendo el comité de no bienvenida, pero ese tío… ―James no termina la frase y se encoge de hombros.
Sam se frota la barbilla y suspira.
―Sí, la familia de Neil ha vivido aquí durante varias generaciones. Son como los pitbulls, que no paran de cruzarse entre ellos y cada camada es peor que la anterior. Neil está siendo muy útil en el control, pero puede resultar problemático. Ya ha tenido que habérselas con la ley unas cuantas veces. Lo tengo vigilado, tranquilos. ―Se vuelve de nuevo hacia mí―. Podéis quedaros en el instituto si queréis. Nos vendrían bien unas manos más. Hay muchas familias. Una cuarta parte de los que quedan son niños.
No quiero decepcionarlo, pero la idea de quedarme aquí me pone nerviosa. No quiero decirle lo que pienso de verdad: que son un blanco fácil.
―La cabaña sigue aprovisionada, Sam. Además, Eric… ¿Te acuerdas de mi hermano…? Hemos quedado en reunirnos allí. Estoy más tranquila si vamos allí. Lo siento.
Asiente.
―Imaginaba que me dirías eso. Oye, ¿no le habréis dicho a nadie dónde está la casa? ―Negamos―. Pues no se lo digáis. Algunos podrían verse tentados de pasar por allí. Iré a veros dentro de unos días. La unidad de la Guardia Nacional que vino hace unos días nos comentó que esperan que esto termine dentro de un mes, que los devoradores se desintegrarían, nos dijo el hombre. Podemos aguantar ese tiempo, ¿no?
―Pues claro que sí ―digo. Es muy buena noticia. Un mes para que todo esto acabe.
Suena la radio que Sam lleva en el cinturón. No entiendo una palabra, pero él contesta:
―Tengo que llevar a un grupo al bloque norte y voy enseguida. ―Se la vuelve a enganchar al cinturón―. ¿Tenéis suficiente gasolina?
Solía haber combustible en la cabaña, para el generador, pero no quiero contar con eso. Miro a James, que responde:
―Nos queda como un cuarto del depósito.
―Debería bastar para llevaros al pueblo un par de veces. Guardamos la gasolina para el generador, pero la próxima vez que bajéis os podemos dar un poco de la que extraemos con las bombas de sifón.
Cuando salimos, el sol pega con fuerza. Me vuelvo hacia Sam y, con la mano, me protejo del resplandor.
―¿Por qué no te fuiste con la Guardia Nacional?
Sam se ha vuelto a poner el sombrero y no le veo los ojos con la sombra, pero aprieta la boca.
―Yo estaba en Albany el domingo. Un puto desastre, con perdón. La gente ignorando el toque de queda, los contagiados deambulando por las calles. He estado escuchando la radio de la policía durante la última semana y, la verdad, Cassie, me parece, lo sé, cojones, que están desbordados. Cuando me enteré de que el plan era trasladarnos a un sitio más poblado aún, pensé que estaban mal de la cabeza. Me ofrecí a instalarlos aquí arriba, que no nos habría venido mal la ayuda, pero tenían órdenes. Intenté que se quedara más gente, pero se sentían más seguros con el ejército.
La decisión le está pesando.
―Nosotros estuvimos en una de las llamadas zonas seguras. El sitio menos seguro que te puedas imaginar. Tomaste la decisión acertada.
Aunque no sea suficiente, sigue siendo la decisión acertada. Pero les dijeron que un mes, me recuerdo. Debería ser suficiente.
―Ay, Cassie, eso espero, de verdad.