CAPÍTULO 49

Seguimos la carretera asfaltada que conduce a la salida del pueblo unos treinta kilómetros hasta llegar al desvío. Me he pasado el anillo de la estrella a los vaqueros limpios, y estoy usando el término «limpios» muy a la ligera. «Casi sin vómito» sería más acertado. Repaso el contorno del anillo con el dedo y pienso en la primera vez que traje a Adrian a la cabaña.

Adrian y yo detuvimos el coche en la entrada a la hora de comer mientras sonaban los últimos acordes de «Take Me Home, Country Roads», una tradición que había empezado con la cinta de casete de John Denver de mi madre cuando yo era joven. Les hacía ponerla en el último tramo del trayecto a la cabaña. Yo había sacado del cedé en el desvío y lo había insertado en el reproductor. A Adrian lo hizo reír la cursilada, pero, aun así, cantó conmigo con todas sus fuerzas. Después de tantos meses, ya estaba acostumbrado a mis peculiaridades.

Nos quedamos sentados en el coche, escuchando cómo los chasquidos del motor recién apagado se mezclan con los sonidos de la cabaña: el suave cloqueo de las gallinas, el murmullo del viento entre los árboles, el estrépito de los platos en la cocina…

―¿Preparado? ―le pregunté.

Sabía que estaba nervioso. Ya había visto a mis padres unas cuantas veces, pero en esta ocasión iba a pasar un fin de semana largo con ellos, en su casa, y eso era harina de otro costal.

―Es justo como me la imaginaba ―dijo.

Intenté verla a través de sus ojos: los muros de troncos curados; los ventanales que mis padres habían instalado, el porche que ocupaba todo el ancho de la fachada, con una mesa y sillas, y el columpio en un extremo. Las flores que mi madre mimaba rodeaban la casa de una orgía de luminosos colores. Pero yo no veía más que mi hogar. Confiaba en que Adrian lo adorara tanto como yo.

Mis padres cruzaron la puerta mosquitera mientras sacábamos las bolsas del coche. Mi padre me dio un abrazo fuerte, haciéndome cosquillas en el cuello con la barba. Mi madre abrazó a Adrian. Llevaba la melena recogida en una trenza y le brillaron los ojos al darle la bienvenida con esa calidez tan suya que encandilaba a la gente.

―Es fácil saber cuándo se acerca Cassie por la carretera ―dijo, tarareando unas notas. Le tenía un cariño especial a aquella canción porque se había criado en Virginia Occidental. Si escuchabas con atención, aún podías oír las montañas en su voz―. La comida está lista. Como no estaba segura de qué te gusta, Adrian, he preparado varias cosas.

―Quiere decir que ha hecho comida para quince ―le traduje yo.

―No, no, esta vez me he moderado: solo he hecho para diez ―rio ella y le dio una palmada cariñosa a papá cuando, negando con la cabeza, dijo por lo bajo: «Quince».

Las paredes y los suelos de madera se veían de un cálido color miel a la luz del sol que se colaba por el desván. De niña, pasaba horas pintando arriba, trabajando muy en serio en lo que yo consideraba mi estudio artístico. Aún había materiales de dibujo y pintura por allí.

La enorme mesa rústica estaba junto a la cocina, que se abría al resto de la casa. Eric y yo solíamos decirle en broma a mamá que por eso siempre se excedía cocinando, porque tenía que dar de comer a las diez sillas, no a los comensales. Estaba repleta de fiambre y hummus, ensalada de patata casera, tres tipos de pan que seguramente había horneado ella misma, yogur, pasta de algún tipo, dos pasteles y montones de fruta.

―Hay patatas fritas y… ―empezó mamá a la vez que Adrian.

―Tiene una pinta estupenda, señ…

―No me irás a llamar señora Forrest, ¿verdad? ―lo interrumpió ella levantando una mano para callarlo―. Porque me niego a contestar, ¿te acuerdas? Eso ya me lo llaman bastante en el colegio todo el año. Llámame Abby, por favor ―le pidió poniéndole un plato delante mientras él sonreía y prometía no volver a hacerlo nunca más.

―A mí me puedes llamar Pat, Patrick o lo que más te guste, pero, por favor, no me llames tarde para cenar ―dijo papá, y mamá gruñó. Le encantaba hacerse el gracioso.

Vi que Adrian se relajaba. Mis padres siempre conseguían eso con la gente. Papá se llenó el plato como si llevara días sin comer, algo que era del todo imposible con mi madre en casa. Yo quería probarlo todo e intenté decidir por dónde empezar.

Mamá me plantó delante un tenedor y un tarro de sus albaricoques en conserva. Se acabaron las dudas. No hay nada en el mundo que pueda compararse a un melocotón en conserva preparado en casa; es como el verano metido en un tarro. Fui pinchando con vehemencia los melocotones y metiéndomelos en la boca; su dulzor fresco me estallaba en la lengua.

―¡No seas bruta! ―me dijo, aunque, en el fondo, le encantaba que adoráramos su comida―. Son casi los últimos melocotones del verano. Preparé un par de lotes ayer, pero he pensado que podemos hacer unos pocos más mañana. Si quieres, claro. Te puedes llevar unos cuantos a la universidad.

―Por supuesto.

Le pasé el tenedor a Adrian con medio melocotón pinchado. Se lo comió de un bocado mientras lo mirábamos, como si fuera una especie de prueba.

―Guau. Qué rico. No, riquísimo ―dijo y pasó la prueba, porque era obvio que lo decía en serio.

―Esta noche los vamos a tomar con helado casero ―terció papá y, después de restregarse la barba con una servilleta, se masajeó la tripa.

―Ya estoy impaciente ―contestó Adrian.

Sonrió a mi madre y ella le contestó con una sonrisa de oreja a oreja. Mi padre sacó a colación no sé qué problema que estaba teniendo con la instalación solar y, en cuanto empezaron a hablar de inversores y paneles, desconecté. Sabía que debía prestar más atención, pero siempre había algo que me apetecía más hacer, como comer melocotones.

―Eric tenía muchas ganas de venir, pero no ha podido escaparse ―me dijo mi madre y, aunque me habría gustado ver a Eric, pensé que a lo mejor tampoco estaba mal que Adrian no hubiera recibido una sobredosis de Forrest tan pronto.

―Hablé con él ayer ―dije―. Sigue mencionando a una chica en particular. Por lo visto, es una chica dura. Le dio una buena paliza escalando no sé qué monte. Me da que le gusta de verdad.

―¿Se llama Rachel? ―preguntó, y yo asentí. Juntó las manos―. La conocimos el fin de semana de los padres; estaba con un grupo de amigos de Eric. Parece maja. Una de esas chicas que me recuerdan a los caballos, ¿sabes? ―Notó que no tenía ni idea de a qué se refería. No es ningún secreto que mis extravagancias son herencia de mi madre―. No es que tenga aspecto de caballo, ni mucho menos ―prosiguió―. La verdad es que es bastante guapa. Es como un purasangre: tan tostada, musculosa, fuerte, de dientes tan blancos y con esa melena larga y recia de lustroso pelo castaño claro. Parece que viniera de alguna aventura, aunque solo se haya acercado un momento a la tienda.

Lo gracioso fue que yo sabía perfectamente a qué se refería. Siempre me había parecido que esas chicas eran de otra especie distinta a la mía, con sus mejillas sonrosadas y su entusiasmo desenfrenado. Yo me quemo al sol y ni siquiera los millones de pecas de los brazos han aunado fuerzas jamás para constituir un bronceado. El brillo de mi melena no es natural; se me encrespa y se me alborota en ondulaciones que no llegan a la categoría de rizo. Mis muslos suelen bailar como flanes y a nadie le he parecido nunca una apasionada de las actividades al aire libre, aunque las practique. Al aire libre, suelo parecer una zarrapastrosa, más que un anuncio de Quechua. Pero Rachel ya me gustaba: cualquiera que pudiera darle una paliza en algo a Eric pasaba ipso facto a mi lista de favoritos. Mi hermano era tan competente en todo que a veces se hacía insoportable. Aunque, precisamente por eso, era imposible que te cayera mal.

Papá y Adrian nos miraban de reojo mientras mi padre intentaba dibujar no sé qué circuito eléctrico en un cuaderno. Cuando se giraron de nuevo hacia mí, meneé la cabeza.

―Estáis deseando salir, ¿a que sí? ¡No aguantáis más!

―Bueno, sería más fácil explicárselo ―contestó mi padre.

Mi hice la derrotada, pero, en el fondo, me alegraba que tuvieran algo en común.

―Salid. ¡Venga! ¡Largo! ―dije despachándolos con las manos―. Luego te enseño la casa, Adrian. Vamos a recoger.

Se levantaron de un brinco, haciendo chirriar las sillas al arrastrarlas, y salieron por las puertas correderas de cristal del fondo. Mamá los siguió con una mirada tierna y empezó a guardar en la nevera la cantidad disparatada de comida que había sobrado.

Mientras yo fregaba los platos, se plantó a mi lado.

―Lo quieres ―dijo.

Mi madre era la única persona que siempre conseguía hacerme hablar de mis sentimientos.

―Sí ―contesté sin apartar la vista del estropajo.

―Me alegro mucho ―dijo apretándome el hombro.

Después di una vuelta por la casa, asomando la cabeza a todas las habitaciones, saludando a todos los libros y cuadros que conocía bien. Estar allí después de ausentarme un tiempo era como reunirme con viejos amigos. Mi cuarto olía a las flores silvestres que mamá había puesto en el tocador. Me senté en la cama y le toqueteé la oreja que le quedaba a un perro de peluche maltrecho que había ganado en una feria hacía mucho tiempo.

Contemplé el jardín trasero por la ventana. A la derecha de la casa había un puñado de árboles, con una hamaca rogándome que bajara a leer. Justo detrás estaba el pequeño granero, a la sombra de los frutales. No había animales dentro: mis padres estaban esperando a jubilarse para comprar unas cabras y quizá algún cerdo para el beicon. El gallinero, en cambio, estaba lleno. En otoño, les daban las gallinas a nuestros vecinos, John y Caroline, que las aceptaban encantados. Delante de la valla de madera y alambre que rodeaba el huerto, había unos arbustos de arándanos y una mata enorme de fresas.

Salí despacio afuera y levanté la cara al sol, escuchando atentamente a los insectos que te provocan con su canto y lo interrumpen cuando te acercas. De pequeños jamás podíamos atraparlos, por muy sigilosos que fuéramos. Entro en el huerto. Los calabacines que habían escapado a la inspección medían ya unos treinta centímetros de largo y los primeros tomates casi estaban listos para recoger. Pasé el dedo por las hojas de la tomatera e inhalé el aroma a verde, casi mentolado.

Oí risas y me dirigí al cobertizo donde estaban las baterías de los paneles solares. Adrian y mi padre estaban inclinados sobre la caja metálica, cabeceando afirmativamente. Di unos golpecitos con los nudillos en la superficie, como lo hace un mecánico en un coche, y fingí que no tenía la más remota idea de lo que podía estar pasando allí.

―¿Ha habido suerte, chicos? ―pregunté.

Se irguieron los dos. ¡Qué distintos eran! Mi padre era ancho y sonrosado; Adrian, enjuto y moreno. Mi padre no se bronceaba aunque quisiera, pero a Adrian siempre se le notaba el sol. Me sorprendía que, a pesar de todo, fueran tan similares. No solo por su interés en la autosuficiencia y en sistemas eléctricos aburridísimos, sino porque los dos tenían una paciencia infinita. Eran responsables, con la risa siempre a punto y muy bondadosos, pero debajo de todo eso se escondía un núcleo de acero. Si les provocabas, te podías ir preparando para las consecuencias. Supongo que no debería haberme sorprendido esa revelación, pero lo hizo.

―Sí, creo que lo hemos resuelto ―me contestó Adrian con una mirada pícara―. Era el condensador de fluzo, que lo vais a tener que cambiar.

Le puse los ojos en blanco.

―No sé si sabes que he visto Regreso al futuro. No cuela. ―Rieron los dos―. Mamá y yo vamos a bajar al pueblo a por melocotones y porque hay una oferta de tapas para tarros de conserva. ¿Necesitáis algo?

―¿Más tapas para conservas? ¡Esa mujer tiene tapas para un siglo! ―exclamó mi padre, aunque, en realidad, le daba igual.

―Oye, que gracias a esas tapas tienes melocotones todo el invierno. Me-lo-co-to-nes ―le recordé.

―Tienes razón, Cassistilla ―contestó con un destello en los ojos―. Entonces, dile que compre suficientes para dos siglos.

Los besé a los dos y los dejé con sus condensadores de fluzo.

Esa noche nuestros vecinos, John y Caroline, vinieron a cenar. Se podía llegar a su casa atajando por el bosque, por un sendero que nosotros mismos habíamos ido abriendo con los años. Mientras mis padres eran jipis liberales, John y Caroline eran libertarios religiosos, con lo que las sobremesas resultaban muy interesantes. A la gente le extrañaba que fueran tan amigos, pero se sentían familia.

Sentado a uno de los extremos de la mesa, John se metía el pastel en la boca esquivando la barba.

―Si pensáis que la FEMA va a estar ahí cuando la cosa se empiece a complicar, dudo mucho que eso siempre vaya a ser así. Mirad todos los sitios donde la han pifiado de momento. ¿No te parece, Adrian? ―preguntó volviéndose hacia él.

Adrian asintió con la cabeza.

―Supongo que nunca he pensado en aprovisionarme por una razón en particular, pero sería un subproducto de la clase de granja en la que me gustaría vivir. Almacenar la carne viva. Preservar la cosecha y guardar la comida hasta la siguiente siembra.

―Eso es ―dijo John dando un puñetazo en la mesa―. La gente piensa que es una locura guardar comida, pero no es un fenómeno reciente. Así es como se hacían las cosas hasta hace cincuenta años: se prevenía por si llegaban tiempos difíciles.

―Lo que es una locura es confiar en que una cadena compleja te suministre los alimentos y creer que todos los eslabones de esa cadena van a cumplir su cometido de forma infalible ―coincidió mi padre―. Hasta ahora ha funcionado porque cada vez que ha habido un problema ha sido localizado y otras zonas han tomado el relevo, pero bastaría con que varias zonas de Estados Unidos se vieran afectadas a la vez para que se produjera una cascada de acontecimientos.

―Y entonces te quedas a merced de las colas del hambre de la FEMA, rezando para que haya bastante para dar de comer a tus hijos ―remató John.

Era una conversación muy potente para la hora de la cena. A aquellas alturas yo ya estaba acostumbrada, por supuesto, pero no estaba segura de si a Adrian le apetecía que le dieran el cursillo intensivo de preparacionismo en su primera visita, aunque pareciera interesado.

―Me parece que estáis predicando para los conversos ―dije, sonriente, y cambié de tema―. ¿Cómo están Tom y Jenny?

Habíamos pasado los veranos de nuestra infancia jugando con sus hijos. Caroline me puso al día.

 

―Creo que nos vamos a sentar un rato en el porche ―les dije a mis padres después de que Caroline y John se fueran.

―Nosotros nos vamos a la cama ―me contestó mi madre bostezando y abrazándonos a los dos.

Mi padre estaba junto al equipo de música.

―¿Quito esto, chicos? ¿Alguna petición o puedo poneros un par de temas más?

―Elige tú ―respondí y le di un beso de buenas noches―. Te quiero, papá. Hasta el fin del mundo.

Sonrió.

―Y después, Cassie-Lassie. Buenas noches, Adrian. Gracias por ayudarme hoy: en dos horas has resuelto una cosa con la que llevaba atascado una semana.

―De nada ―dijo Adrian―. Ha sido divertido.

―¿Divertido? Lo vuestro no tiene remedio ―terció mamá guiñándome un ojo.

Salimos a la noche estival. El aire aún era cálido en la montaña, con lo que debía de haber hecho un calor asfixiante en el pueblo. Nos mecimos en el columpio del porche mientras escuchábamos la música a través de las mosquiteras de los ventanales. Empezó a sonar «This Magic Moment», de Jay and the Americans.

Le apreté la mano a Adrian.

―Es oficial: mi padre te adora.

―¿Cómo lo sabes?

―Esta es la canción de mis padres. No la compartiría con cualquiera. Es código papá, su forma de decirnos que nos la cede.

Rio.

―¿Código papá?

―Sí, me lo conozco de sobra.

―Me cae bien ―dijo tristón―. Me caen bien los dos.

El padre de Adrian se largó cuando él era joven. Por lo que me ha contado, casi fue preferible, pero no por eso ha dejado de echar de menos lo que podría haber sido.

―Nos lo podemos repartir ―le ofrecí―. No serías el primero que usa a mi padre cuando necesita uno.

Me apretó la mano.

―¿Qué ha sido eso que le has dicho cuando le has dado las buenas noches? ¿Hasta el fin del mundo?

―Sí, empecé a decírselo de pequeña. Ya sabes, ¿como el típico «te quiero más que todas las estrellas del firmamento»? ―Adrian asintió―. Pues eso. Un día le dije: «Te quiero hasta el fin del mundo y después». Y ahora es nuestra frase.

Escuchamos la música, que iba in crescendo. Adrian nos miró las manos cogidas y acarició la mía con el pulgar.

―¿Y tú crees que algún día me lo dirás a mí?

Nos habíamos dicho te quiero, pero a mí no se me daba muy bien expresar mis emociones sin ponerme nerviosa. No tenía mucha experiencia en lo de estar enamorada. De hecho, aquella era la primera vez que lo estaba.

―¿Cómo dices? ―pregunté, a pesar de que sabía bien lo que había querido decir.

―¿Que si me querrás hasta el fin del mundo y después?

Me quedé mirando cómo me acariciaba el pulgar con el suyo. No pude levantar la cabeza. Aquello se le daba muy bien.

―Ya lo hago. Solo que no lo digo en voz alta ―me obligué a responder.

―Te quiero, Cassie Forrest ―me susurró al oído―. Hasta el fin del mundo.

Me estremecí, no sé si por el roce de su aliento en mi cuello o por sus palabras. ¿Qué habíamos hecho los dos para merecer aquello, para encontrarnos el uno al otro tan fácilmente?

Sonreí y lo miré a los ojos, y lo siguiente me salió sin pensarlo:

―Y después, Adrian Miller.

Lo atraje hacia mí entre crujidos del columpio y sus manos se enredaron en mi pelo. El final de la canción nos envolvió, regalo de mi padre, y en aquel momento mágico la canción empezó a ser la nuestra.

 

―No me acuerdo bien, ¿este es el desvío? ―pregunta Nelly.

Me sobresalto, sintiéndome como si acabara de caerme de aquel columpio.

―Pues…, eh…, sí.

Toma el camino de tierra, lo que significa que ya casi estamos allí. Piso a fondo un acelerador imaginario con el pie. Estoy deseando estar allí, pero también me da miedo. Me pregunto si el espíritu de mis padres seguirá en la cabaña, si me perseguirán sus fantasmas por las habitaciones.

Ahí está el árbol del reflector, a partir del que reproducía la canción. Canto por lo bajo, pensando que, en el asiento del copiloto, nadie me va a oír. Pero Nelly me oye y canta conmigo. Y me obliga a levantar la voz.

―Genial ―espeta Ana―. Ahora cancioncitas en grupo.

Penny chilla. Esta se la sabe bien, de todos los veranos que pasó aquí, en lo que llamaba su «finca rústica», y me siento egoísta por haberle negado el acceso estos últimos años.

Canta con voz dulce y clara, expresamente dirigida a su hermana. James la mira con una cara que me resulta familiar. Adrian solía mirarme así. Luego empieza a cantar él también y me deja boquiabierta su voz, suave y grave. Todos lo miramos sorprendidos.

Se ruboriza y se encoge de hombros.

―El coro del instituto.

Recuerdo la última vez que recorrí este camino y se me quiebra la voz. No pude poner la canción. Mis padres iban en el asiento de atrás, mezclados en una urna de madera. No sé por qué pensé que las cenizas serían como las de los cigarrillos, pero no. Eran menos menudas y uniformes, estaban algo más presentes, no se desvanecían de pronto como las de un pitillo. Se posaban en el suelo y calaban en la tierra. En cuanto me recuperé de la sorpresa inicial, me pareció apropiado.

Penny y James cantan en perfecta armonía mientras giramos hacia el caminito de entrada de la cabaña. Casi me parece oír la música de fondo. Nos han dejado en muy mal lugar a Nelly y a mí.

―¡Creídos! ―les grita Nelly, y luego me coge la mano y nos detenemos delante de la casa.